25 mar 2017

Santo Evangelio 25 de Marzo 2017


Día litúrgico: 25 de Marzo: La Anunciación del Señor

Texto del Evangelio (Lc 1,26-38): Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». 

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.


«Alégrate, llena de gracia»
Dr. Johannes VILAR 
(Köln, Alemania)



Hoy, en el «alégrate, llena de gracia» (Lc 1,28) oímos por primera vez el nombre de la Madre de Dios: María (segunda frase del arcángel Gabriel). Ella tiene la plenitud de la gracia y de los dones. Se llama así: "keharitoméne", «llena de gracia» (saludo del Ángel).

Quizás con 15 años y sola, María tiene que dar una respuesta que cambiará la historia entera de la humanidad. San Bernardo suplicaba: «Se te ofrece el precio de nuestra Redención. Seremos liberados inmediatamente, si tú dices sí. Todo el orbe está a tus pies esperando tu respuesta. Di tu palabra y engendra la Palabra Eterna». Dios espera una respuesta libre, y "La llena de gracia", representando a todos los necesitados de Redención, responde: "génoitó", hágase! Desde hoy ha quedado María libremente unida a la Obra de su Hijo, hoy comienza su Mediación. Desde hoy es Madre de los que son uno en Cristo (cf. Gal 3,28). 

Benedicto XVI decía en un interview: «[Quisiera] despertar el ánimo de atreverse a decisiones para siempre: sólo ellas posibilitan crecer e ir adelante, lo grande en la vida; no destruyen la libertad, sino que posibilitan la orientación correcta. Tomar este riesgo —el salto a lo decisivo— y con ello aceptar la vida por entero, esto es lo que desearía trasmitir». María: ¡he aquí un ejemplo!

Tampoco San José queda al margen de los planes de Dios: él tiene que aceptar recibir a su esposa y dar nombre al Niño (cf. Mt 1,20s): Jesua, "el Señor salva". Y lo hace. ¡Otro ejemplo!

La Anunciación revela también a la Trinidad: el Padre envía al Hijo, encarnado por obra del Espíritu Santo. Y la lglesia canta: «La Palabra Eterna toma hoy carne por nosotros». Su obra redentora —Navidad, Viernes Santo, Pascua— está presente en esta semilla. Él es Emmanuel, «Dios con nosotros» (Is 7,15). ¡Alégrate humanidad! 

Tomad, esto es mi cuerpo..




Tomad, esto es mi cuerpo..


Cristo se ha hecho Eucaristía para estar con cada hombre de una manera personal y total. En el sagrario, está a la disposición de todos.


Por: P. Fintan Kelly LC | Fuente: Catholic.net 


Tomad, esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre...
Mc 14,12-16.22-26

Durante siglos algunos han dado mil vueltas a estas palabras. Han querido quitar de ellas todo lo que suena a exigencia. Han tratado de dar otra interpretación diferente de la católica a las palabras de Cristo. Sin embargo, es la fe de la Iglesia, durante 2,000 años, que Cristo realmente está presente en la Eucaristía. No dijo "Esto parece o simboliza mi cuerpo" sino "Esto es mi cuerpo".

Si aceptamos que Cristo realmente está presente en la Eucaristía, entonces es una razón muy fuerte para ir a Misa los domingos y comulgar. Cristo se ha hecho Eucaristía para alimentarnos espiritualmente. En cierto sentido nos hacemos “co-corpóreos" y "co-sanguíneos" con Cristo.

Cristo se ha hecho Eucaristía para estar con cada hombre de una manera personal y total. Allí, en el sagrario, está a la disposición de todo hombre.

“Nos dejaste tu último recuerdo palpitante y caliente, a través de los siglos, para que recordáramos aquella noche en que prometiste quedarte en los altares hasta el fin de los tiempos, insensible al dolor de la soledad en tantos sagrarios".

Cuando tenemos una dificultad, en vez de sumergirnos en nosotros mismos, deberíamos visitar a Cristo en el sagrario. Allí está el amigo, el médico, el hermano que quiere y puede ayudarnos.

La Misa no debe ser una obligación pesada sino una cita con la Persona que más me ha amado y más me ama. Cuando uno escucha esta pregunta: "Padre, ¿por qué la Iglesia nos obliga a ir a misa los domingos?", uno sabe que esa alma concibe la religión de una manera legalista. Sólo le falta preguntar: "Padre, ¿qué es lo mínimo que debo hacer para poder entrar en el cielo?"

"Cada vez que le conozco (a Cristo en la Eucaristía), me entra un deseo más y más grande de poseerle. Me pasa lo que al hidrópico, que mientras más bebe, mayor es su sed. ¡Quién me diera poder saciarme de Él! Pero aún no llega la hora”


Puedes hacer una visita fervorosa al Santísimo.

24 mar 2017

Santo Evangellio 24 de Marzo 2017


Día litúrgico: Viernes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mc 12,28b-34): En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos». 

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.


«No existe otro mandamiento mayor que éstos»
Rev. D. Pere MONTAGUT i Piquet 
(Barcelona, España)



Hoy, la liturgia cuaresmal nos presenta el amor como la raíz más profunda de la autocomunicación de Dios: «El alma no puede vivir sin amor, siempre quiere amar alguna cosa, porque está hecha de amor, que yo por amor la creé» (Santa Catalina de Siena). Dios es amor todopoderoso, amor hasta el extremo, amor crucificado: «Es en la cruz donde puede contemplarse esta verdad» (Benedicto XVI). Este Evangelio no es sólo una autorrevelación de cómo Dios mismo —en su Hijo— quiere ser amado. Con un mandamiento del Deuteronomio: «Ama al Señor, tu Dios» (Dt 6,5) y otro del Levítico: «Ama a los otros» (Lev 19,18), Jesús lleva a término la plenitud de la Ley. Él ama al Padre como Dios verdadero nacido del Dios verdadero y, como Verbo hecho hombre, crea la nueva Humanidad de los hijos de Dios, hermanos que se aman con el amor del Hijo.

La llamada de Jesús a la comunión y a la misión pide una participación en su misma naturaleza, es una intimidad en la que hay que introducirse. Jesús no reivindica nunca ser la meta de nuestra oración y amor. Da gracias al Padre y vive continuamente en su presencia. El misterio de Cristo atrae hacia el amor a Dios —invisible e inaccesible— mientras que, a la vez, es camino para reconocer, verdad en el amor y vida para el hermano visible y presente. Lo más valioso no son las ofrendas quemadas en el altar, sino Cristo que quema como único sacrificio y ofrenda para que seamos en Él un solo altar, un solo amor.

Esta unificación de conocimiento y de amor tejida por el Espíritu Santo permite que Dios ame en nosotros y utilice todas nuestras capacidades, y a nosotros nos concede poder amar como Cristo, con su mismo amor filial y fraterno. Lo que Dios ha unido en el amor, el hombre no lo puede separar. Ésta es la grandeza de quien se somete al Reino de Dios: el amor a uno mismo ya no es obstáculo sino éxtasis para amar al único Dios y a una multitud de hermanos.

Visitando a Jesús en la Eucaristía




Visitando a Jesús en la Eucaristía

¿Por qué estás ahí en el Sagrario? Te quedaste por amor, porque me quieres muchísimo


Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net 


Señor, estás ahí: Me estás mirando.
Conoces mi situación interior.
Me has acompañado en el día de hoy.
Me has acompañado siempre,
desde el primer día que abrí los ojos a este mundo.

Cuando he sido fiel.
Y cuando he sido infiel.

Estás ahí.

¿Por qué estás ahí en el Sagrario?
Te quedaste por amor,
porque me quieres muchísimo.
Dímelo.



¡Qué bien que lo sabes!

Me quedé para ayudarte

Sé muy bien que eres débil,
que caes con facilidad.
Ven a visitarme: Yo soy tu fortaleza.
Pídeme fuerza.
Ven a verme todos los días que no sientas nada,
los días que estés desanimado del todo;
ven a verme ese día que quieres acabar con todo.
Yo te daré ánimos y nuevas fuerzas.
Ven a verme ese día en que has caído gravemente:
no tengas pena, ven;
que todo tiene remedio, si vienes a Mí.
Ven a visitarme cuando hayas tenido un gran fracaso,
cuando un grave problema te robe la paz.
"Venid a Mí todos los que andáis abrumados y cargados
y Yo os aliviaré."
"Mi yugo es suave y mi carga ligera".
Me quedé para ayudarte todos los días de tu vida.
No porque lo merezcas, sino por que te amo
como nadie te ha amado ni te amará jamás.

Me quedé para amarte.

Para amarte desde aquí con un amor infinito.
No te pido que lo merezcas,
sino que lo aceptes.
Déjate querer por tu Dios, por tu Redentor.
Ya sé que te sientes indigno,
que tus pecados y tus faltas tratan de apartarte de Mí.
Yo te amo con tus pecados,
tus faltas, infidelidades
y con tus buenas acciones,
con tus buenos propósitos,
aunque algunos de ellos no los cumplas.

El amor hace felices a los hombres.
Tu necesitas sentirte amado.
Yo te ofrezco el amor infinito de todo un Dios;
y te lo ofrezco no solo hoy,
sino todos los días de tu vida...
mañana y dentro de un año.

Siempre que vengas a Mí
encontrarás un amor vigilante,
fiel siempre, el mismo amor infinito.
He decidido amarte
a pesar de todas tus faltas,
pecados, ingratitudes.

Me quedé para perdonarte.

Sabía muy bien que en tu vida
habría muchos pecados,
muchas infidelidades.
Me propuse desde un principio perdonarte todo.
Hasta el día de hoy, todo está perdonado y olvidado.
No importe qué hiciste o dejaste de hacer
hasta el día de hoy;
lo que me interesa muchísimo
es lo que vas a hacer de ahora en adelante.
No dudes de mi perdón jamás.
Puedes dudar de ti mismo,
puedes dudar de tus promesas,
pero jamás dudes de mi perdón.
Yo te he perdonado siempre,
te perdono todo,
y estoy dispuesto a perdonarte
hasta el último pecado,
si vienes a Mí con arrepentimiento.

Estoy aquí para recibir tu amor de cada día.

Dame tu corazón,
tu amor,
tus delicadezas,
tus detalles de ternura:
Una genuflexión hecha con devoción,
me honra mucho.
Una señal de la cruz bien hecha,
me hace pensar en ti.
Unas posturas correctas en la Iglesia,
me hacen ver que me estimas
y sabes que estoy aquí.
Una misa bien oída
me da tanta alegría.
Una visita ferviente,
una Hora Eucarística,
me recuerda que me quedé en la Eucaristía
para ayudarte, perdonarte, amarte.
Y me digo: "Valió la pena"
Una comunión llena de amor
no sabes cuánto representa para Mí:
"El que come mi carne
y bebe de mi sangre mora en Mí y Yo en él”.
Eso ocurre en la comunión.

Estoy aquí en la Iglesia para ayudarte a vivir santamente.

Espero tanto de tu vida....
Desde el Sagrario te seguiré
a lo largo de cada día.
Desde aquí te mando las gracias que necesitas.
¿No has notado el influjo de esas gracias?
Te quiero dar mucho más de lo que me pides.
Me has pedido poco.
Yo te voy a dar mucho más
de lo que te has atrevido a pedirme.
Y así, de esta visita vas a salir,
si tu quieres,
si me dejas,
vas a salir muy contento,
muy motivado, decidido a ser mejor.
Mi gracia es el agua viva
que está llenando tu cántaro,
Déjame llenar tu vida hasta rebosar de paz,
de alegría, de generosidad,
de amor, de felicidad.
Yo soy la felicidad y el amor.
Yo no necesito de ti,
pero tú sí me necesitas.
Sin Mí eres como una flor marchita,
deshojada, triste.

A cambio de mis dones,
voy a pedirte una cosa:
algo relacionado con mis almas:
Quiero que seas mi apóstol, mi mensajero.
Quiero algo relacionado con tu santidad:
Quiero que seas santo;
algo relacionado con el amor:
Quisiera ser, entre tus amores,
el primero, el más hermoso,
el más maravilloso que se cruce en tu camino.
Quiero un día llevarte al cielo
para estrecharte contra mi corazón,
para que goces de la eterna felicidad
de mi amor sin fin.

Estoy aquí en el Sagrario para ayudarte:
me necesitas tanto.
Estoy aquí para amarte con un infinito amor,
como nadie jamás te amará.
Estoy aquí para perdonarte todo y siempre:
desde el primer pecado hasta el último.
Mi perdón es infinitamente mayor
que todos tus pecados.
Estoy aquí para recibir tu amor de todos los días.
Tu amor me satisface,
aunque sea pequeño, si es sincero.
Busco en ti una sola cosa:
tu amor y tu felicidad.
Estoy aquí para pedirte algo:
que seas santo, que seas mi apóstol,
que me ayudes con tu fidelidad a salvar al mundo.
¿Qué piensas, qué dices, qué respondes?
¡Es tanto lo que espero de ti ......!
¡Es tanto lo que puedes hacer por las almas,
por tu santificación
por tu Jesús!



23 mar 2017

Santo Evangelio 23 de Marzo 2017


Día litúrgico: Jueves III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 11,14-23): En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama».


«Si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios»
Rev. D. Josep GASSÓ i Lécera 
(Ripollet, Barcelona, España)



Hoy, en la proclamación de la Palabra de Dios, vuelve a aparecer la figura del diablo: «Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo» (Lc 11,14). Cada vez que los textos nos hablan del demonio, quizá nos sentimos un poco incómodos. En cualquier caso, es cierto que el mal existe, y que tiene raíces tan profundas que nosotros no podemos conseguir eliminarlas del todo. También es verdad que el mal tiene una dimensión muy amplia: va “trabajando” y no podemos de ninguna manera dominarlo. Pero Jesús ha venido a combatir estas fuerzas del mal, al demonio. Él es el único que lo puede echar.

Se ha calumniado y acusado a Jesús: el demonio es capaz de conseguirlo todo. Mientras que la gente se maravilla de lo que ha obrado Jesucristo, «algunos de ellos dijeron: ‘Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios’» (Lc 11,15).

La respuesta de Jesús muestra la absurdidad del argumento de quienes le contradicen. De paso, esta respuesta es para nosotros una llamada a la unidad, a la fuerza que supone la unión. La desunión, en cambio, es un fermento maléfico y destructor. Precisamente, uno de los signos del mal es la división y el no entenderse entre unos y otros. Desgraciadamente, el mundo actual está marcado por este tipo de espíritu del mal que impide la comprensión y el reconocimiento de los unos hacia los otros.

Es bueno que meditemos cuál es nuestra colaboración en este “expulsar demonios” o echar el mal. Preguntémonos: ¿pongo lo necesario para que el Señor expulse el mal de mi interior? ¿Colaboro suficientemente en este “expulsar”? Porque «del corazón del hombre salen las intenciones malas» (Mt 15,19). Es muy importante la respuesta de cada uno, es decir, la colaboración necesaria a nivel personal. 

Que María interceda ante Jesús, su Hijo amado, para que expulse de nuestro corazón y del mundo cualquier tipo de mal (guerras, terrorismo, malos tratos, cualquier tipo de violencia). María, Madre de la Iglesia y Reina de la Paz, ¡ruega por nosotros!

¡Señor, creo!



¡Señor, creo!

Todo es obra de la gracia de Dios, que exige respuesta nuestra, que exige fe. 


Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net 


La Iglesia nos presenta varios Evangelios donde se nos habla de la Eucaristía, preanunciada en la multiplicación de los panes y prometida en la sinagoga de Cafarnaúm. La Liturgia de la Iglesia no hace nada semejante con ninguna otra página del Evangelio. ¿Por qué esta insistencia?...

Pues, sencillamente: porque la Iglesia sabe que en la Eucaristía tiene la fuente de donde emana toda su vida, y sabe también que toda la vida de sus hijos --la de todos nosotros-- debe desembocar siempre en la Eucaristía. O comulgamos y tenemos la vida de Dios, o no comulgamos y la vida de Dios está en nosotros casi agónica, si no muerta del todo...

El Evangelio de la promesa de Cafarnaúm nos hace ver el desenlace de aquella dramática discusión de Jesús con sus rivales en la sinagoga, cuando les aseguró: -Yo soy el pan bajado del cielo. Y si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre no tendréis vida en vosotros. Esta página nos declara la actitud de todos ante la Eucaristía, hoy como entonces.

A los escribas y fariseos, que llevaban la voz cantante en la sinagoga, les oímos decir:

- Pero, ¿cómo puede éste darnos a comer su carne y a beber su sangre? ¡Imposible!...
Otros --y esto es lo peor, porque éstos son discípulos--, que dicen lo que leemos:

- ¿Qué duro y repugnante es este lenguaje! ¿Quién lo va a entender y aceptar?...

Finalmente, a los incondicionales que no dudan, como Pedro, el cual nos pondrá en los labios la última palabra de este drama.

Jesús está triste, vamos a hablar así. Se esperaba la reacción negativa de los jefes judíos. Pero no podía pensar que los suyos le iban a negar su adhesión y la fe. Por eso se queja ahora:
- ¿Esto que os he dicho os escandaliza? Pues, ¿qué diríais si me vieseis subir al cielo, donde estaba antes?

Jesús les tiende una mano, para que no les falle la fe y no se consuma la ruptura, porque entonces están perdidos, y les dice y aconseja:
- No hagáis caso de las apariencias. El Espíritu es quien da la vida, y os pido que juzguéis no según la carne, sino según el Espíritu. Mis palabras son espíritu y vida.

Judas, el que dentro de un año lo va a traicionar y entregar, es el primero en meter cizaña entre el grupo. Jesús se da cuenta, lo mira escrutador, y dice a todos disimulando con delicadeza:
- ¿Cómo es que hay algunos entre vosotros que no creen?...

¡A ver si Judas y otros se dan por aludidos!... Jesús pasea entre ellos su mirada adolorida, y continúa:
- Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí y creer en mí, si mi Padre no lo atrae.

Todo es obra de la gracia de Dios, que exige respuesta nuestra, que exige fe.

Aquellos discípulos disidentes no quieren dar esta respuesta a la palabra de Jesús, y se marchan despectivos, aunque Judas se queda en el grupo, pero cada vez más receloso y alejado espiritualmente.

Al ver Jesús cómo se le marchan, se dirige a los Doce, que están pensativos:
- ¿También vosotros os queréis ir y dejarme solo?

Menos mal que Pedro toma la palabra decidido, y responde en nombre de los compañeros fieles con unas palabras que expresarán la fe de la Iglesia en todos los siglos por venir:

- ¡Señor! ¿Y a quién vamos a ir? A nadie fuera de ti. Pues solo Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído que Tú eres el santo y el enviado de Dios.

Cualquiera que sabe leer el Evangelio se da cuenta de que la popularidad de Jesús cae vertiginosamente en Galilea. Si le llegan hasta tomar por un alucinado y un loco.

¡Mira que ya es algo demasiado eso de decir que va a dar de comer su carne y beber su sangre!...

Éste es un Evangelio doloroso. Y somos nosotros los que podemos decir a Jesús como Pedro y con la primera Iglesia: -¡Señor, creo!..., igual que podemos decirle con mucho retintín, como los incrédulos de la sinagoga: -¡Eso, eso...!

Ante el misterio de la Eucaristía no hay más razones que valgan sino la fe ciega en la palabra de Jesús:

¡Creo, y basta!... ¡Lo dice Él, y tengo bastante!... No veo nada, ¡pues, mucho mejor! Mayor gloria le doy a Él y mayor mérito tengo yo...

Si los otros dicen que esto no es más que un recuerdo de Jesús, yo me atengo a su Palabra, que me dice categóricamente y sin más explicaciones : -Esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre...

Sin embargo, el mejor acto fe será siempre la asiduidad en participar del sacrificio del Altar, en recibir la Comunión, y en adorar al Señor en el Sacramento, donde permanece por nosotros con presencia continua.

La Santa Misa, la Sagrada Comunión, la Visita y la Hora Santa son el apogeo de la fe.

No hay miedo de que falle nunca el que hace de la Eucaristía el centro de toda vida espiritual...

¡Señor Jesucristo! ¡Gracias porque te nos diste de modo tan admirable, y porque te quedaste entre nosotros de manera tan amorosa! Danos a todos una fe viva en el Sacramento del amor. Que la Misa dominical sea el centro de nuestra semana cristiana, la Comunión nos sacie el hambre que tenemos de ti, y el Sagrario se convierta en el remanso tranquilo donde nuestras almas encuentren la paz....


22 mar 2017

Santo Evangelio 22 de Marzo 2017


Día litúrgico: Miércoles III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 5,17-19): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».


«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas (...), sino a dar cumplimiento»
Rev. D. Vicenç GUINOT i Gómez 
(Sant Feliu de Llobregat, España)


Hoy día hay mucho respeto por las distintas religiones. Todas ellas expresan la búsqueda de la trascendencia por parte del hombre, la búsqueda del más allá, de las realidades eternas. En cambio, en el cristianismo, que hunde sus raíces en el judaísmo, este fenómeno es inverso: es Dios quien busca al hombre.

Como recordó Juan Pablo II, Dios desea acercarse al hombre, Dios quiere dirigirle sus palabras, mostrarle su rostro porque busca la intimidad con él. Esto se hace realidad en el pueblo de Israel, pueblo escogido por Dios para recibir sus palabras. Ésta es la experiencia que tiene Moisés cuando dice: «¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahvé nuestro Dios siempre que le invocamos?» (Dt 4,7). Y, todavía, el salmista canta que Dios «revela a Jacob su palabra, sus preceptos y sus juicios a Israel: no hizo tal con ninguna nación, ni una sola conoció sus juicios » (Sal 147,19-20).

Jesús, pues, con su presencia lleva a cumplimiento el deseo de Dios de acercarse al hombre. Por esto, dice que «no penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). Viene a enriquecerlos, a iluminarlos para que los hombres conozcan el verdadero rostro de Dios y puedan entrar en intimidad con Él.

En este sentido, menospreciar las indicaciones de Dios, por insignificantes que sean, comporta un conocimiento raquítico de Dios y, por eso, uno será tenido por pequeño en el Reino del Cielo. Y es que, como decía san Teófilo de Antioquía, «Dios es visto por los que pueden verle; sólo necesitan tener abiertos los ojos del espíritu (...), pero algunos hombres los tienen empañados».

Aspiremos, pues, en la oración a seguir con gran fidelidad todas las indicaciones del Señor. Así, llegaremos a una gran intimidad con Él y, por tanto, seremos tenidos por grandes en el Reino del Cielo.