18 mar 2017

Santo Evangelio 18 de Marzo 2017


Día litúrgico: Sábado II de Cuaresma

Santoral 18 de Marzo: San Cirilo de Jerusalén, obispo y doctor de la Iglesia

Texto del Evangelio (Lc 15,1-3.11-32): En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre. 

»Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta. 

»Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’».


«Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti»
Rev. D. Llucià POU i Sabater 
(Granada, España)



Hoy vemos la misericordia, la nota distintiva de Dios Padre, en el momento en que contemplamos una Humanidad “huérfana”, porque —desmemoriada— no sabe que es hija de Dios. Cronin habla de un hijo que marchó de casa, malgastó dinero, salud, el honor de la familia... cayó en la cárcel. Poco antes de salir en libertad, escribió a su casa: si le perdonaban, que pusieran un pañuelo blanco en el manzano, tocando la vía del tren. Si lo veía, volvería a casa; si no, ya no le verían más. El día que salió, llegando, no se atrevía a mirar... ¿Habría pañuelo? «¡Abre tus ojos!... ¡mira!», le dice un compañero. Y se quedó boquiabierto: en el manzano no había un solo pañuelo blanco, sino centenares; estaba lleno de pañuelos blancos.

Nos recuerda aquel cuadro de Rembrandt en el que se ve cómo el hijo que regresa, desvalido y hambriento, es abrazado por un anciano, con dos manos diferentes: una de padre que le abraza fuerte; la otra de madre, afectuosa y dulce, le acaricia. Dios es padre y madre...

«Padre, he pecado» (cf. Lc 15,21), queremos decir también nosotros, y sentir el abrazo de Dios en el sacramento de la confesión, y participar en la fiesta de la Eucaristía: «Comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida» (Lc 15,23-24). Así, ya que «Dios nos espera —¡cada día!— como aquel padre de la parábola esperaba a su hijo pródigo» (San Josemaría), recorramos el camino con Jesús hacia el encuentro con el Padre, donde todo se aclara: «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Concilio Vaticano II). 

El protagonista es siempre el Padre. Que el desierto de la Cuaresma nos lleve a interiorizar esta llamada a participar en la misericordia divina, ya que la vida es un ir regresando al Padre.

Lo que hace importante nuestra fe



Lo que hace importante nuestra fe

La realidad de un Dios cercano hasta el punto de permanecer realmente entre nosotros todos los días.

Por: P. Juan Carlos Ortega Rodríguez | Fuente: Catholic.net 


Según usted, ¿qué es lo específico de nuestra fe? Haga un esfuerzo por responder la pregunta, ¿qué es lo propio, lo distintivo del cristianismo?

La respuesta que en un primer momento viene a nuestra mente es la caridad.

Indudablemente que esta virtud ocupa un lugar principal en la vida y en la fe cristiana, pero no es algo específico de nuestra religión. Por el contrario, con características diversas, el amor es un elemento común en la mayoría de las religiones.

Lo propio de nuestra fe, lo que la hace diversa y superior a las demás creencias son dos elementos. En primer lugar, la realidad de un Dios cercano hasta el punto, no sólo de hablar con nosotros y venir sobre la tierra, sino de hacerse hombre y permanecer realmente entre nosotros todos los días. El segundo elemento consiste en la misericordia amorosa de Dios.

Él, por medio de la muerte y resurrección de su Hijo, nos perdona todas las ofensas que le podamos infligir, con tal que reconozcamos nuestro error y pidamos perdón.

¿Cómo actúa y vive el creyente los elementos que identifican su fe?
La presencia real y constante de Dios se realiza por medio del sacramento de la Eucaristía, mientras el sacramento de la Reconciliación hace presente su amor misericordioso.

En efecto, al recordar la llamada que todos los cristianos hemos recibido a ser santos, nos ha marcado como camino "la oración cristiana, viviéndola plenamente ante todo en la liturgia, pero también de la experiencia personal" La oración litúrgica por excelencia y más común son precisamente los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación.

Sin embargo, el Papa ha lamentado que "en el mundo contemporáneo, junto a generosos testigos del Evangelio, no faltan bautizados que adoptan una posición de sorda resistencia y, a veces, también de abierta rebelión. Son situaciones en las que la experiencia de la oración se vive de manera bastante superficial, de modo que la palabra de Dios no incide sobre la existencia. Muchos consideran insignificante el mismo sacramento de la penitencia y la celebración eucarística del domingo simplemente un deber que hay que cumplir"

¿Qué esta ocurriendo? Lo que identifica la vida de fe del cristiano, sus sacramentos, son evitados por algunos de ellos. ¿Por qué? Quizás porque no se han entendido bien y se han considerado más como un deber que como
un regalo de Dios.

Para lograr que un regalo sea útil y agradable para la persona que lo recibe es necesario conocer sus gustos y necesidades. ¿Quién mejor que Dios conoce las necesidades del corazón humano? Por lo tanto, ¿quién mejor que Él nos podrá ofrecer los mejores regalos de nuestra vida? Así lo afirmó el Papa: "Los dones del Señor -y los sacramentos son de los más preciosos- vienen de Aquél que conoce bien el corazón del hombre"

Imagínese que usted hiciera un viaje con el fin específico de visitar a un amigo que desde hace años no ve. Llega a su ciudad y el amigo se disculpa diciendo que no puede verle pues se encuentra muy cansado. ¿No se sentiría usted defraudado y confundido? En realidad eso es lo que nosotros hacemos cuando los domingos no participamos en la Santa Misa. Es necesario recordar que el precepto dominical no es algo opcional, por el contrario, "es un deber irrenunciable, que se ha de vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como necesidad de una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente"

Ojalá que todos nos esforcemos para que "la participación en la Eucaristía sea, para cada bautizado, el centro del domingo". Sabemos que no será fácil pues las circunstancias actuales ponen al cristiano "ante el reto de testimoniar con mayor fuerza los aspectos específicos de su propia identidad. El deber de la participación eucarística es uno de éstos"

Al igual que la Eucaristía es necesario también presentar en su modo correcto el sacramento del perdón. En la confesión, "Dios nos muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente consigo"

Cada vez que nos acercamos al sacramento del perdón, Dios Padre se acerca a su Hijo Jesucristo y le pide que baje a la Tierra, pues una parte de su viña necesita ser limpiada de la maleza y ser abonada. Esa parte de la viña del Señor eres tú y yo cada día que nos acercamos a la confesión.

En efecto, este sacramento es también un don, el don no de la justicia sino del amor de Dios. "Éste es el rostro de Cristo que conviene hacer descubrir también a través del sacramento de la penitencia"

17 mar 2017

Santo Evangelio 17 de Marzo 2017


Día litúrgico: Viernes II de Cuaresma

Santoral 17 de Marzo: San Patricio, obispo (Patrono principal de Irlanda)

Texto del Evangelio (Mt 21,33-43.45-46): En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». 

Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos». 

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.


«La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido»
Rev. D. Melcior QUEROL i Solà 
(Ribes de Freser, Girona, España)



Hoy, Jesús, por medio de la parábola de los viñadores homicidas, nos habla de la infidelidad; compara la viña con Israel y los viñadores con los jefes del pueblo escogido. A ellos y a toda la descendencia de Abraham se les había confiado el Reino de Dios, pero han malversado la heredad: «Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos» (Mt 21,43).

Al principio del Evangelio de Mateo, la Buena Nueva parece dirigida únicamente a Israel. El pueblo escogido, ya en la Antigua Alianza, tiene la misión de anunciar y llevar la salvación a todas las naciones. Pero Israel no ha sido fiel a su misión. Jesús, el mediador de la Nueva Alianza, congregará a su alrededor a los doce Apóstoles, símbolo del “nuevo” Israel, llamado a dar frutos de vida eterna y a anunciar a todos los pueblos la salvación.

Este nuevo Israel es la Iglesia, todos los bautizados. Nosotros hemos recibido, en la persona de Jesús y en su mensaje, un regalo único que hemos de hacer fructificar. No nos podemos conformar con una vivencia individualista y cerrada a nuestra fe; hay que comunicarla y regalarla a cada persona que se nos acerca. De ahí se deriva que el primer fruto es que vivamos nuestra fe en el calor de familia, el de la comunidad cristiana. Esto será sencillo, porque «donde hay dos o más reunidos en mi nombre, yo estoy allí en medio de ellos» (Mt 18,20).

Pero se trata de una comunidad cristiana abierta, es decir, eminentemente misionera (segundo fruto). Por la fuerza y la belleza del Resucitado “en medio nuestro”, la comunidad es atractiva en todos sus gestos y actos, y cada uno de sus miembros goza de la capacidad de engendrar hombres y mujeres a la nueva vida del Resucitado. Y un tercer fruto es que vivamos con la convicción y certeza de que en el Evangelio encontramos la solución a todos los problemas.

Vivamos en el santo temor de Dios, no fuera que nos sea tomado el Reino y dado a otros.

Sacrificio de salvación para todo el mundo



Sacrificio de salvación para todo el mundo

No debe haber barrera, ni cultural, ni política, ni económica, que nos impida acercar a Cristo a los hombres.

Por: P. Carlos M Buela | Fuente: Instituto del Verbo Encarnado 


En el Evangelio se nos dice: vendrán muchos de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios. (Lc 13,29).

El universalismo cristiano es abierto por el sacrificio de la cruz, en la cual Jesús derrama su sangre por muchos, para el perdón de los pecados (Mt 26,28). Allí, en la cruz de Cristo, tienen acceso todos los hombres al Reino de Dios.

La Misa , «representación objetiva y aplicación del sacrificio cruento del Calvario», se ofrece también por todos: se entregó a sí mismo para redención de todos (1Tim 2,6), de ahí que San Juan Crisóstomo diga que el sacerdote que sacrifica «ora por todo el mundo y suplica a Dios sea propicio por los pecados de todos».

Hay dos categorías de hombres que son los sujetos pro quo (por quien) se ofrece el sacrificio de la Misa: los vivos y los difuntos.

Entre los vivos, unos son fieles justos, miembros vivos de Cristo y de la Iglesia; otros, pecadores, unidos a la Iglesia por el vínculo de la fe; otros, herejes y cismáticos y públicamente excomulgados; otros finalmente, infieles.

Entre los muertos, unos son santos, en posesión de la felicidad eterna; otros, sujetos a expiación en las llamas del purgatorio .

Por eso en la liturgia se dice :

– «Sacrificio que te ofrecemos, ante todo, por la Iglesia Santa y Católica»;
– «Acuérdate de tu Iglesia extendida por toda la tierra»;
– que esta Víctima «traiga la paz y la salvación al mundo entero»;
– «reúne a todos tus hijos dispersos por el mundo»;
– «Sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo»;
– «acuérdate de todos aquellos por quienes te ofrecemos este sacrificio… de todo el pueblo santo y de aquellos que te buscan con sincero corazón»;
– «acuérdate de cuantos viven en este mundo».

De ahí que el sacrificio de la Misa, no solo puede aplicarse en la integridad de sus frutos a los bautizados vivientes, sino también por los infieles o no bautizados, tanto en general, por todos, cuanto en especial, por cada uno de ellos (siempre que no haya escándalo o se mezcle error o superstición).

Por eso enseña San Pablo :

Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad , para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad (1Tim 2,1–2). San Pablo dice por todos los hombres, –aún por los reyes que eran infieles–, ya que Cristo murió por todos (2Cor 5,15). Y habla de preces públicas, no de preces privadas. Por eso Tertuliano podía decir: «Sacrificamos por la salud del emperador».

Dice San Juan Crisóstomo: «El sacerdote es como el padre común del orbe. Conviene, pues, que el sacerdote cuide de todos, como Dios de quien es sacerdote». ¿Qué significa ante todo? Significa en el culto diario.

Y San Agustín: «Que ninguno, dada la estrechez de mira del humano conocimiento, juzgue que estas cosas no se han de hacer por aquellos de quien la Iglesia sufre persecución, puesto que los miembros han de ser reclutados de entre los hombres de toda raza y linaje».

Los infieles no son oferentes (como los bautizados); sin embargo, la Misa puede ofrecerse en su favor. No se ofrece por ellos en calidad de cooferentes –como los bautizados–, sino que se ofrece por ellos para que, si lo quisieren, se conviertan de infieles en fieles.

La Eucaristía, en cuanto sacrificio, tiene efecto también en otros por quienes se ofrece, en los que no preexige la vida sobrenatural en acto, sino sólo en potencia.

El sacrificio de la Misa puede ofrecerse por los infieles de dos maneras:

– Indirectamente: ofreciéndolo por la paz y prosperidad de la Iglesia y por su extensión en todo el mundo, y por tanto, por la conversión de los mismos infieles, ya que la Iglesia se aumenta y dilata por la conversión de los paganos .

En la anáfora de San Serapión: «Reúne tu santa Iglesia de toda gente y de toda tierra, de toda ciudad y pueblo, y casa, y haz una Iglesia católica, viva». Se ve que ningún hombre es extraño a la Iglesia. Sólo se hace extraño a la Iglesia cuando se le termina el tiempo del vivir en este mundo, si muere rebelándose contra la voluntad de Dios, sin arrepentimiento . Cosa que sólo puede juzgar Dios.

– Directamente: impetrando el bien espiritual y temporal de los infieles que convenga a su salvación.

Queridos hermanos, tener un corazón sacerdotal es tener un corazón semejante al de Cristo: él quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1Tim 2,4), por eso mandó a los apóstoles: Id por todo el mundo ... (Mc 16,15) ¿Trabajamos sobre nosotros mismos para tener un corazón así?

Un corazón sacerdotal debe ser universal, debe tener solicitud por todas las Iglesias (2Cor 11,28), debe tener preocupación para que el Reino de Dios se extienda por toda la tierra. Debe tener un corazón ancho como el mundo.

Un corazón sacerdotal debe hacer todo lo que está a su alcance para la extensión del Reino de Dios sobre la tierra. ¿Hago todo lo que puedo? ¿Aprovecho la Misa diaria para unirme al Corazón Sacerdotal de Cristo en esta intención? ¿Busco ampliar mi mente y ensanchar mi corazón... hasta las islas lejanas (Sir 47,16), hasta los confines de la tierra (Mi 5,3)?

No debe haber barrera, ni lingüística, ni cultural, ni política, ni económica, que nos impida acercar a Cristo a los hombres, porque la Santa Misa es sacrificio de salvación para todo el mundo.

16 mar 2017

Santo Evangelio 16 de Marzo 2017


Día litúrgico: Jueves II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 16,19-31): En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’. 

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».


«Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite»
Rev. D. Xavier SOBREVÍA i Vidal 
(Castelldefels, España)


Hoy, el Evangelio es una parábola que nos descubre las realidades del hombre después de la muerte. Jesús nos habla del premio o del castigo que tendremos según cómo nos hayamos comportado.

El contraste entre el rico y el pobre es muy fuerte. El lujo y la indiferencia del rico; la situación patética de Lázaro, con los perros que le lamen las úlceras (cf. Lc 16,19-21). Todo tiene un gran realismo que hace que entremos en escena.

Podemos pensar, ¿dónde estaría yo si fuera uno de los dos protagonistas de la parábola? Nuestra sociedad, constantemente, nos recuerda que hemos de vivir bien, con confort y bienestar, gozando y sin preocupaciones. Vivir para uno mismo, sin ocuparse de los demás, o preocupándonos justo lo necesario para que la conciencia quede tranquila, pero no por un sentido de justicia, amor o solidaridad.

Hoy se nos presenta la necesidad de escuchar a Dios en esta vida, de convertirnos en ella y aprovechar el tiempo que Él nos concede. Dios pide cuentas. En esta vida nos jugamos la vida.

Jesús deja clara la existencia del infierno y describe algunas de sus características: la pena que sufren los sentidos —«que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama» (Lc 16,24)— y su eternidad —«entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo» (Lc 16,26).

San Gregorio Magno nos dice que «todas estas cosas se dicen para que nadie pueda excusarse a causa de su ignorancia». Hay que despojarse del hombre viejo y ser libre para poder amar al prójimo. Hay que responder al sufrimiento de los pobres, de los enfermos, o de los abandonados. Sería bueno que recordáramos esta parábola con frecuencia para que nos haga más responsables de nuestra vida. A todos nos llega el momento de la muerte. Y hay que estar siempre preparados, porque un día seremos juzgados.

¡Levántate, y come!


¡Levántate, y come!

Sólo Jesucristo, con su Pan y su Vino, es quien nos da fuerzas para seguir siempre adelante.


Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net 


En una página de la Biblia podemos descubrir un reproche de Dios, a la vez que una invitación suya muy amorosa para nosotros, los hombres y mujeres católicos de hoy. Dios nos grita como a Elías:
- ¡Venga, levántate, y come!. ¿No te das cuenta de que no tienes fuerzas para caminar, y todo porque no te alimentas bien?... No digas que no puedes y que no tienes para comprar, porque te lo doy todo gratis. Te sigo repitiendo con palabras de mi profeta Isaías: Comprad y comed, sin dinero y sin cambio alguno, rico pan y leche sustanciosa...

Así podría Dios hablarnos hoy, porque somos muchos los que nos hallamos tantas veces en la situación del profeta Elías: cansados del camino y sin poder seguir adelante.

Conocemos aquel hecho singular del valiente profeta. Había mandado degollar a los cuatrocientos profetas del falso dios Baal, y la mujer del rey, la impía Jezabel, le pasó un mensaje terrible:
- ¡Te juro por todos los dioses, y que ellos me castiguen fuerte si no lo hago: que mañana a estas horas tú estarás muerto a espada, como aquellos que tú degollaste!.

Elías tiembla, y huye lejos de aquella mujer perversa. Camina y camina, hasta llegar al sur de Palestina. Se tumba rendido a descansar bajo un árbol, y se duerme profundamente. Un ángel de Dios le remueve, mientras le invita:
- ¡Levántate y come, pues te queda mucho camino por recorrer!

Allí al lado le tenía Dios preparado un pan caliente y una vasija de agua. El prófugo come, bebe, y se tumba de nuevo a dormir. Pero, por segunda vez el ángel:
- ¡Arriba! ¡A comer y a beber más, pues te queda mucho camino que andar!.

Elías obedece. Come y bebe lo que Dios le tenía preparado, sin que él lo hubiese comprado en ninguna parte, y, refocilado con aquel pan y aquella bebida misteriosos, llega, sin detenerse en días y días de caminar, hasta el monte Oreb, el monte de Dios...

Pocas imágenes bíblicas como ésta nos darán idea de lo que es para nosotros la Eucaristía, el alimento que Dios nos ha preparado a sus hijos, para que lleguemos sin desfallecer hasta el monte de Dios, hasta el mismo Dios en su gloria.

El enemigo, desde un principio en el paraíso, nos invitó a comer un fruto prohibido que nos trajo la muerte...

Después, engañará en el desierto a los israelitas para que se rebelen contra Dios, por culpa de la comida que les manda, el maná, un alimento sin sustancia, como decían ellos.

Más tarde, siempre con el pretexto de la comida, el demonio querrá tentar a Cristo y nos tentará a nosotros, para que comamos las delicias del mundo en vez de las que Dios nos da.

El caso será engañarnos, y el diablo nos ofrecerá alimentos que serán veneno, y no precisamente comida que nos traiga salud y vida vigorosa.

Hasta que viene Jesús, y nos dice:
- Tomad, comed, porque esto es mi Cuerpo. Tomad, bebed, porque esta es mi sangre...

Los israelitas, aunque comieron el maná en el desierto, murieron todos. Los que comáis esta mi carne, que yo os doy en forma de pan, y bebáis esta mi sangre, que yo os brindo en forma de vino, llegaréis hasta Dios, a través del desierto de este mundo.

No caeréis rendidos por el cansancio en el camino. Y no moriréis para siempre, porque yo os resucitaré en el último día.

Nos cansamos, pero no podemos decir con Elías: Prefiero la muerte, porque ya no puedo más.

Nos halaga y nos quiere engañar el Maligno, pero sabemos no hacerle caso. Porque su pan encierra veneno y muerte, mientras que el Pan de Cristo esconde fuerza y sabe a todo deleite.

Sólo Jesucristo, que se nos da en alimento de nuestras almas, es el único que no nos engaña.

Sólo Jesucristo nos da gratis el Pan de la Vida y el Vino de la Salvación.

Sólo Jesucristo, con su Pan y su Vino, es quien nos da fuerzas para seguir siempre adelante.

Sólo Jesucristo nos lleva hasta el final, rebosantes de salud, con el Pan más nutritivo y la bebida más deliciosa.

Entendemos muy bien el cantar, y le repetimos a Jesucristo:

No podemos caminar
con hambre bajo el sol.
Danos siempre el mismo pan:
tu Cuerpo y Sangre, Señor.

El hambre en el mundo hace a los hombres clamar siempre por ¡pan, pan, pan!... Y quien dice pan dice arroz, y frijoles y maíz..., y carne y huevos y pescado y lo más nutritivo que se halle. Es un grito que nos conmueve, porque tenemos sensibilidad social y queremos que el hambre desaparezca del mundo. Pero no olvidamos el hambre de los espíritus, y queremos que a todos llegue el Pan del Cielo: primero el conocimiento y la fe en Jesucristo, y después, abrazada en plenitud la fe, el Pan de la Eucaristía, que los cristianos nos comemos en la Sagrada Comunión.

¡Señor Jesucristo! Nosotros te comemos en el Sacramento, como Tú nos mandaste! Haz que todos te conozcan y te acepten, para que gusten y sepan qué rico y qué fuerte es el Pan que Tú nos das....

15 mar 2017

Santo Evangelio 15 de Marzo 2017


Día litúrgico: Miércoles II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 20,17-28): En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».


«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor»
Rev. D. Francesc JORDANA i Soler 
(Mirasol, Barcelona, España)


Hoy, la Iglesia —inspirada por el Espíritu Santo— nos propone en este tiempo de Cuaresma un texto en el que Jesús plantea a sus discípulos —y, por lo tanto, también a nosotros— un cambio de mentalidad. Jesús hoy voltea las visiones humanas y terrenales de sus discípulos y les abre un nuevo horizonte de comprensión sobre cuál ha de ser el estilo de vida de sus seguidores.

Nuestras inclinaciones naturales nos mueven al deseo de dominar las cosas y a las personas, mandar y dar órdenes, que se haga lo que a nosotros nos gusta, que la gente nos reconozca un status, una posición. Pues bien, el camino que Jesús nos propone es el opuesto: «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo» (Mt 20,26-27). “Servidor”, “esclavo”: ¡no podemos quedarnos en el enunciado de las palabras!; las hemos escuchado cientos de veces, hemos de ser capaces de entrar en contacto con la realidad que significan, y confrontar dicha realidad con nuestras actitudes y comportamientos.

El Concilio Vaticano II ha afirmado que «el hombre adquiere su plenitud a través del servicio y la entrega a los demás». En este caso, nos parece que damos la vida, cuando realmente la estamos encontrando. El hombre que no vive para servir no sirve para vivir. Y en esta actitud, nuestro modelo es el mismo Cristo —el hombre plenamente hombre— pues «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28).

Ser servidor, ser esclavo, tal y como nos lo pide Jesús es imposible para nosotros. Queda fuera del alcance de nuestra pobre voluntad: hemos de implorar, esperar y desear intensamente que se nos concedan esos dones. La Cuaresma y sus prácticas cuaresmales —ayuno, limosna y oración— nos recuerdan que para recibir esos dones nos debemos disponer adecuadamente.