9 nov 2015

Santo Evangelio 9 Noviembre 2015


Día litúrgico: 9 de Noviembre: Dedicación de la Basílica del Laterano en Roma

Texto del Evangelio (Jn 2,13-22): Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

«Destruid este templo y en tres días lo levantaré»
Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, en esta fiesta universal de la Iglesia, recordamos que aunque Dios no puede ser contenido entre las paredes de ningún edificio del mundo, desde muy antiguo el ser humano ha sentido la necesidad de reservar espacios que favorezcan el encuentro personal y comunitario con Dios. Al principio del cristianismo, los lugares de encuentro con Dios eran las casas particulares, en las que se reunían las comunidades para la oración y la fracción del pan. La comunidad reunida era —como también hoy es— el templo santo de Dios. Con el paso del tiempo, las comunidades fueron construyendo edificios dedicados a las reuniones litúrgicas, la predicación de la Palabra y la oración. Y así es como en el cristianismo, con el paso de la persecución a la libertad religiosa en el Imperio Romano, aparecieron las grandes basílicas, entre ellas San Juan de Letrán, la catedral de Roma.

San Juan de Letrán es el símbolo de la unidad de todas las Iglesias del mundo con la Iglesia de Roma, y por eso esta basílica ostenta el título de Iglesia principal y madre de todas las Iglesias. Su importancia es superior a la de la misma Basílica de San Pedro del Vaticano, pues en realidad ésta no es una catedral, sino un santuario edificado sobre la tumba de San Pedro y el lugar de residencia actual del Papa, que, como Obispo de Roma, tiene en la Basílica Lateranense su catedral.

Pero no podemos perder de vista que el verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, el auténtico templo, es Jesucristo. Por eso, Él tiene plena autoridad para purificar la casa de su Padre y pronunciar estas palabras: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). Gracias a la entrega de su vida por nosotros, Jesucristo ha hecho de los creyentes un templo vivo de Dios. Por esta razón, el mensaje cristiano nos recuerda que toda persona humana es sagrada, está habitada por Dios, y no podemos profanarla usándola como un medio.

Virgen de la Almudena. 9 Noviembre


9 de Noviembre

NUESTRA SEÑORA DE LA ALMUDENA

Esta antigua y venerada imagen, a la que se rinde culto desde hace sólo unos años, en la catedral provisional de San Isidro, de Madrid, es considerada, no sin controversia, su Patrona.

La capital de España tiene una recia tradición mariana. En el siglo XVII, siendo ya una población importante, como atestiguan sus diez parroquias intramuros, su parroquia mayor llevaba ya el sencillo nombre de Santa María. En esta iglesia, demolida en 1869 y en vías de nueva construcción, futura y definitiva catedral, se ha rendido culto durante siglos a la venerada imagen de la Patrona, y no es por eso de extrañar que al cabo de los años, confundida la advocación primitiva con una devoción no menos antigua, haya venido a llamarse la parroquia Santa María la Real de Almudena. Tal vez por este motivo le fue dada a una parroquia de un suburbio, creada en 1940, el nombre de Santa María la Mayor, resucitando el viejo título de la iglesia matriz.

No podemos dejar de señalar como hecho curioso, el descubrimiento de otra antigua y venerable imagen, no por ello muy conocida de los madrileños. En el año 1624, con motivo de la proximidad del alumbramiento de la reina Doña Isabel de Borbón, se organizaron tan solemnes cultos en el templo de Santa María, que hubo necesidad de hacer obra y reforma en el altar mayor, retirándose algunas piezas del retablo y descubriéndose una imagen de la Santísima Virgen con su Hijo en los brazos, sentada, de rostro moreno y aguileño, cabellos largos, sujetos con una diadema, y en la mano un lirio, por lo que se la empezó a llamar por el nombre de Nuestra Señora de la Flor de Lis. Es muy probable que esta imagen, cuya fiesta se celebra el día 2 de febrero, que recibe culto en una capilla de la cripta de la basílica inconclusa que será en su día catedral de Madrid, sea la más primitiva representación madrileña de la Virgen Santísima que se conserva expuesta a la veneración del pueblo en la iglesia matriz.

La escasa repercusión de este hallazgo se explica fácilmente por la enorme devoción de que ya en aquella época gozaba la imagen de la Almudena. Se la rendía culto desde tiempo inmemorial, y una tradición constante y generalmente admitida la suponía milagrosamente encontrada a poco de la Reconquista. Sería, según algunos, anterior a la invasión musulmana, y como en tantos otros sitios de España se cuenta haber ocurrido, fue cuidadosamente escondida a la llegada de los mahometanos.

Se dice que en los primeros años de la Reconquista, conservado su recuerdo, se buscó incesantemente, sin conseguir hallarla, hasta que, organizándose grandes rogativas, la misma noche del día en que éstas se celebraron se derrumbó parte del cubo en que se escondía, dejándola al descubierto, comenzando en ese mismo momento una nueva y más esplendorosa época en la historia de su devoción.

Se supone que estos hechos ocurrieron el año 1085, y mientras existió la muralla madrileña se señalaba el lugar exacto de la aparición. Hoy, en el sitio más próximo adonde estuvo el cubo, el hecho es recordado por una lápida, en el muro que circunda al mediodía el emplazamiento de la nueva catedral.

En lo que no están tan de acuerdo los autores es en el origen del nombre. Para unos viene de almud, por una piedra de esta forma que allí existía. Para otros, de almudín o almudén, que es lo mismo que alholí o alhóndiga, edificio que allí cerca estaba. También podría ser su origen la almudaina o ciudadela en donde se veneró.

La imagen fué pronto trasladada, como hemos dicho, a la iglesia de Santa María, fabricándole un rico retablo.

San Isidro, el famoso labrador y más insigne santo del Madrid medieval, fue, según se cuenta en su vida, gran devoto de ella, así como su esposa, Santa María de la Cabeza. Cuéntase que por intercesión de la Santísima Virgen en esta venerable figura fue cómo un hijo de San Isidro se salvó de morir ahogado.

La Virgen de la Almudena fue invocada en las luchas que en los primeros años de la Reconquista hubieron de mantener los conquistadores castellanos contra almorávides y almohades, y en una y otra ocasión se pudo experimentar su patrocinio, así como en otros muchos sucesos particulares, siendo considerable el número de los milagros que se le atribuyen.

El concejo de la Villa hizo voto hacia 1438 de guardar su fiesta, ayunar la víspera y hacer procesión en la octava. A fines del siglo xvi empezó a usar esta imagen las armas de la Villa y en 1621, a 18 de diciembre, profesó ante ella el concejo el voto concepcionista. Por fin, en 1646, a 8 de septiembre, el municipio votó asistir perpetuamente, "para siempre jamás", a su festividad.

Efemérides reciente ha sido la coronación de la imagen, el 10 de noviembre de 1948.

Réstanos decir que la actual imagen, que forzosamente hemos de considerar más reciente, representa a la Santísima Virgen de pie, vestida, de cabellos rubios, el rostro y cuello despejados, y el Niño desnudo, graciosamente apoyado sobre su brazo izquierdo y sostenido por el derecho.

ENRIQUE PASTOR MATEOS

8 nov 2015

Evangelio 8 Noviembre 2015


Día litúrgico: Domingo XXXII (B) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 25,1-13): En aquel tiempo, dijo Jesús a las gentes en su predicación: «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa».

Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir».

«Todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba»
Pbro. José MARTÍNEZ Colín 
(Culiacán, México)


Hoy, el Evangelio nos presenta a Cristo como Maestro, y nos habla del desprendimiento que hemos de vivir. Un desprendimiento, en primer lugar, del honor o reconocimiento propios, que a veces vamos buscando: «Guardaos de (…) ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes» (cf. Mc 12,38-39). En este sentido, Jesús nos previene del mal ejemplo de los escribas.

Desprendimiento, en segundo lugar, de las cosas materiales. Jesucristo alaba a la viuda pobre, a la vez que lamenta la falsedad de otros: «Todos han echado de lo que les sobraba, ésta [la viuda], en cambio, ha echado de lo que necesitaba» (Mc 12,44).

Quien no vive el desprendimiento de los bienes temporales vive lleno del propio yo, y no puede amar. En tal estado del alma no hay “espacio” para los demás: ni compasión, ni misericordia, ni atención para con el prójimo.

Los santos nos dan ejemplo. He aquí un hecho de la vida de san Pío X, cuando todavía era obispo de Mantua. Un comerciante escribió calumnias contra el obispo. Muchos amigos suyos le aconsejaron denunciar judicialmente al calumniador, pero el futuro Papa les respondió: «Ese pobre hombre necesita más la oración que el castigo». No lo acusó, sino que rezó por él. 

Pero no todo terminó ahí, sino que —después de un tiempo— al dicho comerciante le fue mal en los negocios, y se declaró en bancarrota. Todos los acreedores se le echaron encima, y se quedó sin nada. Sólo una persona vino en su ayuda: fue el mismo obispo de Mantua quien, anónimamente, hizo enviar un sobre con dinero al comerciante, haciéndole saber que aquel dinero venía de la Señora más Misericordiosa, es decir, de la Virgen del Perpetuo Socorro.

¿Vivo realmente el desprendimiento de las realidades terrenales? ¿Está mi corazón vacío de cosas? ¿Puede mi corazón ver las necesidades de los demás? «El programa del cristiano —el programa de Jesús— es un “corazón que ve”» (Benedicto XVI).

Beata Isabel de la Trinidad, 8 Noviembre

8 de noviembre

BEATA ISABEL DE LA TRINIDAD
Virgen carmelita

Avor (Francia), 18-julio-1880 
+ Dijon, 9-noviembre-1906 
B. 25-noviembre-1984

Hace unos años, haciendo de portero en mi convento, se presentó una señora que quería adquirir las obras de una santa que decía que Dios estaba dentro de nosotros. Ella no sabía el nombre, pero conocía el mensaje central. Se trataba de Isabel de la Trinidad. Todo el que se acerca a la Beata Isabel se siente contagiado de esta experiencia de proximidad, Dios está a nuestro lado, ha puesto su morada en el corazón humano.

La mañana del 18 de julio de 1880 nace Elisabeth Catez en un campo militar de Avor, cerca de Bourges (Francia). Su familia está inquieta porque los médicos han dicho que el bebé no podrá salvar su vida. María Rolland, su mamá, esperaba su primera hija. Todos rezan y se ofrecen misas por la nueva criatura. En contra de todos los pronósticos, la niña llega a este mundo «muy hermosa y vivaracha». Cuatro días después, el 22 de julio, es bautizada con el nombre de Isabel Josefina.

Diez meses después la familia deja el campamento de Avor y reside en la Borgoña, más tarde en Dijon (Francia) se instala la familia Catez. Ésta será la ciudad más relacionada con Isabel. El 20 de febrero de 1883 nace su hermana Margarita.

Los santos han experimentado los gozos y las alegrías de los humanos. La muerte de su padre es un hecho ocurrido a los pocos años de Isabel y que va a condicionar toda su vida. Su mamá, su hermana y ella formarán una piña, estarán muy unidas en todos los acontecimientos, alegres y tristes.

La señora Catez se ha dado cuenta del talento musical de su hija. La inscribe en el conservatorio a los siete años. Isabel pasa muchas horas en el piano. No va a la escuela porque las instituciones del Estado son demasiado laicas, en cambio recibirá la formación más elemental en su casa.

Isabel va creciendo y su carácter se va descubriendo. Ella misma confesará más tarde en sus cartas su »terrible carácter». Sus furias, sus explosiones, su carácter dominante van a ser el campo de batalla durante toda su vida. Al mismo tiempo posee un corazón cariñoso, suave y fiel.


TODA PARA JESÚS

El 19 de abril de 1891 recibe Isabel la primera comunión. Sus cartas nos revelan la experiencia de ser amada y darse. «Este gran día nos hemos dado por completo el uno al otro» (C 178). Gozo, alegría, saciedad, plenitud, belleza, música interior..., son las realidades que siente en su corazón. Por eso confesará a su amiga Maria Luisa Hallo: Jesús me ha saciado». El pan de vida va a calmar todos sus anhelos y se refleja en el rostro de felicidad y en sus ojos negros, vivos y penetrantes.

Una mañana, después de la misa, va a experimentar una gracia especial. Son esos momentos de la vida que marcan a los creyentes y que se recuerdan en toda la existencia. Se entrega incondicionalmente a.Jesús. Escuchemos sus palabras: «Iba a cumplir catorce años, cuando un día, durante mi acción de gracias, me sentí irresistiblemente empujada a escogerle como único esposo y, sin esperar más, me uní a él por el voto de virginidad. No nos dijimos nada, pero nos dimos el uno al otro, amándonos tan fuerte que la resolución de ser toda para él se hizo en mí más definitiva». Jesús será su único tesoro, su única riqueza, su verdadero amor. Semanas más tarde, el mensaje de Dios se hará más concreto. Después de la Eucaristía escuchará en el fondo de su corazón la palabra "Carmelo". Desde ese momento no hay vacilación, su voluntad férrea no la dejará volver para atrás en el camino. Será carmelita para toda su vida. No hay vuelta de hoja.

También los santos tienen vacaciones. Estamos en el verano de 1894: las Catez marchan a Carlipa, allí visitan a sus tías. Isabel siempre recordará el espectáculo cósmico de los Pirineos:«<¿Te acuerdas de nuestros paseos por la sierra durante la noche, a la luz de la luna, mientras escuchábamos las alegres campanadas? ¡Oh, tía, qué bello estaba el valle a la luz de las estrellas, esa inmensidad, ese infinito, todo me hablaba de Dios!» (C 139). En otras vacaciones caminará por el Jura, se admirará ante el Mediterráneo, gustará las excelentes comidas del Sur (del Midi), jugará al tenis, conciertos musicales, giras por el campo... Isabel admira todo lo positivo de la vida. Le entusiasma el mar, las montañas, el sol, las reuniones con los amigos, la música y la danza. Pero al mismo tiempo añade: «Todo me hablaba de Dios. La belleza del universo reflejaba la huella del amado y el rostro bendito de Dios.

De buena gana cambiaría todo esto por la soledad del Carmelo, donde dedicaría toda la música de su corazón para Dios. Pero tiene que esperar para no disgustar a su mamá. La resistencia de la señora Catez será una buena ocasión para vivir su espiritualidad en el mundo. Ella se abandona en las manos de Jesús y de Maria y estaría dispuesta a permanecer en el mundo toda la vida si ésa era la voluntad de Dios. En este sentido, las páginas de su Diario son muy iluminadoras. En él contemplamos a una joven viviendo la contemplación en lo cotidiano de la vida y en su intensa vida de oración. Ella es un modelo sencillo para los jóvenes cristianos de todas las épocas. «Tú, que te has apoderado de todo mi corazón, que vives continuamente en él y has hecho en él tu morada; tú, a quien siento, a quien veo con los ojos del alma en el fondo de este pobre corazón...» (D 60). En una carta a una amiga le dice: »Nosotras llevamos nuestro cielo en nosotras..., me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, ya que el cielo es Dios y Dios está en mi alma. El día que yo comprendí esto, todo se iluminó en mí y me gustaría contar este secreto en voz baja a los que amo, para que ellos también se unieran a Dios a través de todo» (C 122).

Así era Isabel, humana y divina, centrada en el interior y viviendo las alegrías de la vida. Con frecuencia participaba en veladas y bailes que organizaban las familias militares. En estos lugares quiere ser como el sol que irradia su luz. Su testimonio será la presencia de su persona, sin palabras, sin ningún gesto extraño. Ella nunca perderá la conciencia de este Maestro interior, en la celda que lleva en su corazón.


EN EL CARMELO

El 2 de agosto de 1901 Isabel Catez abandona su casa y entra en el Carmelo: Sor Isabel de la Trinidad. Después de la misa en el Carmelo, se despide de su madre y de su hermana Guita. Las puertas de la clausura se abren de par en par para Isabel. Todos sus deseos se han realizado. Una vida dedicada por entero a la oración. Una comunidad de hermanas que viven el ideal de Santa Teresa. Una sencillez en el uso de las cosas y en el trato con las personas. Un ideal apostólico que amplía su horizontes al mundo entero. El epistolario refleja de una forma maravillosa sus primeras impresiones. «No encuentro palabras para expresar mi dicha», «aquí ya no hay nada, sólo él... Se le encuentra en todas partes, lo mismo en la colada que en la oración» (C 91).

La situación del monasterio carmelitano es muy especial. Han expulsado a muchos religiosos y religiosas en Francia. A consecuencia de la ley Combes, la comunidad en la que vive Isabel está pensando marcharse al extranjero como lo han hecho otras comunidades religiosas. Esto no se llevará a cabo, las autoridades del lugar se conforman con cerrar la capilla de la iglesia al público.

En el ambiente comunitario no podemos silenciar a la madre Germana, la priora de este monasterio. Tiene treinta y un años. Una persona de fe y de gran sencillez. Será una priora cercana a cada religiosa de la comunidad. Una pedagoga que transmitirá con entusiasmo los valores más fundamentales del carisma teresiano. Encarna de una forma maravillosa lo que Santa Teresa quería de las prioras: «Procure ser amada para ser obedecida». Ella será la gran confidente de Isabel de la Trinidad. En los últimos momentos de su vida le dedicará un escrito en el que le dice estas palabras: «Sabéis bien que llevo vuestro sello y que algo de vos misma ha aparecido con vuestra hija».

No todo es color de rosa. Durante el tiempo de noviciado experimenta la tiniebla, la noche y el abandono... Era lógico. Tenía que acomodarse al nuevo ambiente, nuevas personas, nuevas costumbres y formas de ver la vida. Se acabaron las fiestas, los paseos por los montes en tiempo de verano son una realidad del pasado... Por otro lado están los sentimientos de su madre, inconsolable por la partida de su hija. El corazón de Isabel sufre todas estas heridas. Una cosa es vivir el espíritu del Carmelo desde el mundo y otra en una comunidad de clausura con personas muy concretas. No olvidemos que en estos tiempos las comunidades religiosas estaban un poco contaminadas con el jansenismo: un Dios que es un juez que lleva cuentas de nuestras mínimas acciones. Además en el noviciado del Carmelo encontraría leyes, usos, prescripciones y costumbres santas que ahogarían su sencillez evangélica. Todo este conglomerado de cosas producen en Isabel una crisis. Ella nos revela un secreto para superar todos estos obstáculos: «En el Carmelo se encuentran muchos sacrificios... pero son muy dulces cuando el corazón está completamente poseído por el amor. Quiero contarle cómo me las arreglo ante un pequeño contratiempo: miro al Crucificado y, viendo cómo él se ha entregado por mí, me parece que lo menos que yo puedo hacer por él es gastarme, consumirme, para devolverle algo de lo que él me ha dado" (C 156).

El 11 de enero de 1903, domingo y fiesta de la Epifanía, ante la comunidad carmelitana de Dijon, Isabel pronuncia sus votos religiosos de obediencia, castidad y pobreza. Se siente invadida por Dios, por su abundante gracia, un derroche. Experimenta las palabras de San Pablo a los romanos: ««Os exhorto a que ofrezcáis vuestra propia existencia como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como vuestro culto auténtico» (Rm 12, 1). La lectura de las cartas que escribe por estas fechas nos revelan su interioridad, lo que estaba viviendo en esos momentos. «Siento tanto amor en mi alma, es como un océano en el que me hundo, me pierdo.. . Él está en mí, yo estoy en él, no tengo más que amarle, que dejarme amar... (C 117). «Lo siento tan vivo en mi alma, no tengo más que recogerme para encontrarle dentro de mí y ésta es la razón de toda mi felicidad. Él ha puesto en mi corazón una necesidad de amar tan grande que sólo él puede saciarla» (C 169).

Isabel es la más joven de la comunidad en la que hay varias enfermas. Las horas reservadas al trabajo se distribuyen entre el barrido, la colada, el jardín, preparar las flores para los altares, la sacristía, la ropería... Un mundo muy limitado y estrecho en el que es preciso entenderse, convivir y aceptar a las personas con sus limitaciones concretas. Las monjas que convivieron con Isabel atestiguan que «su paciencia era inalterable... daba gusto tratar con ella». «Ella te llenaba de alegría con el simple gesto de entregar una carta. Te alegraba sin necesidad de grandes discursos. Todo el mundo lo decía. Sentía la necesidad de agradar. Nada era banal para ella. Hacía que cualquier cosa fuera importante. Por eso daba tanto».


ALABANZA DE GLORIA DE LA TRINIDAD

Éste era su pequeño mundo, pero transfigurado por su gran fe se vuelve luminoso. «Usted me pregunta cuáles son mis ocupaciones en el Carmelo. Podría responderle que para la carmelita no existe más que una: amar, rezar» (C 168). A una amiga le explica: «Unámonos para hacer de nuestras jornadas una comunión continua; despertémonos por la mañana en el Amor, entreguémonos todo el día al Amor, es decir, hagamos la voluntad de Dios, bajo su mirada, con él, en él, sólo por él. Tomemos todo el tiempo como él quiere... y, después, cuando llegue la noche, después de un diálogo de amor que no ha cesado en nuestro corazón, durmamos también en el Amor (C 175).

Sus experiencias religiosas son alimentadas por sus lecturas. El Nuevo Testamento tiene un lugar privilegiado en su mundo espiritual, muy especialmente las cartas de San Pablo, a quien llamará «padre de su alma». Las páginas de San Juan de la Cruz han ejercido una influencia considerable en el camino de la unión con Dios.

El año 1904 es muy significativo. El 21 de noviembre Isabel lo pasa ante el Santísimo. Por la noche redacta una oración, que es expresión de su entrega al Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dice así:

¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayudadme a olvidarme enteramente para establecerme en vos, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de vos, ¡oh mi Inmutable!, sino que cada minuto me haga penetrar más en profundidad de vuestro misterio. Pacificad mi alma, haced de ella vuestro cielo, vuestra morada amada y el lugar de vuestro reposo. Que no os deje allí jamás solo, sino que esté allí toda entera, completamente despierta en mi fe, en adoración total, completamente entregada a vuestra acción creadora».

Ella ha descubierto su vocación en la Iglesia: ser para Dios "una alabanza de gloria" (Ef 1, 6). Hasta tal punto que esta mística francesa lo toma como un nombre simbólico, laudem gloriae, alabanza de gloria». Algunas de sus cartas las firmará con este nombre. Su vida y su obra quieren ser alabanza de la Trinidad.

Cuaresma de 1905, Isabel se siente agotada, la priora le recomienda el descanso, se le exime de algunas tareas comunitarias. Más tarde es trasladada a la enfermería conventual. Ella sabe que no tiene curación. Se trata de la enfermedad de Adison: fuertes dolores de cabeza, apenas puede comer, úlceras interiores... Los escritos de este tiempo son un bello canto a la cruz de Cristo y al sentido redentor del sufrimiento humano. "¡Oh, Fuego consumidor, Espíritu de Amor, descended a mí para que se haga en mi alma como una encarnación del Verbo! Que yo sea para él una humanidad complementaria en la que renueve todo su Misterio». La última foto que poseemos demuestra lo demacrada que tiene la cara. 'Hay un ser que es el Amor y que quiere que vivamos en sociedad con él: ¡Oh mamá, es tan delicioso! ¡Aquí está él haciéndome compañía, ayudándome a sufrir, haciendo que supere mi dolor para descansar en él!; haz como yo, verás que eso lo transforma todo» (C 327).

En agosto de 1906 escribe El cielo en la fe. Este escrito está dirigido a su hermana Guita, exhortándola a la unión con Dios con la mirada puesta en el centro del alma. En este mismo mes redacta Últimos Ejercicios, que es una preparación para la vida eterna y que revelan el alma de Isabel en los postreros momentos de su existencia.

Los días 7 y 8 de noviembre está en silencio. Las últimas palabras que le oyeron sus hermanas de comunidad fueron: «Voy a la Luz, al Amor, a la Vida». En el amanecer del 9 de noviembre de 1906, deja de respirar. La ciudad de Dijon está tranquila a esas horas de la mañana. Las que estaban allí presentes se dan cuenta de que Isabel ha emprendido el viaje a la Trinidad que tanto amó en la tierra y como un profeta nos llama a cada uno a disfrutar de su Presencia en lo cotidiano de la vida.



Lucio DEL BURGO, O.C.D.

Los mártires coronados, 8 Noviembre


8 de noviembre
 LOS MARTIRES CORONADOS
(+ 306?)

Hay en Roma según se va del Coliseo hacia la basílica de San Juan de Letrán, una estrecha callejuela que lleva el nombre de los Cuatro Santos Coronados. Viene a terminar en una pequeña plaza, donde se eleva un edificio característico que tiene el aspecto de una fortaleza medieval. Pasando por debajo de esta torre, se llega a un primer pórtico, y después a un segundo, en el que son visibles las columnas de la iglesia anterior, que era más amplia que la actual, la de los Cuatro Santos Coronados. Levantada en el siglo IV y destruida por los normandos, fue levantada de nuevo, reduciendo sus dimensiones, por el papa Pascual II en 1111, y finalmente restaurada en el año de 1914.

El interior tiene tres naves y su ábside está decorado con notables frescos de Juan de San Giovanni (1630) , representando la Historia de los Cuatro Coronados y la Gloria de todos los santos. Y allí mismo, en la confesión, se halla la tumba de los Cuatro Santos. Mucho se ha discutido sobre quiénes fueran estos Santos, a quienes los cristianos dieron en un principio el nombre genérico de Coronados. Por tradición se sabe que fueron revelados sus nombres en tiempos del papa Honorio, quien les mandó erigir una iglesia, a la que más tarde San Gregorio el Grande (590-604) iba a elevar a la dignidad de titulo cardenalicio. En el pontificado de León IV (847-855), en las reparaciones que se hicieron en el templo, fueron encontradas las santas reliquias, que fueron colocadas debajo del altar, donde hoy día se veneran. Los nombres de los cuatro, según la revelación, son los de Severo, Severino, Carpóforo y Victorino.

La historia de estos mártires ha ofrecido siempre no pequeñas dificultades. En el mismo día celebra la Iglesia la fiesta de otros cinco, que padecieron martirio casi por los mismos años en la Panonia, en tiempos del emperador Diocleciano. Tal vez habría que distinguir, por tanto, en este día tres grupos de mártires y no cuatro mártires; primeramente los cinco canteros de Panonia: Simproniano, Claudio, Nicóstrato, Cástor y Simplicio. Luego cuatro Cornicúlarii, o, como diríamos hoy, cuatro suboficiales de caballería, martirizados por la fe; finalmente, otros cuatro santos de Albano, los nuestros, que se conocen con el nombre de Coronados. Las actas de estos últimos aparecen alteradas en algunos puntos, pero no dejan de tenerse como antiguas y auténticas.

Era por el año de 304, cuando arreciaba con más encono en Roma la persecución contra los cristianos. Se habían dado decretos para que todos los súbditos del imperio sacrificasen públicamente a los dioses, pero donde el emperador Diocleciano había mostrado más interés era en lo que tocaba a las clases militares, especialmente, en aquellos que tocaban más de cerca su misma guardia y persona.

Muy conocidos eran en la ciudad cuatro hermanos, que militaban todos ellos bajo las águilas imperiales, y que eran tenidos como unos excelentes servidores y soldados. Los cuatro tenían sendos puestos honoríficos en la corte, pero llevaban consigo una tacha en aquellos tiempos imperdonable: los cuatro, Severo, Severiano, Carpóforo y Victorino, eran cristianos.

Como la Iglesia había llegado a tener unos días de paz y de apogeo, tanto éstos como sus hermanos de Roma se dedicaban al culto del verdadero Dios con toda entereza y valentía. Asistían a las reuniones y a los oficios divinos. Socorrían a los pobres, se comunicaban con los presbíteros, y ora en las catacumbas, donde de ordinario se solían tener los divinos misterios, ora en algunas iglesias, que ya entonces se habían edificado en la misma ciudad, no se desdeñaban nunca de asistir aun con las insignias de los soldados del emperador. Esto provocaba, sin embargo, la indignación de los paganos y más aún de los que merodeaban con altos puestos en los aledaños del Palatino y de las oficinas imperiales.

Cuando por fin salen los decretos de persecución, son en seguida apresados los cuatro Santos para ser llevados a la presencia del emperador. Este, siguiendo una política de atracción, prefiere mostrarse condescendiente con los cuatro jóvenes, a quienes estimaba, por otra parte, por su lealtad y buenos servicios. No le interesaba, sin embargo, sembrar la desolación entre sus mismas filas de soldados, pues bien sabía que en aquellos tiempos eran muchos los que, sin el menor miedo a la muerte, seguían las doctrinas del Crucificado, y era necesario andar en este asunto con suma cautela.

Diocleciano les hace ver la locura con que procedían al mantenerse aferrados a una secta que nunca les podría ofrecer las ventajas que él les prometía de seguir a su servicio. Los hermanos no aceptan tales ofrecimientos, y entonces, como último recurso, manda que les lleven delante de una estatua del dios Esculapio, donde, ante toda la multitud, era difícil que se negaran a sacrificar, si bien fuera por las insignias militares que llevaban consigo.

Tampoco le resulta la estratagema, pues los heroicos mártires se niegan en absoluto a tomar unos granos de incienso para arrojarlos en los pebeteros encendidos. Solamente aquello les hubiera justificado ante el emperador, pero no quieren contaminar con la menor sombra de cobardía la clara fe que habían manifestado ante todos. Es más, allí mismo proclaman abiertamente sus doctrinas y hacen desprecio de la estatua del dios, que era para ellos un medio más de la maldad y de la astucia del demonio.

Enterado el emperador, no solamente ordena que sean relevados de todos sus puestos y degradados de sus honores militares, sino que ordena que, en caso de pertinacia, sean allí mismo azotados hasta que fueran cambiando de parecer. No contaba con la fortaleza de estos héroes, que ya de antes estaban dispuestos a dar toda su sangre hasta el último sacrificio.

Como resultaran infructuosas todas las invitaciones, les arrastran despechados hacia una de las columnas del templo, les despojan de sus vestiduras, y, llamados los verdugos, empiezan a infligir a los cuatro hermanos el tremendo suplicio de la flagelación. Ya no les bastan las correas ordinarias y los látigos, que hacen salir la sangre a borbotones. Para más ensañarse les aplican los terribles azotes de púas lacerantes, las plomadas, las largas varas de acero, que se incrustan en su piel, arrancándoles trozos de carne ensangrentados. Cuando se dan cuenta, ya la vida se les va saliendo a los cuatro Santos, y de este modo, entre espasmos de dolor, entregan su alma al cielo.

Cuando los verdugos se han cansado de martirizar aquellos cuerpos ensangrentados, les llevan a empujones hasta la misma plaza, donde los exponen a la voracidad de los hambrientos perros. Pero, prodigio de Dios, éstos no se atreven a tocar las sagradas reliquias, y allí permanecen durante cinco días, hasta que fueron recuperados por los cristianos.

Una noche, en el sigilo de la persecución, logran sacarlos de Roma y los llevan a dar sepultura a tres millas de ésta en un arenal de la vía Labicana. Allí estaban enterrados también los restos de los cinco mártires escultores, que desde este momento iban a seguir la misma ruta que la de los Santos Cuatro Coronados.

La fama de estos cuatro soldados se había extendido por Roma. Con la paz empiezan a darles culto y el papa Melquiades manda que se celebre su fiesta el 8 de noviembre. Las reliquias son llevadas al templo que estaba construyendo en su honor el papa Honorio. Después de las repetidas restauraciones de la basílica, todavía en tiempos del papa Paulo V fueron encontradas en la misma situación, como un homenaje que el cielo había reservado a la valentía de estos esforzados hermanos.

FRANCISCO MARTÍN HERNÁNDEZ

7 nov 2015

Santo Evangelio 7 Noviembre 2015


Día litúrgico: Sábado XXXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 16,9-15): En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos: «Yo os digo: Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas. El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho. Si, pues, no fuisteis fieles en el dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero».

Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Él. Y les dijo: «Vosotros sois los que os la dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios».

«El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho»
Rev. D. Joaquim FORTUNY i Vizcarro 
(Cunit, Tarragona, España)


Hoy, Jesús habla de nuevo con autoridad: usa el «Yo os digo», que tiene una fuerza peculiar, de doctrina nueva. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (cf. 1Tim 2,4). Dios nos quiere santos y nos señala hoy unos puntos necesarios para alcanzar la santidad y estar en posesión de lo “verdadero”: la fidelidad en lo pequeño, la autenticidad y el no perder de vista que Dios conoce nuestros corazones.

La fidelidad en lo pequeño está a nuestro alcance. Nuestras jornadas suelen estar configuradas por lo que llamamos “la normalidad”: el mismo trabajo, las mismas personas, unas prácticas de piedad, la misma familia... En estas realidades ordinarias es donde debemos realizarnos como personas y crecer en santidad. «El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho» (Lc 16,10). Es preciso realizar bien todas las cosas, con una intención recta, con el deseo de agradar a Dios, nuestro Padre; hacer las cosas por amor tiene un gran valor y nos prepara para recibir “lo verdadero”. ¡Qué bellamente lo expresaba san Josemaría!: «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? —Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. —Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. —Y trozos de hierro. —Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas... ¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?... —¡A fuerza de cosas pequeñas!».

Examinar bien nuestra conciencia cada noche nos ayudará a vivir con rectitud de intención y a no perder nunca de vista que Dios lo ve todo, hasta los pensamientos más ocultos, como aprendimos en el catecismo, y que lo importante es agradar en todo a Dios, nuestro Padre, a quien debemos servir por amor, teniendo en cuenta que «ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro» (Lc 16,13). Nunca lo olvidemos: «Sólo Dios es Dios» (Benedicto XVI).

«Haceos amigos con el dinero injusto»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)


Hoy, rodeados como estamos de un ambiente consumista, Jesús vuelve a acariciar nuestra conciencia para persuadirnos de las falsas felicidades. Y no lo hace cargándonos con prohibiciones, porque el camino de la santidad es —ante todo— una invitación a la felicidad: «Si quieres entrar en la vida…» (Mt 19,17). El Señor nos anima a trabajar, a gestionar el "dinero" de este mundo con rectitud de intención y con afán de servicio.

Estamos llamados a lo más alto (a la caridad) tratando las cosas de la tierra en un sentido constructivo. El Creador mandó "dominar la tierra", pero no de cualquier manera ni a cualquier precio, pues, a la vez, nos ha prescrito "multiplicarnos" y "llenar" la tierra (cf. Gen 1,28). Sólo el amor (el darse a los demás) es la verdadera medida de esa plenitud que Dios nos pide ya en esta vida.

Con la expresión «dinero injusto» (Lc 16,9) Jesucristo alude a esas cosas terrenales que, en sí mismas, sin ser malas, no nos hacen justos ni nos preparan para la felicidad eterna. El Maestro nos invita a amar a los demás («haceos amigos»), no sólo mediante la oración, sino también en el día a día, con un recto y servicial manejo de los bienes terrenales.

La eternidad es demasiado larga para los "entretenimientos": quien se entretiene en este mundo, se aburrirá en la eternidad. En cambio, el amor —que siempre aspira a crecer— goza en la eternidad. Por eso, hemos de evitar el encogimiento del corazón causado por el entretenimiento con el dinero "injusto".

Hoy como antaño, no faltan quienes oyendo esas palabras siguen burlándose de Jesús (cf. Lc 16,14). Así, al Vicario de Cristo lo tachan de intransigente, a la vez que se ríen de los católicos viéndonos como ingenuos manipulados por un "dictador". El servicio del Sucesor de Pedro es una caricia a nuestra conciencia para defendernos de la dictadura del "führer" de turno: llámese "relativismo", lo "políticamente correcto"... «De Newman aprendimos a comprender el primado del Papa: 'La defensa de la ley moral y de la conciencia es su razón de ser'» (Benedicto XVI).

San Alvaro de Cordoba, 7 Noviembre



7 de noviembre
SAN ÁLVARO DE CÓRDOBA
(+ siglo IX)

Córdoba ha dado dos personajes de este nombre que entran de lleno en el campo de la hagiografía. Uno de ellos, el bienaventurado Alvaro, fue un religioso dominico que vivió a fines de la Edad Media en el convento de San Pablo de Córdoba, y murió en 1420; el otro, más ilustre todavía, es el insigne apologista y defensor de la fe frente al Islam, que iluminó con su palabra y sostuvo con sus escritos a la cristiandad cordobesa en tiempo de los emires. Pertenecía a una de las familias más distinguidas de la ciudad. Su ilustre prosapia está confirmada por el sobrenombre de Aurelio Flavio que le dan sus contemporáneos, y que en la época visigoda designaba la dignidad real. En su familia era tradicional el cultivo de las letras. Su mismo padre tenía tal prestigio como conocedor de la literatura cristiana, que el más famoso maestro cristiano de aquellos días sometía a su aprobación cuanto escribía sobre el dogma de la Trinidad y de la Encarnación "a fin de que le instruyese y tranquilizase".

Ese abad Esperaindeo, amigo de su padre, fue el maestro de Alvaro, el que imprimió en su alma las más firmes convicciones religiosas, el que le orientó hacia la doctrina ortodoxa en medio de la confusión de ideas que reinaba en aquella Andalucía, que acababa de ser el escenario de la lucha adopcionista. Entre sus condiscípulos figuraba un muchacho de familia senatorial, en quien observó las mismas ansias de saber que a él le devoraban. Era el futuro campeón de los mozárabes cordobeses, San Eulogio. "Allí tuve la dicha de verle por primera vez; allí estreché con él la más dulce de las amistades; allí empecé a gustar el encanto de su conversación."

A diferencia de Eulogio, que abrazó el estado eclesiástico, Alvaro permaneció lego toda la vida: se casó con una sevillana y no tardó en verse enredado en la solicitud de las preocupaciones familiares. Su cuñado Juan de Sevilla le consuela con una carta de la muerte de tres hijos, y él nos dice, contraponiendo la vocación de su amigo Eulogio a la suya propia: "Ille sacerdotii ornatur munere, ego terra tenus repens hactenus trahor". Esto, no obstante, no le hizo olvidar su afición al estudio y en especial a las cuestiones teológicas. En todo momento, se nos presenta vigilando los intereses de la fe poniendo al servicio de la Iglesia su talento, su actividad, su perstigio y sus riquezas. Amaba la verdad integral de la Iglesia, esposa de Cristo: y era su anhelo, nos dice él mismo, que la doctrina santa derramase toda su claridad en las mentes de los hombres". Antes que nadie dió el grito de alarma contra una herejía antitrinitaria, de tendencias puritanas y hebraizantes, que empezaba a extenderse entre los mozárabes. Discutió con los herejes, pidió la ayuda de su amigo Eulogio, fue a ver al abad Esperaindeo y le indujo a refutar las afirmaciones de los sectarios, que fueron pronto condenados en un concilio que se celebró en Córdoba el año 839.

Poco después apareció en Córdoba un apóstata franco, llamado Eleázaro, que había huido de la corte de Ludovico Pío y se dedicaba en El Andalus a hacer propaganda judaica y a predicar entre los musulmanes el exterminio de los cristianos. Con deseo de convertirle, Alvaro, que tenía sangre judía en sus venas, trabó con él correspondencia epistolar. No consiguió lo que se proponía, pero nos dejó algunas páginas caldeadas por el fueqo de su amor a Cristo. A una carta en que Eleázaro termina invitándole despectivamente a quedarse con su Jesús, -él contesta apasionadamente: "Amén y nuevamente amén. Amén en el cielo y en la tierra. Y que así como yo le abrazo libérrimamente con la fe por la virtud de la gracia, así sea yo asido por él de manera que nadie me arranque de sus brazos por ninguna violencia ni encantamiento". El apóstata cortó la polémica de una manera cómoda y vieja en el mundo, diciendo que no contestaba a los ladridos de perros rabiosos. Alvaro le Felicitó por su prudencia: "Verdaderamente es absurdo que la zorra chille cuando el perro ladra".

Al mismo tiempo trabajó, en unión con su maestro Esperaindeo y con su condiscípulo Eulogio, por estimular el renacer de las letras latinas y de los estudios teológicos, añorando los días de San Isidoro. Dolíase al ver que los maestros de lengua árabe arrebataban sus discípulos a los que enseñaban la lengua de la Iglesia. Le interesan, sobre todo, los autores eclesiásticos, y sólo con un íntimo recelo se acerca a las obras de la literatura clásica. Considera la gramática como un instrumento indispensable para conservar, según su expresión, "la santísima lengua de nuestros mayores", pero en su sentir, los cantares de los poetas son alimento de los demonios, y a los filósofos los llama filocompos, fabricadores de engaños: "Mis cartas, escribía, no buscan el favor de los paganos, ni se adornan con los colores del Ateneo. Su aroma es el de las Sagradas Escrituras y su sabor el de los Santos Padres". No obstante, nombra. y cita con frecuencia a Virgilio y otros poetas del Lacio, y sus versos abundan en reminiscencias mitológicas. Su estilo es abundante, violento, rebuscado, matizado de palabras griegas y de términos exóticos. Puede considerársele como un genuino escritor cordobés.

Cuando en 850. estalló el conflicto que puso frente a frente el poder de los emires y la cristiandad mozárabe, herida de muerte, la mayor parte de los confesores de la fe salió del grupo más fervoroso que capitaneaban Alvaro y Eulogio. La Iglesia de Córdoba vive unos años de heroísmo y de terror al fin del reinado de Abd el-Rahmán II y comienzos del de Muhammad I. Algunos cristianos, monjes de la sierra, clérigos de las iglesias de la ciudad, doncellas intrépidas y matrimonios que habían tenido la debilidad de dar su nombre al Islam, se presentan espontáneamente a confesar su fe, prefiriendo la muerte a la esclavitud; otros son delatados por sus propio parientes y arrastrados ante el gran cadí de la ciudad. Alvaro se mueve en las avanzadas de la fe, aunque su condición de laico le libra de la cárcel en la gran redada de cristianos con que se inauguró la persecución. Entre 850 y 860 le vemos al lado de su amigo Eulogio defendiendo a los mártires y vindicando su memoria. Aconseja, sostiene, alienta y derrama el oro entre los prisioneros que llenan las cárceles. Cuando Eulogio dirige a los perseguidos sus libros inflamados, sus historias martiriales y sus apologías, él salta de gozo, felicita al doctor del pueblo de Dios y besa los folios emborronados en las penumbras del calabozo. No contento con aplaudir, toma también él la pluma para justificar aquel movimiento mal juzgado entonces, lo mismo que hoy, por muchos, aun dentro del cristianismo. En 854 publica un libro intitulado Indículo luminoso, que es una violenta diatriba contra los españoles que se dejaban seducir por las doctrinas islámicas y una defensa de aquellos que habían sellado su fe con el martirio. Su lenguaje es más fuerte y arrebatado que el de San Eulogio, y cuando habla, sobre todo, de los vicios de Mahoma, llega a una crudeza increíble, y todavía promete decir otras cosas en otro libro que nunca escribió. Este mismo ha llegado a nosotros incompleto.

Sin embargo, ni Alvaro ni Eulogio pertenecían al grupo extremista entre las varias facciones ocasionadas por aquel conflicto en el seno de la cristiandad andaluza. Estaba en primer lugar el que consideraba la actitud de los mártires como una provocación inútil, que Dios condenaba, y debía ser condenada también por los hombres. De este parecer eran los cristianos más contemporizadores, presididos por el metropolitano de Sevilla, Recafredo. Frente a ellos se había colocado el obispo de Córdoba, Saúl, que consideraba como excomulgados y arabizados a cuantos no estuviesen dispuestos a enfrentarse con el Islam con el fervor de los confesores de la fe. En un justo medio se colocaron Alvaro y sus amigos, dispuestos siempre a la concordia, pero sin traicionar la memoria de aquellos que, inspirados por Dios, se habían presentado a confesar su fe ante los tribunales mahometanos. Esta diferencia de criterio indispuso a Alvaro con su obispo, a quien se comparaba en Córdoba con los donatistas y los luciferianos. Los obispos le habían condenado, pero él anatematizaba a cuantos no estuvieran con él. Esta situación trajo a Alvaro no pocas inquietudes. Con motivo de una enfermedad, pidió la penitencia, por la cual se obligaba a las prácticas que la antigua disciplina de la Iglesia imponía a los penitentes. Una de ellas era el privarse de la comunión mientras no recibiese la absolución del obispo. Habiendo salido de la enfermedad, Alvaro se dirigió humildemente a su prelado con palabras que nos emocionan: "Estoy dispuesto a obedecer en todo con tal de no privarme del remedio de la comunión:.., pues no puedo estar tanto tiempo sin recibir el cuerpo y la sangre de mi Dios". Todo pudo resolverse satisfactoriamente, pues Saúl cedió, se retractó de su celo puritano en un concilio de obispos el año 857, fue absuelto y absolvió también él a sus excomulgados.

Poco después, en 859, Eulogio sucumbió en la lucha, y Alvaro asistió orgulloso a la apoteosis del amigo entrañable; cuya vida escribió en páginas llenas de admiración y de cariño. Sentíase feliz y al mismo tiempo le abrumaba el peso de la tristeza. Era ya viejo, su causa parecía perdida y le abrumaba, según su expresión, el pensamiento de su insolencia y de su iniquidad. Su vida le parecía vacía de buenas obras, de bien y de verdad. Hasta su misma ortodoxia se le presentaba dudosa, y esto es lo que le movió a escribir su canto de cisne, la Confesión, opúsculo inflamado y doliente, que, a veces, nos recuerda las Confesiones de San Agustín; exposición minuciosa de sus creencias y declaración detallada y exagerada de sus pecados, que acaso leyó en la asamblea de los fieles antes de transmitirla a la posteridad. Nada sabemos de sus últimos días; pero podemos sospechar que murió también él, como su maestro y su condiscípulo, dando su sangre por Cristo. La Iglesia de Córdoba conmemoró su muerte como un día festivo. "En él, decía hacia 950 el calendario de Recamundo, se celebra en Córdoba la fiesta de Alvaro."Su anhelo incoercible de eternidad se refleja en aquella frase que sintetiza su vida. "Tú sabes, Señor, que tengo la sed del reposo eterno."

Los escritos de Alvaro, editados por Flórez en la España Sagrada (t.10 y 11, de donde pasaron a la Patrología latina, t.115 cols.705-720 y t.121 cols.397-566), son los siguientes. 1º. Vita vel Passio beatissimi martyris Eulogii, presbyteri et doctoris. Es la vida de su amigo. Antes que la edición de Flórez hay otra de 1574, debida a los cuidados de Ambrosio de Morales. Al texto en prosa siguen tres poesías en honor del mismo Santo. 2.° Poemas, una docena de composiciones, de las cuales solamente dos se refieren a sujetos religiosos: una oda a la cruz y un elogio de San Jerónimo. Puede verse una edición crítica en Monum. Germ. Hist.: Poetae latini aevi carolini, t.3 p.126­142. 3.° Incipit confessio Alvari. Es una imitación de los Sinónimos, de San Isidoro, cuya idea fundamental se sintetiza en la conclusión: Tolle me, Domine, mihi et redde me tibi. 4.° Incipit liber epistolarum Alvari. Son veinticinco cartas que se cruzan entre Alvaro y diversos personajes, como San Eulogio, Eleázaro, Juan de Sevilla y el abad Esperaindeo, una de ellas sobre motivos familiares; otras de carácter literario y teológico. 5 ° Indiculus luminosus, defensa de los mártires, exhortación al martirio y enseñanzas para evitar los contagios del Islam. 6:° Liber scintiarum. Se trata de una obra que se atribuyó a Alvaro de Córdoba por algunos manuscritos, entre ellos uno gótico del siglo XI, pero cuyo autor debe de ser el monje francés Defensor de Ligugé. Flórez se resiste a contarla entre los escritos de Alvaro. Es una colección de sentencias de la Biblia y de varios autores eclesiásticos, en que el copilador no ha puesto nada de su cosecha. 

JUSTO PÉREZ DE URBEL, O. S. B.