13 jul 2015

Santo Evangelio 13 de Julio de 2015


Día litúrgico: Lunes XV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 10,34--11,1): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. 

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

«El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí»
Rev. D. Valentí ALONSO i Roig 
(Barcelona, España)


Hoy Jesús nos ofrece una mezcla explosiva de recomendaciones; es como uno de esos banquetes de moda donde los platos son pequeñas "tapas" para saborear. Se trata de consejos profundos y duros de digerir, destinados a sus discípulos en el centro de su proceso de formación y preparación misionera (cf. Mt 11,1). Para gustarlos, debemos contemplar el texto en bloques separados.

Jesús empieza dando a conocer el efecto de su enseñanza. Más allá de los efectos positivos, evidentes en la actuación del Señor, el Evangelio evoca los contratiempos y los efectos secundarios de la predicación: «Enemigos de cada cual serán los que conviven con él» (Mt 10,36). Ésta es la paradoja de vivir la fe: la posibilidad de enfrentarnos, incluso con los más próximos, cuando no entendemos quién es Jesús, el Señor, y no lo percibimos como el Maestro de la comunión.

En un segundo momento, Jesús nos pide ocupar el grado máximo en la escala del amor: «quien ama a su padre o a su madre más que a mí…» (Mt 10,37), «quien ama a sus hijos más que a mí…» (Mt 10,37). Así, nos propone dejarnos acompañar por Él como presencia de Dios, puesto que «quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mt 10,40). El efecto de vivir acompañados por el Señor, acogido en nuestra casa, es gozar de la recompensa de los profetas y los justos, porque hemos recibido a un profeta y un justo.

La recomendación del Maestro acaba valorando los pequeños gestos de ayuda y apoyo a quienes viven acompañados por el Señor, a sus discípulos, que somos todos los cristianos. «Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo...» (Mt 10,42). De este consejo nace una responsabilidad: respecto al prójimo, debemos ser conscientes de que quien vive con el Señor, sea quien sea, ha de ser tratado como le trataríamos a Él. Dice san Juan Crisóstomo: «Si el amor estuviera esparcido por todas partes, nacerían de él una infinidad de bienes».

© evangeli.net M&M Euroeditors

San Enrique Emperador 13 de Julio


SAN ENRIQUE 
emperador
(† 1024)
13 de julio
En la primav
era del año 973 el ducado de Baviera celebraba con grandes festejos el nacimiento del príncipe heredero. Este niño, que llegaría a ser emperador y santo, era hijo de Enrique el Batallador, duque de Baviera, y de la princesa Gisela de Borgoña.

 Podemos fácilmente imaginarnos los primeros años del niño príncipe: las fiestas, la caza, los trovadores, la guerra, en el marco poético del Medievo.

 La vida de San Enrique parece que comienza como un bonito cuento de hadas, pero aquellos tiempos no eran de pura poesía; guerras y pestes se dejaban sentir y la lglesia atravesaba lo que se ha llamado su "edad de hierro". La sociedad sufría violentos vaivenes y, en uno de ellos, nuestro pequeño Santo tuvo que sufrir durante algunos años la persecución, mientras su padre, vencido en guerras familiares, era condenado al destierro.

 Recobrada la calma y restablecido su padre en el trono de Baviera, el joven Enrique se dedicó al cultivo de las artes y las letras, bajo la custodia del santo obispo de Ratisbona, San Wolfgang, que había sido su padrino de bautismo y se cuidó de darle una esmerada educación cristiana.

 A la muerte de su padre ocupó el trono nuestro Santo, que contaba por entonces veintidós años. Era uno de los príncipes más instruidos de su tiempo; joven y fuerte, su fama corrió pronto por toda Alemania, ganándose la simpatía general. Para completar el cuadro gozó también del amor, casándose con la princesa Cunegunda, con quien vivió tan santamente que hoy veneramos a ambos en los altares.

 San Enrique fue un verdadero padre para sus súbditos; su ímpetu de mozo no le hizo olvidar la responsabilidad de ser rey.

 Cuando algún señor feudal o alguna ciudad se sublevaban, cosa, por lo demás, harto frecuente en aquellos tiempos, sus jefes militares le aconsejaban destruir tales ciudades o fortalezas para castigo de su orgullo y escarmiento de los demás, pero el joven rey contestaba con calma:

 —Dios no me dio la corona para hacer mal, sino para corregir a los que lo hacen.

 Así poco a poco su gobierno se consolidaba cada vez más y su buena fama corría de boca en boca.

 Una noche se le apareció en sueños su padrino, San Wolfgang, y le hizo leer en la muralla: "Después de seis", desvaneciéndose inmediatamente la aparición.

 San Enrique creyó que se trataba de un anuncio de su próxima muerte en el plazo de seis días y redobló sus acostumbradas penitencias, poniéndose en las manos de Dios. Pero el sentido exacto de la aparición lo comprendió sólo después de seis años, ya que exactamente a los seis años de la aparición, el 1 de enero del año, 1002, fue proclamado emperador de Alemania. Acababa de morir el emperador Otón III y, como no dejaba descendencia directa, correspondía por derecho a San Enrique ocupar el trono del Imperio romano-germánico.

 Reunidos los electores del Imperio declararon emperador a San Enrique, con gran gozo de todos sus súbditos. Sin embargo, para ocupar el trono al que tenía todos los derechos se vio obligado a hacer algunas guerras familiares contra otros pretendientes.

La situación del Imperio en aquellos momentos no era nada halagüeña. Numerosos señores feudales, marqueses u obispos, se hacían la guerra mutuamente, asolando el país con sus razzias. A su vez, el rey de Polonia intentaba invadir Alemania y los bizantinos presionaban en las fronteras del sur del Imperio.

Para poner fin a todo esto, San Enrique organizó un formidable ejército y poco a poco logró imponer la paz en todos sus dominios, haciendo, además, tributarios a los reyes vecinos. San Enrique contaba entre sus dotes personales un gran genio militar.

Interesado en la reforma espiritual del clero, el año 1007 convocó en Francfort un concilio general para tratar este tema. De todos los puntos del Imperio acudieron numerosos prelados. Cuando San Enrique entró en la sala del concilio se postró en tierra ante todos los obispos en humilde y pleno reconocimiento de su potestad en todos los asuntos espirituales; tal gesto de humildad no lo había hecho ningún emperador germano. Bajo la protección imperial el concilio dictó severas normas disciplinares y San Enrique se encargó de hacerlas cumplir.

El emperador fundó espléndidamente numerosos monasterios y nuevas iglesias. Por todas partes florecían nuevos claustros, en que los monjes se entregaban a sus obras de piedad y de cultura, y desde todos los rincones del Imperio miles de campanas volteaban dando gracias al emperador. En Alemania todavía se conservan muchas de las grandes catedrales de entonces. Sobre las antiguas ciudades se destaca su imponente masa, como auténticas fortalezas, y su silueta marca siempre dos torres o dos ábsides iguales, simbolizadores de los dos poderes: la Iglesia y el Imperio.

Pero en Italia los Estados Pontificios no gozaban de la misma paz. Toda Italia era un hervidero de luchas fratricidas y en los Estados del Papa reinaba la más completa anarquía.

San Enrique pasó a Italia con un fuerte ejército para restablecer el orden, pero tuvo que salir de nuevo hacia Polonia para sofocar la sublevación de aquella parte del Imperio. Toda la vida del Santo transcurre en un continuo zigzaguear de marchas militares y batallas para restablecer la paz y castigar a los malhechores.

San Enrique era amigo de la paz; tal vez por contraste con su azarosa vida amaba la delicia de un claustro silencioso y le gustaba darse a la oración completamente solo. Podía parecer que le gustaba ser monje.

Cierta vez, estando en Estrasburgo, en el año, 1012, maravillado de la piedad de los canónigos de la catedral quiso ser canónigo, y así se lo pidió al obispo que presidía el cabildo.

El obispo vio las buenas disposiciones del emperador, pero prefirió tomar su petición en broma y, siguiendo el juego, le pidió una promesa de obediencia:

—¿Estáis, señor, dispuesto a obedecerme en todo?

Y a decir verdad que el rey estaba bien dispuesto a renunciar a todo para hacerse miembro de aquel santo cabildo.

—Pues bien; yo os ordeno, en virtud de santa obediencia, que continuéis rigiendo el Imperio como hasta ahora, porque el Señor os ha destinado para rey y no para canónigo.

El rey obedeció, pero fundó una rica prebenda para que un canónigo se ocupara siempre de rezar por el rey, con el título de "rey del coro" y los honores consiguientes. Tal tradición se conservó en Estrasburgo hasta bien entrado el siglo XIII.

Entretanto murió en Roma el papa Sergio IV y fue elegido sucesor el papa Benedicto VIII, pero éste fue expulsado de Roma por el antipapa Gregorio y tuvo que refugiarse junto al emperador, el cual hizo una marcha sobre Roma para colocar al verdadero Papa en la Santa Sede. El Papa, en agradecimiento, le regaló un globo de oro adornado con piedras preciosas, representando su soberanía sobre el mundo, y desde entonces ése fue el símbolo de los emperadores. En tal ocasión San Enrique y su esposa fueron ungidos y coronados como emperadores de la cristiandad. Roma celebró con gran júbilo aquellas fiestas; parecía como si, bajo signo cristiano, hubiera resucitado otra vez el antiguo Imperio de Roma. Era el 14 de febrero del año 1014.

Seguramente pocos reyes pudieron gozar como San Enrique del amor de sus súbditos, y sus vasallos recibieron como un don del cielo el tener tan buen rey.

A su muerte, el emperador hizo llamar a los padres de su esposa y a los grandes de la corte y, tornando dulcemente la mano a Santa Cunegunda, les dijo: "He aquí a la que vosotros me habéis dado por mujer ante Cristo, como me la disteis virgen, virgen la pongo otra vez en las manos de Dios y en las vuestras". Luego dictó su testamento y fue a reunirse con los santos.

En Grona las campanas tocaban a muerto el 13 de julio de 1024. Mientras tanto una gran procesión trasladaba los restos de San Enrique emperador a la catedral de Barnberg, donde todavía se conservan.

LUÍS PÉREZ ARRUGA, O. P.

12 jul 2015

Oración a San Cristobal


Santo Evangelio 12 de Julio de 2015



Día litúrgico: Domingo XV (B) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 6,7-13): En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos». Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.


«Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos»
Rev. D. Jordi SOTORRA i Garriga 
(Sabadell, Barcelona, España)


Hoy, Domingo XV (B) del tiempo ordinario, leemos en el Evangelio que Jesús envía a los Doce, de dos en dos, a predicar. Hasta ahora han acompañado al Maestro por los caminos de Galilea, pero ha llegado la hora de comenzar la difusión del Evangelio, la Buena Nueva: la noticia de que nuestro Padre Dios nos ama con un amor infinito y que nos ha traído a la vida para hacernos felices por toda la eternidad. Esta noticia es para todos. Nadie ha de quedar al margen de la enseñanza liberadora de Jesús. Nadie queda excluido del Amor de Dios. Es necesario llegar hasta el último rincón del mundo. Hay que anunciar el gozo de la salvación plena y universal, por medio de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre por nosotros, muerto y resucitado y presente activamente en la Iglesia.

Equipados con «poder sobre los espíritus inmundos» (Mc 6,7) y con un bagaje casi inexistente -«Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: ‘Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas’» (Mc 6,8)- inician la misión de la Iglesia. La eficacia de su predicación evangelizadora no vendrá de influencias humanas o materiales, sino del poder de Dios y de la sinceridad, de la fe y del testimonio de vida del predicador. «Todo el impulso, la energía y la entrega de los evangelizadores provienen de la fuente que es el amor de Dios infundido en nuestros corazones con el don del Espíritu Santo» (Juan Pablo II).

Habiendo comenzado el siglo XXI, la Buena Noticia no ha llegado todavía a todas partes, ni con la intensidad que era necesaria. Se ha de predicar la conversión, hay que vencer a muchos espíritus malignos.

Quienes hemos recibido la Buena Noticia, ¿lo sabemos valorar? ¿Somos conscientes de ello? ¿Estamos agradecidos? Sintámonos enviados, misioneros, urgidos a predicar con el ejemplo y, si fuera necesario, con la palabra para que la Buena Nueva no falte a quienes Dios ha puesto en nuestro camino.

San Juan Gualberto 12 de Julio

 
12 de julio

SAN JUAN GUALBERTO

(† 1073)

Juan nació en un castillo cerca de la ciudad de Florencia. Su familia era noble, rica, poderosa. Su padre, Gualberto, señor del castillo, era muy conocido en toda la comarca.

Juan creció, se hizo un apuesto joven; el porvenir se le presentaba lleno de las más halagadoras promesas, como una senda sembrada de flores. Pero un acontecimiento inesperado vino a torcer el rumbo de la vida del joven florentino. El lance es conocido. Un buen día cabalgaba Juan Gualberto rodeado de varios escuderos. Todos eran gente valerosa; todos iban armados de punta en blanco. De pronto, en una revuelta del camino, se presenta ante sus ojos un hombre. Juan le reconoce al instante: es el asesino de uno de sus parientes; tal vez —es éste un punto que la historia no ha logrado poner en claro— dio este hombre muerte al propio hermano de Juan. El desgraciado reconoce también al caballero que viene a su encuentro. Inútil intentar la fuga; no le es posible, solo como se halla, hacer frente a la pequeña y aguerrida tropa; no le queda más remedio que someterse al destino, a la ley inexorable de la venganza, que exige su sangre. Todo esto se le ocurre en un momento. Y en un súbito arranque, inspirado por el sentimiento religioso, se deja caer del caballo y, con los brazos en cruz, espera el golpe mortal. Espera en vano. El golpe mortal no llega a descargarse.

En el espíritu de Juan Gualberto la actitud de su enemigo evoca la imagen de Cristo crucificado. Sí, es el Señor quien está ante él; el Señor, que murió por los que le injuriaban y calumniaban, por los que le herían y crucificaban; el Señor, que nos manda perdonar y amar a nuestros enemigos. La lucha entre la sed de venganza y la conciencia de su deber de cristiano, aunque duró breves instantes, debió de ser muy recia en el alma del joven caballero. Venció la gracia divina; la ley del amor triunfó. Juan perdonó, heroicamente, a su enemigo. Poco después, agotado, con el alma vibrante de emoción, penetraba en una iglesia, caía de hinojos ante el altar y sus ojos admirados veían que el crucifijo se animaba y Cristo le hacía una inclinación de cabeza, como agradeciéndole lo que acababa de hacer por su amor.

Desde aquel día Juan Gualberto no fue el mismo de antes. Sus pensamientos seguían otros derroteros; sus ilusiones, sus aspiraciones mundanas se amortiguaban, se desvanecían como el humo. Cristo había hecho algo más que darle a entender sensiblemente cuánto le agradecía la acción heroica de perdonar al asesino; Cristo premióle este rasgo llamándole al número de sus escogidos. La iglesia en la que entró Juan Gualberto después de la escena que acabamos de narrar era la de la abadía de San Miniato. No pasó mucho tiempo antes de que Juan llamara a la puerta de este monasterio y pidiera al abad el hábito benedictino. El abad no rechazó de pronto al postulante, sino que sometió a prueba la autenticidad de su vocación. Nada arredra al animoso joven. Pero entretanto su ausencia es notada en el castillo, y el noble señor sale en busca de su hijo.

No tarda en presentarse a la puerta de San Miniato. El padre abad está perplejo; no se atreve a resistir al noble castellano. Juan se niega a salir, temeroso de que su padre le arrastre de nuevo, a la fuerza, al torbellino de la vida mundana. Gualberto amenaza a los monjes con toda suerte de males si no le devuelven a su hijo. El abad no sabe cómo salir del atolladero. La solución la halla Juan. Ya que no se atreve el padre abad a darle el santo hábito, él mismo se lo viste, luego de haberse cortado el cabello, y, tomando un libro, se sienta en el claustro para darse a la lectura espiritual. Entretanto el superior del monasterio va a decir a Gualberto que su hijo se niega a salir al locutorio, pero que él mismo, si gusta, puede pasar a hablarle en el interior de la clausura, Al hallarse con el nuevo monje el noble señor lloró, se quejó amargamente de su ingratitud, pero acabó por bendecirle y dejarle que siguiera en paz su vocación.

Bueno y edificante era el hermano Juan; su vida transcurría pacífica y dichosa en San Miniato. Pero un día murió el abad, y uno de los monjes compró la dignidad vacante al obispo de Florencia. Nos hallamos en la época, de la simonía. Los cargos eclesiásticos se venden al mejor postor, y el redil de Jesucristo se ve invadido por falsos pastores. Juan Gualberto no se resigna a tener un abad simoníaco, y con otro religioso abandona el monasterio y su ciudad natal, no sin antes haber proclamado en plena plaza pública de Florencia que Huberto, abad de San Miniato, y Hatto, obispo de la diócesis, eran herejes simoníacos.

Juan y su compañero iban en busca de otro cenobio donde proseguir tranquilamente su vida monástica, que es vida de paz y oración. Recorren varias abadías, pero ninguna observancia llena sus aspiraciones. Sediento de perfección, Juan Gualberto se dirige a Camaldoli, entonces en la cumbre de su prestigio, en donde es probado en toda paciencia; pero, cuando el prior de Camaldoli se dispone a admitirle definitivamente, nuestro monje no se decide a abrazar la vida eremítica, que era la de los camaldulenses, pues no le parece conforme a la regla de San Benito que había profesado. Juan Gualberto quiere permanecer cenobita. Y de este modo le conduce Dios a la realización de la obra de su vida. Como ninguna observancia religiosa le satisface, el monje, inquieto, incapaz de afincar en parte alguna, fundaría un nuevo cenobio y una nueva Congregación monástica bajo la regla benedictina.

Valumbrosa, en los Apeninos toscanos, era en aquel entonces un paraje solitario, cubierto de espesos bosques. Dos religiosos llevaban allí una vida anacorética; el lugar pertenecía a las monjas de Sant'Ellero. A Juan Gualberto le gustó la paz profunda que reinaba en Valumbrosa, y resolvió quedarse allí. Los dos solitarios le recibieron con los brazos abiertos, y pronto nuevos reclutas de la milicia de Cristo se juntaron al pequeño grupo, pues la fama de santidad de Juan Gualberto era ya muy grande. Así empezó, humildemente, como suelen las obras de Dios, un movimiento espiritual que debía adquirir grandes proporciones. Durante mucho tiempo los monjes hubieron de contentarse con un oratorio de madera; sus alimentos eran escasos, y día hubo en que faltaron totalmente; sus hábitos no podían ser más pobres. Hubieron de padecer también persecuciones y calumnias de malvados y envidiosos. Los monjes, con todo, estaban contentos, pues en la escasez y en la tribulación se sentían verdaderos seguidores de Cristo. Y la obra prosperó. El número de religiosos iba creciendo. En 1036 la abadesa de Sant'Ellero, que desde el principio había ayudado a los monjes con libros y vituallas, les hizo donación del terreno, y Juan Gualberto fue nombrado primer abad de Valumbrosa, sin que le valiera la tenaz resistencia que opuso.

La aspiración suprema del nuevo, abad era que en su monasterio se observara perfectamente la regla de San Benito; sin embargo, su culto a la letra del código benedictino no rebasaba los límites de la discreción, y así, por ejemplo, cuando faltaban otros alimentos, no vacilaba en dar carne a sus religiosos. Insistió particularmente en la clausura monástica y nunca quiso aceptar para sus hijos espirituales ministerio alguno fuera del cenobio, pues sabía muy bien que, so color de cura de almas, muchos monjes habrían tal vez perdido la suya propia. Otro punto capital de la observancia valumbrosana era el espíritu de pobreza, tan olvidado en aquellos tiempos: en el hábito, en la mesa, en los edificios, todo debía ser simple, modesto, sobrio, pobre, pues los monjes han renunciado, individual y colectivamente, a toda superfluidad y boato. No para evitar el trabajo, sino a fin de salvaguardar la clausura y evitar a sus monjes, en lo posible, cualquier contacto con el mundo, aceptó el abad Juan Gualberto la institución de los hermanos conversos, recientemente implantada entre los camaldulenses. Y gracias a sus cuidados, a sus continuas exhortaciones y a su ejemplo indeficiente, la vida monástica floreció esplendorosa en Valumbrosa.

Y no sólo en Valumbrosa. Pronto llovieron de todas partes ofertas de fundaciones o de restauraciones de monasterios antiguos y de Valumbrosa la nueva savia empezó a fluir hacia otros centros de vida religiosa, Entonces comenzó para Juan Gualberto la época de las correrías monásticas. Pues no se limitaba a mandar monjes a los lugares en donde eran requeridos, sino que retenía bajo su régimen todos los monasterios fundados o reformados por los valumbrosanos. Era él quien imponía los superiores, quien visitaba las casas, quien corregía y ordenaba todo. El fundador, además, sabía elegir certeramente los lugares desde donde podría ejercer seguro influjo. Así el monasterio de San Salvi, junto a Florencia; el de San Miguel, en Passignano, y el de San Salvador, de Fucecchio, formaban una red que tenían que atravesar casi todos los viandantes que de los países transalpinos se dirigían a Roma, o de Roma se encaminaban a los países de la otra parte de los Alpes. Estas abadías rivalizaban en importancia con la de Valumbrosa, pues el Santo tuvo el acierto de mandar a ellas a sus discípulos más aventajados por la doctrina o por la santidad de vida. De esta guisa era muy grande la influencia ejercida por estos monasterios, donde se vivía la misma vida que en Valumbrosa y se pugnaba por los mismos ideales.

La Iglesia atravesaba tiempos difíciles. Su libertad se veía amenazada, coartada en todas partes; su pureza sufría rudos asaltos. La simonía y el nicolaísmo hacían estragos por doquier. La lucha estaba en el punto crítico. Sobre el trono del Imperio se sentaba Enrique IV; sobre la cátedra de Pedro, San Gregorio VII. ¿Cómo dejaría de acudir el alma ardiente del abad de Valumbrosa en auxilio de la Iglesia? Su celo devorador perseguía, más allá de las fronteras monásticas, dos objetivos principales: restaurar la santidad de la vida cristiana, particularmente entre los eclesiásticos, y restablecer la pureza de la fe. ¿No era ésta la esencia del ideal gregoriano?

La Toscana, su patria, y las regiones colindantes se beneficiaron preferentemente de sus esfuerzos titánicos, de sus carismas de taumaturgo; el clero, sumido en gran parte en el fango del concubinato, experimentó una renovación profunda, hasta el punto de que muchos eclesiásticos empezaron a vivir en comunidad, realizando el ideal que venía predicándose desde los tiempos de los Padres: los fieles abrazaban una vida cristiana más pura y más ferviente. El influjo del abad de Valumbrosa llegó a obtener que en la comarca se restaurara la celebración de la vigilia pascual a su tiempo debido, es decir, durante la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección.

Pero la gran lucha de Juan Gualberto se desarrolló contra la simonía, que el Santo consideraba como la "primera y la peor de todas las herejías". Según él, debía tratársela con el mismo inflexible rigor que San Pedro usó con Simón Mago. Sus monjes serían huestes aguerridas contra los simoníacos. A los tales, por elevado que fuera el cargo que inicuamente ocuparan, tenían que desenmascararles en público, hacer lo posible para que fueran depuestos cual falsos pastores. La empresa estaba llena de las más espantables dificultades. La fuerza de los obispos simoníacos, respaldados por poderosos amigos y cómplices, era verdaderamente enorme, y muchas veces hacerles frente equivalía a poner en peligro la propia vida. Hubo casos sangrientos, como el ocurrido en el monasterio de San Salvi, cuando el Santo y sus hijos empezaron a proclamar que Pedro Mediabarba, obispo de Florencia, había comprado su sede. Las cosas llegaron a tal punto que una noche el obispo mandó a unos sicarios que maltrataron e hirieron a los religiosos, destrozaron los altares y prendieron fuego al monasterio. Mas tanto Juan Gualberto como sus monjes no cejaron hasta ver depuesto al usurpador.

El abad de Valumbrosa era un santo: de ahí la eficacia de su acción; pero un santo recio, severo, batallador. Poseía el genio que convenía para la obra que Dios le encomendara. Sus biógrafos nos hablan de sus increíbles ayunos, de la extraordinaria pobreza de sus hábitos, de su espíritu de mortificación... y también de su genio extremadamente irascible. "Su austeridad era tanta —dice uno de ellos—, tanta la vehemencia de sus increpaciones, que aquel contra quien se enfadaba experimentaba la sensación de tener contra sí el cielo, la tierra y hasta al mismo Dios." No faltan en sus gestas ejemplos que justifiquen esta frase. En cierta ocasión montó en cólera porque en uno de sus monasterios habían aceptado los bienes de un novicio, y el monasterio ardió. Otra vez, visitando el cenobio de San Pedro de Moscheto, vio que habían construido un edificio mayor y más hermoso de lo que hubiera deseado. Hizo llamar al abad y le preguntó: "¿Eres tú quien se ha edificado esos palacios?" Y, sin guardar respuesta, mandó a un riachuelo que por allí pasaba que destruyera aquel edificio, lo que, en efecto, y casi inmediatamente, hizo.

Tal se nos presenta el anverso del carácter del Santo; el reverso es mucho más simpático. Si se enfadaba tan espantosamente contra los que faltaban en algo, luego, después de la reprimenda, les consolaba con entrañas maternales. Su amor a los pobres llegaba hasta el extremo de entregarles, en tiempos de hambre, el pan de sus monjes, y, cuando no tenía con qué socorrerles, vendía los ornamentos sagrados. San Juan Gualberto, era, además, tan humilde y tal era la reverencia que tenía a todos los grados de la jerarquía eclesiástica, que, aun siendo abad y superior de una congregación monástica, jamás pudieron obligarle a que se dejara ordenar, ni siquiera de órdenes menores.

El santo abad de Valumbrosa murió el 12 de julio de 1073 en el monasterio de Passignano. Pocos días antes hizo escribir para todos sus numerosos hijos espirituales una carta en que les exhortaba a la caridad fraterna. También mandó que escribieran en un trozo de pergamino estas palabras: "Yo, Juan, creo y confieso la fe que los santos apóstoles predicaron y los Santos Padres, en los cuatro concilios ecuménicos, confirmaron". Con este pergamino en la mano murió y, conforme a su voluntad, fue sepultado. Por esta fe católica había combatido el buen combate.

GARCÍA MARÍA COLOMBÁS, O. S. B.

11 jul 2015

Oración a San Benito


Santo Evangelio 11 de Julio de 2015



Día litúrgico: Sábado XIV del tiempo ordinario

Santoral 11 de Julio: San Benito, abad, patrón de Europa
Texto del Evangelio (Mt 10,24-33): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!

»No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».

«No está el discípulo por encima del maestro»
P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP 
(San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)


Hoy, el Evangelio nos invita a reflexionar sobre la relación maestro-discípulo: «No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo» (Mt 10,24). En el campo humano no es imposible que el alumno llegue a sobrepasar a quien le enseñó el abc de una disciplina. Hay en la historia ejemplos como Giotto, que se adelanta a su maestro Cimabue, o como Manzoni al abad Pieri. Pero la clave de la suma sabiduría está sólo en manos del Hombre-Dios, y todos los demás pueden participar de ella, llegando a entenderla según diversos niveles: desde el gran teólogo santo Tomás de Aquino hasta el niño que se preparara para la Primera Comunión. Podremos añadir adornos de varios estilos, pero no serán nunca nada esencial que enriquezca el valor intrínseco de la doctrina. Por el contrario, es posible que rayemos en la herejía. 

Debemos tener precaución al intentar hacer mezclas que pueden distorsionar y no enriquecer para nada la substancia de la Buena Noticia. «Debemos abstenernos de los manjares, pero mucho más debemos ayunar de los errores», dice san Agustín. En cierta ocasión me pasaron un libro sobre los Ángeles Custodios en el que aparecen elementos de doctrinas esotéricas, como la metempsicosis, y una incompresible necesidad de redención que afectaría a estos espíritus buenos y confirmados en el bien.

El Evangelio de hoy nos abre los ojos respecto al hecho ineludible de que el discípulo sea a veces incomprendido, encuentre obstáculos o hasta sea perseguido por haberse declarado seguidor de Cristo. La vida de Jesús fue un servicio ininterrumpido en defensa de la verdad. Si a Él se le apodó como “Beelzebul”, no es extraño que en disputas, en confrontaciones culturales o en los careos que vemos en televisión, nos tachen de retrógrados. La fidelidad a Cristo Maestro es el máximo reconocimiento del que podemos gloriarnos: «Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,32).

© evangeli.net M&M Euroeditors |