9 jun 2015

Beata Ana María Taigi, 9 de Junio

9 de junio
BEATA ANA MARIA TAIGI

(† 1837)

Un día cualquiera de julio de 1837. Un trágico clamor se esparce por toda la ciudad: ¡el cólera ha hecho su aparición en Roma! El pánico cunde y la gente abandona sus hogares evitando todo contacto con los contaminados. En el nuevo cementerio de Campo Verano una muchedumbre se halla en oración ante una tumba aún reciente: piden al Señor que, por intercesión de la allí sepultada, les libre del azote que ha caído sobre ellos. En la pequeña cruz que preside la tumba unos débiles trazos de pintura, aún no del todo seca, componen un nombre: Ana María Taigï, y dos fechas: 1769-1837.

 ¿Qué influencia puede tener esta mujer para que ahora todos acudan a implorar su ayuda? Su historia es la más corriente y la más extraordinaria a la vez que se pueda imaginar. Su vida, la vida de una simple mujer.

 Nacida en Siena el 29 de mayo de 1769, su existencia transcurre durante uno de los períodos más críticos para la Iglesia y Europa. La corte de Luis XV, hundida en la lucha de intrigas y voluptuosidades, prepara activamente su ruina al tiempo que la de la cristiandad. La Enciclopedia adquiere resonante brillo. Voltaire reina e inunda el mundo con su filosofía pagana. Todo está minado: la Iglesia, la moral, la realeza. En Roma Clemente XIV va a suprimir la Compañía de Jesús a ruegos de los Borbones. Las naciones más católicas, como España, Polonia, Austria e Italia, se ven arrastradas por el torbellino que producen les acontecimientos. La masonería impera por doquier.

 Ana María pertenece a una honorable familia: su abuelo, Pietro Giannetti, dirige en Siena una farmacia. Su hijo Luis, después de seguir los estudios que le permitan suceder algún día a su padre, se casa con una buena cristiana: María Santa Masi. Nuestra Beata es el único fruto de este matrimonio. Casi al mismo tiempo, dos meses más tarde, nace en Córcega, frente a esta tierra toscana, Napoleón I.

 Bautizada al día siguiente de su nacimiento, recibe los nombres de Ana María Antonia Gesualda. Durante los seis primeros años la vemos jugar entre los viñedos, olivos y rosales que, como muralla roja, coronan las arenosas llanuras de la Toscana.

 Pero esta época feliz ha de durar poco: el espíritu algo disipador y extravagante de su padre va produciendo la falta de recursos en la familia. Muy pronto vende todo lo que tiene en Siena y marcha a Roma con esperanza de hacer allí fortuna. Sin embargo, ésta no se muestra propicia y la pequeña familia ha de ir a habitar una mísera casucha en el barrio denominado de los Montes.

 En esta situación viven ocho años. Nada sobresaliente hay en su infancia que haga prever la misión que la Providencia le tiene reservada. Cada mañana Annette mete su comida en un pequeño serillo y marcha a la escuela gratuita de la vía Graziosa, regentada por hermanas del Instituto Maestre Pie fundado por Santa Lucía Filipini. Junto a las clases de religión y cálculo recibe la pequeña Giannetti las enseñanzas propias del hogar. Los domingos asiste en la parroquia a la catequesis semanal.

 Mas los reveses de fortuna endurecen poco a poco el carácter de sus padres. Tristes, irascibles, en lugar de conformarse con su suerte y unirse en la adversidad avivan cada vez más la llaga. Luis, el primer responsable, en vez de remediar su culpa, vuelve sus malos humores contra su hija, maltratándola a diario sin razón. Hay que trabajar para comer.

 Despedida a poco de ir a la escuela por causa de una epidemia de viruelas, no podrá volver a ella por tener que ayudar a su madre en los oficios de la casa. Ha aprendido a leer, pero no a escribir, y jamás sabrá otra cosa que apenas garabatear su firma.

 Ana María tiene ahora trece años. En este tiempo no se habla de otra cosa sino de las innovaciones financieras de Nocker y de guerras. Inglaterra lucha contra sus colonias americanas y termina por reconocer la independencia de los Estados Unidos. Las nuevas ideas triunfan: Roma, París se apasionan por Diderot, D'Alembert. El contrato social y los aeróstatos. ¡El hombre, se canta, ha conquistado, los cielos y derrotado a los dioses! La multitud aplaude clamorosamente las sarcásticas e hirientes representaciones en las que se hace mofa de los reyes, señores, religión y moral. En cambio, Voltaire es sublimado y su nombre figura en las letrillas populares.

 A pesar de sus pocos años Annette comienza a darse cuenta de todo esto. Oye las conversaciones de la calle y las noticias que cuentan las compañeras del taller donde ha comenzado a trabajar. Para llevar algún refuerzo al vacío erario familiar carda la seda y corta las viejas ropas en una pequeña tienda propiedad de dos hermanas solteras. De regreso a su casa lava la ropa y hace la comida, mientras su madre sirve de asistenta en varias casas para sacar con qué comer. Durante estos trabajos siempre tiene la sonrisa en los labios, tratando de alegrar un poco la amargada vida de sus padres.

 Poco a poco su cuerpo va desarrollándose: su cimbreante tipo, interesante rostro y serena mirada atraen la atención de cuantos la ven por las calles de Roma. La llaman Anita la guapa. Como todas las chicas italianas de su edad, ella sueña con fundar un hogar maravilloso, adora los romances sentimentales y le gusta bailar.

 En 1787 abandona el taller para ocupar una plaza de doncella en el palacio donde trabaja su padre. La patrona, encantada de sus condiciones domésticas, ofrece también un empleo a su madre, y desde entonces los Giannetti trasladan su residencia a dos habitaciones que amablemente les ha cedido la señora Sierra, su patrona. La indigencia de la familia ha terminado: su madre no tendrá ya que ir de asistenta por las casas y, al menos, no les faltará comida y techo en que cobijarse.

 En este palacio, mezcla de fortaleza y de convento, como todos los antiguos de Roma, es donde conoce a un criado que, dos veces por semana, les lleva provisiones desde el palacio Chigi. Domenico Taigï es hombre de buenas costumbres, de sólida piedad, aunque rudo, inculto y de vivo genio. Poco tiempo después se celebra la boda en la iglesia de San Marcelino y, como en todas las demás, hay una buena comida, se baila y se canta hasta el cansancio. Annette acaba de cumplir veinte años y su esposo veintiocho.

 El príncipe Chigi les cederá dos habitaciones de su palacio y allí pasarán su luna de miel y les nacerán seis de sus siete hijos. Estamos en 1790 y la tempestad que va a purificar al mundo se encuentra próxima. Pero aún Dios no cree llegada la hora de su conversión. Durante los tres primeros años de su matrimonio Anna María sigue siendo la muchacha bonita, alegre y entusiasta de la vida mundana.

 Un día Domenico y su esposa, arrastrados por la multitud, ganan la plaza de San Pedro. En París ha estallado la revolución y la noticia corre de boca en boca entre el estupor de algunos y la alegría de no pocos. Mas Dios ha elegido ya a su sierva. junto a la columnata de Bernini su dulce mirada se cruza con la de un religioso servita, el padre Angelo. Este no había visto nunca a la joven, pero una voz interior le anuncia de repente: “Presta atención a esa mujer. Yo te la confiaré un día; tú trabajarás por su conversión. Ella se santificará porque yo la he escogido para santa".

 Ana comienza a no gustar las cosas de este mundo. Se despoja de su vanidad y busca el consuelo a su insatisfacción en la piedad. Va de uno a otro confesor en busca de consuelo y apoyo, hasta que un día entra en la iglesia de San Marcelo, donde se casó. Hay allí un confesonario y a él se dirige nuestra Beata. El confesor, un religioso servita, el padre Angelo, la reconoce por la voz y le dice: “¡Ah, al fin habéis venido, hija mía! El Señor os llama a la perfección y vos no debéis desatender su llamada". Y acto seguido le cuenta el mensaje recibido en la plaza de San Pedro.

 Han pasado tres años de matrimonio en medio de las vanidades del mundo. Una nueva vida comienza para Ana María: vida de penitencia, de mortificación. En casa se impone el sacrificio de la sed, y no bebe agua sino cuando su marido se extraña de su conducta. Castiga su cuerpo con cilicios y correas, y es el propio confesor el que ha de advertirle de su condición de esposa para que no maltrate su cuerpo, que no le pertenece enteramente. En 1808 toma el hábito de terciaria trinitaria y quiere perfeccionarse más.

 Pero la verdadera perfección consiste, como le dijo el Señor en una de sus apariciones, en la mortificación de la propia voluntad, en ocultar dentro de lo posible a los ojos de los hombres las obras que se hacen, en ser buena, caritativa y paciente. Y Ana María sigue fielmente estos consejos del Maestro.

 Quizá lo que más llama la atención de su vida es cómo ha sabido conjugar o ser perfecta en su estado matrimonial. Máxime cuando Domenico no era precisamente un San José. Ella deberá tener presente cada día sus deberes de esposa y de madre.

 En su casa todo debe de seguir igual. Atiende a sus hijos con maternal solicitud. Se levanta temprano para tener preparado el desayuno, arregla la casa, hace la comida e inculca a sus hijos el amor al trabajo, la economía y el orden. Los manda al colegio y les enseña sus deberes para con Dios y la sociedad; pero jamás usará la violencia contra ellos, sino la persuasión, la bondad.

 Con su marido, de mal genio, ha de mostrar continuamente su paciencia: ni una disputa, ni un mal gesto en sus cuarenta y ocho años de matrimonio. Ella sabe que Domenico, como jefe de familia, debe ser respetado y obedecido. Sabe los derechos que sobre su persona tiene. y, nunca se opone a su legítimo cumplimiento. Humildad y confianza en Dios fueron siempre sus armas para salir de los malos trances. Porque Dios le ha dicho: "Yo seré tu guía en la vida de perfección".

 Más Él quiere que su sierva sea víctima expiatoria por los pecados ajenos. Y uno tras otro tiene que soportar dolores, vejámenes y sufrimientos. Ve morir a cuatro de sus hijos con santa resignación, aceptando siempre la voluntad del Todopoderoso; sufre calladamente las burlas de muchas personas que la consideran visionaria. Jamás protesta por su humilde condición. Poco a poco su alma se va purificando.

 Ya Napoleón Bonaparte ha dado el golpe del 18 Brumario y se ha erigido emperador de los franceses. Sus ejércitos avanzan incontenibles por todos los suelos de Europa. Se profanan las iglesias, se hace mofa de la religión, se predice por doquier el fin de la cristiandad. Las ideas revolucionarias alcanzan su máximo esplendor.

 Ana María es la respuesta de Dios a todas estas cosas: al racionalismo triunfante, al orgullo de los poderosos, al materialismo del siglo. El Señor sigue fiel a su promesa: "Ensalzaré a los humildes y abatiré a los orgullosos".

 En su cotidiano vivir esta mujer nunca ha dejado de ser pobre, sencilla. Buena madre, fiel esposa y modelo de suegras. Inculta y sin apenas saber firmar, es a ella a la que se le concede uno de los más extraordinarios dones con que santo alguno haya sido distinguido: desde el año de su conversión podrá ver en una especie de globo luminoso el pasado, el presente y el porvenir. Los principales personajes políticos desfilan ante su mirada con sus sinceridades e hipocresías. Los designios de Dios para confundirlos, los complots y reuniones de las sectas secretas, los acontecimientos futuros en todo el mundo, las almas que padecen en el purgatorio, las que se condenan y se salvan. Todo lo ve con una claridad meridiana.

 Las circunstancias extraordinarias por las que van a pasar el mundo y la Iglesia son la probable explicación, dice el decreto de beatificación, del prodigio, único en los anales de la santidad, con que la Providencia distinguió a esta simple mujer.

 Pobres, cardenales y embajadores vienen a pedirle consejo o solución a sus problemas. Ella trata a todos igual. Nunca rehusa el consuelo y la ayuda a nadie y jamás admite regalo ni limosna alguna. Y cuando, como en alguna ocasión, una reina, desterrada en Roma, quiere ayudarla dándole oro, ella le responde: "Señora, yo sirvo al más grande de los reyes y Él sabrá recompensarme espléndidamente".

 Con su santidad —Ana María Taigï es la única santa que murió estando casada— Dios ha querido darnos dos estupendas lecciones: que la santidad no es patrimonio de ricos ni de clases y que, además, no está reñida con estado alguno. Cada persona puede ser santa en medio de su quehacer habitual, en el convento o en la calle, guardando la virginidad o cumpliendo los deberes matrimoniales.

 Su actuación en esta vida habrá de servir de ejemplo a las muchas almas que pretenden ser perfectas en medio de los peligros del mundo. Durante su permanencia en él no dejó sino constancia de las virtudes que deben adornar a las madres y esposas. Sus milagros fueron incontables: ve desde Roma la muerte de Pío VI en el destierro, contempla día a día las tribulaciones de Pío VII durante los cinco años de su cautividad. Cura enfermedades, anuncia muertes y señala las fechas de elección de los nuevos papas. Así quiso la Providencia premiar su oscura y pobre vida, concediéndole a sus ruegos el que la peste no entre en Italia hasta después de su muerte.

Pero aún debe purificarse más. Como si fuera poco lo que ha tenido que sufrir, Dios le reserva siete meses de dolorosa agonía. A pesar de ello su eterna sonrisa no desaparece de sus labios. Lleva con alegría esta última prueba, sabiendo que sus días están contados. Por fin el 7 de junio de 1837, rodeada de su marido y tres hijos, deja de existir a los sesenta y ocho años de edad. Al día siguiente es enterrada en el nuevo cementerio de Campo Verano. Ocho días más tarde la peste entra en Roma.

 Beatificada por Benedicto XV, es declarada patrona de las madres de familia y su cuerpo descansa, incorrupto, en la basílica de San Criságono, de Roma.

 LUIS PORTERO

8 jun 2015

Corazón de Jesús en Vos confio


Santo Evangelio 8 de Junio de 2015



Día litúrgico: Lunes X del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 5,1-12): En aquel tiempo, viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».


Comentario: Rev. D. Àngel CALDAS i Bosch (Salt, Girona, España)
Bienaventurados los pobres de espíritu

Hoy, con la proclamación de las Bienaventuranzas, Jesús nos hace notar que a menudo somos unos desmemoriados y actuamos como los niños, pues el juego nos hace perder el recuerdo. Jesús temía que la gran cantidad de “buenas noticias” que nos ha comunicado —es decir, de palabras, gestos y silencios— se diluyera en nuestros pecados y preocupaciones. ¿Recordáis, en la parábola del sembrador, la imagen del grano de trigo ahogado en las espinas? Por eso san Mateo engarza las Bienaventuranzas como unos principios fundamentales, para que no las olvidemos nunca. Son un compendio de la Nueva Ley presentada por Jesús, como unos puntos básicos que nos ayudan a vivir cristianamente.

Las Bienaventuranzas están destinadas a todo el mundo. El Maestro no sólo enseña a los discípulos que le rodean, ni excluye a ninguna clase de personas, sino que presenta un mensaje universal. Ahora bien, puntualiza las disposiciones que debemos tener y la conducta moral que nos pide. Aunque la salvación definitiva no se da en este mundo, sino en el otro, mientras vivimos en la tierra debemos cambiar de mentalidad y transformar nuestra valoración de las cosas. Debemos acostumbrarnos a ver el rostro del Cristo que llora en los que lloran, en los que quieren vivir desprendidos de palabra y de hechos, en los mansos de corazón, en los que fomentan las ansias de santidad, en los que han tomado una “determinada determinación”, como decía santa Teresa de Jesús, para ser sembradores de paz y alegría.

Las Bienaventuranzas son el perfume del Señor participando en la historia humana. También en la tuya y en la mía. Los dos últimos versículos incorporan la presencia de la Cruz, ya que invitan a la alegría cuando las cosas se ponen feas humanamente hablando por causa de Jesús y del Evangelio. Y es que, cuando la coherencia de la vida cristiana sea firme, entonces, fácilmente vendrá la persecución de mil maneras distintas, entre dificultades y contrariedades inesperadas. El texto de san Mateo es rotundo: entonces «alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,12).

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San Medardo, 8 de Junio


8 de junio

SAN MEDARDO

(†  560)

San Medardo es un santo merovingio. Un santo de aquella Francia recién convertida al catolicismo por obra del obispo San Remigio, que hizo bautizar en Reims a Clodoveo, bárbaro sicambro.

 San Remigio conocía bien a su regio catecúmeno, y, después de prepararle concienzudamente cuanto daba de si la rudeza del belicoso monarca, organizó toda una fiesta en la catedral de Reims. La oportunidad lo demandaba. Tapices, colgaduras, cruces gemadas, lámparas en los intercolumnios, reflejos dorados de los mosaicos, melodías de clérigos y chantres, aclamaciones de los fieles.

 Clodoveo se sintió conmovido, transportado. Hombre de guerras y torneos, no conocía las bellezas del culto cristiano.

 —Padre —exclamó al penetrar en la basílica deslumbrante—, ¿es esto el cielo de que me tenéis hablado?

 —No, hijo —respondió el obispo—, esto es solamente la antesala del cielo.

 Esta anécdota nos sirve muy bien para introducirnos en la vida de un santo merovingio. Con aquellos pueblos francos, regidos por Meroveo, que habían estado al servicio de la Roma imperial, a la cual prestaron buena ayuda en la derrota de Atila el año 451, había que proceder así, con suavidad y energía, como con niños grandes, deslumbrándoles con algo que ellos no poseían: tradición y cultura.

 Al desaparecer el Imperio de Occidente el rey Childerico comienza a construir el reino franco, aunque el verdadero creador de aquella nacionalidad es Clodoveo, que da a su pueblo la unidad de territorio y de religión.

 Por la batalla de Tolbiac (496) vence a los francos ripuarios y a los alamanos, y posteriormente abraza la religión católica por influencia de su esposa, la princesa borgoñona Clotilde, y del obispo San Remigio.

 Por otra batalla, la de Vouillé (507), se apodera de los dominios visigóticos, eficazmente apoyado por el clero, que veía con agrado la expulsión de los arrianos de las Galias. Posteriormente, y aplicando toda clase de procedimientos, logró adueñarse de todos los dominios de los demás pueblos francos del Rhin y Cambray.

 Clodoveo era un gran político y un gran militar, que recurría a todos los medios para consolidar su poder. La frase que San Remigio pronunciara, al tiempo de administrarle el bautismo: "Adora, sicambro, lo que has quemado, y quema lo que hasta ahora has adorado", la entendió siempre a medias, o, mejor, según le convenía. Su talento político iba por encima de su conciencia, y por eso su reinado, abundante en aciertos de primer orden, lo es también en violencias y desmanes.

 Pues en este clima crece San Medardo. Sería ya un adolescente cuando ocurrió la muerte de Clodoveo el año 511, en que su reino fue dividido entre sus cuatro hijos: Tbierry, Clodomiro, Childeberto y Clotario, reino que no volvería a reunirse hasta muchos años después, en 558, en manos de Clotario, cuando a San Medardo sólo le restaban dos años de vida.

 Los reyes francos tenían, como los restantes monarcas bárbaros, psicología de ricos nuevos. Todo les venía ancho, en especial el derecho y el respeto hacia los otros. Aquella mesura de los romanos, que con las legiones llevaban las formas jurídicas y la ordenación social, no la poseían los bárbaros pueblos de la selva, gentes en estado tribal. Fueron los monjes y los obispos quienes penosamente hubieron de educarlos en la moderación y el uso ponderado de la fuerza. Y —¡oh maravilla!— el caballero, el hombre que pone su espada al servicio de las más nobles empresas teniendo por norma el honor, es un producto del feudalismo cristianizado. La Edad Media sería el equilibrio entre religión y poder.

 San Medardo nació en Salency. Su padre, Néctor, pertenecía a una gran familia franca, y su madre, Protagia, era galorromana. Buena fusión para un santo que habría de influir poderosamente en su pueblo.

 De su padre heredaría la fortaleza, la decisión e incluso el prestigio para que nadie le tornara por sospechoso. De su madre mamaría la delicadeza, las finas maneras, el gusto depurado.

 Naturalmente, con una madre así había que pensar en una educación esmerada para el hijo; pero seguramente que también el padre apoyaría. Los padres quieren vengarse de su ignorancia dando carrera a sus hijos, sobre todo si ellos prosperaron simplemente por audacia y fortuna.

 San Medardo estudió en Augusta Veromanduorum. Esta población del norte de Francia, cerca ya de la actual Bélgica, corresponde hoy a una ciudad que tiene para los españoles recuerdos imperiales y nos valió El Escorial: Saint Quentin.

 Allí estudiaría en la escuela episcopal y adelantaría en los estudios; pero más en la virtud.

 Tratándose de un santo, y de un santo merovingio, esto es de todo punto imprescindible. No es que estuviera predestinado a la santidad; el joven escolar pondría grandes esfuerzos, derrocharía todo su empeño en los estudios, pero no menos en superarse en el bien.

 Desde luego, está probado por los biógrafos primitivos el sentido limosnero del joven Medardo. Compartía con los estudiantes más pobres su comida, socorría largamente a los menesterosos, y en una ocasión dio un caballo a un pobre peregrino a quien los ladrones habían dejado a pie, robándole su cabalgadura. Cuando su padre notó la falta en la caballeriza, se admiraría ante el suceso y presentiría que su hijo, si algún día alcanzaba fama, no sería como guerrero, sino como clérigo.

 Efectivamente, el obispo de su diócesis le promovió a las órdenes sagradas, y ascendiendo por los grados de la jerarquía llegó al sacerdocio.

 Por entonces debió volver a Salency para hacerse administrador de las propiedades paternas en beneficio de los pobres, aunque no de los ladrones.

 Una de las cosas que debían aprender los francos, acostumbrados a la ley de la selva, era el respeto a la propiedad.

 Parece que San Medardo tuvo en parte esta misión. Pero el Santo no necesitaba llevar a los rateros a los tribunales civiles. Resolvía él mismo, con milagros y caridad, los casos.

 Tres anécdotas, como de Flos sanctorum, han llegado hasta nosotros, y ungidas, además, con su propia moraleja, como los apólogos orientales.

 El Santo tenía una viña junto a su casa. Eran los comienzos del otoño cuando un sol en declive va dando toques de oro a los racimos de las cepas. Una noche los ladrones asaltaron la heredad. Llenaron sus capachos y pretendieron huir con el objeto de su depredación. Todo fue inútil; no encontraban la salida de la finca. A la mañana siguiente la aurora y San Medardo, que salía al predio para cantar Ios salmos de su oficio, encontraron a los rateros. El Santo no tuvo reproche alguno para los infelices. Tal vez, con un dejo de ironía, pudo decirles:

 —¿Veis? El pecado ciega. ¡Con lo fácil que era dar con la puerta! Podéis marchar, y que os aproveche vuestra vendimia.

 Otro día fue un ladrón goloso que asaltó las colmenas de la casa parroquial. Pero tan apurado se vio de las abejas que le picaban implacables, que tuvo que solicitar socorro del Santo.

 —Mira, lo mismo ocurre con el pecado. Sus comienzos son dulces, pero las consecuencias tienen veneno y picor de abejas.

 Por último, el caso más gracioso y educativo fue el de la vaca.

 San Medardo tenía una vaquita. Debía de ser preciosa, como cuidada por un Santo. Y daba mucha leche.

 El Santo soltaba su vaquita al prado, y para saber si se alejaba, para conocer sus correrías, San Medardo puso una esquila a su vaca.

 La becerra pacía aquí y allí, bajaba hasta la ribera del río, se metía entre los juncos y espadañas de la orilla. El Santo oía la cencerra, escuchaba su sonido, y sabía las andanzas de su vaca. Si alguna vez el animalito se extraviaba demasiado, San Medardo lanzaba un silbido profundo y la vaca volvía a la querencia del establo. El Santo la ordeñaba, la apiensaba, y hasta el día siguiente.

 Pero un día la vaca se alejó. Al principio San Medardo oía el cencerro de su vaca. Después sólo muy lejanamente, por último, nada, ni un eco.

 San Medardo silbó a su vaca, esperando hallar la respuesta de su esquilita; pero la vaca no contestaba, porque un ladrón la había robado.

 San Medardo se acostó triste aquella noche, sin tomarse su cuenco habitual de leche espumante.

 Pero a la mañana siguiente se presentó el ladrón solo, por su voluntad, sin que nadie le obligara.

 Mejor dicho, venía obligado por la esquila de la vaca.

 Cuando la robó, para que no sonara, le quitó el cencerro, y lo escondió en sus alforjas; pero el cencerro sonaba, sonaba y sonaba.

 Después lo enterró en el suelo, y el cencerro seguía sonando.

 Por fin en su casa lo atascó con paja y lo escondió entre el heno. Mas el cencerro no dejaba de sonar. Aquella noche el hombre no pudo pegar el ojo, oyendo incesantemente la esquila de la vaca de San Medardo.

 Cuando a la mañana siguiente le explicó al Santo lo ocurrido, le respondió éste:

 —Hijo, eso es la esquila de tu conciencia. El remordimiento no te ha dejado dormir. Es la consecuencia de todo pecado.

 Estos hechos y aún otros más portentosos debieron hacer subir el crédito de santidad de Medardo. Y nada puede extrañar que fuera elegido obispo a la muerte de Alomer, que regía la sede de Vermandois. Parece ser que fue consagrado por el propio San Remigio, y para poder seguir atendiendo a sus posesiones familiares, y para enseñar costumbres cívicas a sus cristianos, recién salidos de la idolatría, o, como quieren otros biógrafos más dudosos, porque Noyon ofreciera mejores condiciones de defensa en aquellos tiempos calamitosos de invasiones y guerra, trasladó a esta ciudad la sede episcopal.

 Aquí comenzaría su lucha enérgica y suave centra los restos de paganismo que se resistía a cristianizarse, contra las supersticiones, contra las duras costumbres, contra la ignorancia, contra la rapiña y la haraganería, contra la intriga y el asesinato.

 Oscura tarea que llevaron a cabo aquellos obispos galos del siglo VI, que lograron cambiar la mentalidad de los francos recién convertidos.

 El prestigio de San Medardo aparece en todo su esplendor cuando vemos a la reina Radegunda postrada a sus pies pidiendo con humildad y energía el hábito de diaconisa.

 Radegunda era esposa de Clotario, que la había conseguido como botín el año 531, cuando las luchas intestinas de Turingia permitieron a los reyes francos apoderarse de aquel reino. Los hijos de Bertario, hijo del rey derrotado, Hermanfrido, cayeron prisioneros, y entre ellos venía Radegunda, princesa que había recibido una educación refinada en la corte de su tío. Clotario consiguió finalmente casarse con ella, dentro de la legalidad, aunque venciendo la repugnancia natural de la derrotada.

 Mucho debió de sufrir ésta al lado de su regio consorte, quien no sabía percibir del cristianismo nada más que el temor del infierno, y las noticias que la historia nos ha dejado de él nos lo presentan como príncipe violento y lujurioso, aunque capaz de arrepentirse de alguna mala decisión si se interponía el gesto enérgico de algún prelado. Así, después de haber decidido apoderarse del tercio de las rentas de las iglesias, renunció a su proyecto ante una simple protesta del obispo de Tours.

 Radegunda supo conducir la corte de Clotario dentro de una alta vida religiosa, sin descuidar un momento sus deberes de soberana.

 Mas, como dijimos, tenia ella un hermano que había sido hecho prisionero en 531, cuando la destrucción de la Turingia. En 555 esta región se sublevó contra Clotario, y éste hizo asesinar brutalmente al hermano de la reina.

 Radegunda pidió y obtuvo permiso de abandonar la corte, y con su ascendiente moral obliga a San Medardo a que le diera el velo de consagrada.

 El Santo duda, no por miedo a la cólera del rey o de los presentes que le advierten:

 —Obispo, cuida mucho de no arrebatar al rey su legitima esposa, la cual él desposó solemnemente.

 Más bien temía ir contra los sagrados cánones, que prohiben la separación de marido y mujer.

 Mas, como Radegunda ya había obtenido la autorización del rey, venció los últimos escrúpulos del santo prelado cuando se presentó ante él revestida de los hábitos religiosos y le dijo:

 —Si dudas de consagrarme, si tienes miedo de un hombre más que de Dios, sabe, pastor, que él te pedirá cuenta del alma de tus ovejas.

 Estas palabras decidieron al buen pastor, que impuso las manos a Radegunda, consagrándola diaconisa. Y no parece que Clotario tomara a mal la conducta del Santo, a pesar de lamentar el haberse quedado sin tan santa esposa. Esta marchó a Poitiers y fundó un monasterio, que puso bajo la regla de San Cesáreo de Arlés, y donde Venancio Fortunato hacía como de capellán y consejero del regio cenobio.

 San Medardo murió poco después, avanzado de edad y cargado de méritos, probablemente el año 560. Al siguiente moría también Clotario, y otra vez la dinastía franca se hacía reino cuatripartito en sus hijos.

 El cuerpo de San Medardo fue llevado muy pronto a Soissons, donde se levantó un célebre monasterio, comenzado por el propio Clotario.

 La fama taumatúrgica del Santo creció tan rápidamente que al año podía escribir San Niceto de Tréveris que era parangonable con la de San Martín de Tours, San Hilario de Poitiers y San Remigio.

 Los prisioneros liberados por su intercesión acudían a su templo a dejar sus cadenas como exvotos. Al principio del siglo X los monjes de Soissons, huyendo de los normandos, llevaron sus reliquias de Dijon.

 San Medardo es uno de los santos más populares de la Francia de la Edad Media. No es raro que alrededor del mismo hayan proliferado las leyendas. Dom Leclercq, en el Diccionario de Arqueología y Liturgia, tiene un denso artículo sobre las “vidas" de este Santo. La que más fe hace es la escrita el año 600 por un monje merovingio, y que se atribuyó durante muchos siglos a Venancio Fortunato, pero que indudablemente no es suya.

 Otra cosa curiosísima es la leyenda que hace hermanos gemelos a San Medardo y San Gildardo, los cuales habrían sido bautizados el mismo día, ordenados sacerdotes y consagrados obispos el mismo día y habrían entrado igualmente en el cielo el mismo día. Un dístico medieval lo dice en latín litúrgico:

Una dies natos utero viditque sacratos,
albis indutos et ab ista carric solutos.

Pero esta leyenda absurda y sin fundamento la refutó el mismo Mabillon en 1668, en carta al prior de San Medardo, demostrando la imposibilidad de coincidencias cronológicas entre el obispo de Noyon y San Gildardo, que es anterior a San Medardo.

 San Gregorio de Tours nos dice que ya en su tiempo se representaba a San Medardo con la boca entreabierta y enseñando la dentadura, para significar de esta manera ingenua que era patrón contra los dolores de muelas. Este gesto del Santo ha pasado a la paremiología francesa, en que se dice: Ris qui est de saint Médard —le coeur n'y prend pas grand part (En la risa de San Medardo el corazón no toma mucha parte).

 La abadía de San Medardo de Soissons llegó a ser famosa y poseer pingües riquezas, jugando un papel importantísimo bajo los reyes merovingios y carolingios.

 CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

7 jun 2015

Corazón de Jesús en Vos confio


Santo Evangelio 7 de Junio de 2015



Día litúrgico: Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (B) (Segundo domingo después de Pentecostés)


Texto del Evangelio (Mc 14,12-16.22-26): El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?». Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: ‘El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?’. Él os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para nosotros». Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua. 

Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, éste es mi cuerpo». Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba de nuevo en el Reino de Dios». 

Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.


Comentario: Mons. Josep Àngel SAIZ i Meneses Obispo de Terrassa (Barcelona, España)
Éste es mi cuerpo. Ésta es mi sangre

Hoy, celebramos solemnemente la presencia eucarística de Cristo entre nosotros, el “don por excelencia”: «Éste es mi cuerpo (...). Ésta es mi sangre» (Mc 14,22.24). Dispongámonos a suscitar en nuestra alma el “asombro eucarístico” (Juan Pablo II).

El pueblo judío en su cena pascual conmemoraba la historia de la salvación, las maravillas de Dios para con su pueblo, especialmente la liberación de la esclavitud de Egipto. En esta conmemoración, cada familia comía el cordero pascual. Jesucristo se convierte en el nuevo y definitivo cordero pascual sacrificado en la cruz y comido en Pan Eucarístico. 

La Eucaristía es sacrificio: es el sacrificio del cuerpo inmolado de Cristo y de su sangre derramada por todos nosotros. En la Última Cena esto se anticipó. A lo largo de la historia se irá actualizando en cada Eucaristía. En Ella tenemos el alimento: es el nuevo alimento que da vida y fuerza al cristiano mientras camina hacia el Padre.

La Eucaristía es presencia de Cristo entre nosotros. Cristo resucitado y glorioso permanece entre nosotros de una manera misteriosa, pero real en la Eucaristía. Esta presencia implica una actitud de adoración por nuestra parte y una actitud de comunión personal con Él. La presencia eucarística nos garantiza que Él permanece entre nosotros y opera la obra de la salvación.

La Eucaristía es misterio de fe. Es el centro y la clave de la vida de la Iglesia. Es la fuente y raíz de la existencia cristiana. Sin vivencia eucarística la fe cristiana se reduciría a una filosofía.

Jesús nos da el mandamiento del amor de caridad en la institución de la Eucaristía. No se trata de la última recomendación del amigo que marcha lejos o del padre que ve cercana la muerte. Es la afirmación del dinamismo que Él pone en nosotros. Por el Bautismo comenzamos una vida nueva, que es alimentada por la Eucaristía. El dinamismo de esta vida lleva a amar a los otros, y es un dinamismo en crecimiento hasta dar la vida: en esto notarán que somos cristianos.

Cristo nos ama porque recibe la vida del Padre. Nosotros amaremos recibiendo del Padre la vida, especialmente a través del alimento eucarístico.

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Beata Ana de San Bartolomé, 7 de Junio

BEATA ANA DE SAN BARTOLOMÉ
(† 1626)
7 de junio


La Beata Ana de San Bartolomé es un satélite que se mueve por completo en la órbita de Santa Teresa de Jesús. Tiene con ella un punto de contacto excepcional: la vida de ambas está dominada por los fenómenos místicos, constituyendo un válido testimonio de la existencia de lo sobrenatural, prueba patente de la presencia de Dios en el mundo de las almas. Ambas nos han descrito su experiencias. Teresa como maestra, con la exactitud y riqueza de sus minuciosas descripciones; Ana con la sencillez de su mente inculta y campesina, pero con una sinceridad y una transparencia que encantan.

 La Autobiografía de la Beata está tan llena de hechos extraordinarios, que resulta poco atrayente para los espíritus críticos y desconfiados de nuestro siglo, pero está escrita con un estilo tan directo y con una tal convicción, que no pueden menos de ser aceptados, por lo menos, como experiencia vivida, por quienes se acerquen a ella con un criterio adicto a lo divino.

 Nació Ana en Almendral, Pueblo de la provincia de Toledo, el 1 de octubre de 1549, en una familia cristiana y campesina, de costumbres austeras y acendrada piedad, siendo la sexta entre siete hermanos. Un vulgar episodio de su infancia parece señalar el destino de su vida. Ella misma lo cuenta en su Autobiografía: Cuando todavía era muy niña y apenas podía tenerse en pie la dejaron un día solita sus hermanas para que se entrenara en andar. Pasando por allí su madre, les dijo:

 —Mirad que la niña no caiga, que se matará.

 Una de las hermanas replicó:

 —Dios la haría merced, si se muriera: que ahora iría al cielo.

 Y la otra repuso:

 —Déjala, no se muera, que si vive podrá ser santa.

 Mas la primera objetó:

 —Esto está en duda, y ahora no tiene peligro, mas en llegando a los siete años pecan los niños.

 Nos asegura la Beata que este diálogo, sólo vagamente comprendido, causó un impacto terrible en su alma. Cobró horror al pecado, y, levantando los ojos al cielo, le pareció que se le mostraba claramente la majestad divina.

 Es posible que una elaboración posterior fuese llenando de contenido la primitiva impresión, pero lo cierto es que su vida queda marcada desde sus albores con el signo de lo sobrenatural. Y cuando cumplió siete años la encontraban con frecuencia llorando y, preguntada por el motivo, respondía: "Porque tengo miedo de pecar y condenarme".

 Cuando contaba apenas diez años perdió a sus padres, y sus hermanos la obligaron a guardar el rebaño que poseía la familia. Ana aprendió con el contacto del campo a relacionarse con Dios, a quien veía presente en la creación. Gustaba de pasar las horas muertas con el pensamiento en el cielo, absorta en contemplación, y ya desde entonces se entrenó en continuos coloquios con Cristo, que, nos asegura, se le aparecía continuamente en figura de niño que conversaba con ella. Lo sentía junto a sí y le hacía partícipe de sus pensamientos y preocupaciones. La Beata interpreta estas experiencias como si se tratara de una presencia real y corporal de Cristo, mas acaso no pasasen de visiones imaginarias producto de su fantasía infantil excitada por el pensamiento de Cristo, hacia el cual encauzaba toda la capacidad sensitiva de su alma. Lo cierto es que vivía en continua presencia de Dios, nota que fue la característica de su vida toda bajo diversos aspectos conforme al desarrollo de la gracia en su alma y al diverso grado de madurez espiritual.

 Al llegar a los veintiún años, sus hermanos quisieron casarla y le buscaron para marido un mozo gallardo y de buena posición. La joven estaba decidida a consagrarse al Señor y, con hábil estratagema, logró burlar las pretensiones familiares, presentándose ante su presunto esposo tan desastradamente ataviada, que no fue aceptada. Durante mucho tiempo continuó la insistencia de sus familiares y fue tanta la guerra que le hicieron, que faltó muy poco para que se rindiera. "Si yo hallara un hombre muy rico, muy agradable, muy santo y que me ayudara al servicio de Dios, que me holgara con tal compañía."

 Mas Cristo, que en su infancia se le hacía sentir como niño, se le mostró entonces con rasgos juveniles y le susurró al oído: "Yo soy el que tú quieres y conmigo te has de desposar”, y desapareció.

 Desde entonces todos sus pensamientos y deseos se encaminaron al claustro, y por consejo de su confesor, el párroco del pueblo, se dirigió al convento de San José de Avila pidiendo ingresar entre las hijas de Santa Teresa. Sus hermanos se opusieron en un principio y su hermano mayor, cuando cierto día le reclamaba el dinero para el viaje, tuvo un acceso tan terrible que poco faltó para que la atravesase con su espada. Mas finalmente, amansado, él mismo la acompañó a Avila, donde ingresó el 1 de noviembre de 1570.

 La Beata carecía por completo de instrucción y no sabía leer ni escribir, lo cual suponía un grave inconveniente para su admisión por su incapacidad para el rezo del coro. Mas la santa Madre, que nunca había querido admitir legas en sus conventos, hizo una excepción con ella para no perder una vocación tan privilegiada, y la recibió para "freila", siendo la primera lega de la descalcez. Hay que notar, sin embargo, que no se tuvo en cuenta para nada la cuestión económica, ya que aportó su dote correspondiente.

 En el convento la probó el Señor con duras pruebas espirituales, retirándola el suave sentimiento de su presencia y presentándosele como Cristo doliente que la invitaba a caminar por el sendero de la cruz. En una visión se le mostró afligidísimo y descargó en su corazón la pena que tenía. "¡Mira las almas que se me pierden! ¡Ayúdame!", mostróme la Francia como si estuviera presente allí y millones de almas que se perdían en las herejías."

 Dios la probó con graves enfermedades, efecto de su vida de oración, en la que incluso pasaba las horas de la noche, con lo que gastaba su cuerpo no muy robusto. Pero un día la madre Teresa, encontrándose enferma nuestra Beata, le ordenó por obediencia que se convirtiera en enfermera de las demás y, superando su debilidad, se dio tal maña en el oficio, que se convirtió en "Priora de las novicias", como donosamente la llamaba Santa Teresa.

 Fue la Santa la que moldeó su espíritu con sus enseñanzas y con su familiaridad, ya que la convirtió en su confidente, su enfermera, su ayuda de cámara y hasta en su secretaria. Ella misma confiesa que la Santa estaba ya tan acomodada a mis pobres y groseros servicios, que no se hallaba sin mí".

 Como la Beata Ana no sabía escribir se lamentaba Teresa de ello, porque hubiera querido que la ayudase a llevar su copiosa correspondencia. Por dar gusto a la Madre se empeñó con tal entusiasmo en conseguir aprender a escribir, que lo consiguió con sólo copiar la letra de la Santa y con tal rapidez que se tuvo por todos como verdadero milagro.

 Cuando en 1579 se autorizó de nuevo a Santa Teresa para que reanudase la visita de sus conventos y su actividad de fundadora, tras el obligado reposo de dos años en Avila, quiso llevar como compañera a la Beata Ana de San Bartolomé, que la acompañó en sus últimas peregrinaciones, las más duras y trabajosas, a lo largo de todos los caminos de Castilla. A la pluma de la Beata debemos las vívidas descripciones de estos trabajos, que completan las trazadas por Teresa en el Libro de las Fundaciones.

 Ana la acompañó a las de Malagón, Villanueva de la Jara y Burgos, y se hizo su presencia tan necesaria a la Santa, que no sabía ponerse en camino sin su compañía.

 En la última enfermedad de Santa Teresa la Beata no se apartó de su lado, olvidándose de comer y de dormir, y tal era el consuelo que le daba el verse por ella atendida que, cuando se alejaba, reclamaba insistentemente su presencia. Ella la asistió en su agonía y tuvo reclinada entre sus manos durante varias horas la cabeza de la santa Madre hasta que en ellas expiró.

 Muerta la Santa se convirtió Ana de San Bartolomé en oráculo para las descalzas, que a ella acudieron en su ilusión de conocer los detalles de la vida y enseñanzas de su Madre, que ella mejor que nadie conocía.

 Cuando el cardenal de Bérulle vino a España para llevarse a Francia un grupo de carmelitas, se recordó Ana de la revelación que respecto de Francia le había hecho el Señor en otro tiempo y de los deseos de Santa Teresa, y acogió la idea con entusiasmo, formando parte de la primera expedición.

 En Francia la obligaron los superiores a tomar el velo negro de corista y la nombraron priora primero de Pontoise y luego de París. La madre Ana tuvo que hacerse al trato de las damas y personajes de la corte, que dieron en la moda de visitar las descalzas y someterse a su dirección. Las primeras vocaciones francesas al Carmelo pertenecían a la nobleza francesa, y fue Ana encargada de su formación, trasvasando en ellas el espíritu teresiano de que el suyo rebosaba. A ella se debe también la fundación del convento de Tours.

 Una grave dificultad presentaba la permanencia en Francia de las descalzas. El cardenal Bérulle, una de las más grandes figuras de la espiritualidad francesa, quiso moldear a las carmelitas conforme a su propio espíritu, aunque siguiendo la línea de Santa Teresa. Las españolas estaban acostumbradas a la dirección de los padres y no podían hacerse a vivir sin consultar su espíritu con ellos. La Beata Ana aguantó cuanto pudo; mas, no bien comprendió que el Carmelo en Francia podía continuar por sus propios medios, aceptó la invitación de trasladarse a Bélgica, donde podría dirigirse con los descalzos, que estaban ya establecidos allí.

 Llegó a Bélgica a los sesenta y tres años de su edad y fueron los años que allí vivió hasta su muerte los más fecundos de su vida. Su recuerdo está unido en Bélgica a la fundación de Amberes por ella realizada y que se convirtió pronto en un potente foco de irradiación espiritual. Desde la reja de su locutorio y a través de su correspondencia ejerció poderosa influencia sobre la sociedad belga, colaborando al desarrollo de la espiritualidad y vida de oración entre aquellas gentes que se han distinguido siempre entre las más dispuestas para la vida sobrenatural.

 Cuando Mauricio de Nassau intentó por tres veces tomar por sorpresa la fortaleza de Amberes, la población atribuyó a las oraciones de la Beata y de sus monjas la liberación, y la infanta y los generales acudieron al locutorio para agradecerle su intervención.

 Murió la Beata Ana de San Bartolomé el 7 de junio de 1626, precisamente el día de la Santísima Trinidad, cuya presencia sintió de manera especial en su alma durante los últimos años de su vida.

 Su memoria perdura viva en el Carmelo y en la ciudad de Amberes, que en los días terribles de la guerra mundial volvió a encomendarse a ella, atribuyendo a su mediación protectora el haberse visto libre de la destrucción.

GREGORIO DE JESÚS CRUCIFICADO C. D.