18 may 2015

Meditación diaria - ¿Después de la Ascensión, qué? -



Meditación diaria - ¿Después de la Ascensión, qué? - 


¿Después de la Ascensión, qué?
¡No podemos quedarnos mirando al Cielo! Ahora nos toca a nosotros ser la voz de Jesús para alentar y consolar. 

Autor: Karime Alle | Fuente: Catholic.net
Después de la Ascensión ya no va a ser Jesús el que anuncie la Buena Nueva. Ahora nos toca a nosotros, sus discípulos, hacerlo. Los Sacerdotes predicando(sobre todo)con la palabra, los laicos predicando (sobre todo) con el ejemplo, los padres de familia predicando con la palabra y el ejemplo.

Después de la Ascensión ya no va a ser Jesús el que compadezca a los pobres y lo enfermos. Ahora nos toca a nosotros.

Después de la Ascensión ya no va a ser Jesús el que multiplique los panes y los pescados para alimentar a las multitudes. Esa es ahora nuestra tarea, multiplicando nuestros esfuerzos para dar de comer sino a las multitudes, por lo menos a los pobres que podamos.

Después de la Ascensión ya no va a ser Jesús el que cuide a sus ovejas. Ahora nosotros tenemos que velar por ellas, especialmente por aquellas (el cónyuge, los hijos, los hermanos, los trabajadores) que Dios nos ha encomendado a cada uno.

Después de la Ascensión a nosotros nos toca ser la voz de Jesús para alentar y consolar. Sus manos para tenderlas a todo el que necesite ayuda. Sus pies para llevarlo a donde no lo conocen.

Después de la Ascensión:

¡No podemos quedarnos mirando al Cielo!

Santo Evangelio 18 de Mayo de 2015


Día litúrgico: Lunes VII de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 16,29-33): En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús: «Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios». Jesús les respondió: «¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo».


Comentario: Rev. D. Jordi CASTELLET i Sala (Sant Hipòlit de Voltregà, Barcelona, España)
¡Ánimo!: yo he vencido al mundo

Hoy podemos tener la sensación de que el mundo de la fe en Cristo se debilita. Hay muchas noticias que van en contra de la fortaleza que querríamos recibir de la vida fundamentada íntegramente en el Evangelio. Los valores del consumismo, del capitalismo, de la sensualidad y del materialismo están en boga y en contra de todo lo que suponga ponerse en sintonía con las exigencias evangélicas. No obstante, este conjunto de valores y de maneras de entender la vida no dan ni la plenitud personal ni la paz, sino que sólo traen más malestar e inquietud interior. ¿No será por esto que, hoy, las personas van por la calle enfurruñadas, cerradas y preocupadas por un futuro que no ven nada claro, precisamente porque se lo han hipotecado al precio de un coche, de un piso o de unas vacaciones que, de hecho, no se pueden permitir?

Las palabras de Jesús nos invitan a la confianza: «¡Ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33), es decir, por su Pasión, Muerte y Resurrección ha alcanzado la vida eterna, aquella que no tiene obstáculos, aquella que no tiene límite porque ha vencido todos los límites y ha superado todas las dificultades. 

Los de Cristo vencemos las dificultades tal y como Él las ha vencido, a pesar de que en nuestra vida también hayamos de pasar por sucesivas muertes y resurrecciones, nunca deseadas pero sí asumidas por el mismo Misterio Pascual de Cristo. ¿Acaso no son “muertes” la pérdida de un amigo, la separación de la persona amada, el fracaso de un proyecto o las limitaciones que experimentamos a causa de nuestra fragilidad humana?

Pero «sobre todas estas cosas triunfamos por Aquel que nos amó» (Rom 8,37). Seamos testigos del amor de Dios, porque Él en nosotros «ha hecho (...) cosas grandes» (Lc 1,49) y nos ha dado su ayuda para superar toda dificultad, incluso la muerte, porque Cristo nos comunica su Espíritu Santo.

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Santa Rafaela María del Sagrado Corazón, 18 de Mayo


18 de mayo

SANTA RAFAELA MARÍA DEL SAGRADO CORAZON

 († 1925)
 
Santa Beata Rafaela María del Sagrado Corazón aparece en la Iglesia durante el siglo XIX. Porque es el siglo del liberalismo triunfante, ella y sus hijas se ceñirán las cadenas de una esclavitud de amor; y por que se intensifica la sagrada pasión del Cuerpo místico de Cristo, —su Vicario Pío IX bajaría a la tumba coronado de espinas— ungirán ellas ese Corazón llagado con la suave unción de su amor reparador y eucarístico. Espíritu éste de perenne actualidad —como recientes documentos pontificios lo confirman—, ya que hasta el fin de los tiempos el "Cristo total", Cristo viviente en su Iglesia, ofrecerá al Padre holocausto de reparación, intercesión y amor.

 Mas, ¿cómo iban a sospechar estos misteriosos y futuros destinos los cristianos y ricos terratenientes de Pedro Abad don Ildefonso Porras y doña Rafaela Ayllón, cuando amorosamente se inclinaban sobre la cuna de aquella niña —la décima de sus trece hijos—, que había venido al mundo precisamente el primer viernes de marzo —día 1— de 1850? Una fecha después llega para ella el que alguna vez llamará "el día más grande de nuestra vida", el de su bautismo.

 Para santa quería Dios a aquella niña y en tierra de santos la había hecho nacer. Más que de los califas, es Córdoba la ciudad de Eulogio y Speraindeo, de Alvaro y las vírgenes Flora y María, de los innumerables mártires. Con razón exclamará Rafaela: "Somos hijos de santos, ¡no degeneremos!"

 Si era cristianísimo el hogar donde su cuna se meció pronto lo iba a saber, aun a precio de lágrimas. Sólo cuatro años contaba cuando su padre, alcalde a la sazón, mostrando su religiosidad en el heroísmo, caía víctima de la caridad cuidando a los atacados por el cólera, que se ensañaba en la villa. Su viuda, verdadera mujer fuerte, hizo frente a todo, pero se reservó en especial la educación de las "dos perlitas", como eran llamadas en familia las dos únicas niñas, Rafaela y otra hermana cuatro años mayor que ella, Dolores.

 Pronto la mejor sociedad cordobesa y madrileña comenzó a sonreír a aquellas jovencitas finas, cultas, sumamente agraciadas. Pero... sólo quince años contaba Rafaela cuando, arrodillándose ante el altar de San Juan de los Caballeros, en Córdoba, consagró al Señor la azucena de su virginidad con voto de castidad perpetua. Era precisamente el día de la Anunciación de María, la Esclava del Señor. "¡Es tan hermosa —dirá más tarde— la flor de la pureza!" Aquella iglesia, por coincidencias providenciales, fue la primera que las Esclavas recibieron en propiedad.

 Ya es toda de Jesucristo Rafaela María y Él comienza a llevarla por el difícil camino que para su vida ha trazado. Su madre es todo su cariño, y cuando apenas cuenta diecinueve años la pierde casi de repente. "La muerte de mi madre —revelará ella, religiosa ya— abrió los ojos de mi alma con un desengaño tal que la vida me parecía un destierro,. Cogida a su mano le prometí al Señor no poner jamás mi afecto en criatura alguna terrena. Y Nuestro Señor, al parecer, cogió mi oferta, porque aquel día me tuvo toda ocupada en pensamientos sublimísimos de la vaciedad y nada que son todas las cosas de la tierra, y de lo único necesario que era aspirar a sólo lo eterno, que casi, o del todo, me desterró la pena".

 Pronto fueron quedando Rafaela y Dolores cada vez más solas y, por tanto, más libres, en la casona familiar, dueñas de pingüe patrimonio. Mas no las busquéis ya en las fiestas de Córdoba, sino junto a la cabecera de los más indigentes y repugnantes enfermos, tal vez contagiosos, de Pedro Abad; o junto a la clásica chimenea de campana que presenciara tan dulces escenas familiares, rezando con la servidumbre aquel rosario bendito que ayer guiara la madre muerta; o acaso barriendo y perfumando luego de flores la ermita de aquel Cristo venerado que llevara en la mesnada el abad don Pedro de Meneses cuando acompañaba al rey San Fernando en la conquista de Córdoba,

 En esta vida de difícil abnegación las sostenía el joven párroco, recién llegado a Pedro Abad. Intuyendo los futuros destinos de Rafaela, le escribió esta frase que, a la luz de los acontecimientos posteriores, aparece como profética: "Lucirá, y más que el sol, si mientras llega el día se mantiene en la oscuridad..." Ya veremos si era profunda la oscuridad, prenuncio de gloria, que la esperaba.

 Avanzan las dos hermanas en virtud, pero la maledicencia se ceba en aquellas vidas intachables y han de renunciar a su único apoyo: la dirección. Ya para entonces ambas han decidido entregarse, con todo su haber y su poseer, al Señor. Pero ¿dónde? El antiguo director y otros eclesiásticos cordobeses, a quienes se han confiado, deciden: pasarán unos meses de retiro y reflexión en las clarisas de Santa Cruz, de Córdoba, y luego... Abandonan, pues, de incógnito su fecundo apostolado en el Pueblo, aunque los pobres, al enterarse, reclaman entre lágrimas que vuelvan las señoritas".

 Ya está decidido el ingreso en la Visitación de Valladolid para que tornen a Córdoba como fundadoras de un pensionado; pero el Señor, que tiene otros planes, hace aparecer en este momento al "hombre providencial": don Antonio Ortiz de Urruela. Era este sacerdote guatemalteco varón de espíritu y talento no comunes, penitente, celoso, rectísimo —"el Padre de la verdad" le llamaban los andaluces, ¡y eran los tiempos del liberalismo militante!—, sabio jurista: en fin, una personalidad extraordinaria. El, que tenía profundamente grabada esta idea de Pío IX: "Por la reparación se salvará el mundo", estimaba a la naciente sociedad de María Reparadora, y aquella estima cristalizó en una realidad tangible: negocia que se trasladen desde Sevilla algunas religiosas, y en una casa propiedad de las hermanas Porras, con haberes de las mismas, queda fundado el noviciado, que pueblan, junto con éstas, otras jóvenes selectas dirigidas también de don Antonio, protector y alma de la obra. Rafaela y Dolores, que visten felices el hábito blanco y azul de María Reparadora desde el día del Sagrado Corazón —es el año 1875—, creen haber llegado al puerto. A su vez las madres graves comentan: :"Rafaelita es una joya. Aunque novicia, podría muy bien ser superiora". ¡Por algo lo haría Dios!

 ¿Criterios anticuados de la tradicional sociedad cordobesa? ¿Tesón de un protector que exige con excesivo celo y diversidad de miras una docilidad que las protegidas estiman incompatible con el bien de su religión? El caso es que, cuando la madre general y fundadora de la sociedad dio la orden de trasladar el noviciado a Sevilla, surgieron graves diferencias entre las religiosas y los eclesiásticos cordobeses, particularmente con don Antonio, escudo hasta entonces de la amenazada fundación, quien creyó tener graves motivos para defender la permanencia del noviciado en Córdoba. Sólo a las dos hermanas se traslucía lo angustioso de la situación. Las demás novicias veían a Rafaela orar en cruz con más asiduidad y redoblado fervor ante el sagrario. No sabían más.

 Por fin las religiosas de María Reparadora han de salir de Córdoba. ¡Momentos de perplejidad para aquellas almas ansiosas de cumplir la voluntad divina! De pronto corre entre las novicias una voz: "Las hermanas Porras no se van. Continuarán en la casa bajo la protección del señor obispo, y la dirección del padre Antonio". Y allí se queda, casi íntegro, el noviciado. Rafaela, por designación episcopal, comienza a ser superiora de aquel grupito de jóvenes que "de novicias se han pasado a fundadoras" —como les escribirá años adelante, en carta autógrafa, Su Santidad Benedicto XV—. Fray Ceferino González, el futuro cardenal de Toledo, tan conocido por sus profundas obras filosóficas, obispo a la sazón de Córdoba, expidió el decreto de erección del nuevo Instituto, bajo el nombre de "Adoradoras del Santísimo Sacramento e Hijas de María Inmaculada".

 Se acerca la primera emisión de votos cuando reciben una amistosa advertencia: "El señor obispo está introduciendo algunas variaciones en las reglas". ¿Algunas variaciones? ¡Dios mío!, ¿quién las conoce?: rejas en los locutorios, la exposición del Santísimo sólo los domingos... Y tienen veinticuatro horas de plazo para determinarse!

 —Madre, ¡no queremos estas reglas! —exclaman a una voz las novicias apenas recibida la intimación—. ¡Queremos las reglas de San Ignacio tal como las hemos observado hasta ahora!

 Rafaela ha buscado en la oración, su ordinario recurso, la serenidad y el acierto. Ahora están ella y su hermana conferenciando con don Antonio, quien les repite inspirado: "Dios escribe derecho con pautas torcidas". Mas el tiempo urge, ¿qué hacer? Dolores fue la primera en lanzar la idea: "¿Por qué no nos vamos?" ¡Signo divino de la unanimidad! Al mismo tiempo una novicia bajaba en nombre de todas: "Madre, arriba estábamos diciendo que por qué no nos vamos..."

 Y aquella noche misma, en connivencia con las sombras nocturnas, comienza el éxodo. Presidía la salida Rafaela, "pálida como una dolorosa"; Rafaela, que con entereza recibida de lo alto se puso al frente de las fugitivas, mientras Dolores quedaba en el palomar vacío para hacer frente a la polvareda que en pos dejaban.

 Las Hermanas de la Caridad, que tanta derrocharon con la Congregación naciente, las hospedaron en Andújar.

 Un fuerte apoyo les quedaba, don Antonio Ortiz, que, alcanzado por la tempestad, negocia en Madrid el establecimiento del noviciado. ¿Un apoyo? ¿No imagináis lo que va a suceder? Moría, en efecto, en la capital de España este santo sacerdote el día de su gran protector San José. Rafaela, anegada en paz sobrenatural, desgrana por tres veces ante el sagrario los versículos del Te Deum. Esta será siempre su respuesta ante el dolor.

 Pero "el hombre providencial", cuyo último suspiro recibió Dolores, dejaba al Instituto bajo la tutela del buen padre Cotanilla, S. I. En su persona pasaba, en cierto modo, a la Compañía de Jesús tan sagrada herencia. Y bajo su protección y la del obispo auxiliar, doctor Sancha, van a establecerse, ahora definitivamente, en Madrid. Vibra de nuevo en Andújar la voz juvenil: "¡Vamos!"

 Ya están en la estación, en medio de la oscuridad y bajo el aguacero, esperando el tren que las llevará a la capital. De las dieciocho que comenzaron esta aventura hacia Dios "ninguna se ha perdido". Muy bien escribió la primera historiadora de tales sucesos: "Cuando Dolores expuso al obispo auxiliar el recelo que le inspiraban las vocaciones, contestó el doctor Sancha: "Estos trastornos obran en las religiosas lo que la criba en la era: se queda el grano y la paja se la lleva el viento..." En aquel puñado de almas generosas tan tenazmente aventado no hubo más que trigo: no faltaba ni una".

 El primado de España, cardenal Moreno, al aprobar la nueva Congregación en 14 de abril de 1877, le imponía el nombre de "Reparadoras del Sagrado Corazón de Jesús", cambiado, al penetrar el Instituto en la órbita pontificia por el Decretum laudis, en aquel que, no determinación humana, sino su Divino Fundador había escogido: ANCILLAE SACRATISSIMI CORDIS IESU, "Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús". Por fin León XIII, en 29 de enero de 1887, aprobaba definitivamente el Instituto y temporalmente sus Constituciones, las suyas, aquellas por las cuales había luchado tan denodadamente. "Vuestras son, parecía decirles el santo legislador mediante una serie de providenciales coincidencias. Y lo dijo también por boca de quien más autorizado estaba para ello. Visitando en Roma nuestras madres al padre Becks, y expresándole su alegría por llevarse las tan deseadas Constituciones, alguien insinuó: "San Ignacio no hizo sus reglas para mujeres". A lo que repuso el padre General: "Las reglas de San Ignacio están llenas del Espíritu de Dios, y el Espíritu de Dios lo mismo es para hombres que para mujeres".

 Mas quien corta la rosa se lleva la espina, y ellas, que con mano audaz se habían acercado al rosal de Ignacio, participarían también en la "bendición" que él pidió a Dios para su obra: las persecuciones. "Diga al señor obispo de Cádiz —advertía la madre a una de sus hijas— que se prepare para las habladurías y calumnias que ha de oír de nosotras..." No obstante, palpando en las dificultades como en los éxitos una admirable providencia de aquel Corazón que es origen del Instituto, la madre María del Sagrado Corazón, con maravillosa prudencia y celo, pero sobre todo con la eficacia de su fervoroso espíritu sobrenatural, iba fundamentando sólidamente y perfeccionando todos los órdenes, primero como superiora, después —desde mayo de 1887— como general, la obra de su vida. Las fundaciones se multiplicaban; florecían las obras de apostolado que, juntamente con la adoración reparadora al Santísimo Sacramento, son esenciales en el Instituto: escuelas populares, colegios, casas de ejercicios, Congregaciones Marianas y de Adoradoras del Santísimo Sacramento, etc. Posteriormente, al ver a sus hijas sembrando la buena nueva en lejanas misiones de infieles, habrá exultado con nuevo gozo la que siempre soñó que su Instituto fuera "universal como la Iglesia".

 A la vez que lo infundía en su obra iba intensificándose en ella aquel, su admirable espíritu: amor reparador y encendido en celo por su gloria, hasta la inmolación total al Corazón de Cristo, sobre todo en el Sacramento de Amor, entrega filial y confiada al de la Inmaculada Madre; oración altísima y continua, que el Señor perfeccionaba con carismas divinos, y, sobre esta base, heroicas virtudes, entre las cuales destaca una humildad tal que alguien ha llegado a llamarla "la humildad hecha carne". La autenticidad de esta su virtud característica pronto se probaría —se estaba probando ya— en el más doloroso y encendido crisol: contradicciones, incomprensiones, desconfianzas de sus consejeras, aparentes fracasos, el total arrinconamiento, el largo y absoluto olvido...

 Un paso faltaba para que la fundadora viera definitivamente consolidada su obra: la aprobación definitiva de las Constituciones. En 1894 llegó este gozo. Al día siguiente de Nuestra Señora de las Mercedes León XIII las refrendaba con su autoridad infalible. Así, de manos de Aquella que es "redención de cautivos", recibían las Esclavas, para quedar gloriosa y perpetuamente ligadas, las dulces cadenas de la esclavitud que redime.

 Pero entonces vivía ya la madre su vida oculta de Nazaret, retirada en la casa de Roma. Graves dificultades internas que surgieron en el gobierno la movieron a renunciar al generalato, primero temporalmente a favor de su hermana Dolores —en religión madre María del Pilar—, quien, al presentar la dimisión el 3 de marzo del siguiente año, 1893, todas las que formaban la junta, fue elegida para sustituirla. De este modo colmaba el Señor los deseos de la madre, largamente acariciados: servirle en el más escondido rincón del Instituto y cooperar así a su gloria con la demostración palmaria de que Él, único Fundador, prescindía libérrimamente de instrumentos, como le había glorificado antes siéndole docilísimo en sus manos.

 Pero, ¿quién penetrará el abismo de penas, humillaciones e ingratitudes que sufrió en tan aflictivas circunstancias? "¡Por qué tempestad pasa esta navecilla!", escribirá la madre. ¡Si no rugiera también en su interior! Es la hora de exclamar: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"

 Mas se diría que el Señor había permitido tan dolorosos golpes de cincel para hacer brillar más las facetas de sus heroicas virtudes, sobre todo de su humildad eximia, y así enjoyar a la Iglesia con nuevas galas. Se desconocen y conculcan sus derechos de fundadora, de madre, aun a veces de religiosa simplemente, y, una vez expuesto lo que su rectísima conciencia le dicta exponer, calla y se somete; ve que se la aísla progresivamente de las que en fuerza de los hechos son sus hijas, y ella se abraza más y más con el aislamiento y el silencio; rehuye insistentemente toda deferencia, todo privilegio, pues "Cristo y su Madre —dice— no los tuvieron"; quiere ser, como la última de las religiosas, no rogada, sino mandada, y cuando al fin lo logra se somete dócil y amorosamente aun a las órdenes más mortificantes aun a las simples insinuaciones de sus superioras, como la más rendida súbdita.

 Para ella el trabajo constante, lo más pobre de casa, las más bajas y fatigosas labores... Parecerá increíble, pero ni aun así cesan las desconfianzas en torno suyo, las humillaciones, las totalmente infundadas sospechas. Y llega aún la más dura prueba: la de comprobar, con el desgarrón íntimo que la injusticia causa, que, para explicar o cohonestar aquella aflictiva y anormal situación en que se la tiene aherrojada, se va divulgando, hasta formar ambiente, la especie de que su razón se ha nublado, como efecto del prolijo padecer. Sin otra réplica que la que sus virtudes y su proceder exquisito y perfectamente equilibrado ofrecen callada y constantemente, la madre se abraza con este nuevo dolor y, como Jesús en su pasión, una vez más, calla. Ha llegado a la cumbre del tercer grado de humildad, de la "locura de la cruz", que ella incesantemente pide como un tesoro, ignorando que ya lo posee.

 Y así, progresivamente, en un ocaso que es aurora, se va hundiendo en la sombra íntimamente dolorida por la humana ingratitud, pero serena con la serenidad y la dignidad del mártir. Y así recorre ese espinoso camino, sostenida por Dios, su único consuelo. Porque Él, siempre fiel con los suyos, en medio de la tormenta interior que a veces hace eco a la que exteriormente ruge, pone en el fondo de su alma como una íntima paz, y entre las oscuridades que la envuelven, y que el juicio de las criaturas sobre ella condensa más y más, hace que se filtre una tenue luz. Esa luz le infunde la seguridad de que a Dios buscó siempre con entera rectitud. El comprobar los frutos maravillosos de su actuación de ayer y su inmolación de hoy se lo reserva para la región de la luz.

 Pero aun ahora la alienta a veces con nuevas y más extraordinarias gracias: va manifestándosele en la Sagrada Eucaristía, ya mostrándosele en el mismo Divino Sacramento como amparando bajo su manto a la Congregación, por la cual teme; ya inspirándole aquella seguridad alentadora: "Si logro ser santa hago más por la Congregación, por las hermanas y por el prójimo que si estuviera empleada en los oficios de mayor celo".

 Bien necesitaba de estos alientos en su lento morir. Porque aquel apartamiento de todo en la plenitud de su actividad —a los cuarenta y tres años— tenía, en verdad, sabor de muerte. Era ella ahora el grano que cae en el surco y, para que su obra tenga vida y la tenga más abundante, ha de ir muriendo día tras día. Y así por más de treinta años...

 Durante este largo período la vida interior absorbe completamente sus energías. Todo lo demás queda inmolado y en una inacción que llamará ella "su mayor martirio".

 Y a fe que martirios no le faltaron nunca. Pero nada podía traslucirse al exterior. Abrazada más aún a la cruz de Cristo, reafirmándose con renovado fervor en el voto de perfección que tenía hecho hacia años, no veían en ella sino ese prodigio de humildad que torpemente hemos bosquejado, de caridad aun para con las que eran instrumento de sus penas, dulzura y abnegación, perfectísima observancia regular, vivificado todo por aquel su amor al Corazón sacramentado, amor que ya era, en progresión creciente, un encendido volcán.

 Sólo habría que reseñar en estos años un viaje suyo a Loreto y Asís —que encajaba a maravilla en el ambiente de Nazaret en que se desarrollaba su vida— y otro, más largo, a España. Por todas las casas que visitó fue dejando una estela de edificación. Las más jóvenes podían ahora comprobar lo que tantas veces oyeran a las ancianas sobre la madre fundadora. La cual, a la menor indicación de la que era para ella entonces representante de Dios, sin poder siquiera visitar en Valladolid a su hermana, que vivía en aquella casa retirada ya también del gobierno de la Congregación, "bajó de nuevo a Nazaret para seguir siendo allí súbdita hasta la muerte.

 Nunca, en efecto, volverá a tener ni una sombra de autoridad sobre ninguna del Instituto. Sin extrañarse nadie, verán a la madre, ya anciana, ayudando a poner las mesas a una postulante coadjutora recién llegada. El velo de olvido y silencio se va haciendo más tupido al correr los años. Cada vez más desconocida, llega un momento en que ni aun las que viven en la Congregación saben que la fundadora es ella. ¡Si aun lo ignora su director, y la madre, pudiendo hablar, calla! ¡Cómo iba a comprenderla ni consolarla! Dios es todo su consuelo. Dios, que, en frase de la madre, la tiene como identificada consigo en la total unión del "sacramento indisoluble".

 Este prolongado y doloroso holocausto había de consumarse en aras de su mayor amor. Como efecto de las muchas horas que pasaba de rodillas ante la Custodia, centro de su vida, contrajo en la rodilla derecha una enfermedad que poco a poco, entre graves dolores, la fue acabando. Los últimos ocho meses sobre todo, que pasó retenida en el lecho, fueron de acerbo sufrir.

 Y el 6 de enero del año santo 1925, en la única fiesta litúrgica que conmemora una adoración, brilló para ella la Epifanía eterna. Todo el Instituto se impregnó del buen olor de aquellas virtudes tan en la sombra practicadas. Y, al contemplar su radiante figura en la gloria de Bernini el 18 de mayo de 1952, rendía al Señor exultantes acciones de gracias porque, cumpliendo su promesa de ensalzar al que se humilla, había puesto los ojos en la humildad de su esclava.

Fue canonizada el 23 de enero de 1977.

 EVELIA SANCHEZ, A. C. I.

17 may 2015

Santo Evangelio 17 de Mayo de 2015

Día litúrgico: Ascensión del Señor (B)

Texto del Evangelio (Mc 16,15-20): En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien». 

Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.


Comentario: Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet (Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)
El Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios

Hoy en esta solemnidad, se nos ofrece una palabra de salvación como nunca la hayamos podido imaginar. El Señor Jesús no solamente ha resucitado, venciendo a la muerte y al pecado, sino que, además, ¡ha sido llevado a la gloria de Dios! Por esto, el camino de retorno al Padre, aquel camino que habíamos perdido y que se nos abría en el misterio de Navidad, ha quedado irrevocablemente ofrecido en el día de hoy, después que Cristo se haya dado totalmente al Padre en la Cruz.

¿Ofrecido? Ofrecido, sí. Porque el Señor Jesucristo, antes de ser llevado al cielo, ha enviado a sus discípulos amados, los Apóstoles, a invitar a todos los hombres a creer en Él, para poder llegar allá donde Él está. «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará» (Mc 16,15-16).

Esta salvación que se nos da consiste, finalmente, en vivir la vida misma de Dios, como nos dice el Evangelio según san Juan: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3).

Pero aquello que se da por amor ha de ser aceptado en el amor para poder ser recibido como don. Jesucristo, pues, a quien no hemos visto, quiere que le ofrezcamos nuestro amor a través de nuestra fe, que recibimos escuchando la palabra de sus ministros, a quienes sí podemos ver y sentir. «Nosotros creemos en aquel que no hemos visto. Lo han anunciado aquellos que le han visto. (...) Quien ha prometido es fiel y no engaña: no faltes en tu confianza, sino espera en su promesa. (...) ¡Conserva la fe!» (San Agustín). Si la fe es una oferta de amor a Jesucristo, conservarla y hacerla crecer hace que aumente en nosotros la caridad.

¡Ofrezcamos, pues, al Señor nuestra fe!

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San Pascual Bailón, 17 de Mayo

17 de mayo  

SAN PASCUAL BAILÓN

 († 1592)

Villarreal, municipio de la provincia de Castellón de la Plana, sobre la carretera de Valencia a Barcelona, hoy con más de 20.000 habitantes, de terreno llano y suelo fértil, regado por el Mijares, centro agrícola con extensos naranjales, que ostenta con orgullo uno de los templos parroquiales mayores de España, la arciprestal de San Jaime, presenta aún con más ufanía el convento franciscano del Rosario, en el cual murió el biografiado, se conservaron los restos del mismo hasta la guerra del 36 y se levanta ahora en su honor el templo votivo eucarístico internacional.

 ¡Qué contraste con la villa zaragozana de 400 habitantes, Torrehermosa, arrullada por el jalón, la que fue cuna del Santo, en la diócesis de Sigüenza!

 Mas hay que saltar a sus recintos por el siglo XVI.

 España termina su secular cruzada contra el moro. Enriquecida con un mundo nuevo, toca al apogeo de su gloria. "Cuando ella se mueve solía decirse, la Europa tiembla."

 Por ella pasean sus flores de santidad Ignacio, Javier, Teresa, Juan de la Cruz, Pedro de Alcántara. Pero también otro que, no siendo en su vida celebridad española, en el correr de los años resultó ser celebridad mundial.

 Unos inquilinos del monasterio cisterciense de Puerto Regio, pobres de fortuna del dinero, pero ricos de fortuna del temor de Dios. Llámanse Martín Bailón e Isabel Jubera.

 Padres de un santo cuyo nombre será Pascual, por haber visto la luz en Pascua de 1540, 17 de mayo.

 Ese mismo día de 1592 el hijo más ilustre de Torrehermosa, a los cincuenta abriles de su caminar en este valle hondo, emprende su vuelo de gloria, para recibir los honores de la canonización en 1690 por intervención del infalible Alejandro VIII.

 Pastor ideal durante diecisiete años, desde los siete de su edad. Luego hermano lego franciscano durante veintiocho, desde 1564; modelo, dentro de la reforma alcantarina, como indica la liturgia de su fiesta, de jóvenes y mayores.

 La historia cuenta con elevados al honor de los altares cuyos rasgos eucarísticos son más nutridos; pero no con otro que haya sido declarado por el Vicario de Jesucristo patrón de las asambleas y obras eucarísticas ya desde 1897.

 ¿Su retrato físico?

 Era el Santo de mediana estatura, de buena presencia y de rostro gracioso y amable, aunque no expansivo.

 Tenía en su frente algunas arrugas y un principio de calvicie. Sus ojos azules, pequeños, brillantes, estaban protegidos por pestañas y cejas negras. La nariz y la boca eran regulares. Veíase bajo sus labios, de derecha a izquierda, una cicatriz que le daba las apariencias de estar siempre sonriendo. Color moreno. Barba rala. Carrillos salientes.

 De temperamento irascible unido a su gran fuerza de voluntad, disfrutó de ordinario de buena salud, a excepción de los cinco últimos años de su existencia, que fueron para él un prolongado y cruel martirio.

 Pero nos interesan más sus retratos moral y eucarístico.

 Vida pastoril.

 El zurrón del niño era una diminuta biblioteca con libros piadosos y el oficio parvo de la Virgen, que rezaba diariamente. Su cayado cuelga, bajo la cruz, una imagen de María.

 Su conversación era agradable; sus modales, suaves; su humor, templado.

 A la austeridad entrañada por el pastoreo añadía voluntarias mortificaciones, como el andar descalzo por lugares escabrosos.

 Su amor a la pobreza culminó en el hecho de rehusar el ser heredero de su amo, Martín García, hombre poderoso, propietario de muchas posesiones. Prefiere seguir la estrella de su vocación religiosa, dejando a sus padres, amo y tierra natal. Se presenta en el reino de Valencia al convento de Nuestra Señora de Loreto, recientemente fundado por los reformados de San Pedro de Alcántara en una soledad contigua a la villa de Monforte.

 Su timidez para hablar con el guardián le dejó otros cuatro años al servicio de ovejas en aquella vecindad. Su piedad, su frecuencia de sacramentos en el convento de franciscanos le delataron como santo pastor, mote con que era conocido.

 Era tal su delicadeza que se denunciaba a sí mismo cuando su, ganado hacía daño en campo ajeno. Resarcía perjuicios de su soldada.

 Por fin habla con el padre guardián, quien le admite como corista, sin que acepte esta calidad la humildad del hombre de Dios. Su única ambición es ser la escoba de la casa de Dios".

 El 2 de febrero de 1564 recibe el hábito en Loreto. Aquí permanece hasta 1573. Los cinco años siguientes en Villena, Elche, Jumilla, Ayora, Valencia y Játiva. De 1589 a 1592 es el apóstol y bienhechor de Villarreal, verdadera villa regia a la sazón, con su palacio magnífico, con sus reductos y baluartes, con sus grandes calles y deliciosas avenidas, y con las ondas azuladas del Mediterráneo, que ofrecían a sus pies una graciosa alfombra.

 Siendo sus ocupaciones casi idénticas, el curso de su existencia se desarrolla en un plan más bien monótono.

 Uno de sus biógrafos le retrata así como religioso:

 Su único vestido era una túnica. Bajo la túnica llevaba cilicio o una cadena ajustada a la cintura; su lecho, la tierra. Trabajaba animosamente. Al volver de mendigar por los pueblos levantinos, Elche, Novelda, Aspe, Játiva, Alicante, llegaba con frecuencia al convento con una carga que era más propia para un jumento.

 Desempeñó varios oficios: los de portero, hortelano, cocinero, refitolero y limosnero.

 Uno de los mayores gustos era recoger las sobras de la comida para destinarlas a los pobres.

 Cuando había colocado en orden los platos, el pan en su sitio y las botellas llenas, caía de rodillas en el refectorio y rezaba largo rato, hasta que se levantaba agitado por unos sonidos misteriosos que le obligaban a correr, a dar voces inarticuladas y a bailar delante de la Virgen. No todos se ponían serios ante estos hechos incomprendidos.

 Una página entusiasta de su novicio amigo y superior:

 "Nunca pensaba en satisfacer el menor capricho. Siempre ponía estudio en mortificarse a si propio."

 "Yo he visto brillar en él la humildad, la obediencia, la mortificación, la castidad, la piedad, la dulzura, la modestia y, en suma, todas las virtudes: y no puedo decir a ciencia cierta en cuál de ellas llevaba ventaja a las demás... "

 Los conventos se disputaban la presencia del humilde y servicial hermano. En Jerez le conoció el predicador Jiménez, ya citado: "¡Dios santo, cómo venía!" exclama. Víle entrar en la iglesia, mientras decía la misa mayor, descalzo, polvoriento, sin capa, con sólo una túnica vil, andrajosa y estrecha, que parecía un saco." Así viajaba siempre, recorriendo centenares de kilómetros, padeciendo hambre y sed, sembrando consejos, predicando elocuentísimamente con el ejemplo.

 El franciscano no era guerrero, ni orador de fama, ni escritor fino, ni científico de renombre, ni médico buscado. Ni llenaba el mundo con talentos extraordinarios. Teólogo sí lo era, con ciencia infusa; místico lo era también, como lo comprobaron los versados padres Juan Jiménez y Manuel Rodríguez.

 Lo que más vale: era... artista de la santidad.

 La Iglesia ha consagrado la devoción eucarística del Santo en la colecta del 17 de mayo: "¡Oh Dios, que honraste a tu santo confesor Pascual con una admirable devoción a los sagrados misterios de tu cuerpo y sangre; concede propicio que merezcamos recibir nosotros también el gozo espiritual que el recibió en este banquete!"

 Es expresiva también la frase de la lectura abreviada del oficio de su festividad: "Ardió en tierna y constante devoción para con la Eucaristía."

 Roma se mueve sobre hechos sólidos.

 Curiosa anécdota, contada por la mayor parte de los biógrafos: Pascualito, antes de cumplir el año de su edad, se salía de la cuna para irse, de rodillas y manos por tierra arrastrando, a la iglesia "para asistir a las misas y a los oficios divinos".

 Navarro, mayoral del señor García, patrón del pastorcillo, escribe:

 "Permitíale a veces asistir a misa durante la semana. No podía proporcionarle cosa alguna que fuese tanto de su agrado.

 "Hay una montaña próxima a Elche desde la cual se divisa toda la población". En dicha montaña veíasele permanecer como en éxtasis durante largas horas, mirando alternativamente, ya a Elche, ya a Loreto.

 "Alejábase con tristeza del templo, y, siempre que desde el campo sentía la señal de la campana anunciando el momento en que el santo sacrificio llegaba al acto de la consagración, reconcentrábase dentro de sí mismo para no pensar sino en Dios.

 "Pascual oraba cierto día de rodillas y con las manos juntas. Oyese en este momento el sonido de la campana y exhala un grito: "¡Mirad! ¡Allá, allá!", dice, indicando con el dedo el cielo."

 "Sus ojos descubren una estrella en el firmamento... luego la nube se rasga, y Pascual contempla, como si estuviera delante del altar, una hostia puesta sobre un cáliz y circuída por un coro de ángeles que la adoran. "

 "Aunque lleno el joven de temor en un principio, no tarda mucho en dejarse llevar de sus transportes de alegría ¡Jesús, Jesús se encuentra allí!"

 Siendo franciscano nada le contenta tanto como ayudar a misa.

 Hasta Paris llegó en 1576 el antiguo pastorcillo, llevando una carta del provincial de Aragón al general de la Orden. En aquellos tiempos eso era una verdadera hazaña. En una ciudad dominada por los envalentonados herejes un hombre, poniéndole un puñal en el pecho, le había preguntado: "¿Dónde está Dios?" "En el cielo", contestó Pascual.

 Luego gemía el Santo: "Ay de mí, no he confesado mí fe: no soy mártir de la Eucaristía por mi falta de memoria, por mi descuido, por mi debilidad. Debiera haber dicho que Dios está en el Santísimo Sacramento."

 En un pueblo francés preguntáronle los herejes si creía en la presencia real. El contestó afirmativamente. Empezaron los enemigos a argüir con mil sofismas. Mas Pascual desenmascaró el error con tal abundancia de doctrina, que los herejes se sintieron acorralados y con rabia diabólica le apedrearon despiadadamente.

 Lo mismo cavando que cociendo berzas andaba unido con el Señor y repetía bellas jaculatorias. "Oh luz sin mancha —decía recordando la comunión de la mañana—, ¿qué delicias puedes encontrar en hombrecillo como yo? ¿Por qué has querido entrar en mi pecho y hacer de él un templo de tu majestad?"

 Jiménez, superior de nuestro Santo, depone:

 "El pasaba todo el tiempo posible en adoración ante el Santísimo Sacramento".

 "Al pie del tabernáculo se le hallaba después de maitines basta la hora de las misas; ¡estaba armándose para la jornada! Al pie del tabernáculo le sorprendía el anochecer; ¡estaba descansando de sus fatigas!..."

 "Cuando limosnero, con la alfombra al hombro, camina sin tregua, indiferente a los ardores del sol como a las heladas ráfagas del viento. Aspe, Ayorte, Elda, Novelda y Alicante viéronle atravesar sus calles."

 "Su primer cuidado en cada pueblo es acercarse al sagrario y orar largo rato. Los sacerdotes observaron que el Santo hablaba poco y que su breve conversación iba dirigida preferentemente a Jesús sacramentado."

 "Luego realiza su dicho: "Tengo gusto en dormir al descubierto."

 Ocho días dura su enfermedad de tabardillo y dolor de costado. El paciente no exhala ni una queja ni pide medicinas ni alimentos.

 En su lecho de muerte pregunta al hermano que le cuida: "¿Han dado ya la señal para la misa mayor?" "Sí", le respondieron. Inmediatamente se llenó de satisfacción. Su alma voló a la patria de eterna gloria en el momento de la elevación.

 La misma liturgia relata la maravilla: Cuando el cadáver del Santo se hallaba en el féretro durante el funeral, con asombro general de los asistentes, en el momento de la elevación, abre y cierra los ojos por dos veces.

 Punto final, cantando la canción del serafín, que convida a la comunión:

 ¿Quién come suplicaciones
que sin dinero se dan,
que es Dios debajo del pan?

Es una fruta muy buena,
de gran sabor y consuelo,
que vino de allá del cielo,
y al cielo nos lleva.

A la una y a las dos,
y también a la tercera.
¿Hay, señores, quien le quiera,
que da de balde Dios?

¡Sus! Todos lleguémonos
do las grandezas están,
que es Dios debajo del pan.

 JUAN ARRATÍBEL, S. S. S.

16 may 2015

Santo Evangelio 16 de Mayo de 2015



Día litúrgico: Sábado VI de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 16, 23-28): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado. Os he dicho todo esto en parábolas. Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas, sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre. Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre».


Comentario: Rev. D. Xavier ROMERO i Galdeano (Cervera, Lleida, España)
Salí del Padre (...) y voy al Padre

Hoy, en vigilias de la fiesta de la Ascensión del Señor, el Evangelio nos deja unas palabras de despedida entrañables. Jesús nos hace participar de su misterio más preciado; Dios Padre es su origen y es, a la vez, su destino: «Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16,28).

No debiera dejar de resonar en nosotros esta gran verdad de la segunda Persona de la Santísima Trinidad: realmente, Jesús es el Hijo de Dios; el Padre divino es su origen y, al mismo tiempo, su destino.

Para aquellos que creen saberlo todo de Dios, pero dudan de la filiación divina de Jesús, el Evangelio de hoy tiene una cosa importante a recordar: “Aquel” a quien los judíos denominan Dios es el que nos ha enviado a Jesús; es, por tanto, el Padre de los creyentes. Con esto se nos dice claramente que sólo puede conocerse a Dios de verdad si se acepta que este Dios es el Padre de Jesús.

Y esta filiación divina de Jesús nos recuerda otro aspecto fundamental para nuestra vida: los bautizados somos hijos de Dios en Cristo por el Espíritu Santo. Esto esconde un misterio bellísimo para nosotros: esta paternidad divina adoptiva de Dios hacia cada hombre se distingue de la adopción humana en que tiene un fundamento real en cada uno de nosotros, ya que supone un nuevo nacimiento. Por tanto, quien ha quedado introducido en la gran Familia divina ya no es un extraño.

Por esto, en el día de la Ascensión se nos recordará en la Oración Colecta de la Misa que todos los hijos hemos seguido los pasos del Hijo: «Concédenos, Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza, porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo». En fin, ningún cristiano debiera “descolgarse”, pues todo esto es más importante que participar en cualquier carrera o maratón, ya que la meta es el cielo, ¡Dios mismo!

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San Simón Stock, 16 de Mayo

16 de mayo
 
SAN SIMÓN STOCK

 († 1265)
 
Dos títulos tiene San Simón Stock que le hacen acreedor a nuestra especial atención. El fue, a mediados del siglo XIII, el principal artífice de la presente estructura de la Orden del Carmen, antes puramente eremítica y después asociada a las religiones mendicantes consagradas al apostolado. El es, sobre todo, quien recibíó de la Santísima Virgen el santo escapulario.

 Nació en Inglaterra.

 Desde mediados del siglo XIV las fuentes le aplican el sobrenombre "Stock", con el cual relacionan el singular género de vida que habría observado antes de entrar en el Carmelo. Dice así la redacción larga del Santoral: "Antes de la llegada de los carmelitas a Inglaterra los esperó con espíritu profético, llevando vida solitaria en el tronco de un árbol: de ahí el nombre de Simón Stock con que es llamado". Esta sobria noticia supone todo un poema de ascetismo, que los biógrafos posteriores intentaron poner de relieve con piadosas amplificaciones.

 Pero hay un documento que nos invita más bien a contar a San Simón entre los cruzados y peregrinos que por aquellos tiempos tomaron el hábito en el mismo Carmelo, atraídos por la vida de oración que llevaban los solitarios del santo monte, "como abejas del Señor en las colmenas de sus celdas fabricando miel de dulzura espiritual", según hermosa frase de Jaime de Vitry († 1240). En efecto, el dominico Gerardo de Fracheto, contemporáneo de nuestro Santo, después de contar una aparición del Beato Jordano de Sajonia a un religioso carmelita, acaecida en 1237, nota: "Esto lo contaron a nuestros religiosos el mismo que tuvo la visión y el prior de la misma Orden, el hermano Simón, varón pío y veraz". Con esta noticia concordaría el Viridarium de Juan Grossi, que extiende el generalato de San Simón del 1200 al 1250. Por ahora no estamos en grado ni de escoger entre las dos versiones ni de concordarlas razonablemente.

 Con el agravarse de la situación de los cristianos en Palestina después de la tregua pactada por Federico II con el sultán de Egipto (1229), los ermitaños carmelitas se encontraron frente al urgente dilema de, o bien exponerse a la extinción en una tierra que iba quedando a merced de los mahometanos, o bien probar la aventura de un traslado a Europa. Algunos, los más perfectos" (dice Grossi), tenían miedo a tal aventura por el peligro que encerraba de una alteración del propio espíritu; pero graves razones aducidas hicieron prevalecer la opinión contraria, que fue reforzada con una aparición de la Santísima Virgen (Guillermo de Sanvico). Así en 1238 empezó con carácter sistemático la emigración de numerosos carmelitas a los diversos países de Europa.

 A Inglaterra se dirigieron dos expediciones, patrocinadas, respectivamente, por los barones Guillermo Vescy y Ricardo Grey y presididas por los venerables religiosos Radulfo Fresburri, e Ivo el Bretón, dando como primer resultado el establecimiento de dos conventos eremíticos, el primero en Hulne, cerca de Alnwic, y el segundo en Aylesford, en el condado de Kent. Esto sucedía entre 1241 y 1242. Fue entonces (según la primera versión antes mencionada) cuando Simón Stock, aureolado ya con la fama de eximia santidad, "dejó la vida solitaria y entró con gran devoción en la Orden de los carmelitas, que desde hacía mucho tiempo esperaba ilustrado por divina inspiración".

 Ahora iba a ofrecerse a nuestro Santo un campo muy vasto en donde manifestar los dones recibidos de Dios. En 1245 se celebraba, precisamente en Aylesford, un Capítulo general, el primero reunido en Europa, y en él Simón Stock era llamado "milagrosamente" al oficio de prior general, oficio que sólo entonces adquiría pleno sentido, pues antes el prior del monte Carmelo era la suprema autoridad.

 La Orden sufría en toda su gravedad las consecuencias del traslado a Europa. En el nuevo ambiente no encontraba la amorosa acogida que seguramente habían esperado y que tan necesaria era para empezar a echar raíces. Por otra parte, la experiencia demostraba que no era fácil conservar el tenor de vida contemplado en la Regla de San Alberto y con ardiente amor abrazado por los venerables moradores del Carmelo. Simón Stock afrontó heroicamente ambas dificultades. Respecto a la primera, se esforzó por acrecentar la estima hacia la Orden con repetidos recursos al papa Inocencio IV y también a los próceres seculares. De hecho desde 1247,a 1252 consiguió del papa Inocencio IV tres preciosas cartas de recomendación que debieron contribuir no poco a la consolidación de la Orden, y en diciembre de 1252 otra del rey de Inglaterra Enrique III. En orden a la segunda dificultad impetró del mismo Inocencio IV una audaz reforma de la Regla que permitiera vivir a los carmelitas en las ciudades y participar en el servicio de las almas. Pero esta reforma suscitó en el seno de la Orden un hondo descontento que venía a agravar todavía más la situación tan comprometida por la hostilidad exterior. De este descontento tenemos la prueba en una amarga requisitoria que compuso el sucesor de nuestro Santo, Nicolás el Francés, y en las frecuentes deserciones de religiosos, que buscaban en otras Ordenes mayor garantía de salvación. En este momento histórico tuvo lugar el episodio culminante de la vida de San Simón Stock, la visión del santo escapulario, testificada por el antiguo Santoral y parcialmente corroborada por la Crónica de Guillermo de Sanvico. La relación más antigua está concebida en estos términos: .

 "San Simón... suplicaba constantemente a la gloriosísima Madre de Dios que diera alguna muestra de su protección a la Orden de los carmelitas, pues goza en grado singular del titulo de la misma Virgen, diciendo con toda devoción: Flor del Carmelo, vid florida, esplendor del cielo, Virgen fecunda y singular; oh Madre dulce, de varón no conocida, a los carmelitas da privilegios, estrella del mar. Se le apareció la bienaventurada Virgen, acompañada de una multitud de ángeles, llevando en sus benditas manos el escapulario de la Orden y diciendo estas palabras: "Este será el privilegio para ti y para todos los carmelitas, que quien muriere con él no padecerá el fuego eterno, es decir, el que con él muriere se salvará".

 Tal fue la gran promesa, que originariamente era una exhortación a la perseverancia dirigida a los descorazonados carmelitas, pero pronto fue acogida en toda la Iglesia como una de las manifestaciones supremas de la maternidad universal de María.

 Lo restante de la vida de San Simón se confunde con la historia de la Orden del Carmen, historia de fundaciones y de gracias pontificias, índice de la casi definitiva consolidación en Europa, la grande obra que Dios le reservara.

 Después de veinte años de gobierno (según un códice de Bamberga muy autorizado), por tanto, en 1265, murió en el convento de Burdeos el día 16 de mayo (o de marzo según algunos códices).

 La fama de santidad que le había acompañado en vida se acrecentó después de la muerte. En los documentos su nombre nunca aparece sin el dictado de santo, y repetidamente se recuerda el don de hacer milagros. Su culto desde antiguo fue muy ferviente en Burdeos, donde se veneraban y se veneran aún sus reliquias. Una circunstancia providencial impidió que fuesen profanadas en tiempo de la Revolución Francesa. Su veneranda cabeza fue solemnemente trasladada el año 1951 al convento de Aylesford, recientemente recuperado, y allí es hoy meta de frecuentes peregrinaciones.

 BARTOLOMÉ M. XIBERTA, O. C.