17 mar 2015

Santo Evangelio 17 de Marzo de 2015

Día litúrgico: Martes IV de Cuaresma

Santoral 17 de Marzo: San Patricio, obispo (Patrono principal de Irlanda)

Texto del Evangelio (Jn 5,1-3.5-16): Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. 

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.


Comentario: Rev. D. Àngel CALDAS i Bosch (Salt, Girona, España)
Jesús, viéndole tendido (...), le dice: ‘¿Quieres curarte?’

Hoy, san Juan nos habla de la escena de la piscina de Betsaida. Parecía, más bien, una sala de espera de un hospital de trauma: «Yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos» (Jn 5,3). Jesús se dejó caer por allí.

¡Es curioso!: Jesús siempre está en medio de los problemas. Allí donde haya algo para “liberar”, para hacer feliz a la gente, allí está Él. Los fariseos, en cambio, sólo pensaban en si era sábado. Su mala fe mataba el espíritu. La mala baba del pecado goteaba de sus ojos. No hay peor sordo que el que no quiere entender. 

El protagonista del milagro llevaba treinta y ocho años de invalidez. «¿Quieres curarte?» (Jn 5,6), le dice Jesús. Hacía tiempo que luchaba en el vacío porque no había encontrado a Jesús. Por fin, había encontrado al Hombre. Los cinco pórticos de la piscina de Betsaida retumbaron cuando se oyó la voz del Maestro: «Levántate, toma tu camilla y anda» (Jn 5,8). Fue cuestión de un instante.

La voz de Cristo es la voz de Dios. Todo era nuevo en aquel viejo paralítico, gastado por el desánimo. Más tarde, san Juan Crisóstomo dirá que en la piscina de Betsaida se curaban los enfermos del cuerpo, y en el Bautismo se restablecían los del alma; allá, era de cuando en cuando y para un solo enfermo. En el Bautismo es siempre y para todos. En ambos casos se manifiesta el poder de Dios por medio del agua.

El paralítico impotente a la orilla del agua, ¿no te hace pensar en la experiencia de la propia impotencia para hacer el bien? ¿Cómo pretendemos resolver, solos, aquello que tiene un alcance sobrenatural? ¿No ves cada día, a tu alrededor, una constelación de paralíticos que se “mueven” mucho, pero que son incapaces de apartarse de su falta de libertad? El pecado paraliza, envejece, mata. Hay que poner los ojos en Jesús. Es necesario que Él —su gracia— nos sumerja en las aguas de la oración, de la confesión, de la apertura de espíritu. Tú y yo podemos ser paralíticos sempiternos, o portadores e instrumentos de luz.

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San Patricio, 17 de Marzo

17 de marzo

SAN PATRICIO
APÓSTOL DE IRLANDA

(† 493)


La labor y la vida del apóstol de Irlanda recuerdan las hazañas y la santidad de los grandes profetas del Antiguo, Testamento. La razón no es difícil de encontrar si consideramos las circunstancias históricas que rodean su trabajo en aquella isla. El Imperio romano, al extenderse a Francia y a las Islas Británicas, dio lugar a la penetración del catolicismo en aquellas regiones; pero la fe, que había avanzado con las legiones, tuvo que retirarse juntamente con ellas y el paganismo llegó a dominarlas otra vez mediante la invasión de los bárbaros. La divina Providencia eligió nuevos apóstoles para aquellos países, apóstoles dotados de todos los carismas necesarios para la lucha contra las fuerzas primitivas del mal. Por eso las vidas de aquellos misioneros se llenaban de milagros que nos recuerdan las escenas en Egipto cuando Moisés se enfrentó con los magos de Faraón o cuando Elías retó a los sacerdotes de Baal.

El futuro apóstol de Irlanda nació en 372, pero no se sabe con exactitud el lugar de aquel acontecimiento, Algunos lo ponen en Inglaterra, otros en Francia o Escocia. Sin embargo, sabemos algo de sus padres. Su madre, Concessa, pertenecía a la familia de San Martín, obispo de Tours, mientras su padre, Calfurnio, fue oficial del ejército romano, de buena familia. Ambos fueron cristianos. En el bautismo el niño recibió el nombre de Succat —el nombre de Patricio le fue dado mucho más tarde por el papa Celestino, juntamente con la misión de predicar el Evangelio en Irlanda—. De todas maneras, nosotros le llamaremos Patricio desde ahora para evitar confusiones.

En el año 388, cuando tenía dieciséis años, unos piratas le hicieron prisionero, llevándole a Irlanda, donde fue vendido como esclavo a Milcho, jefe de Dalraida, en el norte de la isla. Según sus Confesiones, que escribió más tarde, pasó la vida de esclavitud cuidando de las ovejas de su amo. La divina Providencia utilizó esta etapa de su vida para prepararle su futura misión, porque, en el silencio de las montañas, Patricio se dedicó a la oración muchas veces de día y de noche, de tal manera que podemos afirmar sin reparo que este período de su esclavitud llegó a ser también el principio de su santidad.

Un día, durante sus oraciones, Dios le mandó un ángel para consolarle en su miseria y para revelarle la futura gloria de Irlanda. Al mismo tiempo el ángel le mandó escapar de su dueño y dirigirse a un puerto lejano donde encontraría un barco que le llevaría a la libertad. Patricio obedeció este mandato divino y, efectivamente, al llegar a su destino al sur de la isla, encontró el barco tal como le había dicho el ángel, pero el capitán negóse a ayudarle en su propósito de escapar. Sin perder sus esperanzas, Patricio se puso a rezar y, de repente, el capitán cambió de parecer, le mandó subir al barco y le llevó a Francia.

Una vez conseguida la libertad, Patricio se refugió con su pariente, San Martín, quien le recibió en un monasterio cerca de Marmontier. Allí el obispo había construido pequeñas casas para algunos de sus monjes, mientras otros vivían en cuevas cercanas. En estas condiciones de vida ermitaña el joven pasó casi treinta años en preparación para su misión de apóstol. Los monjes vivían separados, reuniéndose solamente para rezar en común dos o tres veces al día según la costumbre de los monasterios orientales. En este ambiente de tranquilidad Patricio empezó el estudio de las Sagradas Escrituras, empapándose cada día más en la doctrina evangélica. Aquí también recibió otra visita angélica en la cual Dios le dio el mandato de convertir a la verdadera religión al pueblo de Irlanda. Al mismo tiempo oyó la voz de un irlandés llamándole para que volviese como misionero al país de su esclavitud.

Cuando murió San Martín, otro santo, Germán de Auxerre, tomó a Patricio bajo su protección de tal manera que se puede decir que, bajo la tutela de él, Patricio empezó la verdadera preparación para su misión. Primero se hizo monje, luego sacerdote y después se fue a la isla de Lerins, aislado del mundo, donde continuó su vida de eremita. Atraídos por la fama de su santidad, muchos otros monjes quisieron reunirse con él, y muy pronto Lerins llegó a ser uno de los más famosos monasterios del mundo. Sin embargo, Patricio se dio cuenta de su obligación de prepararse cada día más para la misión que Dios le había confiado; por lo tanto se marchó a Roma para continuar sus estudios en el Colegio de Letrán.

San Germán le llevó consigo a Inglaterra para ayudarle en su labor de apostolado, pero, después de unos años, Patricio volvió a Roma y recibió del papa Celestino la comisión de ayudar a Paludio en su misión de convertir a Irlanda. Salió con verdadera alegría, pero, antes de marcharse de Italia, recibió las noticias de la muerte de Paludio y otra vez fue a ver al Papa, quien le mandó recibir la consagración como obispo, juntamente con los poderes necesarios para su misión. Le consagró Máximo de Turín en Eboria, la moderna Ivrea, en el año 432, en la presencia del papa Celestino, quien le dio el nombre de Patricio. El nuevo apóstol de Irlanda salió para empezar su apostolado cuando tenía sesenta años.

Unos meses más tarde llegó a Irlanda, y como la gente del pueblo de Bray no quisiera recibirle ni oírle, se marchó otra vez al condado de Meath. Allí convirtió a su primer irlandés, bautizándole con el nombre de Benigno. Este joven llegó a ser el sucesor de Patricio en el arzobispado de Armagh. Después de predicar unos meses en Meath, pasó al condado de Down, más al norte, y fue entonces cuando empezó aquella serie de milagros que nos recuerdan las escenas más famosas del Antiguo Testamento.

El jefe de una tribu de Down, un tal Dichu, quiso asesinar a Patricio, pero, en el momento de clavarle su espada, el Santo le paralizó el brazo derecho, convirtiéndole luego a la fe con muchos de sus súbditos. De Down viajó otra vez hacia el norte, llegando al territorio de su antiguo dueño, Milcho, quien le había tenido como esclavo, mas éste, en vez de recibirle, se mató, después de haber prendido fuego a todas sus posesiones. Pero sus hijos se convirtieron con mucha gente de la región. Era ya Pascua de Resurrección del año 433. Patricio había estado en Irlanda solamente un año; sin embargo, el éxito de su misión estaba casi seguro. Pero ahora iba a enfrentarse con la prueba más dura de todas.

Todos los años, en aquellas fechas, los sacerdotes druidas tenían la costumbre de reunirse en Tara con el rey Laeghaire para la ceremonia del fuego sagrado. En este acto Patricio vio la oportunidad para enfrentarse de una vez con aquellos sacerdotes paganos que tenían en esclavitud el alma del pueblo entero. Para ello, cuando estaban reunidos todos para encender el fuego sagrado, apareció Patricio con sus sacerdotes en una montaña de Tara, al otro lado del valle, y allí encendió el fuego del Sábado de Gloria. Nada más ver aquellas llamas, los sacerdotes acudieron presurosos al rey Laeghaire para decirle que, si aquel fuego sacrílego no era apagado en seguida, sería imposible apagarle ya nunca.

A pesar del mandato real y de todos sus esfuerzos los paganos no consiguieron apagar el fuego que había encendido el Santo, ni tampoco matar a Patricio quien, al día siguiente, fue a entrevistarse con el rey, rodeado de sus sacerdotes. Los druidas hicieron todo lo posible para vencer al apóstol mediante sus artes mágicas, pero no contaron con el poder milagroso de Patricio. Delante de todos cubrieron el cielo con una nube que convirtió el día en noche, pero no pudieron disiparla cuando les retó Patricio, quien, con una oración, hizo salir el sol. El jefe de los sacerdotes se hizo levantar en el aire por magia, pero después de otra oración de Patricio, fue lanzado contra las rocas, con tal fuerza, que murió en el acto. Así, en un ambiente que recuerda las famosas hazañas de los profetas del Antiguo Testamento, el cristianismo triunfó en Irlanda. El rey Laeghaire dio al Santo permiso para predicar con toda libertad en la isla y muy pronto se verificó la profecía de los druidas, porque Patricio encendió el fuego de la fe entre los habitantes de Irlanda, de tal manera, que no ha sido nunca apagado desde entonces. Poco a poco consolidó la victoria ganada en Tara. En 444 construyó la iglesia de Armagh y desde allí viajaba constantemente por todas las provincias, construyendo iglesias, consagrando obispos y fundando monasterios. Según una tradición bien fundada, cuando murió había consagrado a 350 obispos y ordenado a más de 2.000 sacerdotes.

Sin embargo, como sabemos por su libro Confesión, escrito por el mismo Patricio, el éxito de su misión no se consiguió sin mucho trabajo y sin pasar por muchos peligros. Una docena de veces fue hecho prisionero por los secuaces de los sacerdotes druidas, escapando por milagro; otras veces trataron de matarle y en una ocasión se salvó por el coraje de un sacerdote fiel, quien, sabiendo el peligro, ocupó el lugar de Patricio, sacrificando así su propia vida para salvar la del Santo. Peor todavía fueron las luchas con el demonio, quien hizo todo lo posible para mortificarle e impedir su labor. El Santo tenía la costumbre de retirarse del mundo a veces para rezar y meditar. En una ocasión lo hizo por cuarenta días, como Moisés, en una montaña que se llama hoy día Croagh Patrick en su honor, Esta vez la razón de su ayuno y oración fue conseguir de Dios ciertos beneficios para el pueblo irlandés. Los demonios le atacaron con más furia que nunca, sabiendo algo de sus propósitos. Después de una lucha feroz, el Santo les venció y, según la tradición, dejaron al país y sus habitantes en paz durante siete años.

Pero ahora, como Jacob, tuvo que luchar con Dios mismo para conseguir lo que quería. Continuó ayunando y rezando hasta que, por fin, el ángel se le apareció para decirle que Dios le había concedido lo que pedía. Según la tradición, los favores especiales obtenidos por el Santo en aquella ocasión fueron los siguientes: Muchas almas se librarían del purgatorio mediante su intercesión; el que, en espíritu de verdadera penitencia y arrepentimiento, rezase su himno antes de morir, conseguiría la bienaventuranza eterna; los bárbaros no vencerían nunca su iglesia; siete años antes del fin del mundo, el mar cubriría la isla para salvar a sus habitantes de las tentaciones y males del anticristo; San Patricio mismo tendría el privilegio de juzgar, juntamente con Cristo, a todos los irlandeses en el juicio final.

Su vida estaba llegando ya a su fin. Una vez afirmada la posición de la Iglesia en Irlanda, el Santo empezó a prepararse para la muerte, habiendo recibido de Dios una revelación diciéndole el día y la hora en que iba a salir de este mundo para recibir el premio de sus trabajos. San Tassack le dio los últimos sacramentos, y el día 17 de marzo del año 493 murió en la ciudad de Saul, siendo enterrado en el sitio donde hoy día está la catedral de Down.

Ahora vamos a examinar su apostolado, para ver cómo consiguió en tan poco tiempo la conversión de toda la isla de Irlanda y de una manera tan duradera. Dejando aparte la divina Providencia, fuente de todo éxito sobrenatural, el secreto de su triunfo está en el hecho de que encontramos en la labor de San Patricio un modelo del verdadero espíritu misionero.

En primer lugar, nunca estuvo contento con trabajo a sus subordinados, sino lo hizo, cuando pudo, personalmente. En todas las regiones de la isla se puso en contacto, primero con los jefes de las tribus, haciendo todo lo posible para convertirles a la fe, o por lo menos, conseguir su amistad y permiso para predicar en el territorio de ellos. La ventaja de este procedimiento se ve claramente, porque así consiguió reducir al mínimo la oposición oficial a su labor. Pero la conversión de los reyes o jefes de tribu siempre tuvo como objeto principal llegar con más facilidad al pueblo. De la misma manera, en vez de acudir a sacerdotes extranjeros para ayudarle en su trabajo, dio la sagrada ordenación a indígenas. Entre estos sacerdotes muchos fueron hijos de los jefes de tribu y alguno había sido antes sacerdote druida. Patricio fundó colegios especiales para los futuros sacerdotes y nunca ordenó a nadie sin asegurarse primero de su conocimiento de la fe y de su santidad moral. Pero quizá las dos cosas que conducían más que nada al éxito de su misión fueron su manera de predicar la fe y su revisión sabia de las leyes del país.

Predicó de una manera muy sencilla y directa, empleando imágenes y ejemplos tomados de la naturaleza y perfectamente adaptados al espíritu poético de la nación irlandesa. Quizás el más famoso es su empleo de la hoja de trébol para demostrar la Trinidad y la Unidad de Dios. Sus temas predilectos fueron la naturaleza y los atributos de Dios, la divina providencia, la redención y sus frutos, la penitencia por los pecados, las responsabilidades que siguen como consecuencia del bautismo, la necesidad de la oración y, sobre todo quizá, la señal de la cruz. El mismo hacía la señal de la cruz cien veces cada día y noche. Entre las oraciones que compuso para el uso de su pueblo, la más famosa, sin duda, es la que se llama La coraza de San Patricio. Es larga y sencilla. Bajo muchas figuras tomadas de la naturaleza insiste en la presencia de Dios en el mundo, sus atributos, y, sobre todo, su especial providencia, cuidando siempre del cristiano fiel.

Otro elemento de su apostolado que ayudó muchísimo para consolidar la fe en Irlanda fue la sabia reforma de las leyes civiles hecha por el mismo Patricio. Al estudiar la constitución civil y política de la isla, encontró un fondo muy bueno y sabio, mezclado con elementos paganos contra la ley divina o natural. Con mucha paciencia reformó aquella constitución, de tal manera, que dejó intacto lo bueno, cambiando solamente aquella parte que era pagana y falsa. Así la jurisprudencia irlandesa dio lugar al Sanchus Mor, el código irlandés de leyes civiles y religiosas. De aquí nació, un poco más tarde, todo el sistema penitencial de los celtas. Quizá este mismo espíritu de adaptación le llevó a determinar, como fecha para Pascua de Resurrección, una fecha distinta de la del resto de Europa, tanto como el uso de la tonsura celta, adoptada por los monjes irlandeses, y, sin duda, de origen druida. También es digno de notar que, en Irlanda, bajo el mando de San Patricio, el obispo de la diócesis fue, casi siempre, abad de un monasterio, un hecho que deriva de la constitución civil de las distintas regiones de la isla. Gran parte del éxito del apostolado de San Patricio se debe a esta adaptación del paganismo a la verdadera religión.

Los escritos del Santo, especialmente su Confesión y la Epístola ad Coracticurn, nos permiten ver con bastante claridad el carácter y la personalidad del apóstol de Irlanda. Un hombre sencillo, con gran espíritu de humildad y de pobreza, demuestra al mismo tiempo un celo en su apostolado y una fortaleza que recuerdan los apóstoles de Jesús y los profetas del Antiguo Testamento. Cuando no está ocupado con el apostolado activo, se dedica a la oración y a la penitencia. Cariñoso y bondadoso, insistiendo siempre en el perdón del enemigo, se revela al mismo tiempo temible en la represión del mal, especialmente contra los enemigos de la fe. Debido a esta firmeza, el nestorianismo nunca logró penetrar el catolicismo de Irlanda, pero sí el pelagianismo, quizá por razón del origen celta de su autor. La prueba de la eficacia de su labor y apostolado se encuentra en el hecho de que el catolicismo de la nación irlandesa sigue siendo, aún hoy día, una de las estrellas más brillantes en la corona de la Iglesia de Dios.

DAVID L. GREENSTOCK

16 mar 2015

Santo Evangelio 16 de Marzo de 2015




Día litúrgico: Lunes IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 4,43-54): En aquel tiempo, Jesús partió de Samaría para Galilea. Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde Él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis». Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo». Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive».

Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre». El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.


Comentario: Rev. D. Ramon Octavi SÁNCHEZ i Valero (Viladecans, Barcelona, España)

Jesús partió de Samaría para Galilea

Hoy volvemos a encontrar a Jesús en Caná de Galilea, donde había realizado el conocido milagro de la conversión del agua en vino. Ahora, en esta ocasión, hace un nuevo milagro: la curación del hijo de un funcionario real. Aunque el primero fue espectacular, éste es —sin duda— más valioso, porque no es algo material lo que se soluciona con el milagro, sino que se trata de la vida de una persona.

Lo que llama la atención de este nuevo milagro es que Jesús actúa a distancia, no acude a Cafarnaúm para curar directamente al enfermo, sino que sin moverse de Caná hace posible el restablecimiento: «Le dice el funcionario: ‘Señor, baja antes que se muera mi hijo’. Jesús le dice: ‘Vete, que tu hijo vive’» (Jn 4,49.50).

Esto nos recuerda a todos nosotros que podemos hacer mucho bien a distancia, es decir, sin tener que hacernos presentes en el lugar donde se nos solicita nuestra generosidad. Así, por ejemplo, ayudamos al Tercer Mundo colaborando económicamente con nuestros misioneros o con entidades católicas que están allí trabajando. Ayudamos a los pobres de barrios marginales de las grandes ciudades con nuestras aportaciones a instituciones como Cáritas, sin que debamos pisar sus calles. O, incluso, podemos dar una alegría a mucha gente que está muy distante de nosotros con una llamada de teléfono, una carta o un correo electrónico.

Muchas veces nos excusamos de hacer el bien porque no tenemos posibilidades de hacernos físicamente presentes en los lugares en los que hay necesidades urgentes. Jesús no se excusó porque no estaba en Cafarnaúm, sino que obró el milagro.

La distancia no es ningún problema a la hora de ser generoso, porque la generosidad sale del corazón y traspasa todas las fronteras. Como diría san Agustín: «Quien tiene caridad en su corazón, siempre encuentra alguna cosa para dar».

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Abrahám, solitario y eremita, 16 de Marzo

 16 de marzo

Abrahám, solitario y eremita
(† 367)


Los que escriben acerca de su vida, principalmente san Efrén con quien le unió una estrecha amistad, no mencionan el lugar de su vida de anacoreta, sí el territorio: Mesopotamia y, probablemente, en la cercanía de Edesa. Pasó más de cincuenta años en el desierto.

Hijo de padres ricos que también sabían ser buenos. Ven a su hijo tan bueno y leal que deciden casarlo con hija de buena familia escogida entre sus amistades y comprometen su matrimonio hasta que tengan la edad y puedan contraerlo. Parece que a Abrahán no le agrada la idea lo más mínimo y que hasta la desprecia porque sus planes futuros van por otro derrotero. Pero el tiempo pasó y llegó la hora de casarse sin más dilaciones; ha pedido a su padre que lo libere del compromiso, mas no hay medio que haga desistir al progenitor de la palabra dada; el respeto paterno puede más que sus propios deseos.

Lo que sucedió la noche de bodas, después de haber celebrado la fiesta con la grandiosidad propia de gente pudiente, fue lo imprevisto. Se escapa de casa huyendo; parece ser que sólo Dios ocupa su corazón y a él quiere entregarlo. No ha mediado una sola palabra ni ha dado explicación; lo ha hecho en secreto. Sólo tiene ganas de esconderse y lo hace en una cueva cercana que encontró.

Todos han pasado diecisiete días de trajín andando en su búsqueda, removiendo matojos y adentrándose en los agujeros de las peñas. Al encontrarlo, todo son ruegos, lágrimas, caricias y hasta amenazas, pero el que no supo imponerse en su momento mantiene ahora una actitud inflexible. Consigue de la esposa defraudada el consentimiento de una perpetua separación y del autoritario padre la promesa de no interrumpir en adelante su voluntario retiro.

Con veinte años ha comenzado su vida de soledad. Vive en una celda con ventanilla al campo y allí se entrega a la oración y a la penitencia. Sus bienes son una escudilla de madera para comer y beber, una estera de juncos, un manto y un cilicio; el alimento ordinario son las hierbas y raíces que el campo le da. La gente empieza a tener noticia de la existencia del solitario penitente en aquellos contornos; primero por curiosidad y luego por interés espiritual se le van aproximando los vecinos que transmiten más y más sus méritos y santidad. Siempre le vieron alegre y con carácter apacible.

El obispo de Lampsaco (ahora la ciudad turca de Lapseki) conoce su virtud y santidad y como tiene en su territorio un poblado en donde no sólo impera el paganismo, no ha pensado en mejor varón para convertirles que en Abrahám y por eso le da el encargo de predicarles a Cristo después de hacerlo sacerdote.

El santo penitente deja su celda por amor a la Iglesia que no por gusto personal. Lo primero que hace al llegar a su destino es edificar un templo gran

15 mar 2015

Santo Evangelio 15 de Marzo de 2015

Día litúrgico: Domingo IV (B) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 3,14-21): En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.

»Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios».


Comentario: Rev. D. Joan Ant. MATEO i García (La Fuliola, Lleida, España)

Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único

Hoy, la liturgia nos ofrece un aroma anticipado de la alegría pascual. Los ornamentos del celebrante son rosados. Es el domingo "laetare" que nos invita a una serena alegría. «Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis...», canta la antífona de entrada.

Dios quiere que estemos contentos. La psicología más elemental nos dice que una persona que no vive contenta acaba enferma, de cuerpo y de espíritu. Ahora bien, nuestra alegría ha de estar bien fundamentada, ha de ser la expresión de la serenidad de vivir una vida con sentido pleno. De otro modo, la alegría degeneraría en superficialidad y majadería. Santa Teresa distinguía con acierto entre la "santa alegría" y la "loca alegría". Esta última es sólo exterior, dura poco y deja un regusto amargo.

Vivimos tiempos difíciles para la vida de fe. Pero también son tiempos apasionantes. Experimentamos, en cierta manera, el exilio babilónico que canta el salmo. Sí, también nosotros podemos vivir una experiencia de exilio «llorando la nostalgia de Sión» (Sal 136,1). Las dificultades exteriores y, sobre todo, el pecado nos pueden llevar cerca de los ríos de Babilonia. A pesar de todo, hay motivos de esperanza, y Dios nos continúa diciendo: «Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti» (Sal 136,6).

Podemos vivir siempre contentos porque Dios nos ama locamente, tanto que nos «dio a su Hijo único» (Jn 3,16). Pronto acompañaremos a este Hijo único en su camino de muerte y resurrección. Contemplaremos el amor de Aquel que tanto ama que se ha entregado por nosotros, por ti y por mí. Y nos llenaremos de amor y miraremos a Aquel que han traspasado (Jn 19,37), y crecerá en nosotros una alegría que nadie nos podrá quitar.

La verdadera alegría que ilumina nuestra vida no proviene de nuestro esfuerzo. San Pablo nos lo recuerda: no viene de vosotros, es un don de Dios, somos obra suya (Col 1,11). Dejémonos amar por Dios y amémosle, y la alegría será grande en la próxima Pascua y en la vida. Y no olvidemos dejarnos acariciar y regenerar por Dios con una buena confesión antes de Pascua.
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Santa Luisa de Marillac, 15 de Marzo

15 de marzo

SANTA LUISA DE MARILLAC

(† 1660)

A fines del siglo XVI la situación religiosa en Francia era bien lamentable.

Mientras en Alemania cedía el protestantismo por obra de la Contrarreforma, en España la mística alcanzaba sus más altas cimas y en Italia se apagaba la bacanal del Renacimiento con una floración de nuevos santos, la iglesia de Francia tuvo bastante con sobrevivir a las guerras de religión, sin tiempo para aplicar las reformas y remedios propuestos por el concilio de Trento.

Al subir al trono francés Enrique IV, consigue la paz, aunque fuese a costa de igualar los derechos de hugonotes y católicos por el edicto de Nantes.

Bajo el vigoroso impulso de este monarca y de su ministro Sully, el país va a conocer una era de prosperidad insospechada. En el reloj de la historia ha sonado la hora de Francia, no sólo en lo político, artístico y literario, sino también en lo religioso.

Llegan a París de España e Italia las Ordenes nuevas: jesuitas, carmelitas, capuchinos y oratorianos. Francia asimila rápidamente las nuevas formas de espiritualidad, dándoles un tinte propio; además de la santidad de los claustros intentará proporcionar a los cristianos que viven en el mundo los medios de perfección.

París, la antigua Babilonia, ¿se convertirá en una equivalencia de la Ginebra protestante?

Una eclosión de fervor despierta en la gran ciudad. La mística invade los salones y los círculos piadosos hacen competencia a las tertulias del gran mundo.

Alrededor de un director espiritual se juntan las damas de la aristocracia. Se leen las obras de los místicos alemanes, los escritos de los carmelitas españoles, del obispo de Annecy y del cardenal de Berulle.

Esta piedad no se reduce a la devoción interior, sino que se ejercita en las más variadas obras de misericordia: limosnas de alimentos y vestidos a los pobres, visitas de hospitales y cárceles, socorro a los menesterosos.

Sí, París es ahora un carrefour de saints, una encrucijada de santos, en que coinciden madame Acarie, en el Carmelo, sor María de la Encarnación, Francisco de Sales y Juana Francisca, San Vicente de Paúl y Luisa de Marillac.

Vicente de Paúl, a quien todos llaman familiarmente monsieur Vincent, quiere llegar a grandes metas. Pretende hacer de la caridad individualista un movimiento arrollador que acuda al remedio de todas las necesidades.

Su vida está llena de aventuras tan fabulosas que parece una novela.

Emprende la carrera eclesiástica ya mayor. Estudia en Zaragoza y en Toulouse. En un viaje por mar, desde Marsella a Narbona, cae en poder de piratas turcos, que matan a todos sus compañeros, menos a él, que es vendido como esclavo en Túnez. Después de dos años de cautiverio, huye con su propio amo, al que logra convertir. Va a Roma y desde allí a la corte de Enrique IV. Después de pasar por varios cargos eclesiásticos, es nombrado preceptor de los hijos de la familia Gondi. Entonces se percata de las circunstancias dificilísimas por que atraviesa el país y decide entregarse de lleno a las obras de caridad, fundando asociaciones de damas que socorran a los pobres, y para evangelizar a los aldeanos funda la Congregación de la Misión.

En estas circunstancias es cuando conoce a Santa Luisa de Marillac, viuda a los treinta y cuatro años, quien, por consejo de su director, San Francisco de Sales, se pone a disposición, de San Vicente. Desde ahora los dos grandes santos irán asociados al más generoso esfuerzo que se haya hecho para atender a los pobres.

Santa Luisa nació el 12 de agosto de 1591. Era de la segunda nobleza. En la más tierna edad quedó huérfana de madre. Su padre, el señor de Marillac, hombre de extraordinaria inteligencia y de gran virtud, no omitió medio para que su hija recibiera una educación esmerada. Literatura, arte, filosofía e incluso el latín, fueron la base de sus estudios. Al mismo tiempo se ejercitaba en los oficios propios de su sexo.

A los quince años se entregó con gran fervor a la oración y quiso ingresar en el convento de capuchinas, pero su constitución física, muy delicada, no se lo consintió, disuadiéndola el padre Champigny, provincial de los capuchinos: "Hija mía —le dijo—, yo creo que son otros los designios de Dios."

A esa misma edad perdió también a su padre. No pudiendo entrar en religión, ni permanecer sola en el mundo, accediendo a las instancias de sus parientes se desposó con Antonio Le Gras, secretario de la reina María de Médicis, celebrándose el matrimonio en San Gervasio, de París, el 5 de febrero de 1913, fijando su residencia en la capital francesa.

Los testigos del proceso de su beatificación declaran: "Luisa de Marillac fue un dechado de esposas cristianas, Con su bondad y dulzura logró ablandar a su marido, que era de carácter poco llevadero, dando el ejemplo de un matrimonio ideal, en que todo era común, hasta la oración, que hacían juntos."

Bendijo Dios su matrimonio con el nacimiento de un hijo. El amor que la señora Le Gras tuvo a su hijo no conoció limites. San Vicente le escribiría más tarde: "Jamás he visto una madre tan madre como usted; apenas parece usted mujer en otra cosa."

Y en otra carta le diría: "¡Oh qué dicha el ser hijo de Dios! Pues este Señor ama a los suyos con afecto aún más tierno que el que usted tiene a su hijo, con ser este amor tan grande que apenas he visto cosa igual en ninguna otra madre."

Estas experiencias maternales, valiosísimas, servirían a Santa Luisa para derrocharlas en la fundación a que el cielo la destinaba.

Porque el señor Le Gras murió santamente, en brazos de su esposa, el 21 de diciembre de 1625. Entonces ella no pensó más que en consagrarse del todo a Dios y a las buenas obras. ¿No es razón que me entregue a Dios —diría después— de haber sido tanto tiempo del mundo?"

En lo de haber sido del mundo Santa Luisa exageraba. Los directores de su espíritu declararon a su muerte que era un alma angelical, que no había perdido la inocencia de su bautismo.

Pero, ciertamente, estando desligada ya de compromisos familiares, la viuda Le Gras va a ser la colaboradora eficacísima de monsieur Vincent. Ella sabrá poner la nota femenina en sus obras de caridad. Será el ama de casa, providente y buena, que solucione con tacto femenino los conflictos que surjan a cada paso en la organización del bien.

San Vicente había fundado ya las "Caridades", asociación de damas o señoras al servicio de los pobres a domicilio, especialmente en los pueblos y aldeas, donde las dejaba como fruto de sus misiones.

Pero sin conexión con el fundador, tales obras languidecían pronto. Santa Luisa se ofrece a visitar las Caridades y el Santo la anima con estás palabras: "Parta usted, vaya en nombre del Señor. Ruego a su Divina Bondad la acompañe; que Él sea su consuelo en el camino y su fuerza en el trabajo, y finalmente nos la devuelva con perfecta salud y llena de buenas obras."

Las palabras de San Vicente no eran pura retórica. Los viajes en aquellos tiempos eran por demás penosos y peligrosos. Malos vehículos, malos caminos, malas comidas, malos alojamientos...

Su primer biógrafo nos ha descrito aquellas correrías, que recuerdan las de Santa Teresa. "Solía llevar consigo gran cantidad de lienzos y medicinas, y sus viajes y limosnas eran siempre a sus expensas. Apenas llegada al lugar, reunía a las mujeres de la cofradía de la Caridad, las imbuía en el espíritu de la obra, animaba su fervor con el fuego de sus alocuciones y hacia por aumentar su número. Luego visitaba ella misma a los enfermos y era tanta su gracia y actividad, que a su marcha todo quedaba renovado."

Al compás del apostolado su alma crecía en ardores místicos. El 5 de agosto de 1630, aniversario de su boda terrena, escribió sus impresiones después de comulgar: "Parecióme que Nuestro Señor me inspiraba la idea de recibirle por esposo de mi alma, considerando aquel acto como una especie de esponsales."

Aquellas visitas le hicieron ver otra enorme deficiencia: el abandono de las niñas y jóvenes en punto a instrucción y educación, y también atendía con sus pláticas y esfuerzos a proveer a tan gran necesidad.

Entretanto, desgracias familiares pesan terriblemente sobre ella. Su tío, el mariscal Marillac, cae en desgracia del rey y es ajusticiado públicamente en París. Su tía muere de pena; otro pariente cercano desfallece en la prisión. Empero nunca consintió que se hablase mal de Luis XIII ni del cardenal Richelieu, causantes de tantas desgracias.

Su alma se va afinando y acerando para las cosas de Dios. Y bien lo necesitaba aquella Francia de comienzos del XVII. En un informe al Parlamento se aseguraba que era tanta la miseria de ciertas regiones, "que los aldeanos se ven obligados a pacer la hierba de los campos a manera de las bestias".

Para remediar tales males no bastaban las "Caridades" fundadas por San Vicente, porque, siendo las damas señoras de la buena sociedad, se desdeñaban de descender a los servicios más humildes y necesarios. Había que pensar en sirvientas de las caridades", en viudas y jóvenes que se entregaran al servicio exclusivo de ellos. La primera que colaboró con Santa Luisa en tan bella obra fue Margarita Naseau, natural de Suresnes, a diez kilómetros de París, aldeana que había aprendido a leer sola, conduciendo su rebaño y preguntando a los caminantes por el significado de las letras de su abecedario.

Otras muchas jóvenes siguieron los pasos de Margarita, y en 1633 recibía Luisa a las cuatro primeras hermanas, hasta convertirse en un verdadero noviciado al cabo de algunos meses. Santa Luisa pensó en que formularan sus votos, pronunciando los primeros en la fiesta de la Anunciación del año 1634, la fecha en que renuevan anualmente los suyos las hijas de la Caridad de todo el mundo.

A partir de entonces la bola de nieve que decía San Vicente se transforma en alud arrollador. Resulta imposible, en tan breve reseña, seguir paso a paso a los dos Santos fundadores en la obra portentosa que emprendieron en favor de sus señores los pobres, como ellos respetuosamente les llamaban.

Realizaron visitas a los hospitales, tan espantosamente abandonados, que los enfermos se resistían a la fuerza a ingresar en ellos. Baste el dato de que la escasez de camas obligaba a juntar a tres y cuatro en el mismo lecho. Donde más actividad desplegaron, con éxito rotundo, fue en el hospital de Angers, del que se hicieron cargo en 1639.

Luego vendrían las obras en el mismo París, como la asistencia y cuidado de los niños expósitos. Más de cuatrocientos eran recogidos cada año en la gran ciudad y muchísimos fallecían por falta de atenciones.

También hubo fundaciones en el arrabal de Saint Denis, con la gran basílica de San Dionisio, mausoleo de los reyes de Francia. Después en Nantes, a donde llega Santa Luisa acompañada de ocho hermanas, recibiéndolas una multitud inmensa que acude de todas partes para aclamarlas.

De 1649 a 1652 la guerra asola las provincias de Champaña, Picardía y Lorena. Los moribundos yacen, abandonados a lo largo de los caminos, las religiosas huyen de la soldadesca, las iglesias son profanadas.

San Vicente envía al campo de operaciones a las hijas de la Caridad, para cuidar a los enfermos, distribuir alimentos, procurar refugio a las jóvenes arrojadas de sus hogares. Se multiplican los casos de heroísmo, pero nuevas hermanas acuden a reemplazar a las que mueren en el cumplimiento del deber.

En 1658 es Flandes el escenario de nuevos horrores bélicos. La reina ruega a San Vicente que las hermanas se hagan cargo de los hospitales militares y establecen un ambulatorio en Calais.

Pero ya no es Francia solamente el campo de sus actividades. Luisa María de Gonzaga, hija del duque de Nevers, visitadora asidua con las damas de la Caridad del hospital de París, conoce bien a Santa Luisa y a su espíritu. La Providencia la levanta a reina de Polonia, Y desde allí escribe a los Santos fundadores que manden hermanas, por hallarse el país sumido en guerras y catástrofes.

En 1653 surge otra obra nueva, un asilo de pobres de ambos sexos, gracias a la limosna de cien mil francos que donó un caballero parisiense.

Santa Luisa funda un establecimiento modelo. A los hombres los ocupa en diversos oficios, a las mujeres las dedica a hilar. Busca materias primas, cáñamo, lana, mobiliario. La alegría y el trabajo reinaban en el gran asilo general para todos los mendigos de París.

Posteriormente otro establecimiento, "Las Casitas", acoge a locos y enfermos mentales.

No hay dolencia, desgracia o miseria, material o espiritual, que no haya sido remediada por Santa Luisa y su obra.

Ya todo esto, los Santos fundadores, absorbidos por su trabajo de organización, ni se habían preocupado en dar forma canónica al nuevo instituto. Al fin, en 1655, después de veinte años, San Vicente y Santa Luisa presentan una instancia al arzobispo de París, que erige la congregación de las Hijas de la Caridad el 18 de enero de aquel año.

El 30 de mayo reúne San Vicente a sus hijas y, después de haberles leído las reglas, les dice: "De hoy en adelante, llevaréis el nombre de Hijas de la Caridad. Conservad este título, que es el más hermoso que podéis tener."

Santa Luisa, de constitución débil, tiene un espíritu fuerte. Su actividad no conoce cansancio. Su humildad es profundísima. Jamás consintió en tener capilla ni que se dijera misa en ninguna de sus casas. "Quizá —como dice uno de sus biógrafos— temiera de que fuera en detrimento del cuidado de los enfermos y cayeran sus hijas en la tentación de hacerse religiosas."

Ya en 1647 decía San Vicente: "La señora Le Gras debiera haber muerto hace diez años; al verla se diría que sale de la tumba: tan débil está su cuerpo y tan pálido su semblante."

Y, sin embargo, hasta 1660 no entregó su alma al Creador, tras una enfermedad penosa, que comenzó por gangrenarle un brazo. No tuvo el consuelo de que San Vicente la acompañara, pues también enfermo, le envió este sencillo recado: "Usted va delante, pronto la volveré a ver en el cielo." Falleció mientras le rezaban las preces de los agonizantes, el día 15 de marzo, lunes de Pasión, entre las once y las doce de la mañana.

Parodiando a fray Luis de León al hablar de Santa Teresa, podríamos decir que a Santa Luisa de Marillac la podemos conocer por sus escritos y por sus hijas.

Asombra pensar que tuviera tiempo de escribir cientos de cartas, resumir numerosas conferencias de San Vicente, que luego se encargaba de hacer circular, hacer extractos de sus meditaciones y ejercicios espirituales, hasta formar tres volúmenes de 1.500 páginas sus obras completas.

Consejos, alientos, normas y avisos, todo se desliza en su correspondencia familiar. Parece que asistimos al crecimiento de la congregación. No caeré en la ingenuidad de citar párrafos devotos. Quizá éste retrate mejor a la fundadora: "Me han dicho que sor Marta se ha puesto tan gruesa que casi no se la conoce. ¡Oh Dios mío! ¡Cuánto temor me dan los establecimientos en donde se está con más comodidades de lo que a nuestra condición conviene! Os encargo que procuréis que esté ocupada lo más que pueda y en trabajo muy fuerte. ¿No tenéis enfermos en los pueblos vecinos?" (Carta a sor Isabel Turgis, en Chars).

Las Hijas de la Caridad son hoy unas 45.000, extendidas por todo el mundo, en más de 4.000 casas, encontrándose en París, en el número 140 de la Rue de Bac, la casa madre, en cuya capilla, la misma de las apariciones de la Virgen Milagrosa a Santa Catalina Labouré, está el sepulcro de Santa Luisa.

Contrariamente a lo que ha ocurrido con otras comunidades, las Hijas de la Caridad siempre han permanecido al servicio de los pobres, en hospitales, asilos, orfanotrofios, manicomios, casas de beneficencia.

Su espiritualidad se funda en la caridad, generadora del celo, en la humildad personal y en la sencillez, que repugna todo lo falso o afectado. Aunque aplicadas a las obras exteriores, llevan una vida interior sustentada por prácticas de devoción repartidas a lo largo del día. Se levantan a las cuatro, y toda la vida es común: dormitorio, comidas, recreo. Sus votos son anuales y se renuevan el 25 de marzo.

Sí, Santa Luisa de Marillac no ha muerto. Todavía sentimos el tintineo de su largo rosario cuando cruzan junto a nosotros las tocas blancas de alguna Hija de la Caridad.

14 mar 2015

Santo Evangelio 14 de Marzo de 2015

Día litúrgico: Sábado III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 18,9-14): En aquel tiempo, Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado».


Comentario: Fr. Gavan JENNINGS (Dublín, Irlanda)

Os digo que éste bajó a su casa justificado

Hoy, Cristo se nos presenta con dos hombres que, ante un observador "casual", podrían aparecer casi como idénticos, ya que ellos se encuentran en el mismo lugar realizando la misma actividad: ambos «subieron al templo a orar» (Lc 18,10). Pero más allá de las apariencias, en lo más profundo de sus conciencias personales, los dos hombres difieren radicalmente: uno, el fariseo, tiene la conciencia tranquila, mientras que el otro, el publicano —cobrador de impuestos— se encuentra inquieto por los sentimientos de culpa.

Hoy día tendemos a considerar los sentimientos de culpa —el remordimiento— como algo cercano a una aberración psicológica. Sin embargo, el sentimiento de culpa le permite al publicano salir reconfortado del Templo, puesto que «éste bajó a su casa justificado y aquél no» (Lc 18,14). «El sentimiento de culpa», escribió Benedicto XVI cuando él todavía era Cardenal Ratzinger ("Conciencia y verdad"), «remueve la falsa tranquilidad de conciencia y puede ser llamado "protesta de la conciencia" contra mi existencia auto-satisfecha. Es tan necesario para el hombre como el dolor físico, que significa una alteración corporal del funcionamiento normal».

Jesús no nos induce a pensar que el fariseo no esté diciendo la verdad cuando él afirma que no es rapaz, injusto, ni adúltero y que ayuna y entrega dinero al Templo (cf. Lc 18,11); ni tampoco que el recaudador de impuestos esté delirando al considerarse a sí mismo como un pecador. Ésta no es la cuestión. Más bien ocurre que «el fariseo no sabe que él también tiene culpa. Él tiene una conciencia completamente clara. Pero el "silencio de la conciencia" lo hace impenetrable ante Dios y ante los hombres, mientras que el "grito de conciencia" que inquieta al publicano lo hace capaz de la verdad y del amor. ¡Jesús puede remover a los pecadores!» (Benedicto XVI).


Comentario: Rev. D. David COMPTE i Verdaguer (Manlleu, Barcelona, España)

Todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado

Hoy, inmersos en la cultura de la imagen, el Evangelio que se nos propone tiene una profunda carga de contenido. Pero vayamos por partes.

En el pasaje que contemplamos vemos que en la persona hay un nudo con tres cuerdas, de tal manera que es imposible deshacerlo si uno no tiene presentes las tres cuerdas mencionadas. La primera nos relaciona con Dios; la segunda, con los otros; y la tercera, con nosotros mismos. Fijémonos en ello: aquéllos a quien se dirige Jesús «se tenían por justos y despreciaban a los demás» (Lc 18,9) y, de esta manera, rezaban mal. ¡Las tres cuerdas están siempre relacionadas!

¿Cómo fundamentar bien estas relaciones? ¿Cuál es el secreto para deshacer el nudo? Nos lo dice la conclusión de esa incisiva parábola: la humildad. Así mismo lo expresó santa Teresa de Ávila: «La humildad es la verdad».

Es cierto: la humildad nos permite reconocer la verdad sobre nosotros mismos. Ni hincharnos de vanagloria, ni menospreciarnos. La humildad nos hace reconocer como tales los dones recibidos, y nos permite presentar ante Dios el trabajo de la jornada. La humildad reconoce también los dones del otro. Es más, se alegra de ellos.

Finalmente, la humildad es también la base de la relación con Dios. Pensemos que, en la parábola de Jesús, el fariseo lleva una vida irreprochable, con las prácticas religiosas semanales e, incluso, ¡ejerce la limosna! Pero no es humilde y esto carcome todos sus actos.

Tenemos cerca la Semana Santa. Pronto contemplaremos —¡una vez más!— a Cristo en la Cruz: «El Señor crucificado es un testimonio insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre» (Juan Pablo II). Allí veremos cómo, ante la súplica de Dimas —«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42)— el Señor responde con una “canonización fulminante”, sin precedentes: «En verdad te digo, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Este personaje era un asesino que queda, finalmente, canonizado por el propio Cristo antes de morir.

Es un caso inédito y, para nosotros, un consuelo...: la santidad no la “fabricamos” nosotros, sino que la otorga Dios, si Él encuentra en nosotros un corazón humilde y converso.