9 feb 2015

Santo Evangelio 9 de Febrero de 2015



Día litúrgico: Lunes V del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 6,53-56): En aquel tiempo, cuando Jesús y sus discípulos hubieron terminado la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que Él estaba. Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejara tocar la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados.


Comentario: Fr. John GRIECO (Chicago, Estados Unidos)
Cuantos la tocaron [la orla de su manto] quedaban salvados

Hoy, en el Evangelio del día, vemos el magnífico "poder del contacto" con la persona de Nuestro Señor: «Colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados» (Mc 6,56). El más mínimo contacto físico puede obrar milagros para aquellos que se acercan a Cristo con fe. Su poder de curar desborda desde su corazón amoroso y se extiende incluso a sus vestidos. Ambos, su capacidad y su deseo pleno de curar, son abundantes y de fácil acceso.

Este pasaje puede ayudarnos a meditar cómo estamos recibiendo a Nuestro Señor en la Sagrada Comunión. ¿Comulgamos con la fe de que este contacto con Cristo puede obrar milagros en nuestras vidas? Más que un simple tocar «la orla de su manto», nosotros recibimos realmente el Cuerpo de Cristo en nuestros cuerpos. Más que una simple curación de nuestras enfermedades físicas, la Comunión sana nuestras almas y les garantiza la participación en la propia vida de Dios. San Ignacio de Antioquía, así, consideraba a la Eucaristía como «la medicina de la inmortalidad y el antídoto para prevenirnos de la muerte, de modo que produce lo que eternamente nosotros debemos vivir en Jesucristo». 

El aprovechamiento de esta "medicina de inmortalidad" consiste en ser curados de todo aquello que nos separa de Dios y de los demás. Ser curados por Cristo en la Eucaristía, por tanto, implica superar nuestro ensimismamiento. Tal como enseña Benedicto XVI, «Nutrirse de Cristo es el camino para no permanecer ajenos o indiferentes ante la suerte de los hermanos (…). Una espiritualidad eucarística, entonces, es un auténtico antídoto ante el individualismo y el egoísmo que a menudo caracterizan la vida cotidiana, lleva al redescubrimiento de la gratuidad, de la centralidad de las relaciones, a partir de la familia, con particular atención en aliviar las heridas de aquellas desintegradas».

Igual que aquellos que fueron curados de sus enfermedades tocando sus vestidos, nosotros también podemos ser curados de nuestro egoísmo y de nuestro aislamiento de los demás mediante la recepción de Nuestro Señor con fe.


Comentario: Rev. D. Joaquim MONRÓS i Guitart (Tarragona, España)
Apenas desembarcaron, le reconocieron

Hoy contemplamos la fe de los habitantes de aquella región a la que llegó Jesús para llevar la salvación de las almas. El Señor es dueño del alma y del cuerpo; por eso, no dudaban en llevarle a sus enfermos: «Cuantos la tocaron quedaban salvados» (Mc 6,56). Tenemos hoy, como siempre, enfermos del alma y del cuerpo. Conviene que pongamos todos los medios humanos y sobrenaturales para acercar a nuestros parientes, amigos y conocidos al Señor. Lo podemos hacer, en primer lugar, rezando por ellos, pidiendo su salud espiritual y corporal. Si hay una enfermedad del cuerpo, no dudamos en enterarnos de si existe un tratamiento adecuado, si hay personas que puedan cuidarlo, etc.

Cuando se trata de una “enfermedad” del alma (habitualmente, palpable externamente), como puede ser que un hijo, un hermano, un pariente no asista a Misa los domingos, aparte de rezar conviene hablarle del remedio, tal vez transmitiéndole de palabra algún pensamiento o alguna orientación motivadora que podamos nosotros mismos extraer del Magisterio (por ejemplo, de la Carta apostólica "El día del Señor" de Juan Pablo II, o de alguno de los puntos del Catecismo de la Iglesia).

Si el hermano “enfermo” es alguien constituido en pública autoridad que justifica o mantiene una ley injusta —como puede ser la despenalización del aborto—, no dudemos —además de orar— en buscar la oportunidad para transmitirle —de palabra o por escrito— nuestro testimonio acerca de la verdad. 

«Nosotros no podemos dejar de anunciar lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20). Todas las personas tienen necesidad del Salvador. Cuando no acuden a Él es porque todavía no le han reconocido, quizá porque nosotros todavía no hemos sabido anunciarle. El hecho es que, en cuanto le reconocían, «colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejara tocar la orla de su manto» (Mc 6,56). Jesús curaba tanto más cuanto había algunos que «colocaban» (ponían al alcance del Señor) a los que más urgentemente necesitaban remedio.

Santa Apolonia, virgen y mártir, 9 de Febrero


9 de febrero
Apolonia
virgen y mártir
(† c.a. 249)
 

Sucedió en tiempos del emperador Felipe que es una época suave en la práctica de la fe cristiana. El lugar de los acontecimientos es Alejandría y por el año 248, previo a la persecución de Decio.

Sale a la calle un poeta con aires de profeta de males futuros; practicaba la magia, según se dice; va por las vías y plazas alejandrinas publicando, como agorero de males, las catástrofes y calamidades que van a sobrevenir a la ciudad si no se extermina de ella a los cristianos. No se sabe qué cosas dieron motivo para predecir esos tiempos aciagos, pero la verborrea produjo su efecto. El obispo Dionisio Alejandrino es el que relata el comienzo de la persecución. Tomaron violentamente al anciano Metro, sin respetar sus canas; le exigen blasfemias contra Jesucristo, se desalientan con su firmeza y acaban moliéndolo a palos y lapidándolo a las afueras de la ciudad. Luego van a por la matrona Cointa que es atada, arrastrada y también muerta a pedradas. Ahora la ciudad parece en estado de guerra; han crecido los tumultos; la gente va loca asaltando las casas donde puede haber cristianos. Se multiplican los incendios, los saqueos y la destrucción.

En Alejandría vive una cristiana bautizada desde pequeña y educada en la fe por sus padres; en los tiempos de su juventud decidió la renuncia voluntaria al matrimonio para dar su vida entera a Jesús. Se llama Apolonia y ya es entrada en años; los que la conocen saben mucho de sus obras de caridad, de su sólida virtud y de su retiro en oración; incluso presta ayuda a la iglesia local como diaconisa, según se estila en la antigüedad. Las hordas incontroladas la secuestran y pretenden obligarla a blasfemar contra Jesucristo. Como nada sale de su boca, con una piedra le destrozan los dientes. Después la llevan fuera de la ciudad amenazándola con arrojarla a una hoguera, si no apostata. Pide un tiempo para reflexionar. Se abisma en oración. Luego, ella misma es la que, con desprecio a la vida que sin Dios no vale, con paso decidido, pasa ante sus asombrados verdugos y entra en las llamas donde murió.

Los cristianos recogieron de entre las cenizas lo poco que quedó de sus despojos. Los dientes fueron recogidos como reliquias que distribuyeron por las iglesias.

Su representación iconográfica posterior la presenta sufriendo martirio de manos de un sayón que tiene una gran piedra en la mano para impartir el golpe que le destrozó la boca. Por eso es abogada contra los males de dientes y muelas.

También a nosotros nos asombra la decisión de santa Apolonia por parecerse a al suicidio. Algún magnánimo escritor habla de que «eso sólo es lícito hacerlo bajo una inspiración de Dios». Desde luego es susceptible de más de una glosa. Sólo que los santos, tan extremosamente llenos de Dios, adoptan en ocasiones actitudes inverosímiles y desconcertantes bajo el aguijón del Amor y ¡quien sabe si esas son «locuras» sólo para quien no tiene tanto amor! Al fin y al cabo, cada santo es el misterio de responder sin cuento a Dios.

8 feb 2015

Santo Evangelio 8 de Febrero de 2015



Día litúrgico: Domingo V (B) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 1,29-39): En aquel tiempo, cuando Jesús salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles. Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían. 

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». Él les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.


Comentario: Rev. D. Francesc CATARINEU i Vilageliu (Sabadell, Barcelona, España)
Todos te buscan

Hoy, contemplamos a Jesús en Cafarnaúm, el centro de su ministerio, y más en concreto en casa de Simón Pedro: «Cuando salió de la sinagoga se fue (...) a casa de Simón y Andrés» (Mc 1,29). Allí encuentra a su familia, la de aquellos que escuchan la Palabra y la cumplen (cf. Lc 8,21). La suegra de Pedro está enferma en cama y Él, con un gesto que va más allá de la anécdota, le da la mano, la levanta de su postración y la devuelve al servicio.

Se acerca a los pobres-sufrientes que le llevan y los cura solamente alargando la mano; sólo con un breve contacto con Él, que es fuente de vida, quedan liberados-salvados.

Todos buscan a Cristo, algunos de una manera expresa y esforzada, otros quizá sin ser conscientes de ello, ya que «nuestro corazón está inquieto y no encuentra descanso hasta reposar en Él» (San Agustín).

Pero, así como nosotros le buscamos porque necesitamos que nos libere del mal y del Maligno, Él se nos acerca para hacer posible aquello que nunca podríamos conseguir nosotros solos. Él se ha hecho débil para ganarnos a nosotros débiles, «se ha hecho todo para todos para ganar al menos algunos» (1Cor 9,22).

Hay una mano alargada hacia nosotros que yacemos agobiados por tantos males; basta con abrir la nuestra y nos encontraremos en pie y renovados para el servicio. Podemos “abrir” la mano mediante la oración, tomando ejemplo del Señor: «De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración» (Mc 1,35).

Además, la Eucaristía de cada domingo es el encuentro con el Señor que viene a levantarnos del pecado de la rutina y del desánimo para hacer de nosotros testigos vivos de un encuentro que nos renueva constantemente, y que nos hace libres de verdad con Jesucristo.

Santa Josefina Bakhita, 8 de Febrero



8 de febrero

SANTA JOSEFINA BAKHITA
Religiosa
* Sudán, hacia 1869/1872 
+ Schio (Italia), 8-febrero-1947
B. 17-mayo-1992 
C. 1-octubre-2000

Fue la suya una vida en la que se manifestó la fuerza de la gracia de Dios en medio de enormes dificultades. El terror a que se vio sometida cuando todavía era una niña llegó a hacerle olvidar su procedencia y hasta su propio nombre. Se sabe que nació en el Sudán, en el África Nororiental, hacia 1869-1872. Sus padres eran oficialmente musulmanes, pero, de hecho, practicaban la religión animista. Cuando tenía unos seis o siete años de edad fue capturada por comerciantes de esclavos, como lo había sido tiempo antes una hermana, mayor que ella. Metida entre la multitud de esclavos no pudo recordar cómo se llamaba; por ironía o sarcasmo la llamaron Bakhita, que en el dialecto de sus raptores significaba Afortunada o Dichosa.

Fue horriblemente vejada y obligada a emprender con los demás prisioneros un larguísimo camino hacia los mercados del Norte; pero, en compañía de otra niña, pudo huir en busca de libertad; vagaron por selvas y desiertos donde poco faltó para que las devoraran las fieras. Finalmente, fueron capturadas y entregadas a otros mercaderes. Bakhita fue vendida a un oficial del ejército turco; la mujer y la madre de éste se encargaron de someterla a un trato tiránico. Con frecuencia la golpeaban sin piedad, hasta el punto de dejarla incontables cicatrices que le duraron toda la vida. Ella, sin embargo, sufrió con fuerte ánimo todos aquellos tormentos y nunca se quejó de ellos. Se mostró humilde y sumisa durante el año que pasó con la familia turca.

En 1884 la pusieron en venta en la ciudad de Jartum y la adquirió el cónsul italiano en aquellas tierras, Calixto Legnani; la retuvo como criada y trató con blandura y humanidad. Dos años después se volvió el cónsul Legnani a Italia y se la llevó consigo. La entregó a su amigo Augusto Michieli, que tenía muchos negocios en África. Estuvo en la población de Mirano Véneto, y allí se dispuso para recibir la fe cristiana. En Venecia fue recibida en un pío instituto de catecúmenos, que dirigían las Hijas de la Caridad llamadas vulgarmente Canosianas, por su fundadora Magdalena de Canossa. Atraída por el amor de la religión cristiana, quiso morar entre aquellas hermanas más que retornar a África. Superadas enormes dificultades fue dejada en libertad en 1889.

El 9 de enero de 1890 recibió el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Le impusieron los nombres de Josefina, Margarita, Fortunata Bakhita. Hasta su contacto con el cristianismo no había dado su nombre a religión alguna, pero se dejaba llevar por el testimonio de su alma «naturalmente cristiana», como diría su coterráneo Tertuliano. Cuando contemplaba las estrellas, la luna o el sol consideraba todo aquello como obra de las manos de un Artífice supremo. Su acercamiento a la vida cristiana lo atribuyó a una peculiar gracia de la divina providencia, y a la intercesión de la Santísima Virgen María. Pero su llamada a la vida cristiana, como había sucedido siglos antes a San Agustín, también africano, iba acompañada de la vocación al estado religioso. Pidió insistentemente y obtuvo ingresar en el mencionado Instituto de Hermanas Canosianas. Finalizado el noviciado, profesó el 8 de diciembre de 1896.

Fue enviada a la casa que tenían en Schio, en la diócesis de Vicenza, y allí se ejercitó en los oficios de cocinera, portera, sacristana y enfermera de soldados. En todas estas ocupaciones se ponía de manifiesto su virtud egregia, particularmente su limpieza de espíritu, plena renuncia a la propia voluntad, humildad y caridad ferviente para con Dios y el prójimo.

Durante dos años (1933-1935), por obediencia, prestó su ayuda a las misiones del propio instituto recorriendo las casas de la congregación en Italia, no sin incomodidad que soportó con espíritu ecuánime. Volvió a la casa de Schio, donde permaneció hasta el fin de su vida.

Como consecuencia de los malos tratos que había recibido, soportó muchas enfermedades, pero tales dolencias le ayudaban a revelar sus virtudes. Llevó siempre una vida humilde y completamente rendida a la voluntad de Dios y a la regla que había profesado. Pobre de espíritu, misericordiosa, limpia de corazón, pacífica, amante de la oración, devota de la Santísima Virgen. Para todos los que la conocieron fue un fúlgido ejemplo de fidelidad al Evangelio y a la Iglesia de Cristo.

Murió el 8 de febrero de 1947, dejando tras de sí no pequeña fama de santidad. Los primeros pasos del proceso de beatificación y canonización se dieron entre 1955 y 1958. Juan Pablo I mandó publicar el decreto de virtudes el 22 de septiembre de 1978. Fue beatificada por Juan Pablo II el 17 de mayo de 1992, y canonizada el 1 de octubre de 2000.

VITO T. GÓMZ, O.P.

7 feb 2015

Santo Evangelio 7 de Febrero de 2015



Día litúrgico: Sábado IV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 6,30-34): En aquel tiempo, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco». Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.


Comentario: Rev. D. David COMPTE i Verdaguer (Manlleu, Barcelona, España)
‘Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco’. Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo

Hoy, el Evangelio nos plantea una situación, una necesidad y una paradoja que son muy actuales.

Una situación. Los Apóstoles están “estresados”: «Los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer» (Mc 6,30). Frecuentemente nosotros nos vemos abocados al mismo trasiego. El trabajo exige buena parte de nuestras energías; la familia, donde cada miembro quiere palpar nuestro amor; las otras actividades en las que nos hemos comprometido, que nos hacen bien y, a la vez, benefician a terceros... ¿Querer es poder? Quizá sea más razonable reconocer que no podemos todo lo que quisiéramos.

Una necesidad. El cuerpo, la cabeza y el corazón reclaman un derecho: descanso. En estos versículos tenemos un manual, frecuentemente ignorado, sobre el descanso. Ahí destaca la comunicación. Los Apóstoles «le contaron todo lo que habían hecho» (Mc 6,30). Comunicación con Dios, siguiendo el hilo de lo más profundo de nuestro corazón. Y —¡qué sorpresa!— encontramos a Dios que nos espera. Y espera encontrarnos con nuestros cansancios.

Jesús les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco» (Mc 6,31). ¡En el plan de Dios hay un lugar para el descanso! Es más, nuestra existencia, con todo su peso, debe descansar en Dios. Lo descubrió el inquieto Agustín: «Nos has creado para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti». El reposo de Dios es creativo; no “anestésico”: toparse con su amor centra nuestro corazón y nuestros pensamientos.

Una paradoja. La escena del Evangelio acaba “mal”: los discípulos no pueden reposar. El plan de Jesús fracasa: son abordados por la gente. No han podido “desconectar”. Nosotros, con frecuencia, no podemos liberarnos de nuestras obligaciones (hijos, cónyuge, trabajo...): ¡sería como traicionarnos! Se impone encontrar a Dios en estas realidades. Si hay comunicación con Dios, si nuestro corazón descansa en Él, relativizaremos tensiones inútiles... y la realidad —desnuda de quimeras— mostrará mejor la impronta de Dios. En Él, allí, hemos de reposar.

Beato Pio IX, Papa, 7 de Febrero



BEATO PÍO IX,
Papa

Senigallia (Italia), 13-mayo-1792
+ Roma, 7-febrero-1878 
B. 3-septiembre-2000



Cuando Juan Pablo II anunció su decisión de beatificar juntos a los papas Pío IX y Juan XXIII (-11 de octubre), los medios de comunicación social de todo el mundo pusieron el grito en el cielo y desataron un turbia polémica —una más— para golpear con ella el rostro de la Iglesia. Guiándose de sus peculiares criterios, como siempre, utilizaron el enfrentamiento para comparar a Juan XXIII con Pío IX, no queriendo recordar que precisamente éste fue uno de los papas que más interés y empeño tuvo en la beatificación de Pío IX. Pero esto les hubiera llevado a la integración, elemento que no suelen utilizar los medios de comunicación, porque lo que vende es el enfrentamiento y la polémica y lo que hace daño es el enfrentamiento y no la integración, que es precisamente la que lleva a la paz. Olvidada ya la polémica, podemos recordar que Pío IX fue beatificado el 3 de septiembre del año 2000 juntamente con Juan XXIII, Tomás Regio, arzobispo de Génova; Guillermo José Chaminade (-22 de enero), fundador de los marianistas, y Columba Marmión, monje benedictino.



ESTUDIAR PARA SERVIR A LOS DEMÁS

Juan María Mastai Ferretti, que así se llamaba quien fuera después el papa Pío IX, había nacido en Senigallia (Italia), el 13 de mayo de 1792, en una familia perteneciente a la nobleza local. De constitución física delicada, pero dotado de una gran inteligencia, la cultivó con esmero en los primeros estudios junto con una intensa vida piadosa. A los 15 años, en 1809, se trasladó a Roma para cursar estudios superiores. En 1810 hizo ejercicios espirituales de los cuales sacó algunos propósitos: luchar contra el pecado, estudiar no por ambición de saber, sino para poder servir a los demás y abandonarse en las manos de Dios. A los 20 años, una enfermedad no diagnosticada con precisión, le obligó en 1812 a suspender sus estudios y a conseguir la exención del servicio militar. Pero en 1815 ingresó en la Guardia Noble Pontificia, aunque pronto se vio obligado a dejarla por causa de su enfermedad. Por entonces, se encomendó a la Virgen de Loreto, y se fue curando gradualmente de su latosa enfermedad, mientras San Vicente Pallotti (r 22 de enero) le anunció que llegaría a papa. En 1816, participó como catequista en una importante misión en su ciudad natal, que le sirvió para descubrir su vocación eclesiástica, siendo ordenado sacerdote en 1819 y revelándose en seguida como un hombre de oración, dedicado al ministerio de la Palabra, al confesonario y, sobre todo, al servicio de los más humildes y necesitados. Supo unir admirablemente la acción y la contemplación, atender con esmero las necesidades pastorales y sociales de sus fieles, ser devoto de la Eucaristía y de María, y practicar diariamente la meditación y el examen de conciencia.



UN JOVEN OBISPO DE 35 AÑOS

Tras una breve estancia en Chile (1823-25), acompañando al nuncio Juan Muzzi, volvió a Italia para hacerse cargo del Hospicio de San Miguel, una grandiosa institución religiosa, pero necesitada de una reforma a fondo. Cuando estaba consiguiendo resultados satisfactorios en su tarea, León XII le nombró en 1827, a los 35 años de edad, arzobispo de Spoleto, donde desplegó su mejor celo pastoral y donde cosechó abundantes sufrimientos. Durante la revolución de 1831, el arzobispo Mastai no quiso derramamiento de sangre, sino que se dedicó a restañar las heridas de la violencia, a conseguir la calma social y a lograr la paz y el perdón para todos.

En 1832, fue trasladado como obispo a Ímola, donde continuó con su predicación persuasiva y fecunda, con su atención asidua al crecimiento material y espiritual de su diócesis, con su preocupación por el clero y los seminaristas, con su aliento a las comunidades religiosas, logrando ganarse los corazones de sus diocesanos con su bondad, su espíritu conciliador, su tendencia reformadora y su ausencia de espíritu partidista. Todo ello colaboró a que fuera nombrado cardenal cuando apenas había cumplido los 48 años.



EL PONTIFICADO MÁS LARGO DE LA HISTORIA

Cinco años más tarde, el 16 de junio de 1845, el cardenal Mastai era elegido papa por el cónclave de cardenales, eligiendo el nombre de Pío IX, en memoria de Pío VII. Su pontificado fue el más largo de la historia, 32 años, y ciertamente difícil, pero, por eso mismo, Pío IX fue uno de los grandes papas de la Iglesia.

Como soberano de los Estados Pontificios, comenzó su pontificado con un acto de generosidad: la amnistía de todos los delitos políticos. Esto juntamente con su tendencia liberal despertó en muchos grandes esperanzas. En 1847, promulgó, para los Estados Pontificios, un decreto en defensa de una amplia libertad de prensa, y otro instituyendo la guardia civil, el consejo comunal, el Consejo de Estado y el Consejo de Ministros, y en 1848 intentó que se constituyera un Parlamento bicameral.

A Pío IX le preocupaba la cuestión de la independencia italiana, que él sentía y defendía, pero, cuando el rey del Piamonte, Carlos Alberto (1798-1849), quiso obligarle a que hiciera la guerra a los austriacos, se negó rotundamente, por lo que fue declarado traidor a Italia. Al ser asesinado el jefe de Estado, Pellegrino Rossi, el 15 de noviembre de 1848, Pío IX tuvo que refugiarse en Gaeta, en el reino de Nápoles, como huésped de Fernando II (1810-1859). Tras la proclamación de la República Romana, el 9 de febrero de 1849, se trasladó a Portici primero (4 de septiembre de 1849), desde donde regresó a Roma el 12 de abril de 1850, apoyado por los franceses, asumiendo desde entonces una posición hostil, como es comprensible, contra los liberales. No obstante, reordenó el Consejo de Estado, dio una nueva amnistía más amplia que la primera, y en 1856 aprobó los planes del ferrocarril Roma-Civitávecchia, que comenzó a funcionar en 1859. Y en 1857 visitó todos los Estados Pontificios, siendo aclamado por el pueblo en todas partes.

Pero la unificación de Italia era imparable. Víctor Manuel II (1820-1878), con su ministro Cavour, fue anexionándose inexorablemente por expropiación los diversos territorios pontificios, ante cuyo expolio Pío IX excomulgó a cuantos participaron en él. Y el 20 de septiembre de 1870 Pío IX vio cómo caía Roma en manos de los insurgentes y cómo perdía la Iglesia todos sus Estados Pontificios. La caída de los Estados Pontificios, desde el punto de vista histórico, fue un duro acto de violencia y rapiña sin paliativos. Pero, desde el punto de vista eclesial y espiritual, fue una bendición de Dios, algo providencial, pues liberó a la Iglesia de una enorme rémora que hipotecó durante doce siglos su independencia y la puso en contraste evidente con su misión de servicio universal de salvación para todos los hombres. El dolorido pontífice se encerró en el Vaticano y se consideró prisionero en él, se resistió al expolio y lo condenó, pues no era fácil para él comprender aquellos huracanes de libertad, generados en el siglo XIX ni su propia situación, en la que se sentía acosado, cercado y solo, en todos los frentes, a pesar de que tenía el cariño de todos los buenos católicos.

Sin embargo y a pesar de todo, el papa Pío IX no por eso dejó de ejercer su potestad espiritual en la Iglesia a lo largo de su larguísimo pontificado. Es más: desplegó una inmensa actividad. Su primera encíclica fue un anticipo de su programa papal y un anuncio de las condenas de la masonería y el comunismo. Firmó numerosos concordatos, como el de España en 1851, y el de Austria en 1855; restableció la jerarquía católica en Inglaterra en 1850; tres años más tarde, en 1853, en Holanda; en Escocia en 1878, y en otros muchos países de misión, a los que envió durante los años 1855 y 1856 misioneros al Polo Norte, a Birmania, a la India, a China y al Japón; definió en 1854, el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, y consagró la basílica de San Pablo, después de reconstruirla de un incendio que sufrió en 1823.

Además, publicó una serie de notables documentos magisteriales como la encíclica Quanta cura y el Syllabus (1864), en el que condenaba lo errores del modernismo y el documento Non Fxpedit(1877), sobre la participación de los católicos en la vida pública; en 1862 instituyó un dicasterio para las cuestiones orientales y en 1867 celebró, con particular solemnidad, el XVIII centenario del martirio de los apóstoles San Pedro y San Pablo en Roma.

Todavía, antes de caer Roma en poder de los insurgentes, en 1869 pudo recibir allí el homenaje de todo el mundo con motivo de sus bodas de oro sacerdotales y, el 8 de diciembre de 1869, inaugurar el Concilio Vaticano 1, la perla de su pontificado, que tuvo que suspenderse el 18 de julio de 1870, al estallar la guerra franco-prusiana. Este concilio definió como verdad dogmática la infalibilidad del papa en materia de fe y costumbres.

Ya enfermo, aún tuvo fuerzas para dirigir un discurso a los sacerdotes de la Ciudad Eterna (2 de febrero de 1878). Murió cinco días después en Roma, el 7 de febrero de 1878. Pío IX había vivido el pontificado más largo de la historia.



SEMBLANZA ESPIRITUAL

Después de más de un siglo, estudiando su vida y su obra, siempre con fama de hombre bondadoso y habiéndose probado la heroicidad de sus virtudes, Juan Pablo II lo declaró Beato el 3 de septiembre de 2000. Su semblanza espiritual la hizo Juan Pablo II el día de su beatificación al decir de Pío IX en la homilía: «En medio de los acontecimientos turbulentos de su tiempo, fue ejemplo de incondicional adhesión al depósito inmutable de las verdades reveladas. Fiel en toda circunstancia a los compromisos de su ministerio, supo siempre dar la supremacía absoluta a Dios y a los valores espirituales. Su larguísimo pontificado no fue ciertamente fácil y tuvo que sufrir mucho en el cumplimiento de su misión al servicio del Evangelio. Fue muy amado, pero también odiado y calumniado. Pero fue precisamente en medio de estos contrastes donde brilló más resplandeciente la luz de sus virtudes: las prolongadas tribulaciones fortalecieron su confianza en la divina Providencia, de cuyo soberano dominio sobre las vicisitudes humanas nunca dudó. De aquí nacía la profunda serenidad de Pío IX, incluso en medio de las incomprensiones y los ataques de tantas personas hostiles. A quien estaba a su lado gustaba decir: "En las cosas humanas hay que contentarse con hacer lo mejor que se pueda y en el resto abandonarse a la Providencia, la cual saneará los defectos y las insuficiencias del hombre". Sostenido por esta interior convicción, convocó el Concilio Ecuménico Vaticano 1, que aclaró con magistral autoridad algunas cuestiones entonces debatidas, confirmando la armonía entre la fe y la razón. En los momentos de la prueba, Pío IX encontró apoyo en María, de la que era muy devoto. Al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, recordó a todos que en las tempestades de la existencia humana brilla en la Virgen la luz de Cristo más fuerte que el pecado y que la muerte».

RAFAEL DEL OLMO, O.S.A.

ORACIÓN. Señor Dios nuestro, que, en tiempos de grandes transformaciones culturales y sociales, guiaste el camino de tu Iglesia, confiándola al seguro magisterio, al infatigable celo apostólico y a la ferviente caridad de tu siervo el papa Pío IX, te pedimos humildemente, por la intercesión de la Santísima Virgen, a quien proclamó Inmaculada, que confirmes nuestra fe, que alimentes nuestra esperanza y fortalezcas nuestra caridad.

6 feb 2015

Santo Evangelio 6 de Febrero de 2015



Día litúrgico: Viernes IV del tiempo ordinario

Santoral 6 de Febrero: San Pablo Miki y compañeros, mártires

Texto del Evangelio (Mc 6,14-29): En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto. 

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.


Comentario: Rev. D. Ferran BLASI i Birbe (Barcelona, España)
Se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes

Hoy, en este pasaje de Marcos, se nos habla de la fama de Jesús —conocido por sus milagros y enseñanzas—. Era tal esta fama que para algunos se trataba del pariente y precursor de Jesús, Juan el Bautista, que habría resucitado de entre los muertos. Y así lo quería imaginar Herodes, el que le había hecho matar. Pero este Jesús era mucho más que los otros hombres de Dios: más que aquel Juan; más que cualquiera de los profetas que hablaban en nombre del Altísimo: Él era el Hijo de Dios hecho Hombre, Perfecto Dios y perfecto Hombre. Este Jesús —presente entre nosotros—, como hombre, nos puede comprender y, como Dios, nos puede conceder todo lo que necesitamos.

Juan, el precursor, que había sido enviado por Dios antes que Jesús, con su martirio le precede también en su pasión y muerte. Ha sido también una muerte injustamente infligida a un hombre santo, por parte del tetrarca Herodes, seguramente a contrapelo, porque éste le tenía aprecio y le escuchaba con respeto. Pero, en fin, Juan era claro y firme con el rey cuando le reprochaba su conducta merecedora de censura, ya que no le era lícito haber tomado a Herodías como esposa, la mujer de su hermano.

Herodes había accedido a la petición que le había hecho la hija de Herodías, instigada por su madre, cuando, en un banquete —después de la danza que había complacido al rey— ante los invitados juró a la bailarina darle aquello que le pidiera. «¿Qué voy a pedir?», pregunta a la madre, que le responde: «La cabeza de Juan el Bautista» (Mc 6,24). Y el reyezuelo hace ejecutar al Bautista. Era un juramento que de ninguna manera le obligaba, ya que era cosa mala, contra la justicia y contra la conciencia.

Una vez más, la experiencia enseña que una virtud ha de ir unida a todas las otras, y todas han de crecer orgánicamente, como los dedos de una mano. Y también que cuando se incurre en un vicio, viene después la procesión de los otros.