20 sept 2014

Santo Evangelio 20 de Septiembre de 2014



Día litúrgico: Sábado XXIV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 8,4-15): En aquel tiempo, habiéndose congregado mucha gente, y viniendo a Él de todas las ciudades, dijo en parábola: «Salió un sembrador a sembrar su simiente; y al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino, fue pisada, y las aves del cielo se la comieron; otra cayó sobre piedra, y después de brotar, se secó, por no tener humedad; otra cayó en medio de abrojos, y creciendo con ella los abrojos, la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena, y creciendo dio fruto centuplicado». Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga». 

Le preguntaban sus discípulos qué significaba esta parábola, y Él dijo: «A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan. 

»La parábola quiere decir esto: La simiente es la Palabra de Dios. Los de a lo largo del camino, son los que han oído; después viene el diablo y se lleva de su corazón la Palabra, no sea que crean y se salven. Los de sobre piedra son los que, al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero éstos no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten. Lo que cayó entre los abrojos, son los que han oído, pero a lo largo de su caminar son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a madurez. Lo que cae en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia».


Comentario: Rev. D. Lluís RAVENTÓS i Artés (Tarragona, España)
Lo que cae en buena tierra, son los que (...) dan fruto con perseverancia

Hoy, Jesús nos habla de un sembrador que salió «a sembrar su simiente» (Lc 8,5) y aquella simiente era precisamente «la Palabra de Dios». Pero «creciendo con ella los abrojos, la ahogaron» (Lc 8,7). 

Hay una gran variedad de abrojos. «Lo que cayó entre los abrojos, son los que han oído, pero a lo largo de su caminar son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a madurez» (Lc 8,14). 

—Señor, ¿acaso soy yo culpable de tener preocupaciones? Ya quisiera no tenerlas, ¡pero me vienen por todas partes! No entiendo por qué han de privarme de tu Palabra, si no son pecado, ni vicio, ni defecto.

—¡Porque olvidas que Yo soy tu Padre y te dejas esclavizar por un mañana que no sabes si llegará! 

«Si viviéramos con más confianza en la Providencia divina, seguros —¡con una firmísima fe!— de esta protección diaria que nunca nos falta, ¡cuántas preocupaciones o inquietudes nos ahorraríamos! Desaparecerían un montón de quimeras que, en boca de Jesús, son propias de paganos, de hombres mundanos (cf. Lc 12,30), de las personas que son carentes de sentido sobrenatural (...). Yo quisiera grabar a fuego en vuestra mente —nos dice san Josemaría— que tenemos todos los motivos para andar con optimismo en esta tierra, con el alma desasida del todo de tantas cosas que parecen imprescindibles, puesto que vuestro Padre sabe muy bien lo que necesitáis! (cf. Lc 12,30), y Él proveerá». Dijo David: «Pon tu destino en manos del Señor, y él te sostendrá» (Sal 55,23). Así lo hizo san José cuando el Señor lo probó: reflexionó, consultó, oró, tomó una resolución y lo dejó todo en manos de Dios. Cuando vino el Ángel —comenta Mn. Ballarín—, no osó despertarlo y le habló en sueños. En fin, «Yo no debo tener más preocupaciones que tu Gloria..., en una palabra, tu Amor» (San Josemaría).

19 sept 2014

Santo Evangelio 19 de Septiembre de 2014


Día litúrgico: Viernes XXIV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 8,1-3): En aquel tiempo, Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.


Comentario: Rev. D. Jordi PASCUAL i Bancells (Salt, Girona, España)
Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios

Hoy, nos fijamos en el Evangelio en lo que sería una jornada corriente de los tres años de vida pública de Jesús. San Lucas nos lo narra con pocas palabras: «Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva» (Lc 8,1). Es lo que contemplamos en el tercer misterio de Luz del Santo Rosario.

Comentando este misterio dice el Papa Juan Pablo II: «Misterio de luz es la predicación con la que Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión, perdonando los pecados de quien se acerca a Él con fe humilde, iniciando así el misterio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia».

Jesús continúa pasando cerca de nosotros ofreciéndonos sus bienes sobrenaturales: cuando hacemos oración, cuando leemos y meditamos El Evangelio para conocerlo y amarlo más e imitar su vida, cuando recibimos algún sacramento, especialmente la Eucaristía y la Penitencia, cuando nos dedicamos con esfuerzo y constancia al trabajo de cada día, cuando tratamos con la familia, los amigos o los vecinos, cuando ayudamos a aquella persona necesitada material o espiritualmente, cuando descansamos o nos divertimos... En todas estas circunstancias podemos encontrar a Jesús y seguirlo como aquellos doce y aquellas santas mujeres.

Pero, además, cada uno de nosotros es llamado por Dios a ser también “Jesús que pasa”, para hablar —con nuestras obras y nuestras palabras— a quienes tratamos acerca de la fe que llena de sentido nuestra existencia, de la esperanza que nos mueve a seguir adelante por los caminos de la vida fiados del Señor, y de la caridad que guía todo nuestro actuar.

La primera en seguir a Jesús y en “ser Jesús” es María. ¡Que Ella con su ejemplo y su intercesión nos ayude!

San Andrés Kim y Compañeros Mártires 20 de Setiembre

San Andrés Kim y Compañeros Mártires
20 de Setiembre

San Andrés Kim y Compañeros MártiresLa fiesta que hoy recordamos es conocida como la de San Andrés Kim y Compañeros Mártires. Fue la primera canonización que se realizó fuera de Roma en los últimos 700 años, y es que la situación lo ameritaba, porque estaban siendo premiados con la santidad el primer sacerdote coreano y sus 102 compañeros.

San Andrés Kim, el primer sacerdote de la Iglesia en el oriente, creció comprendiendo el valor de defender su fe. Él nació el 21 de agosto de 1821, años antes su bisabuelo había muerto martirizado, y cuando sólo era un niño, tuvo que afrontar por el mismo motivo, la muerte de su padre, mientras su madre era destinada a vivir en la calle y pedir limosna, debido a la represión religiosa que azotó Corea hasta finales del siglo XIX, y que hoy, un siglo más tarde, sigue estando vigente.

En 1836 Andrés fue elegido como seminarista por un misionero que pasaba por su población. En 1844 fue ordenado diácono en China y un año más tarde ordenado sacerdote en Shangai. De allí se dirigió nuevamente a Corea en donde cumplió la gran parte de su trabajo pastoral. 

Sirvió al Señor como sacerdote sólo un año y pocos meses. En junio de 1846 fue arrestado y enviando a una cárcel en Seúl; allí estuvo tres meses y el 16 de septiembre fue decapitado, cuando apenas tenía 26 años. Entre sus pertenencias se encontró una carta en coreano, dirigida a sus fieles. “En este difícil tiempo, para ser victorioso se debe permanecer firme usando toda nuestra fuerza y habilidades como valientes soldados completamente armados en el campo de batalla”. 

Junto con el padre Kim se destaca la canonización del laico Pablo Chong, nacido en Korea en 1795. Sus padres, una hermana y un hermano, fueron martirizados entre los años 1801 y 1839. Cuando tenía 20 años partió hacia Seúl para tratar de reconstruir la Iglesia en este lugar. Decidió intentar llevar misioneros al país pero sus intentos se vieron bloqueados por la misma persecución, uno de ellos, murió antes de poder ingresar al país. 

En 1839, a la edad de 45 años, fue arrestado por ser considerado como uno de los que había intentado llevar misioneros extranjeros a Korea. Fue decapitado en Seúl el 22 de septiembre. 

Las figuras del Padre Andrés y de Pablo Chong son sólo una pequeña muestra de la persecución religiosa de las que son víctimas los cristianos en el oriente. En la actualidad los católicos no gozan de plena libertad para practicar su fe y como sucedió con estos santos, siguen siendo perseguidos por sus creencias. 

Su amor a Dios y la Iglesia fue reconocido el 19 de junio de 1988, cuando el Papa Juan Pablo II canonizó y proclamo santos a 117 mártires que derramaron su sangre en la Conchinchina, Annam y Tonkín, en la actualidad el norte de Vietnam. Entre los mártires había 11 españoles, un grupo de franceses, y los demás coreanos. Ellos murieron víctimas de suplicios, hambre, sed, asfixia, insultos y burlas. Murieron perdonando todo lo que les habían hecho.

San Genaro y compañeros mártires, 19 de Septiembre

San Genaro y Compañeros Mártires
19 de Setiembre

San Genaro fue Obispo de Benevento. Se cree que San Genaro sufrió persecución por Diocleciano, c.305. Con respecto a la historia de su vida y martirio conocemos bastante poco. Las colecciones varias de “Hechos”, aunque numerosas (cf. Biblioteca Hagiographica Latina, n. 4115-4140) son extremadamente tardías y poco confiables. Beda (c. 733) en su “Martyrologium” sintetizó la llamada “Acta Bononiensia” (ver Quentin, “Les Martyrologes historiques”, 76). Podemos rastrear desde esta fuente la siguiente acepción en el actual Martirologio Romano, aunque la referencia del milagro de la licuefacción es una adición de una fecha más reciente. “En Pozzuoli en Campania [la memoria] de los santos mártires Jenaro, Obispo de Benevento, Festo, y Desiderio, lector, junto con Socio, diácono de la iglesia de Misenas, Próculo, diácono de Pozzouli, Eutiques y Acucio, quienes tras sufrir cadenas y prisión fueron decapitados en el tiempo el Emperador Diocleciano. El cuerpo de San Genaro fue llevado a Nápoles, donde fue sepultado honorablemente en la iglesia, donde su santa sangre es conservada en una redoma de cristal y al estar cerca de su cabeza, se torna líquida y burbujea como si estuviera fresca.”

En el Breviario se da un recuento más largo. Ahí se nos dice que “Timoteo, Presidente de Campania”, fue el oficial que condenó a los mártires, que Genaro fue arrojado a un horno ardiente, pero las llamas no lo tocaban, y que después el santo y sus compañeros fueron expuestos a bestias salvajes en el anfiteatro sin ningún efecto. Timoteo, al declarar que eso se debía a la magia y ordenar la decapitación de los mártires, fue atacado por la ceguera, pero Genaro lo curó y cinco mil personas fueron convertidas a Cristo antes de que los mártires fueran degollados. Entonces, como dice la lección del Breviario, “las ciudades de esas costas pelearon por obtener los cuerpos para honrarse como sus sepulcros y asegurarse de tenerlos como abogados ante Dios. Por Su Voluntad, las reliquias de Genaro fueron llevadas finalmente a Nápoles, después de haber sido trasladadas de Pozzuoli a Benevento y de ahí a Monte Vergine. Cuando las reliquias llegaron de ese lugar a Nápoles, fueron puestas en la iglesia principal y han alcanzado gran fama por los abundantes milagros. Entre estos resulta destacable el haber calmado erupciones del Monte Vesubio, cuando pareció que tanto las cercanías como lugares alejados iban a ser destruidos. También es bastante conocido y constituye un hecho claro que se puede ver hasta nuestros días, que la sangre de San Jenaro, que se conserva seca en un pequeña redoma de cristal, se pone a la vista de la cabeza de dicho mártir, empieza a bullir y a burbujear de una forma muy extraña, como si estuviera fresca y recién derramada.”

Milagro de licuefacción

Es especialmente este milagro de la licuefacción el que ha dado celebridad al nombre de Genaro y en esto ocuparemos nosotros nuestra atención. Establezcamos cuanto antes que la suposición de truco o impostura deliberada está fuera de cuestión, como ahora están dispuestos a admitir los oponentes honestos. Por más de cuatrocientos años ha ocurrido la licuefacción en intervalos frecuentes. Si fuera un truco sería necesario admitir que todos los arzobispos de Nápoles y un sinnúmero de eclesiásticos eminentes por su saber y muchas veces por su gran santidad fueron cómplices del fraude, así como un número de funcionarios seglares; porque la reliquia está tan protegida, que su exposición requiere de la presencia de tanto autoridades civiles como eclesiásticas.

Además, en todos estos cuatrocientos años, ninguno de los muchos que bajo la suposición de un fraude han estado en la secreta, ha dado alguna explicación o revelado cómo ocurre el aparente milagro. Un fuerte testimonio de esta verdad es el hecho de que incluso en estos tiempos los oponentes racionalistas a una explicación sobrenatural están totalmente en desacuerdo sobre cómo debe ser el fenómeno. Lo que en verdad ocurre puede ser descrito así en forma breve:

En un relicario de plata que de alguna manera sugiere por su forma y tamaño una pequeña lámpara de carruaje dos redomas están unidas. La menor contiene sólo restos de sangre y no nos ocuparemos de ella aquí. La más grande, un frasquito con forma de garrafa de diez centímetros de altura y cerca de cinco y medio de diámetro, está llena en más de la mitad con una masa oscura y sólida, absolutamente opaca cuando es llevada ante la luz y mostrando ningún desplazamiento cuando el relicario es volteado hacia abajo. Ambos frascos parecen estar fijados en la cavidad del relicario por medio de algún poderoso pegamento, pues están herméticamente sellados. Es más, debido al hecho de que la masa oscura en el frasco está protegida por el grosor del cristal, presumiblemente es poco afectada por la temperatura del aire que lo rodea. Dieciocho veces cada año -1) el sábado anterior al primer domingo de mayo y los ocho días siguientes, 2) en la fiesta de San Genaro (19 de septiembre) y durante la octava, y 3) el 16 de diciembre- un busto de plata en que se cree contiene la cabeza del Santo es expuesto en el altar y el relicario ya descrito es sacado y llevado por el oficiante a la vista de la concurrencia. La gente reza, implorando que ocurra el milagro, mientras que un grupo de mujeres pobres conocidas como “zie di San Gennaro” (tías de San Genaro), que se distinguen especialmente por su fervor y a veces, cuando el milagro se demora, por la extravagancia de sus súplicas.

El oficiante usualmente toma el relicario por sus extremos, sin tocar el cristal, y de cuando en cuando lo voltea hacia abajo para advertir cualquier movimiento perceptible en la masa oscura de la redoma. Después de un intervalo de duración variable, usualmente no menos de dos minutos o más de una hora; se ve que la masa gradualmente se separa de los lados de la redoma, se torna líquida y de un color más o menos carmesí, y en algunas ocasiones comienza a derretirse y burbujear, aumentando su volumen. Entonces el oficiante anuncia: “Il miracolo é fatto”, se canta un Te Deum y el relicario conteniendo la sangre licuefacta es llevado a la balaustrada del altar donde los fieles pueden venerarlo besando el depósito. Rara vez la licuefacción ha dejado de ocurrir en las exposiciones de mayo o septiembre, pero en la del 16 de diciembre la masa permanece sólida más frecuentemente. Es por eso que muchos consideran el fenómeno de la licuefacción como producido por los efectos del calor. Sostienen que existen ciertas sustancias (p. e. una mezcla de aceite de ballena con éter) que tienen un punto de ebullición bastante bajo. El calor producido por las manos del oficiante, la apretada multitud de espectadores, las luces del altar y en particular la vela que antiguamente se ponía cerca al relicario para permitir a la gente ver que la masa estaba opaca, combinado con el aumento de la temperatura del aire hasta el punto de derretir la sustancia en la redoma –que se asume que es sangre aunque nunca nadie la ha analizado –. Es más, desde los primeros años del siglo dieciocho, científicos escépticos, usando ciertos compuestos químicos, han reconstruido el milagro con mayor o menor éxito; esto es que han sido capaces de exhibir alguna sustancia roja que a pesar de ser en un principio aparentemente sólida, acaba por derretirse después de un intervalo de tiempo sin ninguna aplicación directa de calor. 
Sin embargo, puede decirse con absoluta confianza que la teoría del calor no produce ninguna explicación adecuada a los fenómenos observados.

Pruebas

Desde hace más de un siglo se han realizado cuidadosas observaciones de la temperatura del aire en las cercanías de la reliquia durante estas ocasiones y se ha guardado registros. Lo cierto es que acorde a las memorias científicas de los profesores Fergola, Punzo y Speindeo no hay ninguna relación directa entre la temperatura, el tiempo y la forma de la licuefacción. Muchas veces cuando el termómetro ha estado a 25 grados centígrados y hasta más, la licuefacción se ha demorado hasta por veinte minutos e inclusive por cuarenta; mientras que por otro lado el contenido de la redoma algunas veces se fundió en un tiempo considerablemente menor estando el termómetro en 18 o 15 grados. Es más, la teoría del calor no puede ser tomada en cuenta bajo ningún motivo por otro hecho remarcable, observado desde hace doscientos años. La masa que se derrite incrementa su volumen, pero no retorna necesariamente a su volumen original. A veces se ve que toda la redoma está ocupada y otras veces poco más de la mitad. Esto ha llevado a que un científico napolitano, el profesor Albini, sugiera que una nueva teoría física se deriva de observar el comportamiento de un fluido viscoso como la miel parcialmente congelada. Conjetura que la sustancia desconocida de la redoma consiste en una materia sólida altamente dividida que se mantiene suspendida por una cantidad desproporcionadamente pequeña de líquido.

Cuando finalmente el líquido se hunde en el fondo de la redoma , mientras las partículas sólidas forman una suerte de corteza que no se mueve fácilmente cuando el recipiente es puesto hacia abajo. Sin embargo se alcanza la cohesión mediante movimientos repetidos como los que experimenta el relicario mientras se espera impacientemente la licuefacción. Después ese líquido viscoso se endurece fácilmente en las paredes del recipiente y permite la aparición de grandes burbujas de aire que originan la ilusoria apariencia de un cambio de volumen. El profesor Albini sostiene haber reproducido el fenómeno con un compuesto de chocolate en polvo y suero lácteo. Por otro lado, aquellos que han estudiado de cerca el proceso de la licuefacción del contenido de la redoma declaran que tal explicación es absolutamente imposible. Además parecen existir ejemplos de licuefacción bastante probados que ocurren tanto en este caso como en similares reliquias de sangre cuando el relicario no ha sufrido el más mínimo movimiento.

Por consiguiente se ha sugerido que el fenómeno ocurre debido a cierta forma de fuerza psíquica. (ver Di Pace, “Ipotesi scientifica sulla Liquefazione”, etc., Nápoles, 1905) La concentración de pensamiento y voluntad de la multitud expectante y especialmente de las “tías de San Genaro”, tiene capacidad para producir un efecto físico. Pero a esto se debe presentar el hecho de que la licuefacción ha ocurrido muchas veces de manera inesperada y en la presencia de muy pocos espectadores.

Probablemente la dificultad más seria contra el carácter milagroso del fenómeno se deriva del hecho de la misma licuefacción ocurre en el caso de otras reliquias, casi todas conservadas en las cercanías de Nápoles o de origen napolitano. Entre estas reliquias se incluyen la sangre de San Juan Bautista, San Esteban el Protomártir, San Pantaleón, Santa Patricia, San Nicolás de Tolentino y San Luis Gonzaga, entre otros. En el caso de la supuesta licuefacción de la llamada “Sangre de Nuestra Señora” o la de la grasa de Santo Tomás de Aquino quizás nos encontremos ante pura ficción, pero en las redomas tradicionalmente asociadas con los nombres de San Juan Bautista, San Esteban y San Pantaleón indudablemente exhiben en sus respectivos días de fiesta fenómenos exactamente análogos a los ocurridos en el caso de la más famosa reliquia de San Genaro. Además ha sido comprobado por testigos oculares de crédito científico y alta respetabilidad que un bloque de basalto en Pozzuoli, que tiene fama de llevar restos de sangre de San Genaro, se torna vívidamente rojo por un corto tiempo en mayo y septiembre a la misma hora en que el milagro de la licuefacción tiene lugar en Nápoles.

La ciencia

Tres puntos sostenidos por investigaciones recientes parecen merecer especial atención:

Parece que el primer registro seguro de la licuefacción de la sangre de San Genaro data de 1389. (ver de Blassis, “Chronicon Siculum incerti auctoris”, Nápoles, 1887, 85) y no de 1456 como se suponía antiguamente.

En 1902 se le permitió al profesor Sperindeo pasar un rayo de luz a través de la parte superior de la redoma durante la licuefacción y examinarlo espectroscópicamente. El experimento arrojó líneas distintivas del espectro de la sangre. Esto, sin embargo, solo prueba que existe alguna cantidad de muestras de sangre en el contenido de la redoma.

Lo más notable de todo es que la evidente variación en el volumen de la reliquia llevó entre 1902 y 1904 a una serie de experimentos en los cuales todo el relicario fue pesado en una balanza bastante exacta. Se encontró que el peso no era más constante que el volumen, y que el peso del relicario cuando la sangre llenaba toda la cavidad de la redoma excedía por 26 gramos el peso de la redoma cuando parecía medio llena. Esta gran diferencia hace que sea imposible creer tal variación substancial en el peso se deba a un error de observación.

Estamos obligados a aceptar el hecho de que, contrariamente a toda ley conocida, un cambio ocurre en los contenidos del recipiente herméticamente cerrado, que los hace más pesados o más ligeros en proporción aproximada a su volumen aparente. (Cavène,333-39). La realidad del milagro de San Genaro ha sido repetidamente sujeto de controversia. Ha tenido que ver con muchas conversiones al catolicismo, notablemente la del viejo Herder. Sin embargo, desafortunadamente se han hecho alegaciones de veredictos favorables expresados por hombres de ciencia de nota, que no siempre son comprobables. El supuesto testimonio del gran químico sir Humphry Davy, que aparentemente expresó su creencia en la autenticidad del milagro parecer ser uno de estos casos.

Aunque en muchos aspectos peca de poco crítico, el mejor recuento del milagro de San Genaro es el de CAVENE Le Célèbre Miracle de S. Janvier (Paris, 1909). Desde el punto de vista histórico mayores detalles históricos pueden encontrarse en TAGLIALATELA, Memorie Storicocritiche del Culto e del Sangue di S. Gennaro (Naples, 1896). Entre otros trabajos puede mencionarse: JANUARIO, Il Sangue di S. Gennaro (Naples, 1902); dos artículos por SILVA y SPERINDEO en el Ommagio della Rivista di Scienze e Lettere, por el aniversario del martirio del santo en 1905; SPERINDEO, Il Miracolo di S. Genaro (3ra ed., Naples, 1908); THURSTON en The Tablet, 22 y 29 May, 1909, seguido por una correspondencia en el mismo periódico. Más antiguos son PUNZO, La Teca di S. Genaro (Naples, 1880); IDEM, Indagini ed osservazioni sulla Teca (Naples, 1890); ALBINI in Rendiconti dell' Accademia delle Scienze fisiche e matematiche (Società Reale di Napoli), serie II, vol. IV (1890), 24-27; Acta SS., 19 Sept. Existe un excelente artículo de LECANU en MIGNE, Dictionnaire des Prophéties et des Miracles (1852), 1010-1016. Libros más antiguos, como los de PUTIGNANI, TUTINI, FALCONE, etc., son demasiado numerosos para mencionarlos y son en gran parte muy poco e incluso nada críticos. Los muchos "Hechos" de San Genaro han sido editados por SCHERILLO en Atti Accad. Archeol. Napoli, VIII (1876), pt. I, 147-330. Para mayor información bibliográfica: CHEVALIER, Bio-Bibl.

HERBERT THURSTON 
Transcrito por Robert B. Olson 
Ofrecido a Dios Todopoderoso para Brian C. Olson. 
Traducido por César Félix Sánchez Martínez 
FUENTE: www.enciclopediacatolica.com

18 sept 2014

Santo Evangelio 18 de Septiembre de 2014


Día litúrgico: Jueves XXIV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 7,36-50): En aquel tiempo, un fariseo rogó a Jesús que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de Jesús, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. 

Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora». Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Él dijo: «Di, maestro». «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?». Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más». Él le dijo: «Has juzgado bien», y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra». 

Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?». Pero Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz».


Comentario: Mons. José Ignacio ALEMANY Grau, Obispo Emérito de Chachapoyas (Chachapoyas, Perú)
«A los pies de Jesús, comenzó a llorar»

Hoy, Simón fariseo, invita a comer a Jesús para llamar la atención de la gente. Era un acto de vanidad, pero el trato que dio a Jesús al recibirlo, no correspondió ni siquiera a lo más elemental.

Mientras cenan, una pecadora pública hace un gran acto de humildad: «Poniéndose detrás, a los pies de Jesús, comenzó a llorar y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume» (Lc 7,38).

El fariseo, en cambio, al recibir a Jesús no le dio el beso del saludo, agua para sus pies, toalla para secarlos, ni le ungió la cabeza con aceite. Además el fariseo piensa mal: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora» (Lc 7,39). ¡De hecho, el que no sabía con quién trataba era el fariseo!

El Papa Francisco ha insistido mucho en la importancia de acercarse a los enfermos y así “tocar la carne de Cristo”. Al canonizar a santa Guadalupe García, Francisco dijo: «Renunciar a una vida cómoda para seguir la llamada de Jesús; amar la pobreza, para poder amar más a los pobres, enfermos y abandonados, para servirles con ternura y compasión: esto se llama “tocar la carne de Cristo”. Los pobres, abandonados, enfermos y los marginados son la carne de Cristo». Jesús tocaba a los enfermos y se dejaba tocar por ellos y los pecadores. 

La pecadora del Evangelio tocó a Jesús y Él estaba feliz viendo cómo se transformaba su corazón. Por eso le regaló la paz recompensando su fe valiente. —Tú, amigo, ¿te acercas con amor para tocar la carne de Cristo en tantos que pasan junto a ti y te necesitan? Si sabes hacerlo, tu recompensa será la paz con Dios, con los demás y contigo mismo.


Comentario: Rev. D. Ferran JARABO i Carbonell (Agullana, Girona, España)
Tu fe te ha salvado. Vete en paz

Hoy, el Evangelio nos llama a estar atentos al perdón que el Señor nos ofrece: «Tus pecados quedan perdonados» (Lc 7,48). Es preciso que los cristianos recordemos dos cosas: que debemos perdonar sin juzgar a la persona y que hemos de amar mucho porque hemos sido perdonados gratuitamente por Dios. Hay como un doble movimiento: el perdón recibido y el perdón amoroso que debemos dar.

«Cuando alguien os insulte, no le echéis la culpa, echádsela al demonio en todo caso, que le hace insultar, y descargad en él toda vuestra ira; en cambio, compadeced al desgraciado que obra lo que el diablo le hace obrar» (San Juan Crisóstomo). No se debe juzgar a la persona sino reprobar el acto malo. La persona es objeto continuado del amor del Señor, son los actos los que nos alejan de Dios. Nosotros, pues, hemos de estar siempre dispuestos a perdonar, acoger y amar a la persona, pero a rechazar aquellos actos contrarios al amor de Dios.

«Quien peca lesiona el honor de Dios y su amor, su propia dignidad de hombre llamado a ser hijo de Dios y el bien espiritual de la Iglesia, de la que cada cristiano ha de ser piedra viva» (Catecismo de la Iglesia, n. 1487). A través del Sacramento de la Penitencia la persona tiene la posibilidad y la oportunidad de rehacer su relación con Dios y con toda la Iglesia. La respuesta al perdón recibido sólo puede ser el amor. La recuperación de la gracia y la reconciliación ha de conducirnos a amar con un amor divinizado. ¡Somos llamados a amar como Dios ama!

Preguntémonos hoy especialmente si nos damos cuenta de la grandeza del perdón de Dios, si somos de aquellos que aman a la persona y luchan contra el pecado y, finalmente, si acudimos confiadamente al Sacramento de la Reconciliación. Todo lo podemos con el auxilio de Dios. Que nuestra oración humilde nos ayude.

San José de Cupertino, 18 de Septiembre

San Jose de Cupertino
18 de Setiembre

San Jose de CupertinoNació en 1603, en el seno de una familia muy pobre. Al poco tiempo falleció su padre, y su madre lo trató con extrema dureza pues lo consideraba como una carga para él. 

Debido a su torpeza y despreocupación fue expulsado del convento de los capuchinos por lo que tuvo que regresar a la miseria y desprecio de su hogar; sin embargo ante los ruegos de su madre a su hermano, que era fraile franciscano, San José fue admitido como criado en el monasterio de Grottella. Entonces se produjo un cambio radical en la vida de Josè: desempeñó con notable destreza los deberes que se le encomendaban, y con su humildad, su dulzura su amor por la mortificaciòn y la penitencia se ganó el afecto y repeto de todos, logrando ser admitido entre los religiosos del coro. 

En 1628 fue ordenado sacerdote y pasaba horas entregado a los trabajos manuales domésticos y de rutina. Desde el momento de su ordenaciòn, la existencia de San José fue una serie ininterrumpida de éxtasis, curaciones milagrosa y sucesos sobrenaturales que despertaron la envidia y la admiración de muchas personas. 

Por razones que se desconocen, el santo fue sacado de su comunidad y fue puesto a cargo de los capuchinos en calidad de fraile solitario en las colinas de Pietrarosa, donde debía vivir en estricta reclusión; sin embargo no duró mucho tiempo su aislamiento, debido a que los peregrinos descubrieron su escondite y comenzaron a poblar el lugar. Fue trasladado a otro monasterio capuchino en Osimo, donde fue más estricta su reclusión. El 10 de agosto de 1663 se sintió enfermo, falleciendo cinco semanas después a la edad de sesenta años. Fue canonizado en 1767.

17 sept 2014

Santo Evangelio 17 de Septiembre de 2014


Día litúrgico: Miércoles XXIV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 7,31-35): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonando endechas, y no habéis llorado’. Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: ‘Demonio tiene’. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos».


Comentario: Rev. D. Xavier SERRA i Permanyer (Sabadell, Barcelona, España)
¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación?

Hoy, Jesús constata la dureza de corazón de la gente de su tiempo, al menos de los fariseos, que están tan seguros de sí mismos que no hay quien les convierta. No se inmutan ni delante de Juan el Bautista, «que no comía pan ni bebía vino» (Lc 7,33), y le acusaban de tener un demonio; ni tampoco se inmutan ante el Hijo del hombre, «que come y bebe», y le acusan de “comilón” y “borracho”, es más, de ser «amigo de publicanos y pecadores» (Lc 7,34). Detrás de estas acusaciones se esconden su orgullo y soberbia: nadie les ha de dar lecciones; no aceptan a Dios, sino que se hacen su Dios, un Dios que no les mueva de sus comodidades, privilegios e intereses.

Nosotros también tenemos este peligro. ¡Cuántas veces lo criticamos todo: si la Iglesia dice eso, porque dice aquello, si dice lo contrario...; y lo mismo podríamos criticar refiriéndonos a Dios o a los demás. En el fondo, quizá inconscientemente, queremos justificar nuestra pereza y falta de deseo de una verdadera conversión, justificar nuestra comodidad y falta de docilidad. Dice san Bernardo: «¿Qué más lógico que no ver las propias llagas, especialmente si uno las ha tapado con el fin de no poderlas ver? De esto se sigue que, ulteriormente, aunque se las descubra otro, defienda con tozudez que no son llagas, dejando que su corazón se abandone a palabras engañosas».

Hemos de dejar que la Palabra de Dios llegue a nuestro corazón y nos convierta, dejar cambiarnos, transformarnos con su fuerza. Pero para eso hemos de pedir el don de la humildad. Solamente el humilde puede aceptar a Dios, y, por tanto, dejar que se acerque a nosotros, que como “publicanos” y “pecadores” necesitamos que nos cure. ¡Ay de aquél que crea que no necesita al médico! Lo peor para un enfermo es creerse que está bueno, porque entonces el mal avanzará y nunca pondrá remedio. Todos estamos enfermos de muerte, y solamente Cristo nos puede salvar, tanto si somos conscientes de ello como si no. ¡Demos gracias al Salvador, acogiéndolo como tal!