12 ago 2014

Santo Evangelio 12 de Agosto de 2014

Día litúrgico: Martes XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 18,1-5.10.12-14): En una ocasión, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?». Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos. ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños».


Comentario: Rev. D. Valentí ALONSO i Roig (Barcelona, España)
No es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños

Hoy, el Evangelio nos vuelve a revelar el corazón de Dios. Nos hace entender con qué sentimientos actúa el Padre del cielo en relación con sus hijos. La solicitud más ferviente es para con los pequeños, aquellos hacia los cuales nadie presta atención, aquellos que no llegan al lugar donde todo el mundo llega. Sabíamos que el Padre, como Padre bueno que es, tiene predilección por los hijos pequeños, pero hoy todavía nos damos cuenta de otro deseo del Padre, que se convierte en obligación para nosotros: «Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3).

Por tanto, entendemos que aquello que valora el Padre no es tanto "ser pequeño", sino "hacerse pequeño". «Quien se haga pequeño (...), ése es el mayor en el Reino de los Cielos» (Mt 18,4). Por esto, podemos entender nuestra responsabilidad en esta acción de empequeñecernos. No se trata tanto de haber sido uno creado pequeño o sencillo, limitado o con más capacidades o menos, sino de saber prescindir de la posible grandeza de cada uno para mantenernos en el nivel de los más humildes y sencillos. La verdadera importancia de cada uno está en asemejarnos a uno de estos pequeños que Jesús mismo presenta con cara y ojos.

Para terminar, el Evangelio todavía nos amplía la lección de hoy. Hay, ¡y muy cerca de nosotros!, unos "pequeños" que a veces los tenemos más abandonados que a los otros: aquellos que son como ovejas que se han descarriado; el Padre los busca y, cuando los encuentra, se alegra porque los hace volver a casa y no se le pierden. Quizá, si contemplásemos a quienes nos rodean como ovejas buscadas por el Padre y devueltas, más que ovejas descarriadas, seríamos capaces de ver más frecuentemente y más de cerca el rostro de Dios. Como dice san Asterio de Amasea: «La parábola de la oveja perdida y el pastor nos enseña que no hemos de desconfiar precipitadamente de los hombres, ni desfallecer al ayudar a los que se encuentran con riesgo».

Beato Carlos Leisner 12 de Agosto


Beato Carlos Leisner
12 de Agosto


Beato Carlos Leisner

Nació en Rees/Niederrhein el 28 de febrero de 1915, se crió en Kleve y de estudiante de bachillerato ingresó en el Movimiento Juvenil Católico. En dicho Movimiento, además de disfrutar de la comunidad con los jóvenes y de poder realizar largos viajes, adquiere conocimientos de las Sagradas Escrituras y sobre todo de la Eucaristía. En su diario escribe: „Cristo – Tú eres mi pasión!“.

Karl Leisner desea ser sacerdote. El obispo de Münster le asigna el cargo de director de la juventud diocesana. La Gestapo le observa. Durante el año de estancia en Friburgo le conmueven duras luchas interiores: sacerdocio o matrimonio y familia? El 25 de marzo de 1939 es ordenado diácono. En pocos meses debería recibir las sagradas órdenes.

La Divina Providencia designa otra cosa: Una repentina tuberculosis le obliga a permanecer en St. Blasien en la Selva Negra. Allá, el 8 de noviembre de 1939, es detenido por la Gestapo a causa de un comentario hecho en relación con el atentado contra Hitler: cárcel en Friburgo.

Internamiento en el campo de concentración de Sachsenhausen y de allá, en 1940, traslado al campo de concentración de Dachau en el que sucede lo inesperado: el 17 de diciembre de 1944, en el bloque 26, y con gran peligro para todos los participantes, el moribundo diácono, Karl Leisner, es ordenado sacerdote por el obispo Gabriel Piguet, recluso francés. El nuevo sacerdote celebra su primera y única Santa Misa el día de San Esteban, en el año 1944. El 4 de mayo de 1945 es puesto en libertad.

Pasa sus últimas semanas en el sanatorio antituberculoso de Planegg en Munich. Sólo dos pensamientos absorben su mente: el amor y la penitencia. Entregado al amor de Dios, a ese amor en el que él creyó y que deseó transmitir a los hombres, fallece el 12 de agosto. La última inscripción de su diario reza: „Bendice, Oh Altísimo también a mis enemigos!“.

Sus restos mortales reposan en la cripta de la Catedral de Xanten.

El 23 de junio de 1996 Karl Leisner fue beatificado por el Papa Juan Pablo II, quién en parte de su homilía señaló: “La prueba de un seguimiento auténtico de Cristo no consiste en las lisonjas del mundo, sino en dar testimonio fiel de Cristo Jesús. El Señor no pide a sus discípulos una confesión de compromiso con el mundo, sino una confesión de fe, que esté dispuesta incluso a ofrecerse en sacrificio. Karl Leisner dio testimonio de esto no sólo con palabras, sino también con su vida y su muerte: en un mundo que se había vuelto inhumano.

(…) Cristo es la vida: ésta fue la convicción por la que vivió y por la que, finalmente, murió Karl Leisner. Apóstol de una profunda devoción mariana, a la que lo impulsó el padre Kentenich y el movimiento de Schoenstatt”.

11 ago 2014

Santo Evangelio 11 de Agosto de 2014

Día litúrgico: Lunes XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 17,22-27): En aquel tiempo, yendo un día juntos por Galilea, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará». Y se entristecieron mucho. 

Cuando entraron en Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los que cobraban el didracma y le dijeron: «¿No paga vuestro Maestro el didracma?». Dice él: «Sí». Y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle: «¿Qué te parece, Simón?; los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?». Al contestar él: «De los extraños», Jesús le dijo: «Por tanto, libres están los hijos. Sin embargo, para que no les sirvamos de escándalo, vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter. Tómalo y dáselo por mí y por ti».


Comentario: P. Joaquim PETIT Llimona, L.C. (Barcelona, España)
Yendo un día juntos por Galilea

Hoy, la liturgia nos ofrece diferentes posibilidades para nuestra consideración. Entre éstas podríamos detenernos en algo que está presente a lo largo de todo el texto: el trato familiar de Jesús con los suyos.

Dice san Mateo que Jesús y los discípulos iban «yendo un día juntos por Galilea» (Mt 17,22). Pudiera parecer algo evidente, pero el hecho de mencionar que iban juntos nos muestra cómo el evangelista quiere remarcar la cercanía de Cristo. Luego les abre su Corazón para confiarles el camino de su Pasión, Muerte y Resurrección, es decir, algo que Él lleva muy adentro y que no quiere que, aquellos a quienes tanto ama, ignoren. Posteriormente, el texto recoge el episodio del pago de los impuestos, y también aquí el evangelista nos deja entrever el trato de Jesús, poniéndose al mismo nivel que Pedro, contraponiendo a los hijos (Jesús y Pedro) exentos del pago y los extraños obligados al mismo. Cristo, finalmente, le muestra cómo conseguir el dinero necesario para pagar no sólo por Él, sino por los dos y no ser, así, motivo de escándalo.

En todos estos rasgos descubrimos una visión fundamental de la vida cristiana: es el afán de Jesús por estar con nosotros. Dice el Señor en el libro de los Proverbios: «Mi delicia es estar con los hijos de los hombres» (Prov 8,31). ¡Cómo cambia, esta realidad, nuestro enfoque de la vida espiritual en la que a veces ponemos sólo la atención y el acento en lo que nosotros hacemos, como si eso fuera lo más importante! La vida interior ha de centrase en Cristo, en su amor por nosotros, en su entrega hasta la muerte por mí, en su constante búsqueda de nuestro corazón. Muy bien lo expresaba Juan Pablo II en uno de sus encuentros con los jóvenes: el Papa exclamó con voz fuerte «¡Miradle a Él!».

Santa Clara de Asís, 11 de Agosto

11 de agosto

HOMILÍA

 SANTA CLARA DE ASÍS

(† 1253)



"Preciosa es en la presencia del Señor la muerte de sus santos" (Ps. 115,15). Musitando estas palabras subía Santa Clara de Asís, "verdaderamente clara, sin mancilla ni obscuridad de pecado, a la claridad de la eterna luz", en la augusta hora del atardecer del día 11 de agosto de 1253.

 Cabe el pobre camastro, permanecían llorosas sus hijas, transidas de dolor por la pérdida de la amantísima madre y guía experimentada. Allí estaban los compañeros de San Francisco. Fray León, la ovejuela de Dios, ya anciano; fray Angel, espejo de cortesía; fray Junípero, maestro en hacer extravagancias de raíz divina y decir inflamadas palabras de amor de Dios. Allá arriba, los asisienses seguían conmovidos los últimos instantes de su insigne compatriota. Prelados y cardenales y hasta el mismo Papa habíanla visitado en su última enfermedad. Y todos tenían muy honda la persuasión —Inocencio IV quiso en un primer momento celebrar el oficio de las santas vírgenes, que no el de difuntos— de que una santa había abandonado el destierro por la patria. Solamente ella lo había ignorado. Su humildad no le había dejado sospechar siquiera cuan propiamente se cumplían en su muerte aquellas palabras del salmo de la gratitud y de la esperanza, que sus labios moribundos recitaban. Muerte envidiable, corona de una vida más envidiable todavía, por haber ido toda ella marcada con el sello de la más absoluta entrega al Esposo de las almas vírgenes.

 Porque Clara Favarone, de noble familia asisiense, oyó desde su primera juventud la voz de Dios que la llamaba por medio de la palabra desbordante de ¿mor y celo de las almas de su joven conciudadano S. Francisco de Asís. Con intuición femenina, afinada por la gracia y la fragante inocencia de su alma adivinó los quilates del espíritu de aquel predicador, incomprendido si es que no despreciado por sus paisanos, que había abandonado los senderos de la gloria humana y buscaba la divina con todos los bríos de su corazón generoso. Y se puso bajo su dirección. Los coloquios con el maestro florecieron en una decisión que pasma por la seguridad y firmeza con que la llevó a la realidad. Renunciando a los ventajosos partidos matrimoniales que le salían al paso y al brillante porvenir que el mundo le brindaba, huyó de la casa paterna en la noche del Domingo de Ramos de 1211. Ante el altar de la iglesita de Santa María de los Angeles, cuna de la Orden franciscana, Clara ofrendó a Dios la belleza de sus dieciocho años, rodeada de San Francisco y sus primeros compañeros. Se vistió de ruda túnica, abrazóse a dama Pobreza de la que a imitación de su padre y maestro haría su amiga inseparable y se dedicó a la penitencia y al sacrificio.

 No tardó en llegarle la ocasión de probar que su empeño no era capricho de niña mimada o fantasía de jovencita soñadora, sino resolución de carácter equilibrado y alma movida de inspiración divina. Apercibidos sus parientes de la fuga de la joven, salieron en su busca. Y descubierto su retiro, trataron de quebrantar su propósito por todos los medios, alternando las muestras de cariño y suavidad con la violencia más insolente. Viéndose en peligro, Clara se acogió como a seguro a la iglesia e hincándose de hinojos junto al altar, con una mano se asió de la mesa sagrada, mientras con la otra se destocaba la cabeza, mostrándosela desguarnecida de su deslumbradora cabellera. La decisión que había tomado, era irrevocable. Sus familiares vencidos la dejaron en paz.

 "Superada felizmente esta primera batalla, para poderse dedicar a la contemplación de las cosas celestiales se refugia entre los muros de San Damián y allí "escondida con Cristo en Dios" (Col. 3,3) por espacio de cuarenta y dos años nada encontró más suave, nada se propuso con más ahínco que ejercitarse con toda perfección en la regla de Francisco y atraer a ella, en la medida de sus fuerzas, a otros" (Pío XII).

 Se adivina más fácilmente que se describe el empeño que la Santa puso en el ejercicio de todas las virtudes y sus progresos en la perfección. Es sabido que la mujer está dotada de un sentido innato de la belleza —cosa estupenda y buena— y que defiende y aprovecha ese don con habilidad e ingenio, tarea en la que muchas veces excede por loca vanidad las fronteras de la licitud y de la prudencia. Santa Clara lo sabía, pero nunca pensó matar tendencia semejante, sino que en seguimiento de su maestro y padre, que de todas las criaturas hacía escala para subir a Dios, la puso al servicio de lo único necesario, de la salvación y santificación del alma, sobrenaturalizándola. Con sicología y elegancia muy femenina ofrece al alma un espejo y la estimula con palabras inflamadas a que se mire y remire cada día para engalanarse, no con las vanidades y riquezas caducas, sino con las bellísimas flores de las virtudes, ya que el espejo no es otro que Cristo Jesús, cuya imitación constituye el nervio de toda auténtica santidad. Allí verá el alma la pobreza bienaventurada, la santa humildad y la caridad inefable, el sacrificio hasta el anonadamiento por amor nuestro. La vida y pasión de Jesús debe ser el objeto preferido de su meditación. Jesús-Eucaristía. Jesús-Niño en el pesebre. Y junto a Jesús, su bendita Madre, a la que profesará una devoción sin límites.

 No son las enseñanzas que la Santa ha consignado en sus cartas retórica sonora. "Son, por el contrario, la afirmación tajante y absoluta de una realidad vivida con plenitud de convicción" (Casolini). La Leyenda de su vida, escrita por Tomás de Celano, biógrafo del padre y de la hija, y su Proceso de canonización en que sus compañeras e hijas declararon, con la emoción de lo vivido, lo que habían observado en su santa madre, nos hablan con la voz de la verdad de sus penitencias increíbles: de su amor a Jesús, de su meditación de los dolores de Cristo, de su inalterable paciencia y alegría en medio de sus crónicas enfermedades y continuas mortificaciones, de su intenso amor a Jesús-Eucaristía, que a sus ruegos salvó de la profanación a las religiosas y a la ciudad del pillaje, de su corazón de madre y maestra; en fin, de las gracias extraordinarias con que Dios la regaló en el destierro.

 Es sorprendente "cómo esta mujer que se había despojado de toda preocupación humana, estaba llena de los más abundantes y copiosos dones de celestial sabiduría. A ella, en efecto, acudía no sólo una multitud ansiosa de oírla, sino que se servían de su consejo obispos, cardenales y alguna vez los Romanos Pontífices. El mismo Seráfico Padre, en los casos más difíciles del gobierno de su Orden, quiso escuchar el parecer de Clara; lo que de modo especial sucedió cuando, preocupado y dudoso, no sabía si dedicar a sus primeros compañeros tan sólo a la contemplación o prescribirles también trabajos de apostolado. En tal circunstancia acudió a Clara para mejor conocer los designios divinos y con su respuesta quedó totalmente tranquilo. Estando así dotada de tan grandes virtudes se hizo digna, de que Francisco la amara más que a las demás y encontrara en ella un poderoso auxiliar para afirmar la disciplina de su vida religiosa y fortalecer su Instituto; confianza que los acontecimientos vinieron a confirmar felizmente más de una vez" (Pío XII).

 Con acierto insuperable, pues, se llama la misma Santa en su testamento "Plantita del bienaventurado Francisco". Y lo fue por haberla él transplantado del mundo al jardín del Esposo, por la entrañable amistad que los unió de por vida y por ser ella genuina heredera y copia fiel del espíritu del maestro. Conservaba muy vivo el recuerda del ejemplo del Pobrecillo de Cristo y de sus palabras de que vivieran siempre en la santísima pobreza y no se apartaran de ella por consejo o enseñanza de nadie. Tan entrañablemente amó la santa abadesa la pobreza total y absoluta en seguimiento de Cristo pobre, que rechazó una y otra vez con sumisión y reverencia, pero con viril energía, las posesiones que los Papas le ofrecieron repetidamente y las mitigaciones que en la práctica de esta virtud le proponían. Su tesón santo llegó a triunfar de los escrúpulos de la curia y del Papa, que finalmente confirmó dos días antes de que la Santa muriera, la regla para su Orden, en que se profesa la altísima pobreza que ella había aprendido del padre San Francisco.

 El bello gesto de Clara a los dieciocho años repicó en el pecho de la juventud femenina de Asís con sones de alborada invitadora a seguir las huellas de Jesucristo pobre. Primero su hermana Santa Inés, cuya entrada en religión a los pocos días de la salida de Clara provocó en la familia Favarone una tempestad más fiera aún, calmada milagrosamente, luego una multitud de doncellas de la nobleza y del pueblo, más adelante Beatriz, su hermana mayor, e incluso su propia madre, la noble matrona Ortalona, buscaron raudales de pureza, de luz y sacrificio en el conventito de San Damián bajo la obediencia y maternal dirección de Clara, que aceptó el cargo de abadesa obedeciendo el mandato de San Francisco. No fue el monasterio, como podría pensarse con mentalidad errada, sepulcro de juventudes tronchadas en flor, que trataran de ocultar tras los muros conventuales su blandenguería o cansancio de la vida. Fue, por el contrario, activísimo taller perfeccionador de almas, que con la potencia irradiadora de su intensa vida espiritual reportó a la sociedad incalculables beneficios, aun materiales. Aquella entrañable hermandad sobrenatural en el amor y la pobreza entre personas salidas de distintas capas sociales, destruyó con la fuerza arrolladora del ejemplo muchas impurezas de prejuicios sociales, odios banderizos e ídolos de oro y corrupción.

 Pronto brincó las fronteras de Umbría y de Italia la fama de la virtud de Santa Clara y sus Damas Pobres, sembrando Europa, antes de 1253, de monasterios que la juventud femenina de los países cristianos pobló rápidamente, atraída por el ideal de pureza y sacrificio vivido por las damianitas de Asís. La vida y obras de las clarisas, a ejemplo y por mandato de su santa fundadora, como aguas vivas que regaran el campo de la Iglesia, fluyeron en el decurso de siete siglos en beneficio espiritual del pueblo de Dios. Y aun hoy el mensaje de Clara Favarone de Asís no ha perdido su sugestiva atracción ni ha agotado su eficacia renovadora. No es estéril recuerdo histórico, sino vida palpitante en la multitud de monasterios, más de seiscientos, y de religiosas, más de doce mil, que pese a casi dos siglos de revoluciones y despojos, y pese al desinterés e incomprensión de los mismos hijos de la Iglesia, nos es dado encontrar en todos los ángulos de la tierra. Son más de doscientos los monasterios que hay en España, donde desde el año 1228, en que se abrió el primero, ha alcanzado tal florecimiento la obra de Clara de Asís, que supera a la misma Italia.

 Santa Clara fue canonizada el 15 de agosto de 1255 por su amigo y protector el papa Alejandro IV. En la bula de canonización hace un bellísimo panegírico de la virgen asisiense, que servirá de colofón a esta semblanza de la Plantita del padre San Francisco. "Fue alto candelabro de santidad —dice Alejandro IV—, rutilante de luz esplendorosa ante el tabernáculo del Señor; a su ingente luz acudieron y acuden muchas vírgenes para encender sus lámparas. Ella cultivó la viña de la pobreza de la que se recogen abundantes y ricos frutos de salud... Ella fue la abanderada de los pobres, caudillo de los humildes, maestra de continencia y abadesa de penitentes".

 JUAN MESEGUER FERNÁNDEZ, O. F. M.

10 ago 2014

Santo Evangelio 10 de Agosto de 2014



Día litúrgico: Domingo XIX (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 14,22-33): Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. 

De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante Él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».


Comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
Empezó a hundirse y gritó: ‘Señor, sálvame’

Hoy, la experiencia de Pedro refleja situaciones que hemos experimentado también nosotros más de una vez. ¿Quién no ha visto hacer aguas sus proyectos y no ha experimentado la tentación del desánimo o de la desesperación? En circunstancias así, debemos reavivar la fe y decir con el salmista: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8). 

Para la mentalidad antigua, el mar era el lugar donde habitaban las fuerzas del mal, el reino de la muerte, amenazador para el hombre. Al “andar sobre el agua” (cf. Mt 14,25), Jesús nos indica que con su muerte y resurrección triunfa sobre el poder del mal y de la muerte, que nos amenaza y busca destrozarnos. Nuestra existencia, ¿no es también como una frágil embarcación, sacudida por las olas, que atraviesa el mar de la vida y que espera llegar a una meta que tenga sentido? 

Pedro creía tener una fe clara y una fuerza muy consistente, pero «empezó a hundirse» (Mt 14,30); Pedro había asegurado a Jesús que estaba dispuesto a seguirlo hasta morir, pero su debilidad lo acobardó y negó al Maestro en los hechos de la Pasión. ¿Por qué Pedro se hunde justo cuando empieza a andar sobre el agua? Porque, en vez de mirar a Jesucristo, miró al mar y eso le hizo perder fuerza y, a partir de ese instante, su confianza en el Señor se debilitó y los pies no le respondieron. Pero, Jesús «le extendió la mano [y] lo agarró» (Mt 14,31) y lo salvó.

Después de su resurrección, el Señor no permite que su apóstol se hunda en el remordimiento y la desesperación y le devuelve la confianza con su perdón generoso. ¿A quién miro yo en el combate de la vida? Cuando noto que el peso de mis pecados y errores me arrastra y me hunde, ¿dejo que el buen Jesús alargue su mano y me salve?

10 de Agosto San Lorenzo Mártir Año 258

10 de Agosto

San Lorenzo
Mártir
Año 258

Señor Dios: Tú le consediste a este mártir un valor impresionante 
para soportar sufrimientos por tu amor, y una generosidad
 total en favor de los necesitados. Haz que esas dos cualidades 
las sigamos teniendo todos en tu Santa Iglesia: 
generosidad inmensa para repartir nuestros bienes entre los pobres, 
y constancia heroica para soportar los males y 
dolores que tú permites que nos lleguen.



 Icono de San LorenzoSu nombre significa: "coronado de laurel".

Los datos acerca de este santo los ha narrado San Ambrosio, San Agustín y el poeta Prudencio.

Lorenzo era uno de los siete diáconos de Roma, o sea uno de los siete hombres de confianza del Sumo Pontíice. Su oficio era de gran responsabilidad, pues estaba encargado de distribuir las ayudas a los pobres.

En el año 257 el emperador Valeriano publicó un decreto de persecución en el cual ordenaba que todo el que se declarara cristiano sería condenado a muerte. El 6 de agosto el Papa San Sixto estaba celebrando la santa Misa en un cementerio de Roma cuando fue asesinado junto con cuatro de sus diáconos por la policía del emperador. Cuatro días después fue martirizado su diácono San Lorenzo.

La antigua tradición dice que cuando Lorenzo vio que la Sumo Pontífice lo iban a matar le dijo: "Padre mío, ¿te vas sin llevarte a tu diácono?" y San Sixto le respondió: "Hijo mío, dentro de pocos días me seguirás". Lorenzo se alegró mucho al saber que pronto iría a gozar de la gloria de Dios.

Entonces Lorenzo viendo que el peligro llegaba, recogió todos los dineros y demás bienes que la Iglesia tenía en Roma y los repartió entre los pobres. Y vendió los cálices de oro, copones y candeleros valiosos, y el dinero lo dio a las gentes más necesitadas.

El alcalde de Roma, que era un pagano muy amigo de conseguir dinero, llamó a Lorenzo y le dijo: "Me han dicho que los cristianos emplean cálices y patenas de oro en sus sacrificios, y que en sus celebraciones tienen candeleros muy valiosos. Vaya, recoga todos los tesoros de la Iglesia y me los trae, porque el emperador necesita dinero para costear una guerra que va a empezar".

 San LorenzoLorenzo le pidió que le diera tres días de plazo para reunir todos los tesoros de la Iglesia, y en esos días fue invitando a todos los pobres, lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos que él ayudaba con sus limosnas. Y al tercer día los hizo formar en filas, y mandó llamar al alcalde diciéndole: "Ya tengo reunidos todos los tesoros de la iglesia. Le aseguro que son más valiosos que los que posee el emperador".

Llegó el alcalde muy contento pensando llenarse de oro y plata y al ver semejante colección de miseria y enfermedad se disgustó enormemente, pero Lorenzo le dijo: "¿por qué se disgusta? ¡Estos son los tesoros más apreciados de la iglesia de Cristo!"

El alcalde lleno de rabia le dijo: "Pues ahora lo mando matar, pero no crea que va a morir instantáneamente. Lo haré morir poco a poco para que padezca todo lo que nunca se había imaginado. Ya que tiene tantos deseos de ser mártir, lo martirizaré horriblemente".

Y encendieron una parrilla de hierro y ahí acostaron al diácono Lorenzo. San Agustín dice que el gran deseo que el mártir tenía de ir junto a Cristo le hacía no darle importancia a los dolores de esa tortura.

Los cristianos vieron el rostro del mártir rodeado de un esplendor hermosísismo y sintieron un aroma muy agradable mientras lo quemaban. Los paganos ni veían ni sentían nada de eso.

Después de un rato de estarse quemando en la parrilla ardiendo el mártir dijo al juez: "Ya estoy asado por un lado. Ahora que me vuelvan hacia el otro lado para quedar asado por completo". El verdugo mandó que lo voltearan y así se quemó por completo. Cuando sintió que ya estaba completamente asado exclamó: "La carne ya está lista, pueden comer". Y con una tranquilidad que nadie había imaginado rezó por la conversión de Roma y la difusión de la religión de Cristo en todo el mundo, y exhaló su último suspiro. Era el 10 de agosto del año 258.

El poeta Pruedencio dice que el martirio de San Lorenzo sirvió mucho para la conversión de Roma porque la vista del valor y constancia de este gran hombre convirtió a varios senadores y desde ese día la idolatía empezó a disminuir en la ciudad.

San Agustín afirma que Dios obró muchos milagros en Roma en favor de los que se encomendaban a San Lorenzo.

El santo padre mandó construirle una hermosa Basílica en Roma, siendo la Basílica de San Lorenzo la quinta en importancia en la Ciudad Eterna.

Fuente. Mercaba.org

9 ago 2014

Santo Evangelio 9 de Agosto de 2014

Día litúrgico: Sábado XVIII del tiempo ordinario

Santoral 9 de Agosto: Santa Teresa Benedicta de la Cruz, patrona de Europa

Texto del Evangelio (Mt 17,14-20): En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, arrodillándose ante Él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle». Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá!». Jesús le increpó y el demonio salió de él; y quedó sano el niño desde aquel momento. 

Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?». Díceles: «Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible».


Comentario: Rev. D. Fidel CATALÁN i Catalán (Terrassa, Barcelona, España)
Si tenéis fe como un grano de mostaza (...) nada os será imposible

Hoy, una vez más, Jesús da a entender que la medida de los milagros es la medida de nuestra fe: «Yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará» (Mt 17,20). De hecho, como hacen notar san Jerónimo y san Agustín, en la obra de nuestra santidad (algo que claramente supera a nuestras fuerzas) se realiza este “desplazarse el monte”. Por tanto, los milagros ahí están y, si no vemos más es porque no le permitimos hacerlos por nuestra poca fe.

Ante una situación desconcertante y a todas luces incomprensible, el ser humano reacciona de diversas maneras. La epilepsia era considerada como una enfermedad incurable y que sufrían las personas que se encontraban poseídas por algún espíritu maligno.

El padre de aquella criatura expresa su amor hacia el hijo buscando su curación integral, y acude a Jesús. Su acción es mostrada como un verdadero acto de fe. Él se arrodilla ante Jesús y lo impreca directamente con la convicción interior de que su petición será escuchada favorablemente. La manera de expresar la demanda muestra, a la vez, la aceptación de su condición y el reconocimiento de la misericordia de Aquél que puede compadecerse de los otros.

Aquel padre trae a colación el hecho de que los discípulos no han podido echar a aquel demonio. Este elemento introduce la instrucción de Jesús haciendo notar la poca fe de los discípulos. Seguirlo a Él, hacerse discípulo, colaborar en su misión pide una fe profunda y bien fundamentada, capaz de soportar adversidades, contratiempos, dificultades e incomprensiones. Una fe que es efectiva porque está sólidamente enraizada. En otros fragmentos evangélicos, Jesucristo mismo lamenta la falta de fe de sus seguidores. La expresión «nada os será imposible» (Mt 17,20) expresa con toda la fuerza la importancia de la fe en el seguimiento del Maestro.

La Palabra de Dios pone delante de nosotros la reflexión sobre la cualidad de nuestra fe y la manera cómo la profundizamos, y nos recuerda aquella actitud del padre de familia que se acerca a Jesús y le ruega con la profundidad del amor de su corazón.