7 jul 2014

Santo Evangelio 7 de Julio de 2014

Día litúrgico: Lunes XIV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 9,18-26): En aquel tiempo, Jesús les estaba hablando, cuando se acercó un magistrado y se postró ante Él diciendo: «Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá». Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: «Con sólo tocar su manto, me salvaré». Jesús se volvió, y al verla le dijo: «¡Ánimo!, hija, tu fe te ha salvado». Y se salvó la mujer desde aquel momento. 

Al llegar Jesús a casa del magistrado y ver a los flautistas y la gente alborotando, decía: «¡Retiraos! La muchacha no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Mas, echada fuera la gente, entró Él, la tomó de la mano, y la muchacha se levantó. Y la noticia del suceso se divulgó por toda aquella comarca.


Comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Tu fe te ha salvado

Hoy, la liturgia de la Palabra nos invita a admirar dos magníficas manifestaciones de fe. Tan magníficas que merecieron conmover el corazón de Jesucristo y provocar —inmediatamente— su respuesta. ¡El Señor no se deja ganar en generosidad!

«Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá» (Mt 9,18). Casi podríamos decir que con fe firme “obligamos” a Dios. A Él le gusta esta especie de obligación. El otro testimonio de fe del Evangelio de hoy también es impresionante: «Con sólo tocar su manto, me salvaré» (Mt 9,22).

Se podría afirmar que Dios, incluso, se deja “manipular” de buen grado por nuestra buena fe. Lo que no admite es que le tentemos por desconfianza. Éste fue el caso de Zacarías, quien pidió una prueba al arcángel Gabriel: «Zacarías dijo al ángel: ‘¿En qué lo conoceré?’» (Lc 1,18). El Arcángel no se arredró ni un pelo: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios (...). Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo» (Lc 1,19-20). Y así fue.

Es Él mismo quien quiere “obligarse” y “atarse” con nuestra fe: «Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Lc 11,9). Él es nuestro Padre y no quiere negar nada de lo que conviene a sus hijos.

Pero es necesario manifestarle confiadamente nuestras peticiones; la confianza y connaturalizar con Dios requieren trato: para confiar en alguien le hemos de conocer; y para conocerle hay que tratarle. Así, «la fe hace brotar la oración, y la oración —en cuanto brota— alcanza la firmeza de la fe» (San Agustín). No olvidemos la alabanza que mereció Santa María: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,45).

Nuestra Señora del Carmen. 15 de julio

16 de julio


NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN


El Carmelo es el Monte de María. Parece que Dios sentía predilección por pregonar sus bandos desde la cúspide de las montañas: Sinaí, Tabor, Bienaventuranzas, Gólgota...

 El monte Carmelo, a cuya extraordinaria belleza compara a su Esposa el Cantar de los Cantares, es de sabor netamente bíblico. Hay que subir hasta el Libro de los Reyes o más arriba para dar con su origen. Dos son los montes que en Palestina llevan este nombre. El de Judea —que no nos interesa— es árido y seco, parece que pesa sobre él la maldición de Cristo contra el pueblo deicida. El de Galilea, por el contrario, es fértil y fecundo en toda clase de frutos. Está junto al mar Mediterráneo y fue el teatro donde se deslizó la vida del profeta de Dios Elías Tesbita,

 La fiesta litúrgica de este día, extendida a toda la Iglesia en 1726 por Su Santidad Benedicto XIII, recoge la narración bíblica que se entreteje entre Elías, el Carmelo y María.

 El pueblo de Israel había vuelto a pecar. Dios envió a Elías para castigarle. Este profeta, en cuyo corazón y labios ardía el fuego del culto al verdadero Dios, cerró el cielo con el poder de su oración. Tres años y medio sin caer una gota de agua sobre la tierra. Arrepentidos, vuelve Elías a interceder por ellos y el Señor escucha su oración, Elías sube a la cumbre del Carmelo. Se postra en tierra y ora con fervor. Manda a su criado que mire hacia el mar. Sube y mira. No hay nada. Vuelve a subir hasta siete veces. A la séptima dice: "Divisase una nubecilla, pequeña como la palma de la mano de un hombre, la cual sube del mar... Y en brevísimo tiempo el cielo cubrióse de nubes con viento, y cayó una gran lluvia".

 Algunos autores, sobre todo a partir del siglo XIV, vieron en esta nubecilla, en figura o tipos bíblicos, a la Virgen Inmaculada, mediadora universal. La Iglesia así lo ha aceptado en su liturgia.

 El monte Carmelo es un abultado volumen de historia. Ha visto pasar a su vera los pueblos más diversos. Desde muy antiguo habitaron los carmelitas en él y en él comenzaron a dar culto a la Virgen Inmaculada.

 A Ella, a Santa María, tal cual la celebraban en la alta Edad Media, sobre todo a partir del concilio de Calcedonia, los ermitaños del monte Carmelo levantaron una célebre capilla, meta de peregrinaciones a fines del siglo XI, o principios del XII. Con ello no hacían más que ponerse bajo su patronato, o, como entonces se decía, bajo su título. Más adelante se unirá, formando una sola, la doble idea: María-Carmelo.

 Recientemente se han hecho excavaciones para buscar restos arqueológicos de esta venerada capilla. En marzo de 1958 el conocido arqueólogo franciscano padre Belarmino, Bagatti comenzó las excavaciones junto a la llamada "Fuente de Elías" y unos meses después descubría los cimientos y parte de los muros de una capilla de 22,30 por 6,25 metros, y junto a ella una pared de dos metros y medio de ancha que parece ser restos del primitivo monasterio de San Brocardo.

 Todavía no se pueden afirmar definitivamente estas conjeturas. Por ello se sigue trabajando en las excavaciones, pero es muy probable que se trate de esta célebre capilla.

 La simbólica interpretación de la nubecilla, que no es más que una hermosa figura para significar a la humilde y pura Virgen María como Mediadora universal de todas las gracias por su divina Maternidad corredentora, influyó a aumentar el profundo marianismo que impregnó, desde sus orígenes, la historia, liturgia y espiritualidad del Carmelo.

 El monte Carmelo ha ido pasando de unas manos a otras. Hoy es el Gobierno israelita su dueño. A su antojo hacen y deshacen sin consultar a sus pacíficos y legítimos moradores, los hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo.

 Poco después de la milagrosa aprobación de la regla carmelitana por Honorio III en 1226 vinieron los carmelitas a Occidente. El pueblo los recibió como llovidos del cielo. Decían que se llamaban: Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. Más adelante, el 26 de abril de 1379, el papa Urbano VI concedía tres años y tres cuarentenas de indulgencias a cuantos así los llamaran.

 Para algunos príncipes y clero no fue así. Pronto comenzó una negra persecución contra ellos. El general de la Orden, San Simón Stock (1165-1265), acudía con lágrimas de dolor a la Santísima Virgen para que viniera en auxilio de su Orden. Hasta llegó a componerle algunas fervorosas plegarias que rezaba con seráfico fervor.

 He aquí la redacción breve de la aparición, entrega y promesa del Santo Escapulario. Es una de las más críticas y antiguas que se conocen:

 "El noveno fue San Simón de Inglaterra, sexto general de la Orden, el cual suplicaba todos los días a la gloriosísima Madre de Dios que diera alguna muestra de su protección a la Orden de los carmelitas, que gozaban del singular título de la Virgen, diciendo con todo el fervor de su alma estas palabras: "Flor del Carmelo, vid florida, esplendor del cielo, Virgen fecunda y singular, oh Madre dulce, de varón no conocida, a los carmelitas da privilegios, estrella del mar".

 Se le apareció la Bienaventurada Virgen acompañada de una multitud de ángeles, llevando en sus benditas manos el Escapulario de la Orden y diciendo estas palabras: "Este será privilegio para ti y todos los carmelitas, quien muriere con él no padecerá el fuego eterno, es decir, el que con él muriere se salvará".

 Desde este momento comienza María a obrar prodigios por medio del Santo Escapulario y a propagarse entre ricos y pobres, nobles y plebeyos, hombres y mujeres, hasta llegar a ser nota distintiva de los auténticos cristianos y verdaderos devotos de María el llevar sobre el pecho este escudo invulnerable contra los dardos del infierno.

 Escritores poco críticos dudaron gratuitamente de la historicidad de la aparición y entrega del Santo Escapulario. A todos estos desaprensivos historiadores les ha contestado el paciente investigador y profundo crítico M. R. P. Bartolomé María Xiberta, O. Carm., después de estudiar detenidamente y con pulso certero estas cuestiones: "Creo que, después de la paciente búsqueda y examen de los documentos, las tesis formuladas contra la historicidad del Escapulario se han derrumbado una tras otra... Es más: me atrevo a afirmar que la visión de San Simón Stock, en la que se funda la devoción al Santo Escapulario, está autorizada y avalada por tales documentos históricos, que apenas se puede aspirar a más. Niegue quien quiera la historicidad de la visión de San Simón Stock; pero cuide de despreciar nada con la vana confianza de que obra así movido por documentos históricos".

 El Carmelo, por privilegio especial, tiene como rito propio aquel que se usaba en el Santo Sepulcro de Jerusalén durante la época de las Cruzadas.

 Con todo, aunque se llegase a poder negar —que decimos no es posible— la historicidad de la visión y entrega, aun así tendría idéntico valor el Escapulario y la devoción del Carmen porque se lo ha dado repetidas veces la Iglesia al aprobarlo, fomentarlo y recibirlo en su liturgia.

 Como el Carmelo, por su origen, evolución, finalidad, espiritualidad y legislación, está consagrado a María, no tardó en llenar de profundo marianismo su liturgia: ayunos en las vigilias de sus fiestas, comunión en las mismas, oficio parvo, salve regina, muchas veces al día repetida, misas en su honor, festividades nuevas, iglesias y conventos a Ella dedicados, etc.

 Durante este tiempo —aún faltaban tres siglos para ser instituida la Sagrada Congregación de Ritos— había gran libertad para introducir y suprimir en la liturgia. El Carmelo desde un principio celebró como fiesta patronal de la Orden una fiesta mariana. Según épocas y regiones, fueron sobre todo las fiestas de la Asunción y la Inmaculada Concepción las más celebradas.

 Juan Bacontorp, el Doctor Resoluto, cuenta que en el siglo XIV, cuando la Curia romana residía en Aviñón, el Papa y la Curia Cardenalicia asistían el 8 de diciembre a la fiesta de la Inmaculada que se celebraba en la iglesia de los carmelitas, igual que lo hacían el día de San Francisco en la de los franciscanos y el de Santo Domingo en los padres dominicos.

 En algunas partes, sobre todo en Inglaterra, quizá poco después de la entrega del Santo Escapulario, se introdujo una nueva festividad mariana: "La solemne conmemoración de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo".

 Fue extendiéndose de día en día hasta que, al reunirse la Orden en Capítulo general el 1609, se propuso a todos los gremiales que festividad debía tenerse como titular o patronal de la Orden, y todos unánimemente contestaron: "La solemne conmemoración de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo".

 Comenzó como fiesta de familia, pero como por el don del Santo Escapulario, que se extendía tanto como la misma Iglesia, todos se sentían auténticos carmelitas, pronto llegaron a la Santa Sede peticiones e instancias solicitando poder celebrar dicha festividad.

 España —como siempre cuando se trata de amores marianos— fue la primera en obtener del papa Clemente X, el 1674, el permiso para celebrar esta festividad en todos los dominios del Rey Católico. A esta petición siguieron otras muchas, hasta que el 24 de septiembre de 1726 Su Santidad Benedicto XIII la extendía a toda la cristiandad con rito doble mayor y con la misma oración y lecciones para el segundo nocturno que desde el siglo anterior rezaban ya los religiosos carmelitas.

 Hoy la fiesta del Carmen, en muchas partes del mundo católico, es considerada como fiesta casi de precepto. En las naciones latinas sobre todo se le profesa una tierna y profunda devoción, y es el Santo Escapulario del Carmen la enseña que con devoción y amor cubre el pecho de todos los auténticos católicos.

 El significado o fisonomía de la fiesta del Carmen es diferente del de otras festividades marianas, aunque, como es natural, no son sino diferencias accidentales, ya que para que sea devoción mariana y genuinamente ortodoxa debe esencialmente reducirse a la devoción mariana en general.

 Así el martirologio sintetiza y anuncia la fiesta: "Conmemoración solemne de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, a la cual la familia carmelitana consagra este día por los innumerables beneficios recibidos de la misma Santísima Virgen en señal de servidumbre".

 La fiesta del Carmen es como el tributo de amor que el Carmelo —todos los hijos de María que llevan su vestido— le ofrecen anualmente en señal de acatamiento y gratitud. El 16 de julio canta los inmensos favores que María ha derramado a través de los siglos sobre su Orden predilecta y sobre sus más fieles hijos, y a la vez la consagración y total entrega del Carmelo a María. Con este espíritu celebran los carmelitas su fiesta y con estos sentimientos la celebraron los santos y debemos celebrarla nosotros.

 El contenido doctrinal de esta fiesta es muy rico y a la vez profundamente dogmático y espiritual, igual que el de las grandes fiestas marianas del ciclo litúrgico, con las cuales se compenetra íntimamente. La idea dominante de esta festividad no es otra que la acción maravillosa de María sobre el Carmelo, es decir, su Realeza universal como Mediadora de todas las gracias, igual que la Iglesia la celebra el día de la Asunción.

 La advocación del Carmelo es sumamente grata a María y al pueblo.

 Gruesos volúmenes se hallan publicados ya desde sus remotos orígenes que recogen los prodigios obrados en mar, tierra y aire al ser invocada bajo la simpática advocación de Nuestra Señora del Carmen.

 No hay que olvidar tampoco las dos últimas apariciones de María. La decimoctava y última visita que hace María a Santa Bernardita en la gruta de Massabielle la reservaba para el día 16 de julio de 1858, a pesar de que desde la decimoséptima habían pasados días muy señalados. Y el 13 de octubre de 1917, a los tres pastorcitos de Fátima, se les aparece por sexta y última vez vestida con el hábito marrón y capa blanca carmelitanas.

 Que sea devoción sumamente grata al pueblo también es una verdad demasiado clara. Hay devociones que necesitan quien las fomente y propague, languideciendo rápidamente cuando les faltan estos apóstoles. No es así la del Carmen o del Santo Escapulario. Ella, por sí sola, con sus prodigios y sus privilegios, se extiende y propaga.

 Con todo, no hay que confundirlo. La devoción del Escapulario no debe propagarse sólo por razón de los así llamados "Privilegios", ya que ésta sería una devoción falsa o imperfecta. La razón de los privilegios no es sino para fomentar el amor de caridad a Jesús y a María. El valor principal de la devoción del Carmen no está en los prodigios a que hemos aludido ni en los privilegios que veremos, sino en su profundo valor espiritual o ascético en orden a nuestra santificación. Es decir, el Escapulario debe ayudarnos a vivir nuestra total consagración a Jesús por María en su servicio y en su presencia, en su unión e imitación.

 La devoción al Escapulario de unos treinta años para acá ha decaído un tanto porque algunos, fijándose casi exclusivamente en sus privilegios, desconocen su importancia, significación y valor en la vida cristiana, de la que es su más elocuente manifestación. De hecho la Iglesia la ha hecho suya para consagrar oficialmente a todo hombre a María desde el principio de su vida.

 Aun así continúa siendo la devoción característica y propia de las familias cristianas. ¿Y por qué? Porque su poderoso valimiento llega a los momentos más difíciles de la vida, a la hora cumbre de la muerte, y, traspasando los umbrales de acá, no se da descanso hasta el mismo purgatorio, de donde saca a las almas que le fueron devotas y vistieron en vida el Santo Escapulario. Estas son sus credenciales: "En la vida protejo, en la muerte ayudo y después de la muerte salvo".

 Se halla tan extendida esta devoción entre el pueblo cristiano, que un ilustre historiador —B. Zimmerman— podía escribir a principios del siglo: "La Cofradía del Escapulario es la más numerosa asociación del mundo después de la Iglesia católica".

 Verdad histórica que coincide con lo que escribía en su obra póstuma María Santísima nuestro cardenal Gomá: "Nadie ignora lo extendida que está por todo el pueblo cristiano, en todas partes, y con qué profundo arraigo, la devoción a la Santísima Virgen del Carmen, de tal forma que a esta devoción podemos llamarla por antonomasia "devoción cristiana", o mejor, "católica".

 Estas afirmaciones se refieren de un modo especial a España. A fines del siglo XVI, en 1595 exactamente, escribía el placentino José Falcone: "En nuestros días florece en España, donde no hay casa en que no se lleve el hábito del Carmelo, con el fin de disfrutar de las infinitas indulgencias carmelitanas... En verdad, toda España con Portugal parece un gran convento de carmelitas. Todos desean cubrirse con tales armas contra las enfermedades corporales y espirituales, En toda España hay conventos de carmelitas e innumerables Congregaciones carmelitanas".

 Desde entonces, sobre todo, sienta sus reales la Virgen Santísima del Carmen en nuestra Patria y en sus hijas de América: Chile, Argentina, Colombia, Méjico..., y queda grabado su nombre en pueblos y montes, ríos y valles, puertos y gremios, talleres y fábricas, jardines e industrias... hasta convertirse en la advocación mariana preferida del pueblo cristiano. Así lo cantará la copla popular: "Es la Virgen del Carmelo — la que más altares tiene; — su sagrado Escapulario — no hay pecho que no lo lleve". Y el himno oficial del VII Centenario: "Tú tienes altares en todo confín".

 Dejando aparte muchos otros patronazgos de la Santísima Virgen del Carmen es necesario destacar el que ejerce sobre nuestra Marina.

 El 19 de abril de 1901, por decreto de la reina regente, doña María Cristina, publicaba la "Gaceta" una extensa real orden por la cual declaraba a la Santísima Virgen del Monte Carmelo Patrona y Titular de la Marina de guerra, así como ya lo era de la Marina mercante.

 El 12 de julio de 1938, en plena guerra nacional, el Generalísimo Franco renovaba solemnemente la real orden del 19 de abril de 1901. Era éste el primer patronazgo que declaraba el Caudillo.

 El Santo Escapulario, vestido y sacramental de María, es el instrumento o imán que atrae a los hombres hacia esta devoción.

 Con ocasión del VII Centenario de la entrega de esta dádiva mariana se ha estudiado con todo el aparato de la crítica moderna la historia, liturgia, espiritualidad y otras cuestiones del Santo Escapulario del Carmen. A la luz de estos estudios se han corregido importantes libros de texto y prestigiosas enciclopedias.

 Los más importantes y trascendentales privilegios del Santo Escapulario son éstos: Vivir la misma vida de María, vestir su mismo vestido, disfrutar de un amparo especial por estar a Ella consagrados... Por esto la devoción del Santo Escapulario del Carmen, "la primera entre las devociones marianas" la llamaba Su Santidad Pío XII el 11 de febrero de 1950; además de ser muy grata a María es sumamente ventajosa al que la practica. Pocas devociones, de hecho, tienen prometidas tantas y tan señaladas gracias. He aquí las principales:

 Morir en gracia de Dios. Es la gran promesa que ya hemos visto hizo la Santísima Virgen al entregar el Santo Escapulario a Simón Stock en 1251.

 Salir del purgatorio a lo más tardar el sábado después de la muerte. Así lo dijo la Santísima Virgen al papa Juan XXII, en 1322. Es el llamado privilegio sabatino.

 Para hacerse acreedor a estos privilegios son necesarias algunas condiciones: Estar inscrito en la Cofradía, vestirlo noche y día, guardar castidad según su estado, rezar el oficio parvo y guardar abstinencia, aunque pueden ser conmutados por otras obras buenas y sobre todo vestir el Escapulario cual conviene viviendo la vida cristiana en toda su integridad.

 El 8 de julio de 1916 Su Santidad Benedicto XV, con deseos de que se siguiese usando el Escapulario de tela, concedió quinientos días de indulgencias cuantas veces se besara.

 Quien viste el Escapulario del Carmen se hace acreedor de todas las indulgencias, gracias y privilegios que los Sumos Pontífices a través de los siglos han otorgado a la Orden del Carmen.

 Participa asimismo de las oraciones y penitencias que se hacen en todo el Carmelo.

 Ante programa tan halagador, ¿quién será capaz de no dar su nombre a milicia tan extraordinaria? Igual que en el Medievo los magnates y príncipes cubrían con sus púrpuras las personas y edificios que patrocinaban de un modo especial, así María Santísima cubre con su mismo vestido a aquellos a quienes ama con amor de predilección.

 Nunca como hoy se ha hablado tanto de consagración a Jesús y a María. La consagración se suele hacer en determinadas circunstancias y con una fórmula de antemano preparada. Pero, ¿y después?

 La imposición del Santo Escapulario constituye el acto más elocuente y real de nuestra consagración a la Santísima Virgen. Por el Escapulario se vive íntima y continuamente consagrado a María tal cual nos exige nuestra condición de hijos y hermanos suyos. Por él pertenecemos a María, ya que vestimos su mismo ropaje. Por ello debemos vivir su misma vida.

 Para que los efectos de consagración duren noche y día, hoy y mañana y hasta el fin de nuestra existencia sobre la tierra, ¿puede darse un medio más apropiado y eficaz que el Santo Escapulario del Carmen? Así lo decía Su Santidad Pío XII en el magnífico documento que sobre el Santo Escapulario regalaba al mundo el 11 de febrero de 1950:

 "Todos los carmelitas, por tanto, así los que militan en los claustros de la primera y segunda Orden como los afiliados a la Tercera Orden Regular o Secular y los asociados a las Cofradías que forman, por un especial vínculo de amor, una misma familia de la Santísima Madre, reconozcan en este memorial de la Virgen un espejo de humildad y castidad; vean en la forma sencilla de su hechura un compendio de modestia y candor; vean, sobre todo, en esta librea que visten día y noche, significada con simbolismo elocuente, la oración con la cual invocan el auxilio divino. Reconozcan, por fin, en ella su consagración al Corazón sacratísimo de la Virgen Inmaculada, por Nos recientemente recomendada".

 J. Garreta Sabadell, en su Catecismo de la Virgen María, afirma que el Santo Escapulario fue en los siglos XVI y XVII el dique que contuvo las herejías e hizo que el mundo volviese otra vez a Jesús por María.

 Lo que hizo entonces ¿no puede repetirlo ahora? Vivimos en la época del Mundo Mejor. Vemos con tristeza que nuestros hermanos, los hombres, se alejan cada día más de la Casa del Padre. ¿Qué hacer para atraerlos? Volvamos a la fe y piedad de nuestros padres. Vivamos su misma vida, aun en medio del adelantado y vertiginoso siglo XX.

 Devolvamos el valor —que no ha perdido— a esta sólida devoción que el mundo ha olvidado por alejarse tanto.

 Que los lazos del Escapulario del Carmen simbolicen nuestra vuelta a la Casa del Padre, nuestra sumisión a sus mandatos, nuestra unión familiar, nacional e internacional.

 Que el vestido de María cubra las desnudeces desvergonzantes de la sangrante y llagada humanidad.

 En diciembre de 1938 monseñor Lemmes, obispo de Roermond, en Holanda, exhortaba a sus diocesanos a consagrarse a la Santísima Virgen y decía que confiaba en un resurgir espiritual, esperanzador para toda la diócesis, si vestían con verdadero fervor y practicaban con escrupulosidad las obligaciones que impone el Santo Escapulario del Carmen a quienes lo visten debidamente. Las esperanzas no salieron fallidas.

 Lo que hace veinte años sucedía en un país rodeado de encarnizados enemigos de estas prácticas puede mil veces mejor repetirse en todas las naciones.

 Que la Madre y hermosura del Carmelo nos lo conceda.

 RAFAEL MARÍA LÓPEZ MELÚS, O. CARM.

San Fermín, Obispo de Pamplona 7 de Julio

SAN FERMÍN

Obispo de Pamplona

(†  553)


Pamplona era entonces Pompelon, una pequeña aglomeración urbana fundada por los romanos, presidiendo en el centro de la tierra navarra, sobre una pequeña meseta a las orillas del Arga, una llanura rodeada de montañas. Los vascos habitantes de esta llanura conocían esa población romana con el nombre de Iruña, es decir, la ciudad. Según Estrabón: "Sobre la Jaccetania, hacia el Norte, habitan los vascones, en cuyo territorio se halla Pompelon".

 Pompelon, producto humano lógico, tenía para los romanos un valor estratégico, pero asimismo realizaba otra importante misión: reunía las ásperas montañas pirenaicas, tras las cuales se extendían los ubérrimos campos de Aquitania, con la comarca de las riberas colindantes con el Ebro. Pompelon era un punto de confluencia en el trazado de las vías romanas que atravesaban Navarra.

 Aún no había cristianos en el país. Los más antiguos cuentos del folklore vasco, unos cuentos de contextura esquemática que resuenan todavía desde un fondo de siglos, establecen la separación de dos mundos radicalmente distintos: el mundo cristiano y el mundo anterior a la evangelización del país. Hay en algunos de esos seculares cuentos, procedentes casi todos de una edad pastoril, alusiones claras a las primeras iglesuelas cristianas y al conjunto de prevenciones y de resistencias que su emplazamiento exaltaba entre los gentiles. El vasco introdujo en su milenario idioma el adjetivo "gentil" (jentillak, los gentiles), expresando así el mundo idolátrico de sus antepasados, desconocedores del cristianismo o refractarios a su introducción.

 Todos los habitantes de la tierra vasca eran entonces gentiles, lo mismo, que fuesen pastores en el campo que los avecindados en las aglomeraciones urbanas. Pompelon y sus habitantes pertenecían al mundo del paganismo. Entre esos habitantes se contaba Firmo, alto funcionario de la administración romana en la ciudad, y su esposa Eugenia, matrona de ilustre ascendencia. Todo hace imaginar, sin embargo, que Firmo y Eugenia, aunque paganos, eran creyentes, que sus almas sentían aspiraciones mucho más allá de sus efigies tutelares predilectas. Firmo y Eugenia ofrendaban, sacrificaban en los altares de su culto con la sencilla fe del pueblo que creía en sus dioses con una pasión que durante casi medio milenio hizo frente al cristianismo, que avanzaba con fuerza arrolladora. En la fe pagana del pueblo había ardor y había vitalidad. Esto explica los mártires.

 En la vida de Fermín, el hijo de Firmo y Eugenia, nos movemos en un mundo de conjeturas, pero la mención del nombre de la madre evoca la gran receptibilidad de las mujeres paganas a la nueva doctrina destinada a toda la humanidad, sin excluir de la esperanza a los más humildes y despreciados, y que traía un positivo consuelo a los desesperados y a los vacilantes.

 Las viejas hagiografías describen a Firmo y Eugenia dirigiéndose al templo de Júpiter para ofrecer sacrificios, y detenidos en el camino a la vista de un extranjero que con dulce y grave palabra explicaba al pueblo la figura y la doctrina de Cristo. Al llegar aquí hay que imaginarse el amoroso ardor de aquellos humildes y eficaces apóstoles, mucho más cercanos que nosotros en el tiempo a la figura de Jesús.

 Firmo y Eugenia invitaron a su hogar al extranjero, hondamente impresionados por el discurso de éste. Honesto, que así se llamaba el apóstol, explicó a aquéllos los fundamentos de la religión cristiana, y cómo venía de Tolosa de Francia, de donde le había enviado el santo obispo Saturnino, discípulo de los apóstoles, con la concreta misión de difundir en Pompelon la fe de Jesucristo. Las convincentes palabras de Honesto en la intimidad del hogar de Firmo conmovieron todavía más a éste, que no solamente dio a aquél esperanzas de convertirse al cristianismo, sino que, además, manifestó deseos de conocer a Saturnino.

 El santo obispo de Tolosa no tardó mucho en acceder a los deseos de Firmo. Una cosa es la gran devoción de Pamplona y Navarra a San Saturnino, pero tiene sobre todo importancia ese recio resumen de su obra apostólica que acostumbran añadir los navarros a la mención del mártir y que vale por la mejor biografía:

 "San Saturnino, el que nos trajo la fe".

 Cuentan que Saturnino evangelizó en Navarra más de cuarenta mil paganos, entre ellos a Firmo, Fausto y Fortunato, los tres primeros magistrados de Pompelon, y que, a impulsos de aquella ardorosa predicación, se construyó rápidamente la primera iglesia cristiana, que pronto resultó insuficiente.

 Todos estos preliminares, un poco largos, resultan necesarios para explicar la figura de Fermín, el hijo de Firmo y Eugenia, niño de diez años de edad, que Honorato se encargó de modelar en el espíritu al quedar a la cabeza de la grey de Pompelon, vuelto ya Saturnino a Tolosa. La historia de Fermín, a esa grande e imprecisa distancia histórica, resulta demasiado lineal, pero no por eso menos reveladora del ardor de aquellos heroicos confesores de Jesucristo, íntimamente comprometidos a confesarla dondequiera y en cualquier situación que fuese. Honesto, dedicando con afán sus esfuerzos al alma que él adivinó excepcional del niño Fermín, obtuvo que éste, ya para los dieciocho años, hablara en público con admiración de todos los oyentes. Firmo y Eugenia enviaron entonces a Fermín a Tolosa, poniéndole bajo la dirección de Honorato, obispo y sucesor de Saturnino. Este, no menos admirado del talento y de la prudencia de Fermín, venciendo su modestia, le ordenó presbítero, consagrándolo después obispo de Pamplona, su ciudad natal.

 El celo evangelista de Fermín en su tierra navarra emparejaba con el de su antecesor Saturnino. Al conjuro de la palabra entusiasta de Fermín los templos paganos se arruinaban sin objeto y los ídolos hacíanse pedazos: en poco tiempo el territorio fue llenándose de fervorosos cristianos.

 Las devociones fundamentales de San Fermín eran precisamente las devociones fundamentales, dicho sea sin ánimo de paradoja: la Santísima Trinidad y la Santísima Virgen María. Invocando a la Santísima Trinidad, la devoción de las devociones, operaba milagros tan prodigiosos que los gentiles en Navarra y en las Galias llegaron a mirarle como un dios. Vamos a dejar a un lado la leyenda. Digamos en lenguaje actual que el amor de Dios inflamaba el alma de Fermín en una caridad milagrosa.

 Fermín, después de ordenar suficiente número de presbíteros en su tierra, pasó a las Galias, cuyas regiones reclamaban el entusiasmo del joven obispo, pues a la sazón ardía en ellas furiosa la persecución. La indiferencia ante la persecución constituía en Fermín otra manera de predicar y no precisamente la menos eficaz. Los paganos de Agen, de la Auvernia, de Angers, de Anjou, en el corazón de las Galias, y también en Normandía, quedaban admirados de aquella presencia que daba sereno testimonio de Cristo, indiferente a todos los peligros. El ansia tranquila del martirio movía a Fermín.

 Esta ansia dirigió a Fermín hacia Beauvais, donde el presidente Valerio sostenía una crudelísima persecución contra todo lo que tuviera nombre de cristiano. Fermín, encerrado muy a poco de llegar, hubiese muerto en la prisión, víctima de durísimas privaciones y sufrimientos, de no haber acaecido la muerte de Valerio, circunstancia que el pueblo creyente aprovechó para ponerlo en libertad. La fama de su entereza moral y su gesto de comenzar a predicar públicamente a Jesucristo tan pronto como salió de la cárcel movieron en aquella ocasión eficazmente el corazón de muchos paganos, que juntamente con los viejos cristianos, contagiados todos ellos del entusiasmo de Fermín, edificaron iglesias por todo el territorio.

 A Fermín, infatigable, se le señala en la Picardia y más tarde, de regreso de una correría por los Países Bajos, otra vez en la ciudad de Amiéns, capital de aquella región, en donde había de encontrar gloriosa muerte. La cercanía intuida del martirio acrecentó más todavía su santa indiferencia y el entusiasmo de Fermín, ya incontenible en su empeño de predicar a Jesucristo. Por otra parte, la fe de Fermín seguía operando prodigios asombrosos, comparables a los de los primeros apóstoles.

 El pretor de Amiéns, alarmado de aquel ascendiente, llamó a su presencia a Fermín; pero, prendado de su persona y de la sinceridad de sus palabras, mandó ponerle en libertad. Pero, como Fermín insistiera en predicar al pueblo la fe en Cristo, el pretor, volviendo de su acuerdo, ordenó encerrarlo en la prisión. La agitación del pueblo creyente, mal resignado con esta medida, determinó un miedoso y cruel impulso del pretor: mandó cortar la cabeza a San Fermín en la misma cárcel. En medio de la consternación de los cristianos un tal Faustiniano, convertido por San Fermín, tuvo el valor de atreverse a rescatar el cuerpo decapitado para enterrarlo provisionalmente en una de sus heredades, y más tarde, con todo sigilo, trasladó los restos de aquel gran devoto de María a una iglesia que el mismo San Fermín había dedicado a la Santísima Virgen.

 JOSÉ DE ARTECHE

6 jul 2014

Santo Evangelio 6 de Julio de 2014

Día litúrgico: Domingo XIV (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 11,25-30): En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 

»Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».


Comentario: P. Antoni POU OSB Monje de Montserrat (Montserrat, Barcelona, España)
Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso

Hoy, Jesús nos muestra dos realidades que le definen: que Él es quien conoce al Padre con toda la profundidad y que Él es «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). También podemos descubrir ahí dos actitudes necesarias para poder entender y vivir lo que Jesús nos ofrece: la sencillez y el deseo de acercarnos a Él.

A los sabios y entendidos frecuentemente les es difícil entrar en el misterio del Reino, porque no están abiertos a la novedad de la revelación divina; Dios no deja de manifestarse, pero ellos creen que ya lo saben todo y, por tanto, Dios ya no les puede sorprender. Los sencillos, en cambio, como los niños en sus mejores momentos, son receptivos, son como una esponja que absorbe el agua, tienen capacidad de sorpresa y de admiración. También hay excepciones, e incluso, hay expertos en ciencias humanas que pueden ser humildes por lo que al conocimiento de Dios se refiere.

En el Padre, Jesús encuentra su reposo, y su paz puede ser refugio para todos aquellos que han sido maleados por la vida: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso» (Mt 11,28). Jesús es humilde, y la humildad es hermana de la sencillez. Cuando aprendemos a ser felices a través de la sencillez, entonces muchas complicaciones se deshacen, muchas necesidades desaparecen, y al fin podemos reposar. Jesús nos invita a seguirlo; no nos engaña: estar con Él es llevar su yugo, asumir la exigencia del amor. No se nos ahorrará el sufrimiento, pero su carga es ligera, porque nuestro sufrimiento no nos vendrá a causa de nuestro egoísmo, sino que sufriremos sólo lo que nos sea necesario y basta, por amor y con la ayuda del Espíritu. Además, no olvidemos, «las tribulaciones que se sufren por Dios quedan suavizadas por la esperanza» (San Efrén).

Santa María Goretty, 6 de Julio

6 de julio

SANTA MARIA GORETTI

(† 1902)


El día 9 de octubre de 1954 moría en Corinaldo una pobre mujer de pueblo. Los periódicos del mundo entero publicaron la noticia con gran relieve. ¿Quién era la señora Assunta, a quien la gente solía llamar "mamá Assunta", para que mereciese el interés de la prensa mundial? ¿Qué hazañas había realizado para que el Ayuntamiento de su pueblo decretase funerales públicos y la gente tapase con una pirámide de flores su ataúd?

 Assunta Goretti era una viejecita de ochenta y ocho años, que no sabía leer ni escribir, pero que poseía esa sabiduría superior de los que conocen y viven el Evangelio. El año 1943, al correr al refugio porque las sirenas daban la alarma de aviación, se rompió una pierna y desde entonces quedó inválida. Estaba sentada en un carrito. A pesar de lo cual mereció que Su Santidad el Papa la recibiese en el Vaticano con los honores concedidos a los príncipes y jefes de Estado. Los periodistas de todas partes solicitaban sus manifestaciones y, aunque quería pasar desapercibida de todos, era una de las figuras más populares de nuestro siglo.

 ¿Quién era esta mujer singular? La madre de una niña mártir, la única persona que ha tenido la dicha de presenciar la canonización de su propia hija.

 Fue el 24 de junio de 1950. Como los peregrinos venidos de todos los confines no iban a caber en la basílica de San Pedro, el Papa canonizó a Santa María Goretti en la plaza inmensa delantera a la basílica. Se calcula que medio millón de personas presenció aquella tarde la ceremonia emocionante. No se recordaba nada igual en los anales de Roma.

 La historia de Santa María Goretti es hoy sabida de todos. Incluso ha sido llevada a la pantalla, aunque con esa manía del cine de retocar y deformar los hechos.

 Era una familia de pobres campesinos italianos. Un matrimonio compuesto de ambos esposos, Luis Goretti y Assunta Carlini, y cinco hijos. La segunda es María, que nació en Corinaldo el 16 de octubre de 1890.

 Pero en Corinaldo no encuentran manera de ganarse la vida, a pesar de poseer allí unas tierrecillas. Y emigran. Primero a Colle Gianturco, y al cabo de dos años a Ferriere di Conca, a once kilómetros de Nettuno. Allí se instalan como colonos del conde Mazzoleni.

 Aquel terreno era entonces en extremo malsano. Eran las regiones pantanosas del Agro Pontino. El mosquito que transmite la malaria acechaba insidiosamente a los Pobres labriegos. Así Luis Goretti murió al poco tiempo de aposentarse su familia en Ferriere. Y quedaron solos Assunta y sus cinco hijos, el mayor de los cuales apenas tenía trece años.

 —Animo, mamá —decía María, la mayor de las niñas—. ¿Por qué tienes miedo? ¡Ya vamos siendo grandes! Basta que el Señor nos dé salud. Saldremos adelante, saldremos. Assunta trabajaba en el campo, como un hombre. Siempre había trabajado, porque quedó huérfana de pocos años. Trabajaba y educaba a sus pequeños. Desde que éstos aprendían a hablar les enseñaba a hacer la señal de la cruz y a rezar las primeras oraciones y los rudimentos de la doctrina cristiana.

 Marietta atendía a todo, lavaba a sus hermanitos menores, iba por agua, preparaba la comida, cosía.

 Nunca tuvo amigas, pues las ocupaciones de la casa no le dejaban tiempo para jugar.

 Pero es que sobre los deberes de la propia familia recaían también sobre ella la obligación de atender a otras dos personas que vivían en la misma casa y eran aparceros en las faenas agrícolas, Juan Serenelli y su hijo Alejandro, mocetón de unos veinte años. La casa tenía dos dependencias separadas, pero la escalera y la cocina eran comunes para ambas familias.

 Alejandro no era mal muchacho; pero empezó a darse a lecturas deshonestas que emponzoñaron su alma. Y el que hasta entonces había mirado con indiferencia a la hija mayor de la señora Assunta, empezó a fijarse demasiado en la chiquilla.

 No porque ésta diese motivo alguno. Todos están acordes en afirmar, y así lo ha declarado después repetidamente el mismo Alejandro, que María Goretti era muy modesta y miradísima en el vestir. Era una niña --todavía no llegaba a los doce años—, pero algo desarrollada, quizá más de lo que pudiera esperarse de su edad. Y en el corazón de Alejandro Serenelli se encendió una brutal pasión.

 Dos veces la tentó. Al principio, la pequeña ni comprendió el alcance de lo que Alejandro pretendía; pero vio que era algo malo. Y resistió fuertemente arrojando al tentador, a pesar de su edad y su vigor. Alejandro se sintió despreciado y vencido por Marietta.

 Volvió al asalto por tercera vez. Era la tarde del 5 de julio de 1902. Alejandro ha pensado bien todas las cosas. Abajo su padre, la señora Assunta y todos los de la casa, se encuentran trillando habas en la era. Arriba, en el descanso de la escalera, María Goretti cose una camisa que Alejandro le había mandado urgentemente remendar con el secreto designio de que la muchacha quedase sola en alguno de los aposentos.

 Marietta se intranquiliza cuando ve llegar a Alejandro. Está sobre ascuas; sabe lo que el joven brutal quiere y verse a solas con él la atemoriza. Cose apresuradamente. El mocetón la llama:

 —María, ven acá.

 —¿Para qué? ¿Qué quieres?

 —Tú ven acá.

 —No. Si no me dices qué quieres, no voy.

 Alejandro la toma violentamente por un brazo, le tapa la boca con la mano y, venciendo la resistencia de la pobreta, da una patada a la puerta y la cierra.

 La débil fuerza de una niña que no ha cumplido doce años vencerá las fuerzas del muchacho de veinte. Grita Marietta:

 —¡No! ¡No!... ¡Es pecado!. ¡No, no! ¿Qué haces, Alejandro?... ¡Vas al infierno!...

 El mocetón, viendo que nada consigue, coge un hierro afilado que tenía a punto y se ensaña con su tierna víctima, que prefiere la muerte antes que pecar. Hasta catorce heridas que traspasan su vientre y el pecho pudieron apreciar los médicos que después la reconocieron.

 Al fin acuden los familiares. Loca de dolor pregunta a su hija la señora Assunta:

 —Marietta mía, ¿qué ha sucedido? ¿Quién ha sido? Dime, dime...

 —Fue Alejandro.

 —¿Por qué te hizo esto, hija mía?

 —Porque me quería hacer las cosas malas y yo no quería.

 Y exacto, quedó intacta la tierna virgencita, conforme a la confesión del mismo asesino y al testimonio de los médicos.

 A las cinco horas una ambulancia lleva a la pobre hija al hospital de los hermanos de San Juan de Dios de Nettuno. Por la misma carretera dos carabinieri llevan esposado a Alejandro Serenelli. Distinto fruto de la educación que Assunta Goretti y Juan Serenelli dieron a sus hijos.

 Poco pudieron hacer los médicos del hospital. Sin embargo, intentaron la laparotomía o apertura del vientre pasa poder operarla. Y sin darle anestésico; dos horas de atroz martirio. Marietta coge entre sus manos la medalla de la Milagrosa que siempre llevaba al cuello.

 Le preparan al viático, que recibe como un ángel. Le sugieren que perdone al asesino, y contesta al punto:

 —Sí, le perdono por amor a Jesús, y quiero que venga también conmigo al cielo.

 Algunas horas más tarde moría la niña entre delirios, en los que se le oía defenderse contra Serenelli e invocar a la Virgen Santísima.

 La muerte de Marietta llenó de estupor a toda la comarca. Sin distinción de público acudieron todos a su entierro.

 Treinta años después fue desenterrado su cadáver y llevado a una capilla en la basílica de Nuestra Señora de las Gracias, de Nettuno. Miles de fieles rezan ante aquellos restos de una virgen cristiana, la Santa Inés del siglo XX, como la llamamos hoy.

 El heroísmo de Santa María Goretti no fue improvisado. Los actos de hermosas virtudes de que dio prueba antes de su muerte —preferir la muerte al pecado, perdonar a su asesino, soportar con paciencia sobrehumana una operación sin cloroformo y la sed abrasadora que luego siguió—, todo esto era consecuencia de una vida santa, a la que venía preparándose con el ejercicio constante de las virtudes cristianas en un ambiente lleno de fe, de trabajo y de privaciones.

 Assunta enseñaba a sus hijos el catecismo, les infundía el horror al pecado, les acostumbraba a la oración. Su hogar era pobre; tenían lo justo para vivir, la madre había de pasar la jornada fuera, en los trabajos del campo. Y Marietta lo hacía todo en casa con la formalidad de una persona mayor. Y todavía encontraba tiempo para rezar el rosario en sufragio de su padre muerto. Y reunía a sus hermanitos y les enseñaba la doctrina y rezaba con ellos. Y hasta consolaba a su madre:

 —No tenga cuidado, mamá: verá cómo salimos adelante.

 Marietta estaba más crecida de lo que sus años podían exigir. Con su pelo castaño, sus ojos negros y su tez fresca y rosada era una muchacha sana de cuerpo y espíritu. La modestia era su principal virtud; ha declarado siempre unánimemente su madre.

 Nunca fue presumida, pues además vestía las ropas usadas que le daba una vecina.

 Así, con oración, modestia y trabajo, se preparó esta santita para llegar a ser canonizada en la plaza de San Pedro un 24 de junio de 1950.

 El desgraciado confesó de pleno su crimen. Y se arrepintió de aquel acto de locura una tarde de verano.

 Condenado a treinta años de cárcel, mereció que le rebajasen su condena en tres años por su buen comportamiento. Hoy sirve como criado y hortelano en el convento de capuchinos de Ascoli.

 La niña le había perdonado en el hospital. Pero, como el mismo Serenelli ha manifestado después, ya cuando Marietta se retorcía en el suelo apuñalada con el punzón de hierro, le dijo:

 —No es nada, Alejandro... Yo te perdono.

 Por eso la señora Assunta perdonó también al criminal. Fue una escena que sólo puede darse entre cristianos. Estaba de criada del señor cura de Corinaldo la madre de María Goretti cuando la noche de Navidad de 1938 llamaron a la puerta de la casa rectoral. Abrió la señora Assunta y un hombre le dijo:

 —¿Me reconoce usted, señora Assunta? —al tiempo que bajaba los ojos.

 —Sí, Alejandro; te recuerdo.

 —¿Me perdona? —suplicó el infeliz, que llevaba en el rostro las trazas de veintisiete años de cárcel.

 —Si Dios te ha perdonado, Alejandro, ¿cómo no te he de perdonar yo?

 Aquella noche la pasó en la casa del párroco, y juntos, la madre y el asesino de su hija, se acercaron a comulgar en la Misa del Gallo.

 Y siempre, cuando hablaban de Serenelli, la señora Goretti no consentía que le tratasen mal.

 —¡Está tan arrepentido! Y habiéndole perdonado Marietta, ¿cómo no le voy a perdonar yo? Es cierto que ha cometido un pecado enorme; pero Dios ha sabido sacar bien de tanto mal.

 CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

5 jul 2014

Santo Evangelio 5 de Julio de 2014



Día litúrgico: Sábado XIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 9,14-17): En aquel tiempo, se le acercan los discípulos de Juan y le dicen: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, porque lo añadido tira del vestido, y se produce un desgarrón peor. Ni tampoco se echa vino nuevo en pellejos viejos; pues de otro modo, los pellejos revientan, el vino se derrama, y los pellejos se echan a perder; sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos, y así ambos se conservan».


Comentario: Rev. D. Joaquim FORTUNY i Vizcarro (Cunit, Tarragona, España)
Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán

Hoy notamos cómo con Jesús comenzaron unos tiempos nuevos, una doctrina nueva, enseñada con autoridad, y cómo todas las cosas nuevas chocaban con la praxis y el ambiente dominante. Así, en las páginas que preceden al Evangelio que estamos contemplando, vemos a Jesús perdonando los pecados al paralítico y curando su enfermedad, mientras que los escribas se escandalizan; Jesús llamando a Mateo, cobrador de impuestos y comiendo con él y otros publicanos y pecadores, y los fariseos “subiéndose por las paredes”; y en el Evangelio de hoy son los discípulos de Juan quienes se acercan a Jesús porque no comprenden que Él y sus discípulos no ayunen.

Jesús, que no deja nunca a nadie sin respuesta, les dirá: «Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán» (Mt 9,15). El ayuno era, y es, una praxis penitencial que contribuye a «adquirir el dominio sobre nuestros instintos y la libertad del corazón» (Catecismo de la Iglesia, n. 2043) y a impetrar la misericordia divina. Pero en aquellos momentos, la misericordia y el amor infinito de Dios estaba en medio de ellos con la presencia de Jesús, el Verbo Encarnado. ¿Cómo podían ayunar? Sólo había una actitud posible: la alegría, el gozo por la presencia del Dios hecho hombre. ¿Cómo iban a ayunar si Jesús les había descubierto una manera nueva de relacionarse con Dios, un espíritu nuevo que rompía con todas aquellas maneras antiguas de hacer?

Hoy Jesús está: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20), y no está porque ha vuelto al Padre, y así clamamos: ¡Ven, Señor Jesús!

Estamos en tiempos de expectación. Por esto, nos conviene renovarnos cada día con el espíritu nuevo de Jesús, desprendernos de rutinas, ayunar de todo aquello que nos impida avanzar hacia una identificación plena con Cristo, hacia la santidad. «Justo es nuestro lloro —nuestro ayuno— si quemamos en deseos de verle» (San Agustín).

A Santa María le suplicamos que nos otorgue las gracias que necesitamos para vivir la alegría de sabernos hijos amados.

San Antonio María Zacarías, 5 de Julio

5 de julio


SAN ANTONIO MARÍA ZACARÍAS

(†  1539)


Nació en Cremona (Italia) el año 1502 y murió en la misma ciudad el 5 de julio de 1539. Basta la escueta indicación de estas fechas para comprender la trascendencia que, para la vida de la Iglesia, tuvieron los días que vivió Antonio María Zacarías. Inquietud y aspiración de reforma, ansias de renovación por caminos no siempre gratos a la jerarquía eclesiástica, miedo pusilánime en unos y excesos imprudentes en no pocos, definen el clima en el que debía germinar la semilla de un nuevo reformador santo, entre otros que, como San Cayetano de Thiena y San Ignacio de Loyola, produjo la Iglesia católica en el siglo XVI. Reformador, santo y, además añadimos, precursor del gran San Carlos Borromeo en la elevación espiritual de la diócesis de Milán.

 Antonio María fue obra de la gracia, que comenzó por materializarse en el regalo de una piadosísima madre; de su seno salió a contemplar la luz de este mundo y de sus brazos tuvo la dicha indecible de volar a contemplar la claridad de Dios. La buena Antonieta Pescaroli recibió con conciencia de responsabilidad el encargo y la confianza que la Providencia en ella depositó al darle un hijo para hacer de él un buen cristiano; por fidelidad a él, y para mejor dedicarse a su formación, rehusó la joven viuda un nuevo matrimonio. Antonio María Zacarías pudo así aprender de su madre a ser pobre para poder ser caritativo, hasta tanto que, con el fin de facilitar a ésta el ejercicio de la caridad en favor de los necesitados, renunció notarialmente a los bienes que le correspondían por herencia paterna; se nos hará, pues, natural que, como un necesitado más, solicite humilde de su madre lo indispensable para su sustento, sin permitirse jamás nada que pueda parecer superfluo o lujoso; para Antonio María supondría ello privar a otros de lo necesario para vivir.

 Quiso prepararse por el estudio de la medicina para ser un ciudadano útil a sus hermanos los hombres. Pero el Señor le quería escoger para curar dolencias de otra índole. En los años de estudiante la piedad y amor a la Santísima Virgen, a quien había consagrado su virginidad, sostuvo firme su propósito de virtud y su espíritu de caritativo servicio a los hermanos, que fue poco a poco transformándose en el deseo de ser sacerdote. Pero, a pesar de que la decadencia de las costumbres, aun en el clero, hiciera a sus contemporáneos poco respetable la dignidad sacerdotal, supo él descubrir la grandeza de la misión del sacerdote, a la vez que la profundidad de su indignidad, de manera que sólo por el prudente consejo de su director espiritual se decidiera a entrar por el camino del sacerdocio.

 En una época en que la Reforma de la Iglesia aspiraba no solamente a la purificación de las costumbres, sino a la consolidación de la doctrina, no bastaba ser virtuoso para responder a las exigencias que su tiempo tenía, consciente o inconscientemente, respecto de los sacerdotes. Hacía falta doctrina sólida inspirada precisamente en las fuentes puras de la revelación, en la Sagrada Escritura. Visto desde la perspectiva del siglo XX, nos parece sumamente moderno y actual el esfuerzo puesto por Antonio María Zacarías, estudiante para el sacerdocio, de llegar a la comprensión de la doctrina católica, en la teoría y en el espíritu de San Pablo, a través de sus preciosas epístolas. Libertad y gracia, virginidad y cuerpo místico, locura por Cristo crucificado y desprecio de las realidades terrestres, son unos de los muchos temas en los cuales se fue empapando el futuro apóstol y reformador, cuya íntima preocupación no fue otra que la de reproducir la imagen del apóstol Pablo, gran enamorado de Cristo.

 Once años escasamente fue Antonio María sacerdote; pero los santos saben vivir con intensidad su tiempo, y así debió vivirlo quien en tan poco tiempo mereció ser llamado por su bondad y caridad, por su prudencia y celo, el "Angel de Cremona" y el "Padre de la Patria". Su madre le enseñó a compadecer y a aliviar el sufrimiento ajeno, y, ordenado sacerdote, no tuvo que hacer otra cosa que seguir la misma trayectoria, poniendo al servicio de sus hermanos el gran don del sacerdocio, que fue en él luz, mortificación, amor.

 En un siglo de exaltación de la razón y de la cultura, y de optimismo desbordado por los valores humanos, Antonio María Zacarías luchó por llevar a los creyentes la ceguera de la fe y la locura de la cruz; la Eucaristía y la pasión fueron las devociones que con mayor ardor trató de inculcar en el pueblo cristiano, y aún perduran todavía ciertas prácticas que él introdujo, como son el recuerdo piadoso de la pasión y de la muerte del Señor al toque de las tres de la tarde de todos los viernes, y la práctica de las cuarenta horas de adoración al Santísimo Sacramento, solemnemente expuesto sucesivamente en diversas iglesias para salvar la continuidad del culto.

 Los santos no suelen ser guardianes egoístas de los tesoros que en ellos deposita la gracia; buscan la comunicación abundante y fecunda, en vistas a una mayor eficacia apostólica; por esto es frecuente que en torno a ellos surjan familias religiosas vivificadas por su espíritu y penetradas de su misma inquietud apostólica. Antonio María descubrió en el mundo en que la Providencia le situó, una gran indigencia; vio en su cristianismo una radiante luz que la colmara; y su vida personal, lo mismo que la de los clérigos de la Congregación de San Pablo, no será otra cosa que la dedicación a la obra de la salvación de los hermanos, en el sacrificio total de las apetencias puramente personales. Así nació en Milán esta asociación para la reforma del clero y del pueblo, que más tarde sería conocida con el nombre de los "barnabitas", por la sede en que se instalaron definitivamente a partir del año 1545. Clemente VII la aprobó en 1533. Un sacerdote y un seglar, Bartolomé Ferrari y Jacobo Morigia, fueron sus primeros colaboradores. Y no solamente en el espíritu y la doctrina quisieron estos hombres de Dios imitar a San Pablo; como éste en el foro, se lanzaron ellos a las calles de Milán, predicando, mucho más que por la preparación de su elocuencia, por la austeridad y la mortificación de la vida. No faltaron quienes se escandalizaron ante estas santas "excentricidades", acusándoles de hipócritas y aun heréticos. Se les promovió una causa ante el senado y la curia episcopal de Cremona, de la que la nueva asociación salió fortalecida, pues le valió la bula de Paulo III, quien el año 1539 puso a la nueva Congregación religiosa bajo la inmediata jurisdicción de la Santa Sede.

 Con el fin de llevar el espíritu de la Reforma a las jóvenes y a las mujeres, Antonio María transformó un instituto erigido, con esta finalidad por la condesa Luisa Torrelli de Guastalla en monasterio de religiosas que tomará por nombre el de Angélicus, que fue también aprobado por Paulo III. Siguiendo fiel a su espíritu, la base de la transformación religiosa y moral la puso el fundador en la instrucción religiosa, sin la cual no puede existir una verdadera reforma. San Carlos Borromeo se sirvió de ella aun para la reforma de los monasterios, elogiándola tanto que la llamó "la joya más preciosa de su mitra".

 No sería completa la reseña sobre la obra de San Antonio María Zacarías si pasáramos por alto una de sus preocupaciones que plasmó en una realización que a nosotros, hombres del siglo XX, nos parece especialmente interesante y actual. Consciente por experiencia propia de lo que la vida familiar, honradamente vivida, puede colaborar en la elevación de las costumbres privadas y públicas, creó una Congregación para los unidos en matrimonio, ordenada a la reforma de las familias.

 Al echar ahora una mirada retrospectiva sobre la vida de Antonio María, canonizado el 27 de mayo de 1890 por Su Santidad el papa León XIII, llama poderosamente la atención no sólo la abundancia de su obra, realizada en tan breve espacio de tiempo, sino también, y en mayor grado aún, la perspicacia y claridad de la visión que tuvo de los problemas, que le hizo buscar los remedios verdaderos y permanentes de todas las situaciones difíciles de la vida de la Iglesia: el estudio de la verdad, el amor de la caridad, el sacrificio por el hermano. Por esto San Antonio María Zacarías nos parece aun hoy un santo moderno, actual, capaz de iluminarnos con el resplandor de su vida y de su espíritu.

 JOSÉ MARÍA SETIÉN

Médico, sacerdote y fundador


En san Antonio María Zacarías tenemos a un médico, sacerdote y fundador. Un hombre ilustre que hizo de su vida joven, 37 años (1502-1539) , un servicio de amor a los demás. 

Hijo de una familia noble genovesa, nació en Cremona, Italia, donde pasó sus primeros 14 años. Y a los 15 ya estaba en París estudiando. Luego continuó haciéndolo en Padua. Obtenido el título de médico, regresó a su tierra y se enfrentó a la peste. Convirtió su casa en un hospital, y la experiencia que allí vivió fue como el manantial en que surgió su vocación sacerdotal. 

Ordenado sacerdote a los 26 años, dio pruebas de su capacidad creadora y organizadora, y la ciudad de Cremona comenzó a sentir su influencia renovadora. De allí pasó a Milán y en ella organizó varios centros de espiritualidad en los que floreció la vida según el Espíritu y el compromiso de fidelidad a los hombres.

Ese ensayo de formación de comunidades espirituales fue el germen que luego floreció en la fundación de tres instituciones que encarnan su espíritu de servicio: Barnabitas o Clérigos regulares de san Pablo, Hermanas Angélicas de San Pablo, Congregación de Señores Casados. Consumadas en breve sus energías, murió a los 37 años de edad. ¡Qué buena cosecha la de su viña! Pidamos a María, Madre de Dios y madre nuestra, que esas semillas se conserven.

ORACIÓN:

Señor, Dios nuestro: queremos compartir hoy contigo el gozo de la santidad de tu siervo e hijo Antonio María Zacarías. Como médico, fue mano protectora de muchos necesitados de salud. Como sacerdote, fue bendición par almas que buscaban perdón, gracia, paz. Como fundador, promovió en la Iglesia el espíritu comunitario de trabajo y vida. Haznos a nosotros imitadores suyos, servidores de nuestros hermanos. Amén.