19 may 2014

Santo Evangelio 19 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Lunes V de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 14,21-26): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él». Le dice Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?». Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho».


Comentario: Rev. D. Norbert ESTARRIOL i Seseras (Lleida, España)
El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho

Hoy, Jesús nos muestra su inmenso deseo de que participemos de su plenitud. Incorporados a Él, estamos en la fuente de vida divina que es la Santísima Trinidad. «Dios está contigo. En tu alma en gracia habita la Trinidad Beatísima. —Por eso, tú, a pesar de tus miserias, puedes y debes estar en continua conversación con el Señor» (San Josemaría).

Jesús asegura que estará presente en nosotros por la inhabitación divina en el alma en gracia. Así, los cristianos ya no somos huérfanos. Ya que nos ama tanto, a pesar de que no nos necesita, no quiere prescindir de nosotros. 

«El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,21). Este pensamiento nos ayuda a tener presencia de Dios. Entonces, no tienen lugar otros deseos o pensamientos que, por lo menos, a veces, nos hacen perder el tiempo y nos impiden cumplir la voluntad divina. He aquí una recomendación de san Gregorio Magno: «Que no nos seduzca el halago de la prosperidad, porque es un caminante necio aquel que ve, durante su camino, prados deliciosos y se olvida de allá donde quería ir».

La presencia de Dios en el corazón nos ayudará a descubrir y realizar en este mundo los planes que la Providencia nos haya asignado. El Espíritu del Señor suscitará en nuestro corazón iniciativas para situarlas en la cúspide de todas las actividades humanas y hacer presente, así, a Cristo en lo alto de la tierra. Si tenemos esta intimidad con Jesús llegaremos a ser buenos hijos de Dios y nos sentiremos amigos suyos en todo lugar y momento: en la calle, en medio del trabajo cotidiano, en la vida familiar.

Toda la luz y el fuego de la vida divina se volcarán sobre cada uno de los fieles que estén dispuestos a recibir el don de la inhabitación. La Madre de Dios intercederá —como madre nuestra que es— para que penetremos en este trato con la Santísima Trinidad.

19 de mayo SAN PEDRO CELESTINO monje y papa dimitido

19 de mayo


SAN PEDRO CELESTINO
monje y papa dimitido

 († 1296)



El año 1215, en un pueblo de la región de los Abruzos, perteneciente al reino de las Dos Sicilias, nació el que más tarde sería el papa Celestino V. En su misma autobiografía nos describe a sus padres, Angelerio y María, con estas palabras: "Ambos eran justos a los ojos de Dios y muy alabados por los hombres; daban limosna y acogían a los pobres de muy buena gana en su casa. Tuvieron doce hijos, a semejanza del patriarca Jacob, y siempre pedían al Señor que alguno de ellos sirviese a Dios. De esta familia ejemplarmente cristiana el niño Pedro fue el undécimo retoño.

 Regía entonces los destinos de la Iglesia y de toda la cristiandad el gran pontífice Inocencio III, que moriría al año siguiente en el apogeo de la gloria del Pontificado. Su bienhechora influencia se extendía a todos los Estados de Europa, que, gracias a su autoridad, acatada por emperadores, reyes, ciudades y señores feudales, se había mantenido en una armonía fecunda. Un siglo más tarde el edificio cristiano de la Europa medieval presentaría grietas alarmantes, que los sucesores inmediatos de Inocencio III, entre los cuales se encuentra nuestro Santo, no acertarían a restañar.

 Pedro pasó la niñez y juventud en su mismo pueblo, junto a su madre, que fue también, su primera maestra en la santidad. Ella estaba amargada porque ninguno de sus diez primeros hijos servía a Dios. Y se quejaba: "¡Miserable de mí! ¡Tantos hijos y que ninguno sea siervo de Dios!" Oyéndola repetir esto su hijo undécimo, que contaría entonces cinco o seis años, empezó a decirle: "Quiero ser un buen siervo de Dios." Ella entonces resolvió encaminarle al estudio de las letras, a pesar de la contradicción de los restantes hermanos. Como había ya quedado viuda tuvo que imponerse considerables sacrificios; pero Dios los premió, ya que, al poco tiempo, el pequeño Pedro, según cuenta él mismo, leía el Salterio.

 En este ambiente familiar cristiano y austero, donde la providencia de Dios pudo palparse claramente repetidas veces, y en el que su madre era también la íntima confidente, creció en edad y en ganas de servir a Dios nuestro Santo. Sus deseos se inclinaban decididamente hacia la vida de los anacoretas. Tenía más de veinte años cuando, al fin, se resolvió con otro compañero a dejar el pueblo y dirigirse a Roma "para pedir consejo a la Iglesia".

 Salieron ambos, pero, al término de la primera jornada de camino, su compañero quiso volver al pueblo; hizo la segunda jornada solo y, llegando a Castelsangro, lluvias torrenciales y ríos desbordados le impidieron proseguir hacia Roma. Invocando el auxilio divino permaneció allí muchos días, hasta que supo que un solitario habitaba en los montes vecinos. Entonces compró dos panes y algunos peces y se subió a la montaña, en pleno mes de enero, con nieve abundante. Encontró vacía la celda de aquel ermitaño y se quedó allí, empezando una vida de gran austeridad y oración casi continua.

 Las primeras vivencias fueron de una gran paz y alegría espiritual y abundancia de consolación sensible; pero no tardó mucho en llegar la desolación purificadora del alma, con multitud de tentaciones, "lo mismo estando despierto que durmiendo". En los mismos principios de su vida eremítica se trasladó a otra montaña, donde cavó un hoyo debajo de una roca, en el cual con dificultad podía estar en pie o echado. Aquí permaneció tres años.

 Empezó pronto el ir y venir de las gentes en torno a él. Le aconsejaban que recibiera la ordenación sacerdotal. Se dejó convencer y partió para Roma, donde fue ordenado sacerdote. De vuelta, al pasar por Monte Murrone, encontró una cueva que le gustó y allí se quedó. Los cinco años que duró su estancia en ella fueron tiempos de tribulación espiritual en torno a la celebración de la misa. Le parecía que, si celebraba, se reuniría gente allí y perdería la soledad; que le ofrecerían limosnas y peligraría su pobreza, y, además, se consideraba indigno. Estaba ya determinado a volver a Roma a pedir consejo al Papa, cuando se le apareció en sueños el abad que le había impuesto el hábito de ermitaño y se cambió entre ellos este diálogo: "Celebra misa, hijo; celebra."

 El objetó: "Pero, si San Benito y otros muchos santos no quisieron tocar tan gran misterio, ¿Cómo yo, pecador, puedo considerarme digno?"

 El abad respondió: "¡Pero hijo! ¿Digno? ¿Quién es digno? Celebra misa, hijo, celébrala con temor y temblor."

 El dictamen del confesor concordó. Y desaparecieron las dudas.

 El ejemplo de su vida, tan austera soledad, ayuno, oración y la fama de santidad empezaban a atraerle discípulos, cuando tuvo que abandonar Monte Murrone, pues, habiendo sido talados los bosques cercanos y empezando a cultivarse las tierras, peligraba su separación del mundo. Buscando la soledad, se refugió con sus primeros discípulos en otra cueva de Monte Maiella. Su irradiación espiritual creció, y, con ella, el número de discípulos y la devoción de las gentes; muchos dejaban el mundo y se ponían a su disposición para servir a Dios; él los rechazaba cuanto podía, excusándose en sus pocos conocimientos y en su deseo de soledad; pero frecuentemente, vencido por su caridad, los admitía. Así nació la congregación de los "Celestinos", cuyos estatutos aprobó Gregorio X en 1274; ya entonces contaba con dieciséis monasterios.

 Durante largos años de permanencia en Monte Maiella empezó a manifestarse el abundante carisma de milagros que había de ser una de las características más salientes de su vida.

 Se encontraba de nuevo en Monte Murrone, pasando visita a los monasterios de su Orden, cuando, inesperadamente, recibió al arzobispo de Lyon con un séquito de prelados, embajadores del cónclave, notificándole que había sido elegido Sumo Pontífice y rogándole su aceptación. La elección había tenido lugar el día 5 de julio de 1294; el elegido rondaba ya los ochenta años.

 Su elección llenó de júbilo a amplios sectores de la Iglesia. Su fama de santidad era sólida y muy extendida, y eran muchos —joaquimitas, fraticelos, "espirituales"— los que creían que la barca de la Iglesia necesitaba de un piloto santo y espiritual para ser sacada del atolladero en que parecía encallada. Y aun para los que no compartían esta opinión no dejaba de representar un alivio el hecho de la terminación de un interregno que duraba ya más de dos años, desde el 4 de abril de 1292, en que muriera Nicolás IV. Tanto más cuanto que la persona del santo anacoreta había vencido las disensiones que existían entre los miembros del Sacro Colegio, —Orsinis y Colonnas—, obstáculo que había llegado a parecer insuperable. Detrás de este antagonismo se encontraba la influencia creciente que Francia venía ejerciendo sobre el Pontificado a partir de la ruptura de éste con la casa imperial de los Hohenstaufen.

 Todas estas causas se conjugaron en la gran apoteosis que fue su traslado a Aquila, donde recibió el homenaje de todo el Sacro Colegio de cardenales, la consagración episcopal y la coronación como Sumo Pontífice. El rey de Nápoles, Carlos II de Anjou, de quien había sido súbdito hasta entonces, y cuya influencia sobre el nuevo Papa se haría cada vez más avasalladora, y su hijo Carlos Martel, rey electo de Hungría, conducían las riendas del humilde asno en que montaba Celestino V. Tolomeo de Lucca nos cuenta que cuando llegó a Aquila corrían las gentes de los alrededores hacia él para pedirle la bendición, y el futuro Santo tenía que estar todo el día en la ventana, reclamado por el clamor de los que pedían les bendijese. El mismo cronista nos dice que para la coronación, que tuvo lugar el 29 de agosto, se congregaron más de doscientas mil personas.

 Pero su temperamento insociable, su extrema sencillez y su desconocimiento de las cosas humanas y de los negocios del gobierno le acarrearon en seguida graves dificultades en el ejercicio de su alto cargo.

 Contra el consejo de los cardenales, no sólo rehuyó ir a Roma —sobresaltada por luchas ciudadanas—, sino que se trasladó al mismo Palacio Real de Nápoles, donde trató de conjugar su rango pontificio con el deseo de soledad haciendo construir una cabaña dentro de sus habitaciones, a la que se retiraba para no interrumpir las largas horas de oración. Por otra parte, el despacho de los asuntos de la Curia iba de mal en peor, y la supeditación del Papa al rey de Nápoles (segundón de la dinastía francesa de Anjou) llegó al colmo cuando, al crear doce cardenales poco después de su elevación al Pontificado, escogió siete franceses y tres súbditos napolitanos.

 Ante esta situación caótica, de la que Celestino V no dejó de darse cuenta, se convenció también de su incapacidad, y fue entonces cuando dio el gran ejemplo de humildad y despego de las grandezas y honores de la tierra, y, con ello, la medida de su perfecta caridad para con Dios. A pesar de que algunos le aconsejaban que dejara el gobierno de la Iglesia en manos de los cardenales y que él se retirara a la oración conservando el honor del Sumo Pontificado, quiso que se estudiara la posibilidad de la abdicación del Romano Pontífice, cuestión confusa y discutida por aquel entonces. Recibida respuesta afirmativa, mandó componer una bula en la que se declaraba que el Papa puede renunciar a sus poderes. De hecho, el Papa no es más que el obispo de Roma, y su aceptación y permanencia en el cargo es libre, y, siendo el bien de la Iglesia la suprema ley, puede llegar a darse el caso en que la renuncia sea obligatoria en conciencia. El día 13 de diciembre de 1294 se presentó solemnemente revestido de pontifical ante el Colegio Cardenalicio y, prohibiendo que nadie le interrumpiera, leyó él mismo la bula y abdicó. Salió del Consistorio y volvió a entrar dentro de poco vestido de simple monje. Había gobernado la Iglesia alrededor de cinco meses.

 Diez días después era elegido su sucesor Bonifacio VIII. Ante el peligro de cisma que suponía el que muchos exaltados no quisieran reconocer la validez de la abdicación de Celestino V, el nuevo Papa ratificó la dimisión e insertó la bula en el cuerpo del derecho canónico. Entretanto Celestino V, para asegurar su soledad, se había escapado de Nápoles y se encontraba ya cerca de la costa adriática con evidente intención de pasar a Dalmacia. Bonifacio VIII mandó guardias a recogerle, siendo conducido al castillo de Monte Fumone, junto a Anagni. Defendido allí contra cualquier intento perturbador, pudo continuar su vida ordinaria de oración, soledad y penitencia hasta mayo de 1296, en que murió.

 El papa Clemente V le elevó al honor de los altares en 5 de mayo de 1313. Había empezado el cautiverio de Avignon. Triunfaba plenamente aquella política de supeditación a Francia que había seguido San Celestino V y contra la cual había opuesto heroicamente la última resistencia Bonifacio VIII.

 JOSÉ PONT Y GOL


18 may 2014

Santo Evangelio 18 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Domingo V (A) de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 14,1-12): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino». 

Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». 

Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre».


Comentario: Pbro. Walter Hugo PERELLÓ (Rafaela, Argentina)
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí

Hoy, la escena que contemplamos en el Evangelio nos pone ante la intimidad que existe entre Jesucristo y el Padre; pero no sólo eso, sino que también nos invita a descubrir la relación entre Jesús y sus discípulos. «Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,3): estas palabras de Jesús, no sólo sitúan a los discípulos en una perspectiva de futuro, sino que los invita a mantenerse fieles al seguimiento que habían emprendido. Para compartir con el Señor la vida gloriosa, han de compartir también el mismo camino que lleva a Jesucristo a las moradas del Padre.

«Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5). Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto» (Jn 14,6-7). Jesús no propone un camino simple, ciertamente; pero nos marca el sendero. Es más, Él mismo se hace Camino al Padre; Él mismo, con su resurrección, se hace Caminante para guiarnos; Él mismo, con el don del Espíritu Santo nos alienta y fortalece para no desfallecer en el peregrinar: «No se turbe vuestro corazón» (Jn 14,1).

En esta invitación que Jesús nos hace, la de ir al Padre por Él, con Él y en Él, se revela su deseo más íntimo y su más profunda misión: «El que por nosotros se hizo hombre, siendo el Hijo único, quiere hacernos hermanos suyos y, para ello, hace llegar hasta el Padre verdadero su propia humanidad, llevando en ella consigo a todos los de su misma raza» (San Gregorio de Niza).

18 de mayo SANTA RAFAELA MARÍA DEL SAGRADO CORAZON

18 de mayo

SANTA RAFAELA MARÍA DEL SAGRADO CORAZON

 († 1925)


Santa Beata Rafaela María del Sagrado Corazón aparece en la Iglesia durante el siglo XIX. Porque es el siglo del liberalismo triunfante, ella y sus hijas se ceñirán las cadenas de una esclavitud de amor; y por que se intensifica la sagrada pasión del Cuerpo místico de Cristo, —su Vicario Pío IX bajaría a la tumba coronado de espinas— ungirán ellas ese Corazón llagado con la suave unción de su amor reparador y eucarístico. Espíritu éste de perenne actualidad —como recientes documentos pontificios lo confirman—, ya que hasta el fin de los tiempos el "Cristo total", Cristo viviente en su Iglesia, ofrecerá al Padre holocausto de reparación, intercesión y amor.

 Mas, ¿cómo iban a sospechar estos misteriosos y futuros destinos los cristianos y ricos terratenientes de Pedro Abad don Ildefonso Porras y doña Rafaela Ayllón, cuando amorosamente se inclinaban sobre la cuna de aquella niña —la décima de sus trece hijos—, que había venido al mundo precisamente el primer viernes de marzo —día 1— de 1850? Una fecha después llega para ella el que alguna vez llamará "el día más grande de nuestra vida", el de su bautismo.

 Para santa quería Dios a aquella niña y en tierra de santos la había hecho nacer. Más que de los califas, es Córdoba la ciudad de Eulogio y Speraindeo, de Alvaro y las vírgenes Flora y María, de los innumerables mártires. Con razón exclamará Rafaela: "Somos hijos de santos, ¡no degeneremos!"

 Si era cristianísimo el hogar donde su cuna se meció pronto lo iba a saber, aun a precio de lágrimas. Sólo cuatro años contaba cuando su padre, alcalde a la sazón, mostrando su religiosidad en el heroísmo, caía víctima de la caridad cuidando a los atacados por el cólera, que se ensañaba en la villa. Su viuda, verdadera mujer fuerte, hizo frente a todo, pero se reservó en especial la educación de las "dos perlitas", como eran llamadas en familia las dos únicas niñas, Rafaela y otra hermana cuatro años mayor que ella, Dolores.

 Pronto la mejor sociedad cordobesa y madrileña comenzó a sonreír a aquellas jovencitas finas, cultas, sumamente agraciadas. Pero... sólo quince años contaba Rafaela cuando, arrodillándose ante el altar de San Juan de los Caballeros, en Córdoba, consagró al Señor la azucena de su virginidad con voto de castidad perpetua. Era precisamente el día de la Anunciación de María, la Esclava del Señor. "¡Es tan hermosa —dirá más tarde— la flor de la pureza!" Aquella iglesia, por coincidencias providenciales, fue la primera que las Esclavas recibieron en propiedad.

 Ya es toda de Jesucristo Rafaela María y Él comienza a llevarla por el difícil camino que para su vida ha trazado. Su madre es todo su cariño, y cuando apenas cuenta diecinueve años la pierde casi de repente. "La muerte de mi madre —revelará ella, religiosa ya— abrió los ojos de mi alma con un desengaño tal que la vida me parecía un destierro,. Cogida a su mano le prometí al Señor no poner jamás mi afecto en criatura alguna terrena. Y Nuestro Señor, al parecer, cogió mi oferta, porque aquel día me tuvo toda ocupada en pensamientos sublimísimos de la vaciedad y nada que son todas las cosas de la tierra, y de lo único necesario que era aspirar a sólo lo eterno, que casi, o del todo, me desterró la pena".

 Pronto fueron quedando Rafaela y Dolores cada vez más solas y, por tanto, más libres, en la casona familiar, dueñas de pingüe patrimonio. Mas no las busquéis ya en las fiestas de Córdoba, sino junto a la cabecera de los más indigentes y repugnantes enfermos, tal vez contagiosos, de Pedro Abad; o junto a la clásica chimenea de campana que presenciara tan dulces escenas familiares, rezando con la servidumbre aquel rosario bendito que ayer guiara la madre muerta; o acaso barriendo y perfumando luego de flores la ermita de aquel Cristo venerado que llevara en la mesnada el abad don Pedro de Meneses cuando acompañaba al rey San Fernando en la conquista de Córdoba,

 En esta vida de difícil abnegación las sostenía el joven párroco, recién llegado a Pedro Abad. Intuyendo los futuros destinos de Rafaela, le escribió esta frase que, a la luz de los acontecimientos posteriores, aparece como profética: "Lucirá, y más que el sol, si mientras llega el día se mantiene en la oscuridad..." Ya veremos si era profunda la oscuridad, prenuncio de gloria, que la esperaba.

 Avanzan las dos hermanas en virtud, pero la maledicencia se ceba en aquellas vidas intachables y han de renunciar a su único apoyo: la dirección. Ya para entonces ambas han decidido entregarse, con todo su haber y su poseer, al Señor. Pero ¿dónde? El antiguo director y otros eclesiásticos cordobeses, a quienes se han confiado, deciden: pasarán unos meses de retiro y reflexión en las clarisas de Santa Cruz, de Córdoba, y luego... Abandonan, pues, de incógnito su fecundo apostolado en el Pueblo, aunque los pobres, al enterarse, reclaman entre lágrimas que vuelvan las señoritas".

 Ya está decidido el ingreso en la Visitación de Valladolid para que tornen a Córdoba como fundadoras de un pensionado; pero el Señor, que tiene otros planes, hace aparecer en este momento al "hombre providencial": don Antonio Ortiz de Urruela. Era este sacerdote guatemalteco varón de espíritu y talento no comunes, penitente, celoso, rectísimo —"el Padre de la verdad" le llamaban los andaluces, ¡y eran los tiempos del liberalismo militante!—, sabio jurista: en fin, una personalidad extraordinaria. El, que tenía profundamente grabada esta idea de Pío IX: "Por la reparación se salvará el mundo", estimaba a la naciente sociedad de María Reparadora, y aquella estima cristalizó en una realidad tangible: negocia que se trasladen desde Sevilla algunas religiosas, y en una casa propiedad de las hermanas Porras, con haberes de las mismas, queda fundado el noviciado, que pueblan, junto con éstas, otras jóvenes selectas dirigidas también de don Antonio, protector y alma de la obra. Rafaela y Dolores, que visten felices el hábito blanco y azul de María Reparadora desde el día del Sagrado Corazón —es el año 1875—, creen haber llegado al puerto. A su vez las madres graves comentan: :"Rafaelita es una joya. Aunque novicia, podría muy bien ser superiora". ¡Por algo lo haría Dios!

 ¿Criterios anticuados de la tradicional sociedad cordobesa? ¿Tesón de un protector que exige con excesivo celo y diversidad de miras una docilidad que las protegidas estiman incompatible con el bien de su religión? El caso es que, cuando la madre general y fundadora de la sociedad dio la orden de trasladar el noviciado a Sevilla, surgieron graves diferencias entre las religiosas y los eclesiásticos cordobeses, particularmente con don Antonio, escudo hasta entonces de la amenazada fundación, quien creyó tener graves motivos para defender la permanencia del noviciado en Córdoba. Sólo a las dos hermanas se traslucía lo angustioso de la situación. Las demás novicias veían a Rafaela orar en cruz con más asiduidad y redoblado fervor ante el sagrario. No sabían más.

 Por fin las religiosas de María Reparadora han de salir de Córdoba. ¡Momentos de perplejidad para aquellas almas ansiosas de cumplir la voluntad divina! De pronto corre entre las novicias una voz: "Las hermanas Porras no se van. Continuarán en la casa bajo la protección del señor obispo, y la dirección del padre Antonio". Y allí se queda, casi íntegro, el noviciado. Rafaela, por designación episcopal, comienza a ser superiora de aquel grupito de jóvenes que "de novicias se han pasado a fundadoras" —como les escribirá años adelante, en carta autógrafa, Su Santidad Benedicto XV—. Fray Ceferino González, el futuro cardenal de Toledo, tan conocido por sus profundas obras filosóficas, obispo a la sazón de Córdoba, expidió el decreto de erección del nuevo Instituto, bajo el nombre de "Adoradoras del Santísimo Sacramento e Hijas de María Inmaculada".

 Se acerca la primera emisión de votos cuando reciben una amistosa advertencia: "El señor obispo está introduciendo algunas variaciones en las reglas". ¿Algunas variaciones? ¡Dios mío!, ¿quién las conoce?: rejas en los locutorios, la exposición del Santísimo sólo los domingos... Y tienen veinticuatro horas de plazo para determinarse!

 —Madre, ¡no queremos estas reglas! —exclaman a una voz las novicias apenas recibida la intimación—. ¡Queremos las reglas de San Ignacio tal como las hemos observado hasta ahora!

 Rafaela ha buscado en la oración, su ordinario recurso, la serenidad y el acierto. Ahora están ella y su hermana conferenciando con don Antonio, quien les repite inspirado: "Dios escribe derecho con pautas torcidas". Mas el tiempo urge, ¿qué hacer? Dolores fue la primera en lanzar la idea: "¿Por qué no nos vamos?" ¡Signo divino de la unanimidad! Al mismo tiempo una novicia bajaba en nombre de todas: "Madre, arriba estábamos diciendo que por qué no nos vamos..."

 Y aquella noche misma, en connivencia con las sombras nocturnas, comienza el éxodo. Presidía la salida Rafaela, "pálida como una dolorosa"; Rafaela, que con entereza recibida de lo alto se puso al frente de las fugitivas, mientras Dolores quedaba en el palomar vacío para hacer frente a la polvareda que en pos dejaban.

 Las Hermanas de la Caridad, que tanta derrocharon con la Congregación naciente, las hospedaron en Andújar.

 Un fuerte apoyo les quedaba, don Antonio Ortiz, que, alcanzado por la tempestad, negocia en Madrid el establecimiento del noviciado. ¿Un apoyo? ¿No imagináis lo que va a suceder? Moría, en efecto, en la capital de España este santo sacerdote el día de su gran protector San José. Rafaela, anegada en paz sobrenatural, desgrana por tres veces ante el sagrario los versículos del Te Deum. Esta será siempre su respuesta ante el dolor.

 Pero "el hombre providencial", cuyo último suspiro recibió Dolores, dejaba al Instituto bajo la tutela del buen padre Cotanilla, S. I. En su persona pasaba, en cierto modo, a la Compañía de Jesús tan sagrada herencia. Y bajo su protección y la del obispo auxiliar, doctor Sancha, van a establecerse, ahora definitivamente, en Madrid. Vibra de nuevo en Andújar la voz juvenil: "¡Vamos!"

 Ya están en la estación, en medio de la oscuridad y bajo el aguacero, esperando el tren que las llevará a la capital. De las dieciocho que comenzaron esta aventura hacia Dios "ninguna se ha perdido". Muy bien escribió la primera historiadora de tales sucesos: "Cuando Dolores expuso al obispo auxiliar el recelo que le inspiraban las vocaciones, contestó el doctor Sancha: "Estos trastornos obran en las religiosas lo que la criba en la era: se queda el grano y la paja se la lleva el viento..." En aquel puñado de almas generosas tan tenazmente aventado no hubo más que trigo: no faltaba ni una".

 El primado de España, cardenal Moreno, al aprobar la nueva Congregación en 14 de abril de 1877, le imponía el nombre de "Reparadoras del Sagrado Corazón de Jesús", cambiado, al penetrar el Instituto en la órbita pontificia por el Decretum laudis, en aquel que, no determinación humana, sino su Divino Fundador había escogido: ANCILLAE SACRATISSIMI CORDIS IESU, "Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús". Por fin León XIII, en 29 de enero de 1887, aprobaba definitivamente el Instituto y temporalmente sus Constituciones, las suyas, aquellas por las cuales había luchado tan denodadamente. "Vuestras son, parecía decirles el santo legislador mediante una serie de providenciales coincidencias. Y lo dijo también por boca de quien más autorizado estaba para ello. Visitando en Roma nuestras madres al padre Becks, y expresándole su alegría por llevarse las tan deseadas Constituciones, alguien insinuó: "San Ignacio no hizo sus reglas para mujeres". A lo que repuso el padre General: "Las reglas de San Ignacio están llenas del Espíritu de Dios, y el Espíritu de Dios lo mismo es para hombres que para mujeres".

 Mas quien corta la rosa se lleva la espina, y ellas, que con mano audaz se habían acercado al rosal de Ignacio, participarían también en la "bendición" que él pidió a Dios para su obra: las persecuciones. "Diga al señor obispo de Cádiz —advertía la madre a una de sus hijas— que se prepare para las habladurías y calumnias que ha de oír de nosotras..." No obstante, palpando en las dificultades como en los éxitos una admirable providencia de aquel Corazón que es origen del Instituto, la madre María del Sagrado Corazón, con maravillosa prudencia y celo, pero sobre todo con la eficacia de su fervoroso espíritu sobrenatural, iba fundamentando sólidamente y perfeccionando todos los órdenes, primero como superiora, después —desde mayo de 1887— como general, la obra de su vida. Las fundaciones se multiplicaban; florecían las obras de apostolado que, juntamente con la adoración reparadora al Santísimo Sacramento, son esenciales en el Instituto: escuelas populares, colegios, casas de ejercicios, Congregaciones Marianas y de Adoradoras del Santísimo Sacramento, etc. Posteriormente, al ver a sus hijas sembrando la buena nueva en lejanas misiones de infieles, habrá exultado con nuevo gozo la que siempre soñó que su Instituto fuera "universal como la Iglesia".

 A la vez que lo infundía en su obra iba intensificándose en ella aquel, su admirable espíritu: amor reparador y encendido en celo por su gloria, hasta la inmolación total al Corazón de Cristo, sobre todo en el Sacramento de Amor, entrega filial y confiada al de la Inmaculada Madre; oración altísima y continua, que el Señor perfeccionaba con carismas divinos, y, sobre esta base, heroicas virtudes, entre las cuales destaca una humildad tal que alguien ha llegado a llamarla "la humildad hecha carne". La autenticidad de esta su virtud característica pronto se probaría —se estaba probando ya— en el más doloroso y encendido crisol: contradicciones, incomprensiones, desconfianzas de sus consejeras, aparentes fracasos, el total arrinconamiento, el largo y absoluto olvido...

 Un paso faltaba para que la fundadora viera definitivamente consolidada su obra: la aprobación definitiva de las Constituciones. En 1894 llegó este gozo. Al día siguiente de Nuestra Señora de las Mercedes León XIII las refrendaba con su autoridad infalible. Así, de manos de Aquella que es "redención de cautivos", recibían las Esclavas, para quedar gloriosa y perpetuamente ligadas, las dulces cadenas de la esclavitud que redime.

 Pero entonces vivía ya la madre su vida oculta de Nazaret, retirada en la casa de Roma. Graves dificultades internas que surgieron en el gobierno la movieron a renunciar al generalato, primero temporalmente a favor de su hermana Dolores —en religión madre María del Pilar—, quien, al presentar la dimisión el 3 de marzo del siguiente año, 1893, todas las que formaban la junta, fue elegida para sustituirla. De este modo colmaba el Señor los deseos de la madre, largamente acariciados: servirle en el más escondido rincón del Instituto y cooperar así a su gloria con la demostración palmaria de que Él, único Fundador, prescindía libérrimamente de instrumentos, como le había glorificado antes siéndole docilísimo en sus manos.

 Pero, ¿quién penetrará el abismo de penas, humillaciones e ingratitudes que sufrió en tan aflictivas circunstancias? "¡Por qué tempestad pasa esta navecilla!", escribirá la madre. ¡Si no rugiera también en su interior! Es la hora de exclamar: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"

 Mas se diría que el Señor había permitido tan dolorosos golpes de cincel para hacer brillar más las facetas de sus heroicas virtudes, sobre todo de su humildad eximia, y así enjoyar a la Iglesia con nuevas galas. Se desconocen y conculcan sus derechos de fundadora, de madre, aun a veces de religiosa simplemente, y, una vez expuesto lo que su rectísima conciencia le dicta exponer, calla y se somete; ve que se la aísla progresivamente de las que en fuerza de los hechos son sus hijas, y ella se abraza más y más con el aislamiento y el silencio; rehuye insistentemente toda deferencia, todo privilegio, pues "Cristo y su Madre —dice— no los tuvieron"; quiere ser, como la última de las religiosas, no rogada, sino mandada, y cuando al fin lo logra se somete dócil y amorosamente aun a las órdenes más mortificantes aun a las simples insinuaciones de sus superioras, como la más rendida súbdita.

 Para ella el trabajo constante, lo más pobre de casa, las más bajas y fatigosas labores... Parecerá increíble, pero ni aun así cesan las desconfianzas en torno suyo, las humillaciones, las totalmente infundadas sospechas. Y llega aún la más dura prueba: la de comprobar, con el desgarrón íntimo que la injusticia causa, que, para explicar o cohonestar aquella aflictiva y anormal situación en que se la tiene aherrojada, se va divulgando, hasta formar ambiente, la especie de que su razón se ha nublado, como efecto del prolijo padecer. Sin otra réplica que la que sus virtudes y su proceder exquisito y perfectamente equilibrado ofrecen callada y constantemente, la madre se abraza con este nuevo dolor y, como Jesús en su pasión, una vez más, calla. Ha llegado a la cumbre del tercer grado de humildad, de la "locura de la cruz", que ella incesantemente pide como un tesoro, ignorando que ya lo posee.

 Y así, progresivamente, en un ocaso que es aurora, se va hundiendo en la sombra íntimamente dolorida por la humana ingratitud, pero serena con la serenidad y la dignidad del mártir. Y así recorre ese espinoso camino, sostenida por Dios, su único consuelo. Porque Él, siempre fiel con los suyos, en medio de la tormenta interior que a veces hace eco a la que exteriormente ruge, pone en el fondo de su alma como una íntima paz, y entre las oscuridades que la envuelven, y que el juicio de las criaturas sobre ella condensa más y más, hace que se filtre una tenue luz. Esa luz le infunde la seguridad de que a Dios buscó siempre con entera rectitud. El comprobar los frutos maravillosos de su actuación de ayer y su inmolación de hoy se lo reserva para la región de la luz.

 Pero aun ahora la alienta a veces con nuevas y más extraordinarias gracias: va manifestándosele en la Sagrada Eucaristía, ya mostrándosele en el mismo Divino Sacramento como amparando bajo su manto a la Congregación, por la cual teme; ya inspirándole aquella seguridad alentadora: "Si logro ser santa hago más por la Congregación, por las hermanas y por el prójimo que si estuviera empleada en los oficios de mayor celo".

 Bien necesitaba de estos alientos en su lento morir. Porque aquel apartamiento de todo en la plenitud de su actividad —a los cuarenta y tres años— tenía, en verdad, sabor de muerte. Era ella ahora el grano que cae en el surco y, para que su obra tenga vida y la tenga más abundante, ha de ir muriendo día tras día. Y así por más de treinta años...

 Durante este largo período la vida interior absorbe completamente sus energías. Todo lo demás queda inmolado y en una inacción que llamará ella "su mayor martirio".

 Y a fe que martirios no le faltaron nunca. Pero nada podía traslucirse al exterior. Abrazada más aún a la cruz de Cristo, reafirmándose con renovado fervor en el voto de perfección que tenía hecho hacia años, no veían en ella sino ese prodigio de humildad que torpemente hemos bosquejado, de caridad aun para con las que eran instrumento de sus penas, dulzura y abnegación, perfectísima observancia regular, vivificado todo por aquel su amor al Corazón sacramentado, amor que ya era, en progresión creciente, un encendido volcán.

 Sólo habría que reseñar en estos años un viaje suyo a Loreto y Asís —que encajaba a maravilla en el ambiente de Nazaret en que se desarrollaba su vida— y otro, más largo, a España. Por todas las casas que visitó fue dejando una estela de edificación. Las más jóvenes podían ahora comprobar lo que tantas veces oyeran a las ancianas sobre la madre fundadora. La cual, a la menor indicación de la que era para ella entonces representante de Dios, sin poder siquiera visitar en Valladolid a su hermana, que vivía en aquella casa retirada ya también del gobierno de la Congregación, "bajó de nuevo a Nazaret para seguir siendo allí súbdita hasta la muerte.

 Nunca, en efecto, volverá a tener ni una sombra de autoridad sobre ninguna del Instituto. Sin extrañarse nadie, verán a la madre, ya anciana, ayudando a poner las mesas a una postulante coadjutora recién llegada. El velo de olvido y silencio se va haciendo más tupido al correr los años. Cada vez más desconocida, llega un momento en que ni aun las que viven en la Congregación saben que la fundadora es ella. ¡Si aun lo ignora su director, y la madre, pudiendo hablar, calla! ¡Cómo iba a comprenderla ni consolarla! Dios es todo su consuelo. Dios, que, en frase de la madre, la tiene como identificada consigo en la total unión del "sacramento indisoluble".

 Este prolongado y doloroso holocausto había de consumarse en aras de su mayor amor. Como efecto de las muchas horas que pasaba de rodillas ante la Custodia, centro de su vida, contrajo en la rodilla derecha una enfermedad que poco a poco, entre graves dolores, la fue acabando. Los últimos ocho meses sobre todo, que pasó retenida en el lecho, fueron de acerbo sufrir.

 Y el 6 de enero del año santo 1925, en la única fiesta litúrgica que conmemora una adoración, brilló para ella la Epifanía eterna. Todo el Instituto se impregnó del buen olor de aquellas virtudes tan en la sombra practicadas. Y, al contemplar su radiante figura en la gloria de Bernini el 18 de mayo de 1952, rendía al Señor exultantes acciones de gracias porque, cumpliendo su promesa de ensalzar al que se humilla, había puesto los ojos en la humildad de su esclava.

Fue canonizada el 23 de enero de 1977.

 EVELIA SANCHEZ, A. C. I.

17 may 2014

Santo Evangelio 17 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Sábado IV de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 14,7-14): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. 

»Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si pedís algo en mi nombre, yo lo haré».


Comentario: P. Jacques PHILIPPE (Cordes sur Ciel, Francia)
Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí

Hoy, estamos invitados a reconocer en Jesús al Padre que se nos revela. Felipe expresa una intuición muy justa: «Muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8). Ver al Padre es descubrir a Dios como origen, como vida que brota, como generosidad, como don que constantemente renueva cada cosa. ¿Qué más necesitamos? Procedemos de Dios, y cada hombre, aunque no sea consciente, lleva el profundo deseo de volver a Dios, de reencontrar la casa paterna y permanecer allí para siempre. Allí se encuentran todos los bienes que podamos desear: la vida, la luz, el amor, la paz… San Ignacio de Antioquía, que fue mártir al principio del siglo segundo, decía: «Hay en mí un agua viva que murmura y dice dentro de mí: ‘¡Ven al Padre!’».

Jesús nos hace entrever la tan profunda intimidad recíproca que existe entre Él y el Padre. «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14,11). Lo que Jesús dice y hace encuentra su fuente en el Padre, y el Padre se expresa plenamente en Jesús. Todo lo que el Padre desea decirnos se encuentra en las palabras y los actos del Hijo. Todo lo que Él quiere cumplir a favor nuestro lo cumple por su Hijo. Creer en el Hijo nos permite tener «acceso al Padre» (Ef 2,18). 

La fe humilde y fiel en Jesús, la elección de seguirle y obedecerle día tras día, nos pone en contacto misterioso pero real con el mismo misterio de Dios, y nos hace beneficiarios de todas las riquezas de su benevolencia y misericordia. Esta fe permite al Padre llevar adelante, a través de nosotros, la obra de la gracia que empezó en su Hijo: «El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago» (Jn 14,12).
Comentario: Rev. D. Iñaki BALLBÉ i Turu (Rubí, Barcelona, España)
Si pedís algo en mi nombre, yo lo haré

Hoy, cuarto Sábado de Pascua, la Iglesia nos invita a considerar la importancia que tiene, para un cristiano, conocer cada vez más a Cristo. ¿Con qué herramientas contamos para hacerlo? Con diversas y, todas ellas, fundamentales: la lectura atenta y meditada del Evangelio; nuestra respuesta personal en la oración, esforzándonos para que sea un verdadero diálogo de amor, no un mero monólogo introspectivo, y el afán renovado diariamente por descubrir a Cristo en nuestro prójimo más inmediato: un familiar, un amigo, un vecino que quizá necesita de nuestra atención, de nuestro consejo, de nuestra amistad.

«Señor, muéstranos al Padre», pide Felipe (Jn 14,8). Una buena petición para que la repitamos durante todo este sábado. —Señor, muéstrame tu rostro. Y podemos preguntarnos: ¿cómo es mi comportamiento? Los otros, ¿pueden ver en mí el reflejo de Cristo? ¿En qué cosa pequeña podría luchar hoy? A los cristianos nos es necesario descubrir lo que hay de divino en nuestra tarea diaria, la huella de Dios en lo que nos rodea. En el trabajo, en nuestra vida de relación con los otros. Y también si estamos enfermos: la falta de salud es un buen momento para identificarnos con Cristo que sufre. Como dijo santa Teresa de Jesús, «si no nos determinamos a tragar de una vez la muerte y la falta de salud, nunca haremos nada».

El Señor en el Evangelio nos asegura: «Si pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14,13). —Dios es mi Padre, que vela por mí como un Padre amoroso: no quiere para mí nada malo. Todo lo que pasa —todo lo que me pasa— es en bien de mi santificación. Aunque, con los ojos humanos, no lo entendamos. Aunque no lo entendamos nunca. Aquello —lo que sea— Dios lo permite. Fiémonos de Él de la misma manera que se fió María.

San Pascual Bailón, 16 de Mayo

Pascual Bailón, San

Religioso


Autor: P. Ángel Amo


Nació el 16 de mayo de 1540, día de Pentecostés, en Torre Hermosa, provincia de Aragón (España), y murió en Villa Real (cerca de Valencia) el 17 de mayo de 1592, también día de Pentecostés. Puede decirse que este humilde "fraile laico", que no se sintió digno de recibir la Ordenación sacerdotal, fue realmente "pentecostal", es decir, dotado de los extraordinarios dones del Espíritu Santo, como el de la ciencia infusa.

Pascual Baylón, iletrado, pasó los años de su vida religiosa desempeñando el humilde oficio de portero, pero se lo considera nada menos que como "el teólogo" de la Eucaristía, no sólo por las disputas que él sostuvo con los calvinistas de Francia, durante un viaje que hizo a París, sino también por los escritos que dejó, y que son una especie de compendio de los grandes tratados sobre este tema.

Además de sus sabias disertaciones, la Eucaristía fue el centro de su intensa vida espiritual, por lo que el Papa León XIII lo proclamó patrono de las obras eucarísticas, y más tarde patrono de los congresos eucarísticos internacionales. Cuentan sus biógrafos que durante las exequias, en el momento de la elevación de la Hostia y el Cáliz, el cadáver abrió los ojos para mirar el Pan y el Vino consagrados, demostrando así el último testimonio de su amor a la Sagrada Eucaristía.

Sus padres eran muy pobres y, desde muy niño, lo mandaron a trabajar: primero a cuidar las ovejas de la familia, y después como muchacho de un rico hacendado. Lejos de la convivencia humana y de la iglesia, pasaba horas y horas en oración, y ayunaba para mortificar el cuerpo, al que frecuentemente sometía a dolorosas flagelaciones. A los 18 años hizo la petición de entrada al convento de Santa María de Loreto de los Franciscanos reformados, pero fue rechazado. Él, a su vez, rechazó una magnífica herencia que le ofreció un rico señor de la región, un tal Martín García. Finalmente, la fama de su santidad y de algunos prodigios que había realizado le abrieron las puertas del convento, en donde hizo los votos el 2 de febrero de 1564, como "hermano laico", porque no se sentía digno de aspirante al sacerdocio.

Antes de entrar al convento, mientras cuidaba el rebaño, quedaba en éxtasis al escuchar el sonido de las campanas en el momento de la elevación. Este ímpetu de devoción eucarística fue también la característica de su vida religiosa, durante la cual aumentó las mortificaciones a su cuerpo, debilitándolo hasta el límite de las capacidades de resistencia. Murió joven, a la edad de 53 años. Veintiséis años después, el 29 de octubre de 1618, fue proclamado beato, y en 1690 fue canonizado.


San Pascual Bailón
Religioso
(año 1592)

Querido San Pascual: consíguenos del buen Dios un inmenso amor por la Sagrada Eucaristía, un fervor muy grande en nuestras frecuentes visitas al Santísimo y una grande estimación por la Santa Misa.

Propagad la devoción a Jesús Sacramentado y veréis
lo que son los milagros (S. J. Bosco).

 San Pascual BailónLe pusieron por nombre Pascual, por haber nacido el día de Pascua (del año 1540). Nació en Torre Hermosa, Aragón, España.

Es el patrono de los Congresos Eucarísticos y de la Adoración Nocturna. Desde los 7 años hasta los 24, por 17 años fue pastor de ovejas. Después por 28 será hermano religioso, franciscano.
Su más grande amor durante toda la vida fue la Sagrada Eucaristía. Decía el dueño de la finca en el cual trabajaba como pastor, que el mejor regalo que le podía ofrecer al niño Pascual era permitirle asistir algún día entre semana a la Santa Misa. Desde los campos donde cuidaba las ovejas de su amo, alcanzaba a ver la torre del pueblo y de vez en cuando se arrodillaba a adorar el Santísimo Sacramento, desde esas lejanías. En esos tiempos se acostumbraba que al elevar la Hostia el sacerdote en la Misa, se diera un toque de campanas. Cuando el pastorcito Pascual oía la campana, se arrodillaba allá en su campo, mirando hacia el templo y adoraba a Jesucristo presente en la Santa Hostia.Un día otros pastores le oyeron gritar: "¡Ahí viene!, ¡allí está!". Y cayó de rodillas. Después dijo que había visto a Jesús presente en la Santa Hostia.

De niño siendo pastor, ya hacía sus mortificaciones. Por ej. la de andar descalzo por caminos llenos de piedras y espinas. Y cuando alguna de las ovejas se pasaba al potrero del vecino le pagaba al otro, con los escasos dineros que le pagaban de sueldo, el pasto que la oveja se había comido.

A los 24 años pidió ser admitido como hermano religioso entre los franciscanos. Al principio le negaron la aceptación por su poca instrucción, pues apenas había aprendido a leer. Y el único libro que leía era el devocionario, el cual llevaba siempre mientras pastoreaba sus ovejas y allí le encantaba leer especialmente las oraciones a Jesús Sacramentado y a la Sma. Virgen.

Como religioso franciscano sus oficios fueron siempre los más humildes: portero, cocinero, mandadero, barrendero. Pero su gran especialidad fue siempre un amor inmenso a Jesús en la Santa Hostia, en la Eucaristía. Durante el día, cualquier rato que tuviera libre lo empleaba para estarse en la capilla, de rodillas con los brazos en cruz adorando a Jesús Sacramentado. Por las noches pasaba horas y horas ante el Santísimo Sacramento. Cuando los demás se iban a dormir, él se quedaba rezando ante el altar. Y por la madrugada, varias horas antes de que los demás religiosos llegaran a la capilla a orar, ya estaba allí el hermano Pascual adorando a Nuestro Señor.

Santísimo SacramentoAyudaba cada día el mayor número de misas que le era posible y trataba de demostrar de cuantas maneras le fuera posible su gran amor a Jesús y a María. Un día un humilde religioso se asomó por la ventana y vio a Pascual danzando ante un cuadro de la Sma. Virgen y diciéndole: "Señora: no puedo ofrecerte grandes cualidades, porque no las tengo, pero te ofrezco mi danza campesina en tu honor". Pocos minutos después el religioso aquel se encontró con el santo y lo vio tan lleno de alegría en el rostro como nunca antes lo había visto así. Cuando los padres oyeron esto, unos se rieron, otros se pusieron muy serios, pero nadie comentó nada.

Pascual compuso varias oraciones muy hermosas al Santísimo Sacramento y el sabio Arzobispo San Luis de Rivera al leerlas exclamó admirado: "Estas almas sencillas sí que se ganan los mejores puestos en el cielo. Nuestras sabidurías humanas valen poco si se comparan con la sabiduría divina que Dios concede a los humildes".

Sus superiores lo enviaron a Francia a llevar un mensaje. Tenía que atravesar caminos llenos de protestantes. Un día un hereje le preguntó: "¿Dónde está Dios?". Y él respondió: "Dios está en el cielo", y el otro se fue. Pero enseguida el santo fraile se puso a pensar: "¡Oh, me perdí la ocasión de haber muerto mártir por Nuestro Señor! Si le hubiera dicho que Dios está en la Santa Hostia en la Eucaristía me habrían matado y sería mártir. Pero no fui digno de ese honor". Llegado a Francia, descalzo, con una túnica vieja y remendada, lo rodeó un grupo de protestantes y lo desafiaron a que les probara que Jesús sí está en la Eucaristía. Y Pascual que no había hecho estudios y apenas si sabía leer y escribir, habló de tal manera bien de la presencia de Jesús en la Eucaristía, que los demás no fueron capaces de contestarle. Lo único que hicieron fue apedrearlo. Y él sintió lo que dice la S. Biblia que sintieron los apóstoles cuando los golpearon por declararse amigos de Jesús: "Una gran alegría por tener el honor de sufrir por proclamarse fiel seguidor de Jesús".
Lo primero que hacía al llegar a algún pueblo era dirigirse al templo y allí se quedaba por un buen tiempo de rodillas adorando a Jesús Sacramentado.

Hablaba poco, pero cuando se trataba de la Sagrada Eucaristía, entonces sí se sentía inspirado por el Espíritu Santo y hablaba muy hermosamente. Había recibido de Dios ese don especial: el de un inmenso amor por Jesús Sacramentado

Siempre estaba alegre, pero nunca se sentía tan contento como cuando ayudaba a Misa o cuando podía estarse un rato orando ante el Sagrario del altar.

Pascual nació en la Pascua de Pentecostés de 1540 y murió en la fiesta de Pentecostés de 1592, el 17 de mayo (la Iglesia celebra tres pascuas: Pascua de Navidad, Pascua de Resurrección y Pascua de Pentecostés. Pascua significa: paso de la esclavitud a la libertad). Y parece que el regalo de Pentecostés que el Espíritu Santo le concedió fue su inmenso y constante amor por Jesús en la Eucaristía.

Sagrada MisaCuando estaba moribundo, en aquel día de Pentecostés, oyó una campana y preguntó: "¿De qué se trata?". "Es que están en la elevación en la Santa Misa". "¡Ah que hermoso momento!", y quedó muerto plácidamente.

Después durante su funeral, tenían el ataúd descubierto, y en el momento de la elevación de la Santa Hostia en la misa, los presentes vieron con admiración que abría y cerraba por dos veces sus ojos. Hasta su cadáver quería adorar a Cristo en la Eucaristía. Los que lo querían ver eran tantos, que su cadáver lo tuvieron expuesto a la veneración del público por tres días seguidos.

Por 200 años muchísimas personas, al acercarse a la tumba de San Pascual oyeron unos misteriosos golpecitos. Nadie supo explicar el porqué pero todos estaban convencidos de que eran señales de que este hombre tan sencillo fue un gran santo. Y los milagros que hizo después de su muerte, fueron tantos, que el Papa lo declaró santo en 1690.
El Sumo Pontífice nombró a San Pascual Bailón Patrono de los Congresos Eucarísticos y de la Adoración Nocturna.

16 may 2014

Santo Evangelio 16 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Viernes IV de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 14,1-6): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino». Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí».


Comentario: Rev. D. Josep Mª MANRESA Lamarca (Les Fonts del Vallès, Barcelona, España)
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí

Hoy, en este Viernes IV de Pascua, Jesús nos invita a la calma. La serenidad y la alegría fluyen como un río de paz de su Corazón resucitado hasta el nuestro, agitado e inquieto, zarandeado tantas veces por un activismo tan enfebrecido como estéril.

Son los nuestros los tiempos de la agitación, el nerviosismo y el estrés. Tiempos en que el Padre de la mentira ha inficionado las inteligencias de los hombres haciéndoles llamar al bien mal y al mal bien, dando luz por oscuridad y oscuridad por luz, sembrando en sus almas la duda y el escepticismo que agostan en ellas todo brote de esperanza en un horizonte de plenitud que el mundo con sus halagos no sabe ni puede dar.

Los frutos de tan diabólica empresa o actividad son evidentes: enseñoreado el “sinsentido” y la pérdida de la trascendencia de tantos hombres y mujeres, no sólo han olvidado, sino que han extraviado el camino, porque antes olvidaron el Camino. Guerras, violencias de todo género, cerrazón y egoísmo ante la vida (anticoncepción, aborto, eutanasia...), familias rotas, juventud “desnortada”, y un largo etcétera, constituyen la gran mentira sobre la que se asienta buena parte del triste andamiaje de la sociedad del tan cacareado “progreso”.

En medio de todo, Jesús, el Príncipe de la Paz, repite a los hombres de buena voluntad con su infinita mansedumbre: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí» (Jn 14,1). A la derecha del Padre, Él acaricia como un sueño ilusionado de su misericordia el momento de tenernos junto a Él, «para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,3). No podemos excusarnos como Tomás. Nosotros sí sabemos el camino. Nosotros, por pura gracia, sí conocemos el sendero que conduce al Padre, en cuya casa hay muchas estancias. En el cielo nos espera un lugar, que quedará para siempre vacío si nosotros no lo ocupamos. Acerquémonos, pues, sin temor, con ilimitada confianza a Aquél que es el único Camino, la irrenunciable Verdad y la Vida en plenitud.