23 mar 2014

Dame de beber

Dame de beber

Hoy, como en aquel mediodía en Samaría, Jesús se acerca a nuestra vida, a mitad de nuestro camino cuaresmal, pidiéndonos como a la Samaritana: «Dame de beber» (Jn 4,7). «Su sed material —nos dice Juan Pablo II— es signo de una realidad mucho más profunda: manifiesta el ardiente deseo de que, tanto la mujer con la que habla como los demás samaritanos, se abran a la fe». 

El Prefacio de la celebración eucarística de hoy nos hablará de que este diálogo termina con un trueque salvífico en donde el Señor, «(...) al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer, fue para encender en ella el fuego del amor divino». 

Ese deseo salvador de Jesús vuelto “sed” es, hoy día también, “sed” de nuestra fe, de nuestra respuesta de fe ante tantas invitaciones cuaresmales a la conversión, al cambio, a reconciliarnos con Dios y los hermanos, a prepararnos lo mejor posible para recibir una nueva vida de resucitados en la Pascua que se nos acerca.

«Yo soy, el que te está hablando» (Jn 4,26): esta directa y manifiesta confesión de Jesús acerca de su misión, cosa que no había hecho con nadie antes, muestra igualmente el amor de Dios que se hace más búsqueda del pecador y promesa de salvación que saciará abundantemente el deseo humano de la Vida verdadera. Es así que, más adelante en este mismo Evangelio, Jesús proclamará: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí», como dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’» (Jn 7,37b-38). Por eso, tu compromiso es hoy salir de ti y decir a los hombres: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho…» (Jn 4,29).

Amor a la eternidad

Amor a la eternidad

¡Cuántas oportunidades para hacer el bien y vivir con amor! 
Autor: P. Dennis Doren L.C. | Fuente: Catholic.net

¡Cuántas oportunidades para hacer el bien y vivir con amor! Los hombres somos algo especiales, pues estamos esperando situaciones heroicas para demostrar que sí queremos llevar semillas de amor y de esperanza a los hombres; sin embargo, es claro que cada día, con un buen corazón y buenos sentimientos, podemos realizar grandes obras en bien de los demás, ¿por qué esperar llegar al cielo para ser felices?, ¿por qué no comenzar desde ahora para sentirnos en una constante presencia de Dios, y por lo tanto sentirnos que ya estamos en el cielo? 

Había un buen hombre que había vivido una vida larga y feliz, y un día mientras trabajaba ayudando a los pobres, se le apareció un ángel y le dijo: "El Señor me envía, ha llegado el momento de que tomes tu lugar en la eternidad". El buen hombre respondió: "¡Mira cuánto trabajo me queda por hacer!, no quisiera ser ingrato con mis hermanos, creo que podría esperar para tomar mi puesto en la eternidad". El ángel le miró con bondad y le dijo: "Veré qué puedo hacer", y desapareció.

Pasó el tiempo, y otro día, mientras el hombre atendía a unos ancianos, el ángel se le apareció de nuevo. El hombre le dijo: "¡Mira cuánto trabajo me queda por hacer! ¿Crees que la eternidad pueda esperar un poco?". El ángel sonrió y desapareció de nuevo. Finalmente, un día mientras atendía a los enfermos en un hospital, se le apareció el ángel y el buen hombre se limitó a extender los brazos en gesto de resignación, girando la vista hacia todos los enfermos que tenía en torno suyo. El ángel, sin decir una palabra, desapareció. 

Esa misma noche, el buen hombre se dejó caer en el reclinatorio y comenzó a pensar en todo el tiempo que había hecho esperar al ángel. De pronto se sintió muy cansado y dijo: "Señor, si quisieras enviar de nuevo al ángel, esta vez le seguiría de inmediato". Apenas terminó de hablar, el ángel apareció a su lado. "Si quieres llevarme contigo ahora, estoy dispuesto a seguirte al cielo". Éste le miró con ojos llenos de amor y le dijo: "¿Dónde crees que has estado hasta ahora? 
Quien obra con espíritu de Amor vive ya en el Corazón de Dios".


Preguntas o comentarios al autor
P. Dennis Doren LC

Santo Evangelio 23 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Domingo III (A) de Cuaresma


Texto del Evangelio (Jn 4,5-42): En aquel tiempo, Jesús llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. 

Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber». Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna». 

Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá». Respondió la mujer: «No tengo marido». Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad». 

Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad». 

Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo». Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando».

En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?», o «¿Qué hablas con ella?». La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». Salieron de la ciudad e iban donde Él. 

Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come». Pero Él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis». Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga». 

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Cuando llegaron donde Él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo».


Comentario: P. Julio César RAMOS González SDB (Mendoza, Argentina)
Dame de beber

Hoy, como en aquel mediodía en Samaría, Jesús se acerca a nuestra vida, a mitad de nuestro camino cuaresmal, pidiéndonos como a la Samaritana: «Dame de beber» (Jn 4,7). «Su sed material —nos dice Juan Pablo II— es signo de una realidad mucho más profunda: manifiesta el ardiente deseo de que, tanto la mujer con la que habla como los demás samaritanos, se abran a la fe». 

El Prefacio de la celebración eucarística de hoy nos hablará de que este diálogo termina con un trueque salvífico en donde el Señor, «(...) al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer, fue para encender en ella el fuego del amor divino». 

Ese deseo salvador de Jesús vuelto “sed” es, hoy día también, “sed” de nuestra fe, de nuestra respuesta de fe ante tantas invitaciones cuaresmales a la conversión, al cambio, a reconciliarnos con Dios y los hermanos, a prepararnos lo mejor posible para recibir una nueva vida de resucitados en la Pascua que se nos acerca.

«Yo soy, el que te está hablando» (Jn 4,26): esta directa y manifiesta confesión de Jesús acerca de su misión, cosa que no había hecho con nadie antes, muestra igualmente el amor de Dios que se hace más búsqueda del pecador y promesa de salvación que saciará abundantemente el deseo humano de la Vida verdadera. Es así que, más adelante en este mismo Evangelio, Jesús proclamará: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí», como dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’» (Jn 7,37b-38). Por eso, tu compromiso es hoy salir de ti y decir a los hombres: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho…» (Jn 4,29).

23 de marzo SAN JOSE ORIOL († 1727)

23 de marzo

SAN JOSE ORIOL
(† 1727)

Barcelonés. Y lo que hubiera faltadoes que encima fuera de Vich, para que formase constelación con San Antonio María Claret, con Torras y Bages, con Balmes y mi entrañable mosén Cinto, cuyas poesías tuve la osadía de leer en catalán. De todas formas, San José Oriol fue consagrado sacerdote en Vich por el obispo de esta diócesis, don Jaime Mas, el 30 de mayo de 1676, Témporas de la Santísima Trinidad... Y el seminario barcelonés no puede gloriarse de él sin someter la cuestión a "distingos", porque en los azarosos tiempos del santo beneficiado, en realidad, no existía.

Cautivado por la figura mansísima de San José Oriol, he de comenzar confesando un grave pecado: pecado de prejuicio. Porque me he enfrentado con él cargado de prejuicios malsanos. Un santo beneficiado, en medio de un paisaje estepario de prebendas eclesiásticas sin aureola de canonización durante varios siglos. El se habría santificado en su silla coral, rasera con el suelo, oficiando, simplemente asistiendo puntual al canto de horas en las misas conventuales, conforme al turno establecido. ¡Prejuicio! Y él sería también un caso de versión a lo divino de esa criatura de Dios que es el dinero, como hijo de un pueblo con sentido pitagórico, que sabe someter a número lo más bello que han visto mis ojos: la sardana. San José Oriol, cuya primera carta habla de reales y cuyo primer milagro convierte en monedas de plata unas tajadas de rábano, parecía tentarme a un escarceo de ascética económica, tan necesaria, sin duda.

Con situar estas dos cuestiones en su justo punto se haría algo aceptable, pero monstruosamente fragmentario. San José Oriol, que lo mismo puede enseñarme amor a los enfermos que cariño a la gramática hebrea, es un santo hecho por Dios para enseñar serenidad, efectividad en cualquier puesto, porque los suyos fueron todos simplicísimos. Hasta se podría incurrir en el gran pecado de presentarlo cargado de trivialidad. Ese beneficiado de más de cuarenta años se ha pasado diez de profesor particular de dos niños. Después hizo un viaje a Roma con buen resultado, porque de allí retornó con un beneficio en Santa María del Pino. De algo valió su amistad con los filipenses. Tiene la casa en un callejón adonde se entra por la calle de la Canuda. Le dio por marcharse a Misiones, pero no llegó más que a Marsella. Asiste a coro muy puntual. Confiesa en la capilla del Santísimo. Prefiere decir siempre la misa tarde. Al mes de tomar posesión del beneficio ya pidió que se le concediese celebrar la misa más tardía. No le fue concedido. En las reuniones de beneficiados no suele entrar en las deliberaciones. Un día se le ocurrió descolgarse pidiendo que se sustituyesen las pluviales viejas por otras menos pesadas. Muchos le tienen por santo y hasta dicen que hace milagros.

¿Queréis que os cuente lo que me dijo un taxista? Nos pusimos a hablar de curas, de los curas de la localidad, de los tres curas que él y yo conocíamos:

—Don N., se mata, no para.

—¿ ... ?

—Es un torbellino ese hombre.

—¿Y don X?

—Ese no tiene una peseta, es un manirroto y por eso todos le quieren tanto.

—Basta. ¿Y don Z? (un pobre capellancito de monjas).

¡Ah, padre!; ése.... canela fina...

Fueron las palabras que el buen taxista supo emplear cuando quiso hacer punto y aparte con el pobre capellán de ojos silenciosos. Fue su manera de decirme que aquél era un santo.

Si nos hubiésemos acercado a cualquiera de los tejedores o terciopeleros de 1695 para preguntar por el beneficiado de ojos azules y calva venerable que se postra ante el Santísimo después del canto de horas canónicas, nos hubiese dicho ineludiblemente: "es un santo". Sin más.

Porque en esta vida de cincuenta y un años no parecen aflorar todas esas cosas gravísimas, como los puestos de responsabilidad o las incumbencias pastorales, que obligan a moverse sin descanso. Cuando el celo apostólico aguijonea y se lanza a la vanguardia, una mano invisible le asienta nuevamente en su puesto y hay el peligro de que pueda tomarse su anhelo por una "quijotada". Y, sin embargo, florece el milagro a su paso. Es el gran taumaturgo de Barcelona, donde nace, vive y muere. Y aquí va ya la versión exacta que cabe ofrecer.

El santo beneficiado es doctor en teología. Le han tocado los tiempos en que quien mandaba en Francia era Richelieu y quien gobernaba en España era el chato conde-duque de Olivares, que tan mal se vio Velázquez para hacerle un retrato que no desdijera. Lo que a Barcelona le tocó pasar ya se sabe. Y al seminario de Barcelona le tocó no funcionar durante más de noventa años. A aquel pontífice de inigualado anecdotario —Benedicto XIV— le correspondió lamentarse de este gran mal. Pero entonces había lo que hoy casi no nos atrevemos a soñar: Facultad de Teología en las Universidades civiles. En la de Barcelona se doctoró San José Oriol, antes de haber subido las gradas del altar, y con la calificación de nemine díscrepante. Antes había opositado ya a la cátedra de hebreo. Lujo espiritual el de este Santo, que pudo dejar en el pobre inventario de sus cosas una Biblia y una gramática hebraica. Había soñado mucho con convertir judíos. Y se hubiera alegrado, sin duda, de saber que Juan XXIII iba a borrarles de la liturgia del Viernes Santo el adjetivo "pérfidos". Los tiempos cambian. De conversiones de judíos no me consta. Pero ya no fue poco leer —con puntos masoréticos o sin ellos— el texto original del Libro Sagrado. Santa Teresa de Lissieux se quedó con las ganas.

Había experimentado ya muchas cosas en su vida. Se me antoja que mamá Gertrudis tenía un semblante dulce y triste. Sus pupilas quedaron colmadas de eternidad con la despedida temprana de los siete hijos primeros y la de su esposo Juan, muerto a los treinta y siete años (cuando la peste de 1651). Gertrudis unió su vida a la de Domingo Pujolar. José Oriol encontró un padre, y el hijo de Pujolar (futuro sacerdote también) tuvo una madre en Gertrudis. Fue una solución no duradera. Pujolar murió pronto. José fue monaguillo de la ilustre y respetable comunidad de Santa María del Mar. Sólo los pobres entraban en tales funciones. La situación se comprende que era menos holgada. Pero aquellos señores eran buenos y además sabían ver. La cosa comenzó con música y gramática, y todo siguió por sus pasos hasta el flameante doctorado en teología, que alguna mano negra trató vanamente de frustrar. El doctorado era cuestión de talento y codos, ampliamente comprobados en este caso, pero no bastaba en aquellos floridos tiempos demostrar ciencia y santidad para aspirar a las Sagradas Ordenes. Se prerrequería una cosa tan elemental y tan poco aérea como estar en posesión de un beneficio eclesiástico que asegurase la "congrua sustentación" del ordenando. Lo escribo sin saberlo pronunciar: Bell-lloch, obispado de Gerona. Gracias a un beneficio aquí vacante pudo ordenarse San José Oriol. Rentaba un escudo de oro de cámara romano = siete pesetas anuales. Beneficio real y simbólico a la vez, respaldado por el beneficio puramente real de un amigo sincero que se comprometió a suplir con una renta anual. Transcurre casi un mes entre la consagración sacerdotal y la primera misa, que no sé cuándo aprenderemos a llamar la segunda... Una primera misa solemne o rezada. Lo mismo da. Es la primera misa de un santo, que pasa a ocuparse de la preceptoría de la familia Gasneri, alto militar de origen milanés. Pepito tiene seis años y Paquita dos todavía. Vive con ellos en familia durante diez años. Es ésta una vida de familia algo especial, porque, desde que sucedió el prodigio del pavo, se ha decidido a comer solo; y a pan y agua nada más. Muy sencillo: que en la abastecida mesa de los Gasneri José trinchó pavo, pero al servir su plato notó el brazo inmovilizado. Insistió dos veces, y lo mismo. Una mano como de hierro le atenazaba. Mano fuerte y dulcísima, que señalaba una ruta nueva. Un camino de austeridad extremada que no endureció su semblante. El rostro macilento a medida que se iba enflaqueciendo parecía adquirir mayor ternura.

Pepito hace la primera comunión a los diez años y Paquita a los ocho. El santo preceptor los ha preparado con mimo y reciedumbre a la vez. No es que viva consagrado a ellos exclusivamente. Hace unos años que en Barcelona se han establecido los de San Felipe Neri con su género de vida tan peculiar. Tienen vida común, pero son extraordinariamente abiertos, fieles al espíritu peculiar del santo fundador. José Oriol se siente como un miembro más de la Congregación. No le han preocupado nunca esas sutiles cuestiones de frailes o no frailes. En la iglesia del Oratorio confiesa, celebra misa, reparte la comunión. Es hombre que no deja los libros y predica unos sermones poco elocuentes, pero que llegan a las almas y producen consuelo. Hay colas ante su confesionario, y los filipenses están convencidos de que es un santo, aunque ignoran que ayuna a pan y agua durante todo el año...

¿Por qué José Oriol no vivió con mamá Gertrudis, viuda? Tampoco vivió San Pío X con su madre, amándola tanto. Tiene sus exigencias el apostolado. Y tienen a veces los santos esta precaución de no hacer partícipes de "sus líos" a los seres más queridos. Estuvo siempre pendiente de ella y recogió su último suspiro.

Año 1696. Con bordón y sayal de peregrino, con los ojos puestos en las estrellas y las manos mendigando el pan, José Oriol se dirige a Roma. Es la romería de un corazón ardiente al sepulcro de los santos apóstoles... Los hijos de San Felipe Neri le ven llegar a Roma empujado por su fervor. Un ilustre conterráneo suyo había llegado años antes a Roma para agenciar un beneficio eclesiástico. Merodeaban los clérigos españoles en Roma esperando una vacante en la Península. San José de Calasanz no quiso esperar ocioso y encontró en Roma el centro de sus grandes realizaciones. Dura prueba supuso Inocencio X para su obra. Ahora reina un Papa radicalmente distinto en algún punto: Inocencio XI, el papa Odescalchi, hoy Beato Inocencio XI, que señala el puesto definitivo de su vida. El cardenal Coloredo es oratoriano e Inocencio XI lo estima en mucho. El puesto del santo barcelonés está en Barcelona. Allá debe volver para hacerse cargo de un beneficio en Santa María del Pino. No hay canónigos en esta iglesia. Solamente hay beneficiados y por debajo de éstos toda una teoría de capellanes, pasioneros y vicarios. Toda una vida compuesta de detalles a los que hay que ser fiel Le acaban de nombrar "apuntador y bolsero". Horrible tarea la de controlar ausencias y retrasos. Mas horrible aún la de dividir y subdividir las partitiones inter praesentes conforme a un sistema equitativo. El cargo de enfermero le va mejor. Visita y socorre, con sentido de la exactitud, con una caridad controlada que rehuye improvisaciones. Su régimen alimenticio le ha permitido hacer unos ahorros: 311 libras catalanas, que pasan a constituir la fundación de 48 misas por los pobres muertos que no tienen sufragios...

Llega siempre antes de comenzar el coro y permanece de rodillas junto a su silla coral hasta que se inicia la función litúrgica. Prefiere celebrar tarde la misa para así tener más horas de preparación. Todo se va aclarando. Corren los niños a su paso y se detiene con ellos en cualquier pórtico. Hay siempre gente esperándole en la capilla del Santísimo. Visita las cárceles, los hospitales. Va y viene sin hacer ruido, pero todos saben que hace grandes milagros. El lo sabe también, y de todo da cuenta a su director espiritual, fray Juan de la Concepción, que es carmelita descalzo y le conduce por senderos de exigencia y humildad. San José Oriol lee mucho a San Juan de la Cruz. No se toma ni las vacaciones a que tiene derecho en su beneficio. Camina siempre a pie con sotana y manteo limpísimos. Suele andar sin sombrero. (Por eso está tan nuevo el sombrero que se conserva entre sus reliquias.)

Nueva tentativa. Peregrino otra vez. Varios años llevaba en su beneficio cuando emprendió otra aventura, mejor: la misma aventura no lograda. ¡Qué misionero soñador se esconde bajo la negra muceta del beneficiado! El cura de Ars no creía en una vocación sacerdotal sin arrebatos misioneros. Cercano a Marsella le venció la enfermedad y hubo de regresar a Barcelona tras un mandato categórico de Nuestra Señora, que le mostró ya claro para siempre su camino.

Ha cumplido cincuenta y un años. Tiene hecho testamento desde antes de emprender la aventura misionera que Dios no quiso coronar. Es el hombre ordenado en todo, que dispone de su pobreza con la misma seriedad de quien tiene mucho que dejar: sus ropas corales, sus libros, apenas nada más. Ha sido el hijo de laboriosos artesanos que han sabido valorar el fruto del trabajo, no ciertamente con sentido maeztiano. Hasta ha sabido quejarse de que los franceses encarecían la vida, atento a la preocupación vital de la gente pobre, la más cercana a él. Si subís a su buhardilla la hallaréis paupérrima. Pero nadie tiene por qué saber el mérito de tanta pobreza. Sabe el día y la hora en que va a morir y recoge el lugar. Después del coro de la tarde ha confesado a sus penitentes y se dirige a casa de unos buenos amigos: los Llobet. Todo se sucede según el plan de Dios, no ignorado por él. Diariamente se ha confesado antes de celebrar misa. Ahora es la última confesión y la última comunión.... la unción postrera.

Los ojos inmensamente azules se han clavado en la eternidad. Pero flota como un nimbo de belleza sobre la faz macilenta del santo beneficiado, en continuos cambiantes que impiden a los pintores fijar sus rasgos con exactitud. Mientras el pueblo se reparte sus ropas en febril afán de reliquias, en su semblante se posa la serenidad de los cielos. No conozco un santo que más me cierre el camino de las evasivas. He aquí a un amigo barcelonés hecho todo de ternura y exactitud. ¿No recuerdas haber conocido otros más por este estilo? Resulta fácil intuir a San José Oriol.

JOSÉ MARIA DÍAZ

Toribio de Mogrovejo, Santo Obispo, 23 de marzo

Toribio de Mogrovejo, Santo
Obispo, 23 de marzo
Autor: P. Ángel Amo | Fuente: Catholic.net

Obispo de Lima
Martirologio Romano: Santo Toribio de Mogrovejo, obispo de Lima, que siendo laico, de origen español y licenciado en leyes, fue elegido para esta sede y se dirigió a América donde, inflamado en celo apostólico, visitó a pie varias veces la extensa diócesis, proveyó a la grey a él encomendada, fustigó en sínodos los abusos y los escándalos en el clero, defendió con valentía la Iglesia, catequizó y convirtió a los pueblos nativos, hasta que finalmente en Saña, del Perú, descansó en el Señor (1606). 

Etimológicamente: Toribio = Aquella persona dinámica y ruidosa, es de origen griego.

Fecha de canonizacion: 10 de diciembre de 1726 por el Papa BenedIcto XIII.
En 1594, durante su tercera "visita" diocesana, escribiéndole al rey de España Felipe II, san Toribio Alfonso de Mogrovejo hacía un pequeño balance de su vida: 15.000 kilómetros recorridos y 60.000 confirmaciones administradas (Toribio no podía saber que entre ellos había tres santos: Rosa de Lima, Francisco Solano y Martín de Porres). La situación de América Latina sería muy distinta de la actual si sus sucesores y todos los cristianos hubieran tenido el mismo impulso y la misma coherencia de quien fue llamado "apóstol del Perú y nuevo Ambrosio" y a quien Benedicto XIV comparó con San Carlos Borromeo.

Toribio nació en España hacia el año 1538 de una noble familia; estudió en Valladolid, Salamanca y Santiago de Compostela, en donde obtuvo la licencia en derecho. Fue nombrado inquisidor en Granada. Gracias a la relación que cultivaba con Felipe II fue nombrado por Gregorio XIII, arzobispo de Lima, con jurisdicción sobre las diócesis de Cuzco, Cartagena, Popayán, Asunción, Caracas, Bogotá, Santiago, Concepción, Córdoba, Trujillo y Arequipa: de norte a sur eran más de 5.000 kilómetros, y el territorio tenia más de 6 millones de kilómetros cuadrados. Después de haber sido consagrado obispo en agosto de 1580, partió inmediatamente para América, a donde llegó en la primavera de 1581.

Durante 25 años vivió exclusivamente al servicio del pueblo de Dios. Decía: "¡El tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar estricta cuenta de él!". Fue un verdadero organizador de la Iglesia en América, cuya actividad abarcó también diez sínodos diocesanos y tres provinciales. 

También fundó el primer seminario de América; intervino con energía contra los derechos particulares de los religiosos, a quienes estimuló para que aceptaran las parroquias más incómodas y pobres; casi duplicó el número de las "Doctrinas" o parroquias, que pasaron de 150 a más de 250.

Al final de su vida, Toribio recibió el viático en una capillita india, el 23 de marzo de 1606, un Jueves santo, y ahí expiró.

22 mar 2014

Santo Evangelio 22 de Marzo de 2014


Día litúrgico: Sábado II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 15,1-3.11-32): En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre. 

»Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta. 

»Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’».


Comentario: Rev. D. Llucià POU i Sabater (Vic, Barcelona, España)
Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti

Hoy vemos la misericordia, la nota distintiva de Dios Padre, en el momento en que contemplamos una Humanidad “huérfana”, porque —desmemoriada— no sabe que es hija de Dios. Cronin habla de un hijo que marchó de casa, malgastó dinero, salud, el honor de la familia... cayó en la cárcel. Poco antes de salir en libertad, escribió a su casa: si le perdonaban, que pusieran un pañuelo blanco en el manzano, tocando la vía del tren. Si lo veía, volvería a casa; si no, ya no le verían más. El día que salió, llegando, no se atrevía a mirar... ¿Habría pañuelo? «¡Abre tus ojos!... ¡mira!», le dice un compañero. Y se quedó boquiabierto: en el manzano no había un solo pañuelo blanco, sino centenares; estaba lleno de pañuelos blancos.

Nos recuerda aquel cuadro de Rembrandt en el que se ve cómo el hijo que regresa, desvalido y hambriento, es abrazado por un anciano, con dos manos diferentes: una de padre que le abraza fuerte; la otra de madre, afectuosa y dulce, le acaricia. Dios es padre y madre...

«Padre, he pecado» (cf. Lc 15,21), queremos decir también nosotros, y sentir el abrazo de Dios en el sacramento de la confesión, y participar en la fiesta de la Eucaristía: «Comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida» (Lc 15,23-24). Así, ya que «Dios nos espera —¡cada día!— como aquel padre de la parábola esperaba a su hijo pródigo» (San Josemaría), recorramos el camino con Jesús hacia el encuentro con el Padre, donde todo se aclara: «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Concilio Vaticano II). 

El protagonista es siempre el Padre. Que el desierto de la Cuaresma nos lleve a interiorizar esta llamada a participar en la misericordia divina, ya que la vida es un ir regresando al Padre.

22 de marzo SANTA CATALINA DE SUECIA, VIRGEN

22 de marzo

SANTA CATALINA DE SUECIA, VIRGEN

(† 1381)

En Suecia, hoy día, no sólo son luteranos casi todos sus habitantes, sino que también la cultura y la vida llevan impreso el sello del protestantismo; los católicos representan sólo una exigua minoría. Sin embargo, el país de Gustavo Adolfo ha pertenecido a la Iglesia romana durante seis siglos (del X al XVI) y en aquella época produjo admirables frutos de fe, de devoción y de santidad.

Santa Catalina de Suecia, llamada también Santa Catalina de Vadstena, nació hacia 1331, de padres nobles y cristianos. Era la cuarta entre los ocho hijos del príncipe Ulf Gudinarsson y de su esposa Birgitta Birgesdotter, que no es otra que Santa Brígida, cuya festividad celebra la Iglesia el día 9 de octubre. De niña fue confiada para su educación a la abadesa del monasterio cisterciense de Riseberga. Por decisión paterna se casó a los dieciséis años con el linajudo y virtuoso conde Egard Lydersson van Kyren. De común acuerdo, los dos esposos decidieron vivir en virginidad a imitación de la Santísima Virgen y San José, y entregados a la plegaria, los ayunos y las obras de caridad. El hermano mayor de Santa Catalina, Carlos, príncipe ligero y mundano, hizo todo lo posible por apartar a su hermana de esta vida de perfección, mas en vano; en cambio, Santa Catalina, con sus exhortaciones y su ejemplo, consiguió que su cuñada Gyda, la esposa de Carlos, renunciara a la vida lujosa y disipada que llevaba.

La madre de Santa Catalina, Santa Brígida, después de la muerte de su marido se encontraba en Roma. A Santa Catalina le entró un ardiente deseo de ir a reunirse con su madre. Con permiso de su marido (pese a los intentos de su hermano Carlos para que no se lo concediera), Santa Catalina emprendió el largo viaje a Roma en el año santo de 1350. Cuando en el verano de dicho año Santa Catalina llegó a la Ciudad Eterna, su madre estaba fuera de Roma; sólo después de algunos días, y gracias a haberse encontrado de manera providencial en la iglesia de San Pedro con el obispo Pedro de Skänninge, uno de los acompañantes de Santa Brígida, pudo ir a reunirse con ésta, que se encontraba en el monasterio de Farfa, en el Lacio.

Después de haber pasado junto a su madre unas semanas en Roma, disponíase Santa Catalina a regresar a Suecia. Santa Brígida, entre tanto, había tenido una revelación divina: que era precisamente su hija la compañera y colaboradora que Dios le había designado para dar cima a la obra que traía entre manos, es decir, para la fundación de la Orden del Santísimo Salvador. Santa Brígida le preguntó entonces a su hija si estaba dispuesta a pasar por Jesucristo penas y contrariedades; Santa Catalina le contestó afirmativamente, añadiendo que estaba dispuesta a seguir la voluntad divina, aunque para ello tuviera que dejar, no sólo su patria, amigos y parientes, sino a su mismo marido, a quien —son sus palabras— amaba más que a su propio cuerpo. Poco después Santa Brígida tuvo otra revelación: que su yerno, el conde Egard Lydersson van Kyren, había fallecido en su castillo de Suecia.

Santa Catalina entonces fue invadida por una gran depresión de ánimo; en medio de su tristeza sentía un gran amargor y desaliento, viéndose obligada a permanecer en casa mientras su madre y sus acompañantes visitaban las iglesias romanas para ganar indulgencias. Apareciósele entonces la Virgen María, ordenándole la obediencia a su madre y a su director espiritual, y que abandonase la nostalgia de su tierra y amistades; al mismo tiempo, la Santísima Virgen le prometía su poderosa protección si permanecía junto a su madre. Santa Catalina así lo hizo.

En Roma vivían Santa Catalina y su madre en la más estrecha pobreza voluntaria, ganándose el sustento con el trabajo de sus manos, visitando las iglesias, dedicándose a rudas penitencias y ayunos sin abandonar por ello los ejercicios de piedad, especialmente la meditación en la pasión del Señor, y practicando la caridad: repartían limosnas a los menesterosos y enseñaban la doctrina cristiana a los pobres extranjeros. En medio de esta vida de santificación y mortificación, los biógrafos nos cuentan un hecho por el que se pone de relieve la ternura filial de Santa Catalina. Ella y su madre dormían siempre sobre el santo suelo; pero cuando Santa Brígida se había dormido, su hija procuraba poner una almohada bajo la cabeza de su madre.

Santa Catalina era joven y hermosa, y ambas cosas iban a acarrearle una serie de dificultades por parte de los numerosos pretendientes que surgieron entre los nobles romanos. Ella había confiado a San Sebastián la salvaguardia de su virginidad, y precisamente un día en que iba a la iglesia de este Santo, salió a su encuentro un conde con intención de raptarla: la aparición inesperada de un gamo, al que sin más pensar intentó darle caza, distrajo al raptor. Este mismo conde intentó repetir su fechoría otro día en que la Santa se dirigía a la iglesia de San Lorenzo extramuros: en esta ocasión fue víctima de una ceguera repentina de la que curó después sólo gracias a las plegarias de Santa Catalina. Un día, desesperada ya, quiso estropear la belleza de su rostro por medio de un ungüento repugnante y venenoso. Cuando, oculta en el jardín de la casa romana en que vivía con su madre, iba a poner en obra su intención, le cayó sobre la cabeza una piedra de la pared hiriéndola gravemente. Dios, que la había creado tan hermosa, no permitió que su belleza fuera destruida. Pero Santa Catalina hubo de permanecer encerrada en casa hasta curarse, mientras su madre y sus amigos iban a visitar las iglesias: era una prueba más para la Santa, pero también uno de los medios de que se valía el Señor para su santificación.

Santa Catalina y su madre realizaban peregrinaciones por Italia con el fin de visitar los más famosos santuarios, estos viajes en aquellos tiempos no estaban exentos de peligros. Por ejemplo, encontrándose en Asís para visitar la iglesia de San Francisco, fueron atacadas por una partida de bandidos, de los que milagrosamente consiguieron huir. También, juntamente con su madre, hizo Santa Catalina la peregrinación a Tierra Santa.

Poco después de haber regresado a la Ciudad Eterna, Santa Brígida, que ya se había sentido enferma en Jerusalén, fallecía en 1373, siendo enterrada provisionalmente en la iglesia de San Lorenzo in panisperna. Algún tiempo después, Santa Catalina, en compañía de su hermano Birger Ulfsson y sus amigos y compatriotas los obispos Pedro de Skänninge y Pedro de Alvastra, trasladaron a su tierra los restos mortales de Santa Brígida. A su paso por los diversos países de Europa, el fúnebre cortejo iba cumpliendo una verdadera actividad misionera: Santa Catalina dirigía a los pecadores saludables instrucciones, procuraba con sus hechos y palabras inspirar por doquier el santo temor de Dios, y al mismo tiempo daba a conocer las predicciones y revelaciones de su santa madre. Después de haber atravesado toda Europa, embarcaron en Danzig para Suecia, adonde llegaron, tocando tierra en Söderköping, a mediados de junio de 1374. El paso de los restos mortales de Santa Brígida a través de Suecia fue una procesión triunfal: los milagros florecían a su paso y las gentes acudían de todas partes a oír los sermones de Pedro de Alvastra. Santa Brígida fue enterrada en Vadstena el 4 de julio de aquel año con gran solemnidad.

Después de haber enterrado a su madre, Santa Catalina se encierra en el monasterio de Vadstena, pintorescamente situado a orillas del gran lago Vättern, viviendo bajo la Regla que durante nada menos que veinticinco años había practicado en Roma junto a su madre. Poco tiempo después, y a pesar de no ser ése su deseo, Santa Catalina era elegida abadesa, pero tampoco ahora iba a poder disfrutar de una existencia tranquila: el constante peregrinar era el sino de su vida. En efecto, en 1375 emprende de nuevo el largo y, en aquel tiempo, dificultosísimo viaje a Roma, esta vez con una doble finalidad: poner en marcha y activar el proceso de canonización de Santa Brígida, y conseguir del Papa la aprobación de la Orden del Santísimo Salvador. En esta ocasión Santa Catalina permaneció en Roma cinco años. La canonización de su madre se vio retrasada por el cisma de Occidente, que entonces desgarraba a la catolicidad: Santa Brígida fue elevada a los altares por el pana Bonifacio IX en 1401, mas esto ya no alcanzó a verlo Santa Catalina; en cambio, consiguió del sumo pontífice Urbano VI la constitución apostólica de 3 de diciembre de 1378, por la que se aprobaba la Orden del Santísimo Salvador y al mismo tiempo se concedían a Vadtena las mismas indulgencias que las que podían lucir los peregrinos que visitaban la iglesia romana de San Pedro ad vincula.

En 1380 Santa Catalina estaba otra vez en su amado retiro de Vadstena, donde murió el 24 de marzo de 1381, después de nueve meses de penosa enfermedad, contra la cual no quiso tomar ninguna clase de medicinas, y en cuyo largo desarrollo dio numerosos ejemplos de humildad, mortificación y paciencia. Santa Catalina recibía a diario, durante los últimos veinticinco años de su vida, el sacramento de la penitencia, y lo mismo continuó haciendo en su última enfermedad; pero a causa de los vómitos de que iba acompañada la dolencia, se veía privada de la comunión dominical (pues la costumbre de comulgar a diario no existía en la Edad Media), si bien pudo recibir la comunión antes de morir.

El final de su vida no fue el final de su influencia. Apenas había exhalado la Santa el último suspiro, se vieron sobre su cuerpo luces que lo iluminaban maravillosamente, y durante varios días estuvo luciendo una brillante estrella sobre la casa donde estaban sus restos mortales, y en su entierro aparecieron innumerables luces delante y detrás del sarcófago, pero quienes las trajeron no se mostraron visibles, De esta manera, en los funerales de Santa Catalina, solemnemente celebrados por el arzobispo Birgen de Upsala y por los obispos Nicolás de Linköping (después también elevado a los altares) y Tord de Strägnäs, y honrados por la asistencia del príncipe Erik, hijo del rey de Suecia, así como por los más importantes personajes del reino, se dio un hecho milagroso que fue como la coronación de los muchos milagros de la vida de la Santa, continuados después de su muerte.

En efecto, se nos dice en su Vida que ya al nacer no quiso mamar la leche de su nodriza, que era una mujer de vida mundana, mientras tomaba muy bien el pecho de su madre y de otras mujeres honestas.

En una ocasión salvó a Roma de una inundación que se presentaba devastadora: las aguas del Tíber se retiraron milagrosamente al meter en ella los pies Santa Catalina.

Estando también la Santa en Roma, cayó enferma la hermana de uno de sus conocidos, llamado don Latino; esta mujer había llevado una vida pecadora, y ahora, a pesar de estar enferma de muerte, no quería arrepentirse ni confesarse. Santa, Catalina se postra de rodillas ante su lecho y pide a Dios. que conmueva el duro corazón de la pecadora. De pronto, empieza a subir gran cantidad de humo desde el río, Desencadenándose al mismo tiempo un violento huracán y una gran tormenta; todo lo cual produjo el efecto de ablandar el corazón de aquella mujer, que acabó haciendo una humilde confesión que le permitió tener una muerte cristiana.

En Nápoles rogó Santa Catalina por una posesa, con el resultado de que el espíritu inmundo abandonó a la mujer.

Viajando por Prusia Santa Catalina, uno de sus criados se cayó del coche, pasándole por encima las ruedas del mismo y resultando gravemente herido; pero gracias a las plegarias de la Santa sanó en el acto.

En Vadstena sanó también a un hermano lego que se hirió gravemente al caerse de un lugar elevado.

También curó a una muchacha tullida, llamada Cristina Persdotter, que fue luego monja de Vadstena.

En Vadstena los piojos no aparecían nunca, y el hecho se creía allí un milagro de la Santa. Un hombre incrédulo, llamado Clemente, no quiso dar crédito a esto, y entonces se vio acometido por los piojos de una manera tan furiosa que no pudo verse libre de ellos sino después de rezar devotamente a Santa Catalina para que le librase de tan inmundos animalejos.

Después de su muerte, y el mismo día en que años más tarde se sacaban sus restos para cambiarlos de sitio, hizo otro milagro. Un muchacho de Mjölby, ciudad sueca hoy día populosa, se cayó en la presa de un molino; pero salió sano y salvo merced a la ayuda de una mujer vestida de blanco, que no era otra que Santa Catalina.

También Santa Catalina, como su madre, tuvo el don de las revelaciones y predicciones. Predijo, por ejemplo, la muerte en Noruega del rey de Suecia Magnus Eriksson en 1374, muerte que fue comprobada seis semanas más tarde, al regresar a Suecia los servidores que acompañaban al rey.

Otros numerosísimos milagros hechos por Santa Catalina, son enumerados por sus biógrafos y certificados con fidedignos testimonios en el proceso de canonización. El proceso fue iniciado por el obispo Enrique Tidemansson de Linköping en 1469 y después proseguido en Roma: pocos años más tarde, en 1484, el papa Inocencio VIII permitía festejar la festividad de Santa Catalina como una segunda fundadora de los monasterios brigidinos.

Y no sin razón. Pues si bien fue Santa Brígida la autora de la Regla de la Orden y su comentarista, fue su hija quien de veras la puso en práctica en Vadstena, organizando conforme a ella el primer monasterio, y quien trabajó lo indecible hasta verla canónicamente aprobada. Efectivamente, la gran obra de Santa Catalina fue dejar asegurada la fundación de la Orden del Santísimo Salvador (Ordo Sanctissimi Salvatoris), de monjas y frailes, bajo la jurisdicción de la abadesa de Vadstena. Su finalidad principal era y sigue siendo alabar al Señor y a la Santísima Virgen según la liturgia de la Iglesia, ofrecer reparación por las ofensas cometidas contra la majestad divina y llevar, en la oración y la meditación (sobre todo en la meditación de la pasión del Señor), una vida perfecta para el honor de Dios y la salvación de las almas. La Orden llevó también a cabo, sobre todo al final de la Edad Media, una brillante obra cultural: los brigidinos tradujeron la Biblia a los idiomas escandinavos, y los monjes de Vadstena tuvieron la primera imprenta de Suecia. En el siglo XVI, una dama española, Marina de Escobar, da impulso a la rama española de la Orden, que perdura en España y en Méjico. En Europa, por el contrario, la Orden sufrió mucho a consecuencia de la Reforma, primero, y de la Revolución Francesa, después, si bien sobrevivió en el monasterio bávaro de Altomünster.

Pero la actividad exterior de Santa Catalina, de fundadora tenaz y de incansable peregrina, cuya influencia se dejaba sentir incluso en la corte de los Papas, no era otra cosa que la manifestación de un alma ardiente llena de fe, de piedad y de fortaleza. Su figura se nos presenta en su juventud llena de encanto, lo mismo que resulta atractiva su figura de joven virgen y viuda decidida a llevar en Roma, mediante la obediencia y la oración, una vida nada común de gran humildad y pobreza. Y más todavía, si cabe, nos admira la nueva Catalina que sale a luz después de la muerte de Santa Brígida: la hija devota y decidida, que sin regatear esfuerzos traslada de Roma a Vadstena, el cuerpo de su santa y admirada madre; la organizadora vigorosa y resuelta que dirige la suerte de Vadstena durante los primeros y más difíciles años de la fundación, que viaja a Roma y remueve incesantemente los estorbos que a su actividad se oponen; que lucha y vence; que nos da ejemplo de superación de la dureza de esta vida. Sin duda todo, porque hizo de la meditación en la pasión del Señor, el centro de su vida, y porque, como dice una secuencia medieval de la Santa: "Con alegría abrazó voluntariamente la cruz del Señor".

Para terminar diremos que la Orden del Santísimo Salvador, cuya fundación definitiva en la Edad Media fue la gran obra de Santa Catalina, ha sido restaurada en nuestros días, e incluso ha sido construido un nuevo monasterio en Vadstena, a la sombra misma de la famosa "Iglesia Azul" (Blakyrka), la primera de la Orden, gracias a los infatigables desvelos de otra tenaz mujer sueca, la madre Isabel Hesselblad, fallecida en 1957. En Suecia, su amada tierra, y en otros países, las hermanas brigidinas continúan caminando sobre las huellas de las santas fundadoras. El espíritu de Santa Catalina no ha muerto.

VIRGILIO BEJARANO