3 dic 2013

San Francisco Javier, 3 de Diciembre



3 de diciembre

SAN FRANCISCO JAVIER
(+ 1552)

El 3 de diciembre de 1552 moría frente a la costa china, en una choza de la isla de Sancián, San Francisco Javier.

La noticia de este hecho, que tanto suponía para la marcha de las misiones asiáticas, llegó a Roma casi tres años después. En febrero de 1555, como un rumor no confirmado, en octubre, como un hecho cierto, pero rodeado de tales detalles en cuanto a la traslación del cuerpo desde Sancián a Malaca y Goa, su estado incorrupto y los milagros que se le atribuían, que el nombre de Javier pasó presto a tener esa resonancia apostólica ante el pueblo cristiano que hasta hoy le caracteriza.

¿Quién era aquel misionero y cuáles sus hazañas?

Francisco de Javier, cuyos apellidos debieron haber sido Jassu, Azpilcueta, Atondo y Aznárez de Sada, nació el 7 de abril de 1506 en el castillo de Javier, situado en los confines de Navarra, frente a Aragón, a ocho kilómetros de Sangüesa, 54 de Pamplona y uno de las márgenes del río Aragón.

Situación estratégica en la Edad Media, salvando los pasos de la ribera de Navarra al valle del Roncal a través del puente de Yesa, casi en su punto medio.

La familia del Santo era de las más distinguidas del reino navarro. Su padre, don Juan de Jassu o Jaso y Atondo, doctor por Bolonia en ambos derechos, era uno de los principales personajes del país, y unía en sí la rama de los Jassu de Ultrapuertos (hoy Francia) con la de Atondo, del señorío de Idocin. Su madre, María de Azpilcueta y Aznárez de Sada, provenía de la casa solar del mismo nombre del valle del Baztán, y heredaba de su madre la posesión de Javier, vinculado a su familia por lo menos desde 1263, lo mismo que cierto grado de parentesco con la realeza navarra.

Por eso Francisco de Javier reunía en sí una representación de casi todas las reglones de Navarra, y puede presentarse como un prototipo de sus hijos en el conjunto de sus cualidades distintivas, que la santidad no eclipsó u ocultó, sino que sublimó en rasgos heroicos de un universalismo sin tacha, matizado y punteado con las caracteristicas de su tierra.

Su formación primera dependió principalmente de la abadía fundada por su padre en la parroquia de Javier, lo mismo que de los miembros de su familia en aquel castillo solitario, especialmente de su madre: porque su padre, muerto cuando el Santo contaba nueve años, había estado ausente largas temporadas en Pamplona o en cortes extranjeras por los asuntos del reino.

Fuera de la piedad intensa que bebió en su vida familiar, el acontecimiento que influyó especialmente en la orientación de su carácter y de sus aspiraciones fue la ruina de las instituciones políticas bajo las que había nacido y por las que luchó su familia, y la ruina también de su castillo, rebajado a la categoría de mansión señorial de tipo agrícola, en vez de ostentar las almenas guerreras de sus enhiestas torres. Es indudable que todo ello influyó en su marcha a la Universidad de Paris en 1525, al terminar las guerras en que participaron sus hermanos y al asentarse sobre bases nuevas y duraderas la vida de los Javier, reconociendo el nuevo orden de cosas.

Los once años de Paris, como estudiante primero y como maestro algún tiempo en la Universidad de París (1525-1536), marcaron la etapa decisiva de la vida de Javier.

Hoy se conoce con profusión de datos la vida universitaria parisiense relacionada con el Santo. Conocemos el funcionamiento de sus colegios, divididos por naciones o grandes regiones, y en los que se daba la enseñanza principal, así como los nombres de los profesores y mil detalles de la vida diaria de aquella masa de estudiantes, verdadera ciudad libre dentro del recinto de París.

Los estudios duraban alrededor de once años. Javier escogió el colegio de Santa Bárbara, fundado en 1520 bajo la protección del rey de Portugal, donde concurrían estudiantes de las diferentes partes de la Península Ibérica. Comenzó sus estudios como porcionario, que se pagaba toda la pensión, con un fámulo a su servicio y un caballo para sus deportes y utilidad. Por octubre de 1525 entró en las aulas universitarias, se graduó en Letras en la Cuaresma de 1526, se licenció en Filosofía en agosto de 1530, obtuvo una clase de Filosofía en el colegio de Dormans-Beauvais y prosiguió juntamente sus estudios teológicos hasta fines de 1536, en que partió para Italia con sus compañeros a unirse con Ignacio.

El esquematismo de estas fechas no nos devuelve la enorme complejidad de sucesos trascendentales que tuvo para el menor de los Javier. Por una parte la lucha de las ideas filosóficas y teológicas, atacadas por el naciente protestantismo, que encontró en la Universidad de París uno de sus más fuertes enemigos, y por otra las relaciones con sus compañeros de estudio, especialmente los españoles. Como coronación de todo, su trato con Iñigo de Loyola, que le llevó paulatinamente a desviar por completo el curso de sus aspiraciones terrenas dentro del campo eclesiástico, al que pensaba dedicarse, y abrazar el camino de la santidad personal y del apostolado con el ardor brioso de su sangre y con aquella decisión desconocedora de cambios y vacilaciones en el ideal abrazado en la plenitud de su vida.

Ignacio supo insinuarse en su corazón, a pesar de los recuerdos de luchas pasadas en campos políticos opuestos y de la poca apariencia del incomparable conductor de hombres, que vino providencialmente a vivir en la misma casa y en la misma cámara que el maestro valenciano Juan de la Peña, el angelical saboyano Pedro Fabro y Javier.

Las prevenciones de Javier no pudieron impedir a la larga el acercamiento con Iñigo, que, lejos de oponérsele, le llevó discípulos, le sacó de algún apuro económico y pudo, por fin, penetrar en el interior de aquella alma y comunicarle sus proyectos, sus ideas, su modo de ser.

En 1534 Javier estaba ganado, y, aun antes de hacer el mes de ejercicios espirituales, que le armaría para los duros combates de la vida, se alistó en el pequeño escuadrón ignaciano de los primeros votos de Montmartre, 15 de agosto de 1534.

Javier completó su formación espiritual junto a Ignacio en Italia, ejercitó sus primeros ministerios apostólicos en favor de las almas, gustó más el sentido católico de la vida junto a la cátedra de San Pedro en Roma, y recibió las sagradas órdenes en Venecia. Para coronamiento de estas actividades vivió varios meses en Roma como secretario del mismo San Ignacio, en aquellos tiempos en que estaban estudiando su futuro régimen de vida al ver fallidas providencialmente las esperanzas y planes de su viaje a Jerusalén y su vida apostólica en Palestina. La impresión que guardaron sus compañeros de todos estos años fue la de una santidad incontenible y de una admirable disposición para toda clase de apostolados. Su don de gentes se impuso en Roma y en Bolonia; su heroicidad, en los hospitales, mientras aprendía junto a su padre del alma los métodos del gobierno espiritual.

Los acontecimientos se precipitan ya en la vida de Javier. Doce años le quedan aún para luchar por Dios, y el que hasta ahora ha estado como en segundo plano, hace ahora de pronto irrupción en la vanguardia de los acontecimientos, y en ella se mantiene sin desfallecer hasta su último aliento.

Dios convertiría en realidad los sueños que había tenido aquellos años, de estar evangelizando en las Indias.

Un día se presentó ante Ignacio el embajador de Portugal, don Pedro de Mascareñas, con un encargo de su rey, don Juan III, que señalaría el comienzo de una sólida amistad del monarca lusitano con Loyola y Javier. Deseaba aquel consolidar sus empresas oceánicas impulsando vigorosamente la evangelización de las nuevas regiones descubiertas en la India y el Brasil. Por insinuación de don Diego de Gouvea, regente de Santa Bárbara, de París, que allí había conocido a aquellos compañeros de Inigo y luego se había enterado de sus intentos y actividades en Italia, el rey supo las cualidades y condiciones del grupo ignaciano, sondeó la realidad por medio del embajador en Roma y propuso al Papa su deseo de invitarlos para las Indias.

En pocos días se llega al nombramiento de Javier por Ignacio, comisionados para ello por Paulo III antes de la fundación canónica de la Compañía de Jesús, como sustituto del padre Bobadilla en su destino a la India portuguesa, y al día siguiente de su nombramiento, 16 de marzo de 1540, partía con Mascareñas camino de Lisboa, después de haber firmado unos cuantos documentos acerca de la Orden religiosa que se tramitaba y de la elección de su primer general.

Javier atraviesa Italia y Francia, entra por Fuenterrabía en Guipúzcoa, renuncia a ir a saludar a sus parientes, y por la casa solar de Loyola, adonde llevaba una carta de Ignacio, por Burgos, Valladolid y Salamanca pasó a Portugal. Allí trabajó intensamente en la corte, ganándose la confianza y estima del rey y de muchísima gente durante nueve meses, gracias a sus predicaciones, confesiones y buen ejemplo, y el 7 de abril de 1541 se embarcó para Goa.

En vez de partir como segundo del padre Simón Rodríguez, va como jefe de otros dos, y actúa desde el primer momento como tal. En Lisboa ha perfeccionado su portugués y se ha informado detenidamente acerca de la situación de la India y de sus relaciones eclesiásticas y temporales con la metrópoli. Pero Juan III no quiere enviarle sin amplísimas facultades, y para ello consigue del Papa varios breves pontificios.

Hay que tener presentes esos documentos para poder juzgar de su actuación sin caer en los extremos de los que, al margen de la verdadera historia, pretenden enjuiciar su obra y describirnos su carácter de hombre y de apóstol.

Javier no es un misionero más que va al Oriente a ocupar un puesto cualquiera en un lugar determinado. Su misión y su destino es mucho más complejo.

Va, en primer lugar, como nuncio o legado pontificio. Pero esa nunciatura era de un tipo especial. No se trataba de representar permanentemente a la Santa Sede en alguna corte determinada, sino de revestirle de su autoridad apostólica y de amplísimas facultades espirituales para la implantación, conservación y aumento de las nuevas cristiandades desde el Cabo de Buena Esperanza hasta el último límite de los dominios o protectorados portugueses en las Indias orientales, y en especial ante el rey de Etiopía. Pero no se indica en los documentos nada de estar en comunicación directa y permanente con la Santa Sede.

Esto influyó en el deseo de Javier de conocer personalmente aquellas nuevas cristiandades, fundadas ya o posibles y ver sobre el mismo campo las posibilidades de dilatar la fe. Su carácter de nuncio, más que ligarle a un sitio, le impulsaba a recorrer, explorar y evangelizar aquel vasto territorio, Algo parecido le sucedía en su cargo de superior de la nueva Orden religiosa en las mismas tierras. Con tan pocos sujetos al comienzo, era él el que debía dar el ejemplo de las virtudes apostólicas y señalar los emplazamientos de los centros misionales.

Y algo parecido podríamos decir con respecto al rey de Portugal, que, prendado de sus virtudes y cualidades, deseaba que fuera una especie de visitador privado y oficioso de la vida religiosa de los establecimientos lusitanos del Oriente. Su correspondencia demuestra cómo eiercitó esta labor, con valentía apostólica por un lado y con escrupulosidad independiente y cautelosa por otro. Aun así no siempre consiguió el auxilio que el rey ordenaba darle a todos sus gobernadores para cosas de apostolado y evangelización.

Francisco llegaba a Goa con la idea de marchar cuanto antes al cabo Comorín y costa de Pesquería, donde el gobernador general que le llevaba en su flota, Martín Alfonso de Sousa, había conseguido establecer una misión de cristianos en un mando anterior. Sousa le habló de la empresa varias veces durante el viaje marítimo, y en cuanto transcurrieron en Goa los primeros cinco meses durante el monzón que interrumpía las navegaciones, pasó a aquella tierra, cuando sus compañeros de viaje dejados en Mozambique llegaban a Goa a continuar las empresas allí por él iniciadas.

En Goa, lo mismo en la primera ocasión que en las otras varias que tuvo que volver a ella para gobernar a los suyos, tratar con las autoridades eclesiásticas y civiles o fundar las primeras casas de su Orden, su celo se impuso en la ciudad con sus predicaciones, catecismos por las calles, plazas e iglesias y su dirección espiritual. Todo esto se comprueba en las cartas de sus contemporáneos: el obispo, algunos sacerdotes religiosos y empleados civiles.

Desde fines de 1542 a 1545 trabajó en aquellas regiones de Malabar y Travancor, su primera gran misión viva. El movimiento de reagrupación de los cristianos, bautismo de neófitos, composición de catecismos, etc., fue extraordinario. El fracaso de sus planes sobre Ceilán, por culpa de algunos mercaderes portugueses, y la noticia de las perspectivas que se abrían para la fe en las Molucas, le determinó a ir allá después de dejar algunos compañeros en la Pesquería.

Pasado algún tiempo junto al sepulcro de Santo Tomás en Meliapur, llegó a Malaca en septiembre de 1545 y evangelizó a toda clase de gentes en la ciudad y contornos durante algunos meses. Siguió al Maluco y misionó las islas de Amboino, Ceram y otras vecinas, cumo luego Ternate, Tidore, las islas del Moro, con igual fruto y conmoción espiritual.

Vuelto a Malaca en 1547 a buscar compañeros para aquella nueva misión, se encontró en aquella ciudad con unos japoneses que le esperaban. Esto varía el rumbo de los acontecimientos, y, arreglados los asuntos de la India, penetra el primero de los misioneros en el Japón, 15 de agosto de 1549, misión que desde el primer momento ejerce en él una especie de fascinación cautivadora.

Vuelve a la India y Goa, visita algunas residencias, resuelve nuevas fundaciones, se entera de grandes noticias de Europa: Trento, Roma, Alemania; recibe el nombramiento de provincial, y en vez de volver al Japón, según había pensado primero, se resuelve por China. Frustra sus intentos de embajada virreinal el capitán mayor marítimo de Malaca y se embarca para Sancián a intentar solo aquella empresa. Una pulmonía corta el vuelo a sus empresas apostólicas cuando apenas cuenta cuarenta y seis años.

Se ha hablado de Javier aventurero, poco constante, impetuoso. Nunca dejó Javier un campo roturado por él sin dejar a otros que siguieran la obra, y de vez en cuando volvía a visitarlo. Atendió al mismo tiempo a otras partes adonde no llegó personalmente. Todas sus misiones continuaron florecientes, y sólo algunas decayeron decenios más tarde a causa de las persecuciones que sobrevinieron.

Fomentó el clero indígena, la enseñanza y los catecismos. Su salud, sus conocimientos, sus dones de trato personal, su valor a toda prueba, y sobre todo su santidad, superaron todos los obstáculos. Consiguió dejar cristiandades en todos los puntos estratégicos del Extremo Oriente, ampliar el conocimiento de todas aquellas regiones. Sin intentarlo forjó un parecido oriental suyo con el San Pablo mediterráneo que admira la historia.

No es extraño, por lo mismo, que al saber de cierto su muerte, con las circunstancias de su traslación y sepultura, el mismo San Ignacio, que ya tenía en Roma una antologia epistolar proveniente de Asia acerca de la fama de santidad de Javier, iniciara los primeros pasos para la glorificación de su hijo. Beatificado en 1619, fue canonizado a los tres años, 12 de marzo de 1622, juntamente con San Ignacio, Santa Teresa de Jesús, San Felipe Neri y San Isidro Labrador. Pronto se le declaró Patrón de las misiones del Oriente.

San Pío X lo constituyó protector de la Obra de la Propagación de la Fe, y Pío XI le declaró en 1927 junto con Santa Teresa de Lisieux, Patrón universal de las misiones católicas.

LEÓN LOPETEGUI, S. I.

Adviento: La Virgen María representa la esperanza



La Virgen María representa la esperanza

La primera venida del Señor se realizó gracias a ella. Y, por ello, todas las generaciones le llamamos Bienaventurada. Hoy, que preparamos, cada año, una nueva venida, los ojos de la Iglesia se vuelven a ella, para aprender, con estremecimiento y humildad agradecida, cómo se espera y cómo se prepara la venida del Emmanuel: del Dios con nosotros. Más aún, para aprender también cómo se da al mundo el Salvador.

Sobre el papel de la Virgen María en la venida del Señor, la liturgia del Adviento ofrece dos síntesis, en los prefacios II y IV de este tiempo:

"...Cristo Señor nuestro, a quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al Misterio de su Nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza".

"Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos por el Misterio de la Virgen Madre. Porque, si del antiguo adversario nos vino la ruina, en el seno de la Hija de Sión ha germinado aquél que nos nutre con el pan de los ángeles, y ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz. La gracia que Eva nos arrebató nos ha sido devuelta en María. En ella, madre de todos los hombres, la maternidad, redimida del pecado y de la muerte, se abre al don de una vida nueva. Así, donde había crecido el pecado, se ha desbordado tu misericordia en Cristo nuestro Salvador. Por eso nosotros, mientras esperamos la venida de Cristo, unidos a los ángeles y a los santos, cantamos el himno de tu gloria..."

La Virgen Inmaculada fue y sigue siendo el personaje de los personajes del Adviento: de la venida del Señor. Por eso, cada día, durante el Adviento, se evoca, se agradece, se canta, se glorifica y enaltece a aquella que fue la que accedió libremente a ser la madre de nuestro Salvador "el Mesías, el Señor" (Lc 2,11).

Entresaco tres textos de los tantos que uno se encuentra en honor de la Bienaventurada Madre de Dios, en todo este Misterio preparado y realizado. Son de la solemnidad de santa María Madre de Dios:

"¡Qué admirable intercambio! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad" (antífona de las primeras Vísperas).

"La Madre ha dado a luz al Rey, cuyo nombre es eterno; la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad: un prodigio tal no se ha visto nunca, ni se verá de nuevo. Aleluya" (antífona de Laudes).

"Por el gran amor que Dios nos tiene, nos ha mandado a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado: nacido de una mujer, nacido bajo la ley. Aleluya" (antífona del Magníficat primeras Vísperas).

A partir de la segunda parte del Adviento, la preponderancia de la Madre Inmaculada es tan grande, que ella aparece como el centro del Misterio preparado e iniciado. Así las lecturas evangélicas del IV Domingo, en los tres ciclos, están dedicadas a María. Y en las misas propias de los días 17 al 24, correspondientes a las antífonas de la O, todo gira alrededor de ella. Y con razón.

"Los profetas anunciaron que el Salvador nacería de María Virgen" (Tercia) - "El ángel Gabriel saludó a María, diciendo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres" (Sexta) - "María dijo: ¿Qué significa este saludo? Me quedo perpleja ante estas palabras de que daré a luz un Rey sin perder mi virginidad" (Nona).

En las vísperas del primer domingo de Adviento, la antífona del Magnificat está tomada del evangelio de la anunciación: "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo".

El lunes de esta primera semana, en las vísperas, la antífona del Magnificat será: "El ángel del Señor anunció a María y concibió por obra del Espíritu Santo".

En las vísperas del jueves se canta: "Bendita tú entre las mujeres". En las vísperas del segundo domingo de Adviento: "Dichosa tú, María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". En los laudes del miércoles hay una lectura tomada del capítulo 7 de Isaías: "Mirad: la Virgen ha concebido y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel...". El responsorio del viernes después de la segunda lectura del oficio, está tomado del evangelio de la anunciación en Lc 1, 26, etc... Y podríamos continuar con una larga enumeración. 

Esta enumeración interesa porque muestra cómo la presencia de la Virgen es constante en los Oficios de Adviento, así como en el recuerdo de la primera venida de su Hijo y en la tensión de su vuelta al final de los tiempos.

Aunque Navidad es para María la fiesta más señalada de su maternidad, el Adviento, que prepara esta fiesta, es para ella un tiempo de elección y de particular preparación.

2 dic 2013

Juntos hacemos tiempos mejores



JUNTOS HACEMOS TIEMPOS MEJORES

Por José María Martín OSA

1.- Nuestro mundo necesita una buena dosis de esperanza. Contamos con la providencia de Dios que vela por nosotros, pero espera nuestra colaboración. Hagamos posible la esperanza a los que viven desesperados porque su vida ha dejado de tener sentido. Hay muchos cristianos desanimados porque no ven a los jóvenes participando en la Eucaristía, otros se sienten desconcertados ante la falta de valores y la desintegración de muchas familias, hay quien está decepcionado porque ve una Iglesia demasiado instalada y alejada del Evangelio. Ante esto optan por la pasividad o resignación y niegan cualquier posibilidad de cambio. Hoy la Palabra de Dios nos alerta para que nos demos cuenta de que Jesús, el Hijo del Hombre, viene a liberarnos de todas nuestras dudas e incertidumbres. Él es nuestra justicia y nuestra salvación. Tenemos por delante una hermosa tarea durante estas cuatro semanas: preparar nuestro interior como si fuera una cuna que va a recibir a Aquél que nos da la vida. El tren de la esperanza va a pasar por delante de nosotros, no lo perdamos, subamos a él y valoremos todo lo bueno que vamos encontrando en nuestro camino. Siendo nosotros también liberadores, justos, alegres y solidarios podremos hacer que todos los que en él viajamos podamos construir la nueva humanidad que tanto anhelamos. Pero seamos profetas de la esperanza, no del desaliento, pues ya estamos cansados de agoreros y necesitamos hombres y mujeres, esperanzados y esperanzadores.

2.- Daos cuenta del momento en que vivís. Los cristianos de Roma estaban adormilados, acomodados, bien situados algunos. Pablo les alerta porque ya va siendo hora de espabilarse. También Pablo nos invita hoy a despertar, a salir de la noche y a caminar a la luz del día. Darse cuenta del momento es caer en la cuenta de que el mundo no es bueno si no es bueno para todos. Pensamos que si yo estoy bien, los demás que se espabilen. Pablo distingue entre la noche y el día, entre el mal y el bien, entre el aturdimiento y la vigilancia. El que obra el mal camina en las tinieblas y está como dormido, pero la esperanza ilumina los pasos del que obra el bien y le mantiene despierto y siempre vigilante. Este es el texto que a Agustín de Hipona le dio la fuerza definitiva para convertirse. Al leerlo brotaron de sus ojos las lágrimas del arrepentimiento. La Palabra de Dios nos interpela como le interpeló a él. Estas palabras de Pablo parece como si estuvieran escritas también para nosotros, que vivimos en unos tiempos de olvido de lo espiritual y de escasez de esperanza. . ¿Qué cosas nos diría hoy S. Pablo, para despertarnos de nuestro sueño y nuestra inconsciencia? He aquí alguna de las cosas que necesitan conversión: la locura del rearme, la locura del derroche, la locura del tener, la locura del paro, la locura de la violencia, la locura de la droga, la locura de la contaminación, la locura de la insolidaridad, la locura de la velocidad, la locura del poder, la locura del vicio...

3.- Hemos de tomar conciencia de nuestra responsabilidad. El evangelio nos anima a estar alerta. Es una de los lemas del movimiento scout y no está pasado de moda….Significa que hay que estar siempre disponible. Cuando menos lo esperaban los hombres, llegó la catástrofe del diluvio universal. Jesús les recordó esto a sus contemporáneos y hoy nos lo recuerda a nosotros. No se trata de atemorizarnos con nuevos cataclismos, como pronostican las armas atómicas o el agujero de ozono. El Evangelio no es una amenaza, sino una buena noticia. Pero tampoco Jesús espera de nosotros que perdamos la vida vegetando, trabajando, ganando dinero, gastándolo, y vuelta a empezar. Dios llama hoy nuestra atención para sacarnos del aburrimiento, de la indiferencia ante el hambre, la pobreza, la injusticia y los sufrimientos de los demás. Quiere que nos responsabilicemos y tomemos conciencia, quiere que estemos alerta. Una segunda exigencia del evangelio de hoy es la acción. El reino de Dios, la justicia y la igualdad, el bienestar de todos, no es una lotería, sino el resultado de la acción de todos y de la solidaridad de todos. Hay que vigilar y analizar, diseñar y proyectar antes de pasar a la acción, para que ésta sea eficaz. No debemos radicalizar posturas diciendo que todo está mal. Hay que discernir el bien del mal, conservar lo que beneficia a todos y redunda en el bienestar de todos; pero habrá que modificar y cambiar lo que sólo favorece a unos pocos. El adviento, este adviento, y todos, pues siempre es adviento para el creyente, ha de ayudarnos a ver cómo esa esperanza del reino de Dios se va ya realizando en cada una de las esperanzas y de los logros humanos. Debe comprometernos en esa tarea común, con todos los hombres de buena voluntad. Todavía queda mucho por hacer. Todavía tenemos una gran esperanza, otro mundo es posible. Como escribió San Agustín, “Nosotros somos los tiempos y juntos podemos hacer tiempos mejores”.

Santo Evangelio 2 de Diciembre de 2013



Día litúrgico: Lunes I de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 8,5-11): En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Cafarnaún, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace». 

Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos».


Comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande

Hoy, Cafarnaún es nuestra ciudad y nuestro pueblo, donde hay personas enfermas, conocidas unas, anónimas otras, frecuentemente olvidadas a causa del ritmo frenético que caracteriza a la vida actual: cargados de trabajo, vamos corriendo sin parar y sin pensar en aquellos que, por razón de su enfermedad o de otra circunstancia, quedan al margen y no pueden seguir este ritmo. Sin embargo, Jesús nos dirá un día: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). El gran pensador Blaise Pascal recoge esta idea cuando afirma que «Jesucristo, en sus fieles, se encuentra en la agonía de Getsemaní hasta el final de los tiempos».

El centurión de Cafarnaún no se olvida de su criado postrado en el lecho, porque lo ama. A pesar de ser más poderoso y de tener más autoridad que su siervo, el centurión agradece todos sus años de servicio y le tiene un gran aprecio. Por esto, movido por el amor, se dirige a Jesús, y en la presencia del Salvador hace una extraordinaria confesión de fe, recogida por la liturgia Eucarística: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa: di una sola palabra y mi criado quedará curado» (cf. Mt 8,8). Esta confesión se fundamenta en la esperanza; brota de la confianza puesta en Jesucristo, y a la vez también de su sentimiento de indignidad personal, que le ayuda a reconocer su propia pobreza.

Sólo nos podemos acercar a Jesucristo con una actitud humilde, como la del centurión. Así podremos vivir la esperanza del Adviento: esperanza de salvación y de vida, de reconciliación y de paz. Solamente puede esperar aquel que reconoce su pobreza y es capaz de darse cuenta de que el sentido de su vida no está en él mismo, sino en Dios, poniéndose en las manos del Señor. Acerquémonos con confianza a Cristo y, a la vez, hagamos nuestra la oración del centurión.

San Silverio, LVIII Papa, Diciembre 2



San Silverio, LVIII Papa,
Diciembre 2

Martirologio Romano: En la isla de Palmaria, en Italia, tránsito de san Silverio, papa y mártir, el cual, no queriendo rehabilitar a Antimo, obispo herético de Constantinopla depuesto por su predecesor san Agapito, por orden de la emperatriz Teodora fue privado de su sede y enviado al destierro, donde murió desgastado por los sufrimientos (537).

Etimología: Silverio = Aquel que es un habitante de la selva, es de origen latino.

Fechas de nacimiento y muerte desconocidas. Fue hijo del Papa Hormisdas quien había sido casado antes de llegar a ser uno del más alto clero. Silverio entró al servicio de la Iglesia y fue subdiácono en Roma cuando el Papa Agapito murió en Constantinopla, el 22 de Abril del año 536.La Emperatriz Teodora, quien favoreció a los Monofisitas intentó inducir la elección como Papa del diácono romano Vigilio quien se encontraba entonces en Constantinopla y le había dado las garantías deseadas en cuanto a los Monofisitas. Sin embargo, Teodato, Rey de los Ostrogodos, quien deseaba evitar la elección de un Papa conectado con Constantinopla, la anticipó, y por su influencia el subdiácono Silverio fue escogido.

La elección de un subdiácono como obispo de Roma era inusual. Consecuentemente, es fácil de entender que, como el autor de la primera parte de la vida de Silverio en la "Liber pontificalis" (ed. Duchesne, I, 210) relata, una fuerte oposición apareció entre el clero. Ésta, sin embargo, fue reprimida por Teodato así que, finalmente, después de que Silverio había sido consagrado obispo ( probablemente el 8 de Junio de 536) todos los presbíteros Romanos dieron su consentimiento escrito a su elevación. La afirmación hecha por el autor mencionado de que Silverio aseguró la intervención de Teodato por el pago de dinero es injustificable, y se explica por la opinión hostil del autor sobre el Papa y los Godos. El autor de la segunda parte de la vida en la "Liber pontificalis” está favorablemente inclinado a Silverio. El pontificado de este Papa pertenece a un período desordenadamente inestable, y él mismo cayó víctima de las intrigas de la Corte Bizantina.

Después de que Silverio había llegado a ser Papa la Emperatriz Teodora intentó ganárselo para los Monofisitas. Ella deseaba especialmente hacerlo entrar en comunión con el Patriarca Monofisita de Constantinopla, Antimo, quien había sido excomulgado y depuesto por Agapito, y con Severo de Antioquia. Sin embargo, el Papa en nada se comprometió y Teodora ahora resolvió derrocarlo y ganar la sede papal para Vigilio. Tiempos tormentosos llegaron a Roma durante la lucha que estalló en Italia entre los Ostrogodos y los Bizantinos después de la muerte de Amalasuntha, hija de Teodorico el Grande.

El rey Ostrogodo Vitigio, quien ascendió al trono en Agosto de 536, sitió la ciudad. Las iglesias sobre las catacumbas fuera de la ciudad fueron devastadas, las tumbas mismas de los mártires en las catacumbas fueron abiertas y profanadas. En Diciembre, de 536, el general Bizantino Belisario fortificó Roma y fue recibido por el Papa de manera cortés y amistosa.

Teodora intentó usar a Belisario para llevar a cabo su plan de deponer a Silverio, y poner en su lugar al diácono romano Vigilio (q.v.), anteriormente apocrisiario en Constantinopla, quien ahora había ido a Italia. Antonina, esposa de Belisario influenció a su esposo de actuar como Teodora deseaba. Por medio de una carta falsificada acusaron al Papa de un acuerdo traicionero con el rey gótico que sitiaba Roma. Se afirmaba que Silverio había ofrecido al rey dejar una de las puertas de la ciudad secretamente abierta para permitir a los Godos entrar. Silverio fue consecuentemente arrestado en Marzo de 537, violentamente arrebatado de su vestimenta episcopal, dada la ropa de un monje y llevado al exilio al Oriente. Vigilio fue consagrado Obispo de Roma en su lugar.

Silverio fue llevado a Licia donde fue a residir a Patara. El Obispo de Patara muy pronto descubrió que el Papa exiliado era inocente. Él viajó a Constantinopla y pudo poner ante el emperador Justiniano tales pruebas de la inocencia del exiliado que el emperador escribió a Belisario ordenando una nueva investigación del asunto. Si resultaba que la carta concerniente al alegado plan a favor de los Godos era falsa, Silverio debería ser colocado una vez más en posesión de la sede papal. Al mismo tiempo el emperador permitió a Silverio regresar a Italia, y pronto entró al país, aparentemente en Nápoles. Sin embargo, Vigilio arregló hacerse cargo de su predecesor ilegalmente depuesto. Evidentemente actuaba de acuerdo con la emperatriz Teodora y fue ayudado por Antonina, la esposa de Belisario. Silverio fue llevado a la isla de Palmaria en el mar de Tirreno y mantenido en confinamiento estricto. Aquí murió a consecuencia de las privaciones y cruel trato que soportó.

El año de su muerte es desconocido, pero probablemente no vivió mucho después de llegar a Palmaria. Fue enterrado en la isla, de acuerdo al testimonio de la "Liber pontificalis” en Junio 20; sus restos nunca fueron sacados de Palmaria. De acuerdo con el mismo testigo, él era invocado después de su muerte por los creyentes que visitaban su tumba. En épocas posteriores fue venerado como un santo. La más temprana prueba de esto es dada por una lista de santos del siglo once (Mélanges d´archéologie et d´histoire, 1893, 169). El "Martyrologium” de Pedro de Natalibus del siglo catorce también contiene su fiesta, que es recordada en el actual Martirologio Romano el 20 de Junio.

[Nota del Editor: De acuerdo a la Liber Pontificalis, el Papa San Silverio fue exiliado no a Palmaria, sino más bien a la isla de Palmarola, una mucho más pequeña y desolada isla cerca de Ponza, Italia, en la Bahía de Nápoles.]

Santa Bibiana, 2 de Diciembre

2 DICIEMBRE

SANTA BIBIANA
(+ s. IV ?)

La más antigua mención de Santa Bibiana y de su iglesia la encontramos en el Líber Pontificalis, por donde averiguamos que el papa Simplicio (468-473) dedicó "dentro del recinto de la ciudad, cerca del palacio Liciniano, una basílica a la bienaventurada mártir Bibiana, donde su cuerpo reposa".

Expresiones análogas se hallan a cada paso en los textos hagiográficos: "basílica de tal mártir..., donde reposa su cuerpo". Pudiera, pues, creerse que se trata de una frase hecha sobre la que no merece la pena insistir.

Sin embargo, nuestro caso es diferente, porque la mención se remonta al siglo v, cuando todavía estaba en pleno vigor la antiquísima ley de las doce tablas, que ordenaba tajantemente: "Dentro de la ciudad ni se quemen ni se entierren cadáveres". Los historiadores mencionan algún caso rarísimo, como la excepción concedida por el Senado al emperador Trajano, cuyas cenizas fueron depositadas en lo alto de la colosal columna que se levantara en el foro de su nombre.

Si, pues, Santa Bibiana estaba enterrada dentro de los muros de Roma es un hecho que con razón lo destaca el Líber Pontificalis, y al que deberá buscarse alguna justificación.

La iglesia que el papa Simplicio dedicó a esta Santa existe aún en Roma, cerca de la vía férrea, y ha dado precisamente nombre al túnel por donde aquella se cruza, "Arcos de Santa Bibiana". Está situada en el monte Esquilino, en el lugar que ocupaban los jardines del emperador Licinio Galieno, junto a la Puerta Tiburtina y no lejos de un sitio lleno de recuerdos y evocaciones para los habitantes de la Ciudad Eterna, el cementerio del "Campo Verano", detrás de la basílica de San Lorenzo Extramuros.

La iglesia de Santa Bibiana fue restaurada a comienzos del siglo XVII por Urbano VIII, el papa Barberini, que en las tres abejas de su escudo encontró un buen símbolo a su prodigiosa laboriosidad.

Al hacer en 1624 las excavaciones dirigidas por Bernini se descubrieron debajo del altar mayor las reliquias de la Santa, conservadas en dos vasos de vidrio con su correspondiente inscripción. La carencia de documentación impidió saber si habían sido colocadas allí por traslación o elevación.

Ahondando en las excavaciones se hallaron en un plano más profundo dos sarcófagos superpuestos, cada uno de los cuales contenía un esqueleto cubierto de cal. Aunque no contenían nombre ni símbolo cristiano, se atribuyeron a Dafrosa y Demetria, la madre y hermana, respectivamente, de la Santa. El hallazgo de estos dos cadáveres in situ y rociados de cal, procedimiento que usaban los antiguos por razones de salubridad, demuestra que no fueron tocados desde su inhumación, pues en un traslado resultaba inútil adoptar tales medidas higiénicas. De donde se colige que la basílica de Santa Bibiana está levantada sobre tres sepulturas, dos de ellas intactas, y los restos de la otra colocados en recipientes en época desconocida.

Urbano VIII, con esa pasión renacentista que le caracteriza, salvó un monumento antiguo, pero además quiso dejar un testimonio litúrgico del hallazgo, pues incluyó en el calendario de la Iglesia universal la fiesta de Santa Bibiana, fijándola con rito semidoble para el día 2 de diciembre. Para las lecturas históricas del segundo nocturno de maitines no fue tan afortunado, pues aprovechó las actas apócrifas del siglo Vl, que tan escaso crédito merecen. La basílica, de tres naves, dividida por ocho columnas antiguas, fue decorada con frescos de Pietro da Cortona y Agostino Ciampelli; pero, sobre todo, con una escultura graciosa de la Santa, obra juvenil de Bernini.

Hoy, sin embargo, con la reciente simplificación de rúbricas del misal y el breviario, Santa Bibiana, al caer dentro del Adviento, queda reducida litúrgicamente nada más que a memoria" o conmemoración . Sus lecciones no vol verán a leerse en el oficio divino. De esta manera un simple decreto de la Congregación de Ritos destinado a aligerar el rezo eclesiástico ha resuelto con habilidad un peliagudo problema crítico.

Pero nosotros no podemos proceder tan fácilmente. Se impone un rápido examen de las actas para saber hasta dónde son ciertos sus relatos. Es siempre el problema de los santos antiguos rodeado del halo de la popularidad. Porque si el culto de Santa Bibiana se remonta históricamente hasta el papa Simplicio, ya desde antes existen indicios del mismo, y durante la Edad Media gozó también de gran veneración, pues sabemos que el papa León II trasladó a su iglesia, desde el cementerio ad sextum Philippi, los cuerpos de los mártires Simplicio, Faustino y Beatriz para que aumentasen la devoción hacia aquel santuario, al cual estaba anejo un monasterio de monjas que se conservó hasta el siglo xv.

La pasión de Santa Bibiana es llamada también del mártir Pimenio por el papel tan importante que en ella juega. Los textos que han llegado hasta nosotros presentan notables divergencias.

Según el relato de la pasión, Juliano el Apóstata (361-363) llegó a hacer durante su reinado hasta siete mil mártires, entre otros Pimenio, presbítero del titulo del Pastor, en Roma. Este Pimenio fue quien enseñó a Juliano la gramática, retórica y demás ciencias, instruyéndole asimismo en la ley cristiana. Gracias a tan esmerada educación, Juliano supo mostrarse amable y prudente, mereciendo que las tropas le eligieran emperador.

Mas vuelto a la religión pagana empezó a perseguir sañudamente al cristianismo. Entre otros a Flaviano, prefecto de la ciudad, que con su mujer Dafrosa y sus hijas Demetria y Balbina enterraban por la noche los cuerpos de los mártires. Por esta causa y por haber revelado el enterramiento clandestino en su propia casa de dos mártires, San Juan y San Pablo, a los que la leyenda hace también de este periodo, fueron así inhumados para evitar un tumulto del pueblo, Juliano confiscó a Flaviano todos sus bienes y le desterró, muriendo fuera de Roma.

Dafrosa muere también después de varios incidentes, siendo enterrada por el presbítero Juan en su propia ,casa, que se encontraba cerca de la de San Juan y San Pablo.

Sus dos hijas fueron llevadas a la presencia de Juliano. Demetria muere de miedo, y es enterrada junto a su madre por Bibiana, a la cual el emperador confia a una mujer perversa, llamada Rufina, para que la corrompa. Con halagos o con malos tratos pretende hacerla apostatar y que contraiga matrimonio; pero viendo lo inútil de sus esfuerzos, da cuenta de ello a Juliano, quien la condena al suplicio de los azotes, hasta que exhala el último suspiro. Su cuerpo quedó abandonado en el forum Tauri o mercado del Toro, sin que permitiera Dios que sufriera agravio en los dos días que pasaron hasta que el presbítero Juan consiguió enterrarla de noche junto a su madre y hermana.

Juan y Pimenio acudían allí a orar. Juliano comunica a Pimenio que abandone Roma, y, entre tanto, manda decapitar a Juan. Pimenio abandona su título o iglesia del Pastor y marcha a Persia, donde queda ciego. A los cara, hace en nombre de Cristo, por lo que lleno de rabia, Juliano, quien le saluda en nombre de los dioses. Pimenio lo hace en nombre de Cristo, por lo que lleno de rabia Juliano le hace precipitar desde un puente. Una matrona llamada Cándida le entierra en el cementerio de Ponciano, ad ursum pileatum, "en el oso encapuchado".

Muerto el emperador, una mujer llamada Olimpina edifica una iglesia para honrar la memoria de las tres mártires. Olimpina, que da nombre a la basílica, vive allí hasta los tiempos del papa Siricio (384-399).

El autor de la pasión dice llamarse Donato, "subdiácono regionario de la santa Sede Apostólica". Su relato se contradice a cada paso con lo que conocemos de la historia profana, puesto que Juliano el Apóstata no moró jamás en Roma durante su reinado, que por lo demás sólo duró dos años. Ni su persecución fue sangrienta en Occidente, sino más bien buscó exaltar el paganismo en decadencia. De esta forma cae por su base toda la autoridad de las actas, que aprovechan datos y referencias de escritos anteriores en muchos casos. Por ejemplo, la respuesta valiente de Pimenio a Juliano es la que los historiadores Sócrates y Sozomeno ponen en boca de Maris, obispo de Calcedonia.

El hecho extraordinario de que Dafrosa y sus hijas fueran enterradas en su propia casa, dentro del recinto de la Urbe, no tiene importancia para el autor de la pasión, porque ya entonces la ley civil que prohibía tales inhumaciones había caído en desuso. En cambio, el autor de las actas de San Juan y San Pablo recurre al peligro de un motín popular para justificar el enterramiento de dichos santos en su propio domicilio.

Habida cuenta del hecho de encontrarse la sepultura de las tres Santas en su basílica, cabe admitir la existencia de Olimpiana, y cabe aventurar la hipótesis de que, si efectivamente fueron enterradas en su casa, se trate de mártires anteriores al año 274, en que Aureliano extendió los muros de Roma más allá del Esquilino, límite hasta entonces religioso y legal de la Urbe, donde no regían las prohibiciones sobre enterramientos. De esta forma la antigüedad de Santa Bibiana sería mucho mayor que la consignada por el propio autor de su pasión.

Además, el presbítero Pimenio podría ser San Pastor, a cuyo título se le adscribe, pues sería transcripción latina de Poimen, nombre griego de pastor. Desde luego, San Pimenio era venerado por los peregrinos medievales en las catacumbas de Ponciano, en la vía de Porto, y allí es donde la sitúa la pasión.

En cuanto al presbítero Juan, es un personaje que aparece en todas las actas apócrifas dedicado a enterrar cuerpos abandonados de mártires. Su piadosa actividad alcanza desde el reinado de Nerón hasta el de Juliano el Apóstata. ¿Existió realmente un presbítero Juan? ¡Por qué no! Bien pudo morir en alguna de las persecuciones por practicar la obra de misericordia que la Escritura tanto alaba en Tobías. Después se convirtió en un personaje representativo, del que se echaba mano a cada paso.

No deben producir desencanto estas disquisiciones. Los gustos del siglo Vl, en que florecieron las actas apócrifas, que tienen el prurito de relacionar entre sí a santos más o menos cercanos, no son los nuestros. Aquellas leyendas servían a la edificación de los fieles, como en época no muy lejana Fabiola hizo emocionarse a muchísimos lectores. Casi lo único verdadero de tales actas son los nombres y los lugares. Para nosotros nos basta con datos tan interesantes, que sin ellas se hubieran perdido. No pudiendo dudarse de la existencia de Santa Bibiana ni de la autenticidad de sus reliquias, ¿qué más podemos pedir? Esto nos basta para encomendarnos a su valiosa intercesión.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

1 dic 2013

Quiero estar en vela, Señor


QUIERO ESTAR EN VELA,  SEÑOR

Que,  el tiempo en el que vivo, no me impida ver el futuro

Que,  mis sueños humanos, no eclipsen los divinos

Que,  las cosas efímeras, no se antepongan sobre las definitivas