2 oct 2013

Nuestro Angel de la Guarda



Nuestro ángel de la guarda


Necesitamos renovar nuestro trato afectuoso y sencillo con nuestro ángel de la guarda que está a nuestro lado y nos ayuda de mil modos. 
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Muchos tienen la costumbre de hablar con su ángel de la guarda. Le piden ayuda para resolver un problema familiar, para encontrar un estacionamiento, para no ser engañados en las compras, para dar un consejo acertado a un amigo, para consolar a los abuelos, a los padres o a los hijos.

Otros tienen al ángel de la guarda un poco olvidado. Quizá escucharon, de niños, que existe, que nos cuida, que nos ayuda en las mil aventuras de la vida. Recordarán, tal vez, haber visto el dibujo de un niño que camina, cogido de la mano, junto a un ángel grande y bello. Pero desde hace tiempo tienen al ángel "aparcado", en el baúl de los recuerdos.

De grandes es normal que hablemos a los niños de su ángel de la guarda. Nos sería de provecho pensar también en nuestro ángel que está a nuestro lado y nos ayuda de mil modos.

Es verdad: Dios es el centro de nuestro amor, y a veces no tenemos mucho tiempo para pensar en los espíritus angélicos. Podemos, sin embargo, ver a nuestro ángel de la guarda no como una "devoción privada" ni como un residuo de la niñez, sino como un regalo del mismo Dios, que ha querido hacernos partícipes, ya en la tierra, de la compañía de una creatura celeste que contempla ese rostro del Padre que tanto anhelamos.

Necesitamos renovar nuestro trato afectuoso y sencillo, como el de los niños que poseen el Reino de los cielos (cf. Mt 19,14), con el propio ángel de la guarda. Para darle las gracias por su ayuda constante, por su protección, por su cariño. Para sentirnos, a través de él, más cerca de Dios. Para recordar que cada uno de nosotros tiene un alma preciosa, magnífica, infinitamente amada, invitada a llegar un día al cielo, al lugar donde el Amor y la Armonía lo son todo para todos. Para pedirle ayuda en un momento de prueba o ante las mil aventuras de la vida.

Necesitamos repetir, o aprender de cero, esa oración que la Iglesia, desde hace siglos, nos ha enseñado para dirigirnos a nuestro ángel de la guarda: 

Ángel del Señor, que eres mi custodio,
puesto que la Providencia soberana me encomendó a ti,
ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname en este día. 
Amén.

Santo Evangelio 2 de Octubre de 2013


Día litúrgico: Miércoles XXVI del tiempo ordinario

Santoral 2 de Octubre: Los santos Ángeles de la Guarda

Texto del Evangelio (Lc 9,57-62): En aquel tiempo, mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». El respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».


Comentario: Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet (Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)
Sígueme

Hoy, el Evangelio nos invita a reflexionar, con mucha claridad y no menor insistencia, sobre un punto central de nuestra fe: el seguimiento radical de Jesús. «Te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9,57). ¡Con qué simplicidad de expresión se puede proponer algo capaz de cambiar totalmente la vida de una persona!: «Sígueme» (Lc 9,59). Palabras del Señor que no admiten excusas, retrasos, condiciones, ni traiciones...

La vida cristiana es este seguimiento radical de Jesús. Radical, no sólo porque toda su duración quiere estar bajo la guía del Evangelio (porque comprende, pues, todo el tiempo de nuestra vida), sino -sobre todo- porque todos sus aspectos -desde los más extraordinarios hasta los más ordinarios- quieren ser y han de ser manifestación del Espíritu de Jesucristo que nos anima. En efecto, desde el Bautismo, la nuestra ya no es la vida de una persona cualquiera: ¡llevamos la vida de Cristo inserta en nosotros! Por el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, ya no somos nosotros quienes vivimos, sino que es Cristo quien vive en nosotros. Así es la vida cristiana, porque es vida llena de Cristo, porque rezuma Cristo desde sus más profundas raíces: es ésta la vida que estamos llamados a vivir.

El Señor, cuando vino al mundo, aunque «todo el género humano tenía su lugar, Él no lo tuvo: no encontró lugar entre los hombres (...), sino en un pesebre, entre el ganado y los animales, y entre las personas más simples e inocentes. Por esto dice: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (San Jerónimo). El Señor encontrará lugar entre nosotros si, como Juan el Bautista, dejamos que Él crezca y nosotros menguamos, es decir, si dejamos crecer a Aquel que ya vive en nosotros siendo dúctiles y dóciles a su Espíritu, la fuente de toda humildad e inocencia.

Santos Angeles Custodios, 2 de Octubre


2 de octubre

LOS SANTOS ÁNGELES CUSTODIOS


"La existencia de los ángeles está atestiguada casi por cada una de las páginas de la Sagrada Escritura." Así habla San Gregorio Magno, a quien se da el título de Doctor de la milicia celeste. Podemos añadir nosotros que el mismo alto origen ha de reconocerse para el culto de estos celestiales espíritus. La devoción a los ángeles aparece casi con espontaneidad en los primeros años de,nuestra vida y ya no nos abandona jamás. En una inscripción del cementerio de San Calixto se lee: Arcessitus ab angelis, que viene a decir: "fue llamado por los ángeles" para presentarle al Señor. "Salid al encuentro suyo, ángeles del Señor, para ofrecer su alma en la presencia del Altísimo", canta la Iglesia en el oficio de difuntos.

La fiesta de los ángeles custodios tiene ya existencia multisecular. Se ha recordado que ya en el siglo V se celebraba en España y en Francia, como fiesta particular. Suprimida por San Pío V, fue restablecida por un decreto de Paulo V el año 1608, fijándola para el primer día libre después de San Miguel. Clemente X fue quien la introdujo definitivamente en la liturgia de toda la Iglesia, determinando que se celebrara el día 2 de octubre.

El nombre de "ángel" significa mensajero. Es nombre que significa ministerio y oficio. Pero la perfección de su naturaleza va de acuerdo con ese sublime oficio, que ellos ejercen de una manera más permanente que los demás seres de la creación. Son los "mensajeros" de Dios, por excelencia. Son seres creados, intelectuales, superiores a los hombres, dotados por el Señor de especial virtud y poder.

La humana filosofía apenas había columbrado, de una manera borrosa, la existencia de los ángeles. La fuente primera de nuestra devoción es la Revelación divina, contenida en la Sagrada Escritura. Con ella en la mano evitamos el primer error en que cayeron algunos teólogos combatidos por Orígenes, que, influidos por la filosofía pagana, tuvieron a los ángeles por "dioses". Están al servicio de Dios, pero son seres creados por su omnipotencia. Merecen nuestra veneración por su grandeza sobrenatural, por la gracia que les adorna, por su amor al Señor, demostrado en la prueba, que no supieron superar Lucifer y sus secuaces, los cuales, por su soberbia, fueron convertidos en demonios y padecen las penas eternas del infierno, que fue creado para ellos.

En la vida de Cristo Nuestro Señor y en la vida de la Iglesia primitiva los ángeles ejercen su misión de mensajeros con frecuencia. A veces se designa a los ángeles por su nombre, como a San Gabriel, San Rafael, San Miguel; a veces simplemente se les designa con el genérico apelativo de "el ángel del Señor"; a veces cumplen su misión individualmente, como el ángel que bajaba a la piscina de Betzata, en la puerta Probática, para agitar el agua y comunicar una virtud maravillosa de curación de cualquier enfermedad que tuviere el primero que descendía a sus ondas. Otras veces son dos los ángeles enviados, como los que vió la Magdalena, vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había estado el cuerpo de Jesús muerto, antes de la resurrección. Otras veces la Escritura alude a legiones de ángeles, como aquellas "doce legiones" que hubiera enviado el Padre celestial si Cristo hubiera formulado tal petición. Y no falta alguna ocasión en que la Escritura habla de "millares de millares", como aquellos que aparecen en el Apocalipsis alrededor del trono triunfal del Salvador del mundo. Dada la armonía perfecta del mundo, como obra del Creador, podemos pensar en la escala ascendente que va del maravilloso mundo físico que nos va descubriendo en su portentosa complejidad la física nuclear, al mundo de los vivientes, más perfecto aún, siguiendo por esa misteriosa unión de lo somático y lo psíquico, lo material y lo espiritual, representado por la persona humana. Los ángeles son las criaturas que colman esta ascensión hacia el cielo. Por eso decimos que son superiores a los hombres. La Escritura los llama "estrellas de la aurora e hijos de Dios".

Dice fray Luis de León que se les llama "estrellas de la aurora porque sus entendimientos, más claros que estrellas, echaron rayos de sí, saliendo a la luz del ser en la aurora del mundo. Y se les llama hijos de Dios porque, entre lo que El crió, es lo que más se le parece en la perfección de su naturaleza".

Los ángeles han sido creados por Dios, como el universo entero, para su gloria. Es decir, "para alabar, hacer reverencia y servir" al Creador. Cumplen esta finalidad siendo la corona gloriosa del Señor, como le vieron tantos artistas, capitaneados por Lucas della Robbia, el escultor florentino, autor del grupo más delicioso de los ángeles cantores. Estas representacion!es artísticas no son arbitrarias, sino que siguen la línea de los libros santos, como el del Apocalipsis, donde se lee: "Vi y oí la voz de muchos ángeles en rededor del trono, y de los vivientes y de los ancianos; y era su número miríadas de miríadas, y millares de millares, que decían a grandes voces: Digno es el Cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición. Y todas las criaturas que existen en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y todo cuanto hay en ellos, oí que decían: Al que está sentado en el trono y al Cordero, la bendición, el honor, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos". Por ello decimos que los ángeles forman la corte celestial, que primariamente mira al honor de Dios Creador y Redentor.

Y precisamente porque todo su anhelo es alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor, los ángeles se convierten, por disposición divina, en ángeles custodios. Cuando tengamos el concepto exacto de la religión, que no se ha hecho primariamente para nuestra felicidad, sino para la gloria del Señor, comprenderemos por qué cumplen las criaturas angélicas con este oficio de mensajeros de Dios cerca de nosotros, y de custodios de nuestra pobre vida, destinada, como la suya, "para alabar, hacer reverencia y servir" al Creador. Quieren los ángeles que formemos a su lado en la corte celestial, que conservemos y aumentemos la gracia, que nos da derecho a cantar en sus coros; a repetir, por toda la eternidad, la melodía inefable de los que son gloriosos porque supieron buscar la gloria de Dios.

En el libro del Exodo, cuando se acaba de promulgar la ley santa, el Señor, que habla en estilo directo a cada uno de los israelitas, anuncia solemnemente la asistencia de los ángeles custodios con estas palabras "Yo mandaré a mi ángel ante ti, para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto". Para los israelitas este texto significa la asistencia y la custodia de los ángeles en la peregrinación por el desierto hasta llegar a la tierra prometida. Significa también la asistencia y la custodia de los ángeles para el viaje de esta vida terrenal y la llegada a la gloria del cielo. El acontecimiento histórico del paso de Israel por el desierto fue la ocasión para que el Señor promulgara su Ley y para que se nos anunciara este auxilio de los ángeles custodios en las dificultades que la vida terrena entraña.

Por lo demás, la tutela de los ángeles se anuncia en muchos otros pasajes de la Escritura, pero quizá en ninguno con tanta fuerza expresiva como en el salmo 90, donde dice: "Te encomendará a sus ángeles, para que te guarden en todos tus caminos. Y ellos te llevarán en sus manos para que no tropieces en las piedras. Pisarás sobre áspides y víboras, hollarás al león y al dragón".

San Bernardo comenta así este pasaje bíblico, exponiendo la custodia de los ángeles en la doctrina general de la providencia de Dios para la salvación de los hombres. "Aplicas al hombre, ¡oh Señor!, tu corazón y solícito lo cuidas. Le envías tu Unigénito, diriges a él tu Espíritu, le prometes tu gloria. Y para que nada haya en el cielo que deje de participar en nuestro cuidado, envías a aquellos bienaventurados espíritus a ejercer su ministerio para bien nuestro, los destinas a nuestra guarda, les mandas que sean nuestros ayos. Poco era para ti haber hecho ángeles tuyos a los espíritus: háceslos también ángeles de los pequeñuelos, pues escrito está: Los ángeles de éstos están viendo siempre la cara del Padre. A estos espíritus tan bienaventurados háceslos ángeles tuyos para con nosotros y nuestros para contigo".

Los Santos Padres de la Iglesia han predicado esta doctrina, aplicando a los ángeles de la gu,arda distintos títulos en los que se expresa la importancia de su ministerio. Eusebio de Cesarea les llama "tutores" de los hombres, San Hilario, ''mediadores''; San Basilio, "compañeros de nuestro camino"; San Gregorio Niseno, "escudo protector", Simeón Metafrastes, "muralla que rodea por todas partes la fortaleza de nuestra alma, defendiéndola de los asaltos del enemigo"; San Cirilo Alejandrino, "maestros que nos enseñan la adoración y el culto de Dios". No es posible seguir. Hacemos notar solamente que San Agustín y San Gregorio Magno no han perdido ocasión para exaltar el valor de la intervención angélica en nuestra vida. Y la sagrada liturgia en este día de su fiesta les ha saludado con las siguientes palabras: "Cantamos a los ángeles custodios de los hombres, que puso el Padre, junto,a nuestra frágil naturaleza, como celestiales compañeros para que no sucumbiéramos ante las insidiosas acometidas de los enemigos".

Si consideramos atentamente la letra de la Escritura divina, observaremos que se habla en sus páginas de diversos órdenes de ángeles. Isaías ve a los "serafines" cantando, y uno de ellos purifica los labios del profeta con un carbón encendido. El Génesis nos dice que un "querubín" fue puesto por Dios como guardián del paraíso, y el Exodo que fueron dos los "querubines" los que estaban en el arca santa desde donde promete el Señor hablar a su pueblo. San Pablo nombra a los "principados, potestades y dominaciones", así como los "tronos, virtudes y arcángeles". Existe, pues, una jerarquía celeste con ángeles de orden y oficio superior y ángeles de orden y oficio inferior. Todos, ciertamente, excelsos y muy superiores a nuestra humana naturaleza.

Ante esto se han preguntado los teólogos si entra en la providencia ordinaria de Dios destinar para custodia de los hombres a los ángeles de las categorías superiores o se encomienda este oficio a los ángeles de las categorías inferiores. La lectura de los textos sagrados nos persuade que ángeles de todas las categorías, aun de las superiores, San Gabriel, San Rafael, San Miguel, los serafines y querubines, han cumplido misiones cerca de los hombres, como se comprueba ccn la vida de la Santísima Virgen y San Juan Bautista, el pueblo de Israel, el profeta Isaías, el santo patriarca Tobías, por no citar sino los pasajes más salientes. Pero es posible que los ángeles de los órdenes inferiores sean los que normalmente se designan para ejercer la custodia de los hombres, y así se puede creer que en las jerarquías angélicas unas cumplen la misión de asistir ante el trono del Señor y otras se destinan para la custodia del universo creado, en el que sobresalen los hombres como primero y principal objeto de esa cuidadosa guardia. Los primeros son ángeles "asistentes" al trono celestial: los otros, "ejecutores" de la Providencia en el auxilio a la humanidad caída. Las misiones y disposiciones más destacadas, como la de la encarnación del Verbo anunciada por San Gabriel y otras semejantes, saldrían fuera de la regla ordinaria y general.

Cuando se habla de los ángeles custodios nos referimos primariamente a los que ejercen la salvadora tutela de las personas individuales. Cada uno de nosotros tiene su ángel de la guarda. Dios quiere que todos los hombres se salven y que lleguen al conocimiento de la verdad. Al decir todos los hombres no excluimos a ninguno. Tenemos, por tanto, por más congruente a esta voluntad salvífica de Dios el extender con la misma universalidad el ministerio tutelar de los ángeles. Todas las almas han sido redimidas por Cristo, todas están en el camino de la salvación, todas son defendidas y protegidas por los ángeles. Y muchas almas, nacidas en la paganía y misteriosamente salvadas por la iluminación de !a fe, deben esto a los ángeles de su guarda. Lo sabremos el día en que se haga la cuenta universal del paso de los hombres por la tierra. Pero lo columbramos ya desde ahora, siguiendo el pensamiento de los teólogos sobre la salvación de los infieles negativos, que guardan la ley natural. El ministerio de los ángeles juega en ellos un papel principal. Este ángel nuestro nos acompaña siempre, no nos abandona jamás en esta vida. En la otra, para quienes hayan alcanzado la gloria, aún quedan vinculados a su triunfo.

Hemos aludido a las narraciones de la Biblia para fundamentar nuestra doctrina sobre los ángeles. Ahora transcribimos una referencia de los Actos de los Apóstoles, donde, al mismo tiempo, podemos ver a un ángel en acción y palpar la fe de la Iglesia primitiva en la custodia de los ángeles.

San Pedro estaba custodiado en la cárcel y Herodes pensaba exhibirlo al pueblo. La noche anterior a este día del triunfo del perseguidor, San Pedro se hallaba dormido entre dos soldados, sujeto con dos cadenas y guardada la puerta de la prisión por centinelas. "Un ángel del Señor se presento en el calabozo, que quedó iluminado, y, golpeando a Pedro en el costado, le despertó diciendo: Levántate pronto; y se cayeron las cadenas de sus manos. El ángel añadió: Cíñete y cálzate tus sandalias. Hízolo así y agregó: Envuélvete en tu manto y sígueme. Y salió en pos de él. No sabía Pedro si era realidad lo que el ángel hacía; más bien la parecía que fuese una visión.

Atravesando la primera y la segunda guarda llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad. La puerta se les abrió por sí misma y salieron y avanzaron por una calle, desapareciendo luego el ángel. Entonces Pedro, vuelto en si, dijo: Ahora me doy cuenta de que realmente el Señor ha enviado su ángel y me ha arrancado de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo judío".

San Pedro llegó a la casa de Maria, la madre de Juan Marcos, y llamo a la puerta. Sabían ellos que Pedro estaba en la cércel, pero, al oír su voz, sin creer aún en el prodigio de su liberación, pensaron: "Será su ángel". Así vivió la Iglesia primitiva esta verdad alentadora de la custodia de los ángeles, que reclaman también su parte en la feliz difusión del mensaje evangélico.

Todos los hombres tienen su ángel custodio. Pero, además, lo tienen los reinos v comarcas. De San Miguel, como ángel del pueblo de Dios, se habla en el libro del profeta Daniel. Y el pueblo gentil de los persas tenia su ángel. Asi podemos aceptar la doctrina de San Jerónimo, que nos dice que, "cuando el Altísimo separaba a las razas y se constituían los términos de cada pueblo, numeraba los ángeles que les habían de custodiar". Y si esto se dice de los pueblos, lo diremos, con tanta mayor razón, de la Iglesia católica, difundida de Oriente a Occidente, y de las Iglesias particulares, de las diócesis y colectividades religiosas. Y de esto tenemos un ejemplo patente, según toda la tradición de los Santos Padres griegos, en las cartas que se escriben a los ángeles de las siete Iglesias del Asia proconsular en el libro del Apocalipsis. Los ángeles aparecen aquí unidos en su suerte y en sus aspiraciones a las mismas Iglesias, a los obispos y a los fieles. Ellos reciben y transmiten las alabanzas y las reprensiones que forman parte de los mensajes. Salvando siempre todas las distancias, podriamos decir que, como Cristo quiso aparecer como vestido de nuestras flaquezas, asi los ángeles de estas Iglesias de Asia, y lo mismo diremos de todas las demás del mundo, parecen ante el Señor unidos a las circunstancias de aquellas cristiandades que en tantas cosas eran dignas de alabanza y en otras habian caido de su primitivo esplendor. Dice a este propósito el gran obispo de Milán San Ambrosio: "No solamente destinó Dios a los obispos para defender su grey, sino también a los ángeles". Y añade San Gregorio de Nacianzo: "No dudo que los ángeles son rectores y patronos de las iglesias, como nos enseña el Apocalipsis de San Juan".

Los ángeles custodios deben ser venerados e invocados. "Acátale, escucha su voz, no le resistas', dice el libro del Exodo. Tres frases de San Bernardo resumirán adecuadamente esta doctrina: "Anda siempre con circunspección -dice el Santo-, como quien tiene presente a los ángeles en todos los caminos". "Amemos afectuosamente a sus ángeles como a quienes han de ser un día coherederos nuestros, siendo ahora abogados y tutores puestos por el Padre y colocados por El sobre nosotros. Asi amar a los ángeles es amar a Dios mismo. Al amor se añade la confianza. "Aunque somos tan pequeños y nos queda tan largo y tan peligroso camino, ¿qué temeremos teniendo tales custodios? Fieles son, prudentes son, poderosos son. Siempre, pues, que vieres levantarse alguna tentación, amenazar alguna tribulación, invoca a tu guarda, a tu conductor, al protector que Dios te asignó para el tiempo de la necesidad y de la tribulación. No duerme, aunque por breve tiempo disimule alguna vez; no sea que con peligro salgas de sus manos si ignoras que ellas te sustentan.

He aquí la oración propia del día: "¡Oh Dios, que con inefable providencia te has dignado enviar a tus santos ángeles para nuestra guarda!, concede a los que te pedimos el vernos defendidos por su protección, gozar eternamente de su compañía. Por Cristo nuestro Señor. Así sea".

EUGENIO BEITIA

1 oct 2013

Santo Evangelio 1 de Octubre de 2013



Día litúrgico: Martes XXVI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 9,51-56): Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.




Comentario: Rev. D. Llucià POU i Sabater (Vic, Barcelona, España)
Volviéndose, les reprendió

Hoy, en el Evangelio, contemplamos cómo «Santiago y Juan, dijeron: ‘Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?’. Pero volviéndose, les reprendió» (Lc 9,54-55). Son defectos de los Apóstoles, que el Señor corrige.

Cuenta la historia de un aguador de la India que, en los extremos de un palo que colgaba en sus espaldas, llevaba dos vasijas: una era perfecta y la otra estaba agrietada, y perdía agua. Ésta —triste— miraba a la otra tan perfecta, y avergonzada un día dijo al amo que se sentía miserable porque a causa de sus grietas le daba sólo la mitad del agua que podía ganar con su venta. El trajinante le contestó: —Cuando volvamos a casa mira las flores que crecen a lo largo del camino. Y se fijó: eran flores bellísimas, pero viendo que volvía a perder la mitad del agua, repitió: —No sirvo, lo hago todo mal. El cargador le respondió: —¿Te has fijado en que las flores sólo crecen a tu lado del camino? Yo ya conocía tus fisuras y quise sacar a relucir el lado positivo de ellas, sembrando semilla de flores por donde pasas y regándolas puedo recoger estas flores para el altar de la Virgen María. Si no fueses como eres, no habría sido posible crear esta belleza.

Todos, de alguna manera, somos vasijas agrietadas, pero Dios conoce bien a sus hijos y nos da la posibilidad de aprovechar las fisuras-defectos para alguna cosa buena. Y así el apóstol Juan —que hoy quiere destruir—, con la corrección del Señor se convierte en el apóstol del amor en sus cartas. No se desanimó con las correcciones, sino que aprovechó el lado positivo de su carácter fogoso —el apasionamiento— para ponerlo al servicio del amor. Que nosotros también sepamos aprovechar las correcciones, las contrariedades —sufrimiento, fracaso, limitaciones— para “comenzar y recomenzar”, tal como san Josemaría definía la santidad: dóciles al Espíritu Santo para convertirnos a Dios y ser instrumentos suyos.

Santa Teresita del Niño Jesús, 1 de Octubre


1 de octubre


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SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS
(+ 1897)

Alençon, 1873. El 2 de enero ha nacido en aquella ciudad normanda una niña; el día 4 se la bautiza en Nuestra Señora. Es el primer encuentro misterioso con Jesús. Se trata de la última hija de Luis Martin y de Celia Guérin, un matrimonio ejemplar, cristianísimo, sencillamente heroico en el conjunto de sus virtudes sinceras. Con su estilo fin de siglo un poco cerrado, un poco romántico, un poco burgués. ÉI había trabajado como relojero y joyero. Ella dirigía una pequeña artesanía de encajes de Alençon. Es familia modesta, pero acomodada. A la pequeña precedieron otros ocho hermanos, de los cuales murieron cuatro de corta edad. Quedan: María, Paulina, Leona y Celina. A mediados de marzo hubo que enviar a la pequeña a Semallé para que la criase Rosa Taillé, y no volverá al hogar familiar hasta abril del año siguiente. Lo exigió así la debilidad de la niña y la falta de salud de la madre.

En casa se vive una intimidad entrañable y encantadora. La educación de las hijas se realiza cálidamente, exquisitamente, pero sin mimos. El ambiente es de intensa piedad y de una cultura relativa, pero apropiada a las condiciones de la familia y de los tiempos.

Por cierto que Teresita ofrece síntomas de nerviosismo exagerado a ratos. De pródromos de amor propio muy signi-ficativos. Y de cabeza despierta y de corazón nobilísimo también. Pero el cuidado de los suyos, su esfuerzo despierto desde muy pronto, y sobre todo la gracia de Dios, han logrado que aquellos defectos queden perfectamente superados y las cualidades magníficas orientadas hacia el bien. Ella podrá afirmar de sí misma con toda verdad esta frase tremenda: "Desde los tres años no he negado nada a Dios..." Es un caso de precocidad sobrenatural pocas veces igualado.

El 28 de agosto de 1877 moría madame Martín. De años venía soportando una dura enfermedad cancerosa. Su muer te fue la de una santa. Teresita, de cuatro años y medio, captó la emoción de aquellos días y de aquel trance. Pero su sensibilidad quedó afectada: durante diez años padecerá demasiado las impresiones pequeñas de la vida, aparecerá tímida, llorosa por cualquier pequeñez que le acaezca.

Al quedar huérfanas las dos hermanas pequeñas escogieron por madre a las mayores. Celina, a María; Teresa, a Paulina, La influencia de ésta en Teresita será enorme e indeleble, tanto en el mundo como después en el Carmelo.

Por noviembre de aquel año la familia Martin se trasada a Lisieux. Vive allí un hermano de la difunta madre, con su esposa y sus hijas, y así podían estar las cinco jóvenes un poco a la sombra de los tíos y más relacionadas. Don Luis compró una casita con jardín en las afueras casi de Lisieux: los "Buissonnets". Un rincón delicioso y tranquilo, donde transcurrió la juventud de Teresa hasta su entrada en el Carmen. De 1877 a 1888.

Vida intensa familiar. Sin ser mimada será la "reinecita" de la casa, sobre todo para su padre, con quien pasea, a quien adora. Con su hermana Celina la unión es constante. Viven identificadas en ideales, en gustos, en detalles. También intima mucho con su prima María Guérin. Con Paulina... no hay que decir. Algunos viajes con los tíos o con su padre y hermanas a Trouville, a Alençon, a Deauville... En 1879 la primera confesión. Y hacia 1880 una visión misteriosa en el jardín: un hombre como su padre, con el rostro tapado. Proféticamente anunciaba el porvenir.

Desde octubre de 1881 empieza a frecuentar como mediopensionista la abadía de las benedictinas de Lisieux para recibir instrucción más completa, esa formación general que las jóvenes de su clase media recibían por entonces. Pero el 2 de octubre del año siguiente Paulina ene traba en el Carmelo. Fue una segunda orfandad para Teresa, suplida en parte por los cuidados de la hermana mayor, María.

Y es entonces cuando surge la extraña enfermedad. Primero dolor
es continuos de cabeza, luego, desde el 25 de marzo de 1883, la virulencia del mal: obsesiones, ataques violentos, dolores y síntomas que no se saben calificar. Estuvo en peligro de morir. Pero el 13 de mayo, Pentecostés aquel año, se realizó el prodigio: la Virgen, desde la estatua que presidía su estancia, sonrió a Teresita y ésta quedó milagrosamente curada.

El 8 de mayo del año 1884 la primera comunión, que recibe en el colegio. Su preparación fue esmeradísima. Y el suceso íntimamente impresionante. "¡Ah, qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma! Fue un beso de amor, me sentía amada, y le decía también: "Yo os amo, me entrego a Vos para siempre..." Este día no fue sólo una mirada, sino una fusión, ya no eran dos; Teresa había desaparecido, como la gota de agua que se pierde en el Océano". Cuando el 14 de junio del mismo año, recibe la confirmación de manos de monseñor Hugonin, obispo de Bayeux, su comunión del Espíritu Santo, fue tan fervorosa cmo había sido la del Verbo encarnado.

En 1885 y 1886 sufre un largo período de escrúpulos, que maduran su alma. María es su sostén. Pero ésta entra también en octubre en el Carmelo. Y entonces sus hermanitos del cielo, invocados por ella, le obtienen la paz.

Más aún el 25 de diciembre de aquel año 1886 recibe la gracia que ella llama de su conversión: su hipersensibilidad queda instantáneamente dominada. Para siempre vivirá bajo este aspecto en la más equilibrada normalidad.

Más gracias. En julio del 87, ante una estampa del Crucificado, se despierta en su alma el deseo de salvar las de sus hermanos los hombres. Esta sed no hará más que crecer a lo largo de su vida. Con ella morirá abrasada. Ahora desde el cielo la sacia en una lluvia de conversiones maravillosas. La primera por la que se interesa es por la del criminal Prancini, que morirá en el cadalso besando el crucifijo.

El Carmelo. Desde los dos años empezó a sentir la llamada. Ahora ya es apremiante. Es allí, enclaustrada, contemplativa, como siente que Dios la pide ser misionera, ganarle almas, vivir en el Carmelo teresiano el ideal que la gran reformadora española le había consignado. Teresita iba a encarnar el ideal de la madre Teresa como nadie después de ella lo había realizado. "He venido (al Carmen) para salvar las almas y sobre todo a fin de rogar por los sacerdotes."

Pero tenía entonces ¡quince años! Las dificultades no se hicieron esperar. Heroicamente se dispuso a vencerlas. El 29 de mayo de 1887 pide el permiso a su padre, que le concedió emocionado. Sin embargo, no pudo entrar en el Carmen hasta el 9 de abril de 1888. Los superiores eclesiásticos resistieron. Viajes a Bayeux, a Roma... Porque del 4 de noviembre al 2 de diciembre irá con su padre y Celina en peregrinación a Roma, para pedir al Papa el anhelado permiso. El día 20 fue la audiencia papal. Se ha prohibido decir nada al Papa, pero ella habla, insiste, hasta que la arrancan de los pies de León XIII. Este sólo pudo dejarle caer unas vagas palabras de aliento... Pero el obispo, monseñor Hugonin, daba el 28 de diciembre la deseada autorización. Con todo, hasta el abril siguiente no fue recibida en "el arca santa".

Nueve años en el Carmelo de Lisieux. Después... el cielo. Las fechas de los actos oficiales de su vida monástica son las siguientes: entrada como postulante el 2 de abril de 1888. Toma de hábito (preside monseñor Hugonin) el 10 de enero de 1889. Por cierto que aquella mañana, inesperadamente, nevó, porque la Esposa tuvo aquel capricho y el Esposo, delicadamente, se lo concedió. El 8 de septiembre de 1890 profesión (se la retardaron varios meses porque sí, quizá por sus pocos años todavía). El 24 de septiembre del mismo mes toma del velo negro.

El Carmelo de Lisieux era en conjunto, por aquellos años, mediocre nada más. No relajado, pero tampoco modélicamente fervoroso. Vive aún una de las fundadoras, la madre Genoveva de Santa Teresa, alma santa, pero ya retirada. Es priora la madre Maria de Gonzaga, mujer corriente y vulgar, susceptible, envidiosa, autoritaria, cambiable. Pero no exageremos. Todo ello en un tono como suele darse con frecuencia en muchas mujeres, al mismo tiempo virtuosas. A Teresita la trató con cierta severidad. E hizo bien. Para que así no resultase la niña bonita de la comunidad. 

En los últimos años de la Santa supo estimarla y hasta ponía en ella confianza, lo cual no ha de admirarnos, dada la delicadísima caridad de la hermanita. A Teresita la envolvió un poco, sin ser personalmente contra ella, la animosidad que un grupo de religiosas (las de la madre Gonzaga) abrigaba contra las hermanas Martin, que por sus cualidades estupendas empezaron a pesar en la vida de la comunidad.

La vida externa de Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz en el convento se resume en pocas líneas: Observancia perfecta y amorosa de las reglas y constituciones de la Orden. Generosidad hasta en los más mínimos detalles en la obediencia y en la caridad con sus hermanas religiosas. Pobreza delicada y minuciosa. Sonrisa en los labios siempre. Alegría en la recreación. Igualdad de trato con todas. Allí están tres de sus hermanas carnales (Celina entrará en septiembre de 1894).

 Pero Teresita no concederá ni lo más mínimo a su naturaleza. Y sus hermanas llegarán casi a extrañarse de la aparente indiferencia de su hermanita. Es más: cuando su "madrecita" Paulina, ahora Inés de Jesús, sea priora (1893-1896), Teresa será la religiosa que menos disfrute del trato y conversación de la misma.

A poco de la entrada de Teresa en el monasterio comienza la enfermedad que repercutía en el uso de las facultades mentales de su padre, tan amado. Morirá en 29 de julio de 1894 entre sus cuñados y atendido por Celina que se ha quedado siempre con él. Todos esos años Teresita sufrió terriblemente con las diversas alternativas. La misión profética, habida en su infancia, se cumplía ahora doloridamente.

Cuando, en febrero de 1893, fue elegida priora su hermana Inés, ésta nombró maestra de novicias a la madre Gonzaga, pero la dió como ayudante a sor Teresita. Y cuando, en marzo de 1896, vuelve la madre Gonzaga a ser priora, reteniendo el cargo de maestra a la vez, siguió sirviéndose de la Santa igualmente. Hasta la confió prácticamente el noviciado. Fué así, sin título, maestra efectiva de novicias hasta morir. En ese cargo delicado dio muestras de una prudencia extraordinaria y sobrenatural.

Poco más puede añadirse si no es la enfermedad y la muerte. El 2 y 3 de abril de 1896 las primeras hemoptisis que denunciaban la tuberculosis pulmonar. Lentamente avanzará ésta hasta quitarle la vida, el 30 de septiembre del año siguiente. Luego volveremos sobre ello.

Pero estos datos, ¿no podrían contarse poco más o menos de otras muchas religiosas fervientes de por ahí? ¿Por qué Teresita de Lisieux es una santa? ¡Una santa! La más célebre de los tiempos modernos, y quizá de toda la historia de la cristiandad. La que ha provocado un "huracán de gloria" como ninguna otra. La de los milagros y conversiones sin número. La de los millones de ejemplares de su autobiografía, vertida en docenas de idiomas, el libro más leído y multiplicado en el siglo actual...

Es un misterio de lo sobrenatural. Pero esta monjita fue enviada por Dios al mundo trayendo en sus manos un mensaje del cielo. Así, por este medio tan humanamente humilde. Son... ¡cosas de Dios!... Ese mensaje nos lo ha entregado ella en unas páginas sencillas, literariamente abandonadas: unos cuadernos que la madre Inés de Jesús y la madre María de Gonzaga le hicieron escribir. Algunas cartas, sobre todo una de septiembre de 1896, a su hermana María del Sagrado Corazón. También algunos dichos recogidos por las que la rodeaban. Y unas cuantas poesías para los recreos y fiestas de las monjitas. Y todo ello hecho vida en su vida, encarnación de su propio mensaje, la idealidad pura del mismo hecho en ella realidad transparente y maravillosa. Resumirlo aquí y ahora es de una extrema dificultad.

Mensaje de amor... En la carta antes aludida, Teresita ha trazado en unas páginas sublimes su llameante aspiración de amor, alma de su vida. Por su vocación de carmelita ella se siente esposa de Jesucristo y madre de las almas. Pero eso se explícita en ella en una multitud de vocaciones que le queman el alma: vocación de guerrero por Cristo, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir... Era imposible vivirlo externamente todo. Pero los capítulos 12 y 13 de la Carta primera a los Corintios le dió la solución.

"Por fin encontré el descanso. Analizando el Cuerpo místico de la santa Iglesia, no me veía incluida en ninguno de los miembros citados por San Pablo, o más bien pretendía reconocerme en todos. La caridad me dió la clave de mi vocación. Entendía yo que, si la Iglesia posee un cuerpo compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más excelente de todos los órganos: pensaba que ella tenía un corazón y que este corazón ardía en llamas de amor. Veía claro que sólo el amor pone en movimiento sus miembros, porque, si el amor se apagaba, los apóstoles no anunciarían el Evangelio, los mártires rehusarían verter su sangre... Comprendí que el amor abarca todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que el amor trasciende todos los tiempos y lugares porque es eterno. Entonces, delirante de gozo, exclamé: Mi vocación es el amor. Sí; he encontrado mi lugar en el seno de la Iglesia, y este lugar, ¡oh Dios mío!, es el que Vos me habéis señalado: en el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor... Así serán realizados mis ensueños."

¡El amor! A ese amor, a esa caridad misericordiosa del Señor, se había ella consagrado como víctima. Fue el 9 de junio de 1895. Fue una verdadera inspiración: consagrarse no precisamente a la justicia, como otras almas han hecho, sino al amor... Pocos días después —el 14 de junio—, al hacer el ejercicio del vía crucis en el coro, sintió su alma herida, abrasada, sumergida totalmente en el amor. Fue una gracia mística de valor inestimable.

Pero esta vocación Teresa la ha vivido según una fórmula que ella ha hecho universalmente famosa: la de la infancia espiritual. El secreto es viejo como el Evangelio. Pero Teresa ha recibido la misión de llamar la atención en nuestros días sobre ese caminito, que es, en definitiva, el de todos. Reconocernos como niños ante Dios, nuestro Padre. Y, por tanto, ser humildísimos, sencillos, y confiar sin límites en su bondad y misericordia infinitas. Esa infancia espiritual es la pobreza de espíritu de la Sagrada Escritura: es la doctrina de las nadas de San Juan de la Cruz. En el Evangelio y en San Juan de la Cruz —su padre y su maestro preferido— bebió ella a raudales su doctrina del amor y de la humildad perfecta, que con su gracia personal ha ofrecido a nuestro siglo, el cual, con razón ha reconocido allí la quintaesencia de la perfección cristiana en su más pura y exquisita sencillez. Sin accidentalidades, ni extraordinarios, ni nada raro. Solamente lo substancialmente sobrenatural a secas, con toda su belleza y enorme fuerza vital. Y nuestros tiempos, atormentados y en angustia, se han impresionado hondamente ante esa bocanada de aire sano de confianza y de amor que les venía de Lisieux...

Teresita recibió esa misión. Y la vivió en su vida. Su entrega de amor la hizo víctima de amor. Su marco externo será maravillosamente sencillo, humilde, desconocido, nazaretano: un pobre monasterio carmelita sin relieve especial. Allí será ella una monjita perfecta, ideal, que hará por amor purísimo de Dios todas sus acciones sencillas, pero así maravillosamente valiosas. Sufrirá siempre mucho, porque su rica sensibilidad de alma y de cuerpo la han hecho apta para sufrir.

Sin embargo, los últimos años serán terribles de dolor siempre envolvente. Tenía que sufrir para hacer fecundo su mensaje. Tenía que morir el grano para que diese mucho fruto. Tenía que ser corredentora de millares y millares de almas. La tuberculosis apareció en abril de 1896. Poco a poco, todo lo invadió. Sufrió calladamente cuanto pudo. Llegó en los últimos meses al último extremo. Todo estaba herido: pulmones e intestinos. Las curas de botones de fuego, la sed abrasadora ("¡Cuando bebo agua es como si vertiese fuego sobre fuego!"), la fiebre asfixiante... La consumación llegó al término de perforar los huesos la piel hecha llagas. El cuido..., el de entonces, y la priora más bien fue corta en ello, no, desde luego, por mala intención, sino por criterio miope.

Pero, además, pocos días después de las primeras hemoptisis su alma se vió sumergida en una prueba mística atroz: desapareció de ella todo sentimiento de fe y surgió avasallador el contrario... Fueron dieciocho meses (hasta morir) de un verdadero martirio. La santa de la confianza sin medida se sentía como si tal realidad no existiera. Lo sentía..., porque su fe y su confianza fueron cada día más grandes y esforzadas. En su angustia la sonrisa florecía en su rostro. Y la intención apostólica de tal prueba la alentaba a sufrir. Las páginas en que ella describe su tormento son realmente impresionantes. Y la finalidad heroica expresada del mismo: "Pero, Señor, vuestra hija ha comprendido vuestra divina luz, ella os pide perdón por sus hermanos, ella acepta comer todo el largo tiempo que Vos queráis el pan del dolor y no quiere levantarse de esta mesa llena de amargura donde comen los pobres pecadores antes del día que Vos habéis señalado... ¡Oh Jesús!, si es necesario que la mesa manchada por ellos sea purificada por un alma que os ame, yo quiero comer sola el pan de la prueba hasta que os plazca introducirme en vuestro reino luminoso. La sola gracia que os pido es la de no ofenderos jamás."

Así, deshecha, crucificada en cuerpo y alma, pero rebosando amor y paz, la encontró la muerte. Su alma vivía y comulgaba al misterio de la Santa Faz, su devoción predilecta. Y se abría proféticamente a los inmensos horizontes de su fecunda futura misión.

"Yo no he dado a Dios más que amor. Él me devolverá amor. Después de mi muerte haré caer una lluvia de rosas." "Amar, ser amada, y volver a la tierra para hacer amar al Amor." "Presiento que mi misión va a comenzar: la misión de hacer amar a Dios como yo le amo, de enseñar mi caminito a las almas." "Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra..." Así hasta el final. En el repecho del Calvario ella, que, comentando el salmo 22, había dicho: "Allí estaba toda mi alma!", recorría ahora su senda de la infancia espiritual, de la confianza y del total abandono... El 29 de septiembre pudo exclamar: "Lo he dicho todo... Todo está cumplido. ¡Sólo cuenta el amor!"

El 30 fue una larga agonía. "No me explico cómo puedo sufrir tanto si no fuese por mi ardiente deseo de salvar almas..." "No, yo no me arrepiento de haberme entregado al Amor..." La Virgen de la sonrisa velaba junto a su hijita. ¡Cuánto y qué delicadamente había ella amado a María! Ahora la miraba con un ansia especial... A las siete y minutos de la tarde el postrer grito: "¡Oh..., le amo! ¡Dios mío..., os amo!" Luego un éxtasis maravilloso, celestial... Duró poco más de un credo. El último golpe ¡lo daba el Amor!

Después, la publicación de sus escritos. La lluvia de rosas, de milagros, de gracias de todo género. La beatificación en 1923. La canonización en 1925. El patronato sobre todas las misiones en 1927. La apoteosis universal...

BALDOMERO JIMÉNEZ DUQUE

San Remigio de Reims, 1 de Octubre

 

1 de octubre

SAN REMIGIO DE REIMS

(+ ca.530)

San Remigio, célebre obispo de Reims, conocido en la historia principalmente por el hecho de haber bautizado al rey Clodoveo y un buen número de su pueblo, fué hombre, según el testimonio de San Gregorio de Tours, insigne por su erudición y santidad y por sus obras maravillosas, por todo lo cual es considerado como el apóstol de los francos. Las fuentes que nos informan sobre él, principalmente San Gregorio. de Tours y San Avito de Vienne, aunque fieles en la relación de los hechos fundamentales, no son absolutamente seguras, en lo que se refiere a los detalles de los mismos. Sin embargo, tomando el conjunto de éstos, podemos decir que estamos suficientemente informados.

Nacido en Laon, hacia el año 437, de padres galos, hizo tan considerables progresos en su formación, y particularmente en la elocuencia, que, según el testimonio de San Sidonio Apolinar, compañero suyo en los primeros años, llegó a superar a todos sus iguales. Contando sólo veintidós años de edad, al quedar vacante en 459 la sede de Reims, fue él destinado para la misma, y los hechos probaron bien pronto que con su celo y fervor de espíritu suplía lo que le faltaba de experiencia.

No poseemos muchas noticias sobre la actividad de San Remigio durante la primera etapa de su vida, desde su elevación a la sede de Reims, en 459, hasta el gran acontecimiento de la conversión de Clodoveo, hacia el 496, en que tan directamente intervino San Remigio. Pero lo poco que conocemos nos lo presenta como un prelado eminente, consciente de sus deberes y entregado de lleno a la instrucción y gobierno de su pueblo. Sabemos por Sidonio Apolinar que desarrolló gran actividad en convertir a muchos entre los invasores francos y someterlos al yugo de Cristo. El mismo atestigua que poseyó un volumen de los sermones de Remigio, cuya suavidad, belleza de expresión y plenitud de doctrina pondera extraordinariamente. Con esta elocuencia, a la que se juntaba su eminente santidad, contribuyó eficazmente a poner el fundamento de la conversión del pueblo de los francos.

Entre los pocos documentos que de este tiempo se nos han conservado es digna de memoria una carta, dirigida por San Remigio, hacia el año 482 a Clodoveo, en la que lo felicitaba por su feliz principio como rey de los francos en la región de Tournai y le daba excelentes orientaciones y consejos para el gobierno de su pueblo. Así le dice: "Debéis mostrar deferencia con los sacerdotes y recurrir siempre a su consejo. Si reina armonía entre vos y ellos, vuestro reino sacará de ello mucho provecho... Que todos os amen y os respeten... Que vuestro tribunal sea asequible a todos y que nadie salga triste de él. Emplearéis todas las riquezas de vuestros padres en librar cautivos y desatar las cadenas de los esclavos..."

De hecho, tal era ya su prestigio por este tiempo que, cuando Clodoveo conquistó la Galia del Norte, en torno al año 490, Remigio fue, seguramente, el intermediario entre la población indígena, cristiana en su mayoría, y los dirigentes conquistadores. Todo su empeño lo dirigió desde entonces a atraer al mismo Clodoveo a la religión cristiana.

Precisamente la intervención de San Remigio en la conversión definitiva de Clodoveo y del pueblo franco constituye el punto más interesante y glorioso de su vida. Por esto es conveniente notarla con alguna detención. Ante todo, consta que en este tiempo Clodoveo, aunque continuaba afecto al paganismo, trataba amistosamente con los cristianos, que constituían la mayoría de la población indígena. El mismo había tomado por esposa a la católica Clotilde, hija del rey cristiano de Borgoña, Chilperico. Más aún: sabemos que ella realizó repetidos intentos de convertir a su esposo al cristianismo, y que éste consintió en que su primogénito fuera bautizado. Es verdad que según se refiere, habiendo muerto el niño poco después dei bautismo, echó en cara a la reina esta muerte, afirmando que no hubiera muerto si hubiera sido puesto bajo la protección de los dioses francos; sin embargo, volvió a permitir que su segundo hijo fuera bautizado.

Estando, pues, Clodoveo en esta disposición tuvo lugar su conversión, según todos los indicios, durante la guerra que mantuvo contra los alemanes el año 496 o tal vez 497. ¿Cómo sucedió este importante acontecimiento y qué intervención tuvo en él San Remigio, el apóstol de los francos? No es fácil responder con absoluta objetividad a esta pregunta. Sin embargo, teniendo presente el relato de San Gregorio de Tours, que es quien más detalles nos ofrece, y otras noticias contemporáneas, podemos responder substancialmente lo siguiente:

Habiendo irrumpido los alemanes en el territorio de los francos encontrábase Clodoveo en el momento decisivo de la batalla. Más aún: cuando advirtió que los francos comenzaban a ceder y que era inminente la victoria de sus enemigos, invocó al Dios de su esposa, Santa Clotilde, prometiéndole abrazar la fe si le concedía la victoria. De hecho, inesperadamente, volvieron la espalda los enemigos y emprendieron la huida. Ante un hecho tan sorprendente, Clodoveo, ya victorioso, se decidió a realizar lo prometido.

A este hecho fundamental añade San Gregorio de Tours diversos detalles, de cuya objetividad no ofrece plenas garantías Tales son: que su esposa, Clotilde, antes de emprender Clodoveo la batalla, le dijo: "Señor, si quieres alcanzar victoria, invoca al Dios de los cristianos: si tú lo invocas con toda confianza, nada se te puede resistir". A lo cual respondió Clodoveo que así lo haría, y, si salía victorioso, se haría cristiano. Por esto el mismo historiador, en el momento crítico de la batalla, pone en boca del rey franco estas palabras invocando al Señor: "¡Oh Cristo, a quien Clotilde invoca como Dios vivo!, yo imploro tu ayuda. He invocado a mis dioses, y ellos no tienen ningún poder. Acudo, pues, a ti. Yo creo en ti. Líbrame de mis enemigos y yo me bautizaré en tu nombre".

El mismo Gregorio de Tours añade multitud de detalles sobre los acontecimientos que luego siguieron: cómo, lleno de júbilo por la victoria, exclamó al encontrarse con su esposa, Clotilde: "Clodoveo ha vencido a los alemanes pero tú has vencido a Clodoveo". Y a continuación realizó con toda solemnidad el acto trascendental de su propio bautismo y de gran número de magnates de su pueblo. Reduciendo, pues, a lo substancial todo este relato, podemos sintetizarlo de la manera siguiente:

Con el consejo de su esposa, Santa Clotilde, Clodoveo se puso en contacto con San Remigio de Reims, y, efectivamente, bajo su dirección, tanto el rey como un buen número de magnates y del pueblo recibieron la instrucción necesaria para poder recibir el bautismo. Clodoveo manifestó, por una parte, su preocupación de que muchos de ellos, particularmente los hombres de su guardia personal, no renunciarían fácilmente a sus dioses, y, por otra, su voluntad de que no se forzara a nadie a abrazar la fe cristiana. Pero la mayoría de los magnates y demás cortesanos se manifestó decidida a seguir el ejemplo de su rey. Así, pues, dedicóse de lleno San Remigio a la obra de su instrucción, en lo que consta que le ayudó otro santo insigne, San Vedasto.

La escena misma del bautismo, aun exponiéndonos a mezclar los hechos estrictamente históricos con detalles subjetivos del cronista, vale la pena reproducirla como nos la refiere San Gregorio. En efecto, con el objeto de impresionar los sentidos de aquel pueblo bárbaro con las solemnes ceremonias del bautismo, San Remigio y la reina Clotilde procuraron que la ciudad de Reims, donde se realizó probablemente este gran acto, se engalanara con toda magnificencia y que la catedral y el baptisterio aparecieran con los esplendores de las grandes fiestas. Luego añade el historiador: "El nuevo Constantino avanza hacia el baptisterio. Cuando hubo entrado en él, en presencia de todo el pueblo y de la corte entera que lo contemplaba, el obispo Remigio le dice: "Inclina humildemente tu cabeza; adora lo que hasta ahora has quemado: quema lo que hasta aquí has adorado". Así, pues, habiendo hecho Clodoveo la profesión de fe en Dios omnipotente y en la Trinidad, fue bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".

A continuación San Remigio bautizó a dos hermanas del rey y, con la ayuda de otros sacerdotes, a unos tres mil hombres de la corte y del ejército, así como también a gran multitud de mujeres y niños. Muchos suponen que estos acontecimientos tuvieron lugar el 25 de diciembre de 496, el mismo año de la victoria de Clodoveo sobre los alemanes.

Fácilmente se comprende el entusiasmo con que recibió estos acontecimientos el episcopado de las Galias. San Avito de Vienne escribía al príncipe: "Vuestra fe es nuestra victoria... ¿Osaré yo predicaros la misericordia de Dios, cuando un pueblo, hasta ahora cautivo, celebra la vuestra con transportes de júbilo ante el mundo entero y con lágrimas delante de Dios? Yo no formulo más que un voto; puesto que Dios va a hacer, por vuestro medio, un pueblo enteramente suyo, esparcid del tesoro de vuestro corazón semillas de fe entre los pueblos vecinos que, viviendo en su ignorancia, no han sido corrompidos por los gérmenes de las doctrinas perversas".

Una vez realizada la conversión oficial del pueblo franco, en la que tan activa parte tuvo San Remigio, continuó éste trabajando con la mayor intensidad en su ulterior instrucción. Bajo la protección de Clodoveo continuó esparciendo entre los francos la semilla del Evangelio, con lo cual realizó una obra admirable. La leyenda le atribuye un número extraordinario de milagros en esta labor de evangelización. A este propósito es célebre, sobre todo, la de la vasija o ampolla sancta, que se conservaba en la abadía de San Remigio, que se supone ser la misma que sirvió para ungir con el óleo santo del bautismo al rey Clodoveo y que vino milagrosamente del cielo. Esta vasija se empleaba en la consagración de los reyes de Francia, pero fue rota en la Revolución francesa, si bien se conserva una parte de ella en la catedral de Reims.

Los obispos, reunidos en una asamblea convocada en Reims, declararon que se sentían impulsados a la defensa de la fe por el ejemplo viviente de San Remigio, el cual, según ellos afirman, "en todas partes destruyó los altares de los ídolos, realizando multitud de milagros". De él conservamos una carta, escrita poco después de la muerte de Clodoveo, ocurrida en 511 y dirigida al obispo de Tongres-Maestricht. En tono enérgico reprocha a este último obispo algunos excesos cometidos contra algunos pueblos. De este modo aparece la entereza de carácter con que continuó trabajando hasta el fin de su vida.

De todo ello se deduce que San Remigio, en la última etapa de su vida, hizo lo que pudo para promover el Evan gelio entre el pueblo de los francos, recién convertido al cristianismo, por lo cual, con justo título, es venerado como su apóstol. En un sínodo celebrado en 517 convirtió a un obispo arriano, que se había presentado para argluir contra el santo obispo. Sin embargo, su acción apostólica no siempre encontró la aprobación y buena acogida entre sus hermanos de episcopado.

Poco después de la muerte de Clodoveo, probablemente en 512, los obispos de París, Sens y Auxerre le escribieron acerca de un sacerdote, llamado Claudio, ordenado por él a petición del rey. En la carta le reprochan el haber ordenado a un hombre mercader, según ellos, de degradación, y dan a entender que piensan fue sobornado para ello, acusándole de haber perdonado todos los desaciertos financieros de Claudio. Se conserva la carta con la que San Remigio respondió a este cúmulo de inculpaciones y acusaciones infundadas. Claramente convencido de que aquellos obispos estaban llenos de despecho y apasionamiento, se lo manifiesta así con toda claridad, pero su respuesta es un modelo de paciencia y caridad.

San Gregorio de Tours atestigua que gobernó la Iglesia de Reims setenta años, y que murió en paz hacia el año 530. Se ha conservado el texto de un testamento, que se le atribuye. Probablemente es auténtica la versión breve del mismo. Su fiesta se celebró en distintas fechas, y la Iglesia de Reims le dedicaba cinco durante el año: el 12 de enero, la vigilia; el 13, su fiesta, el 29 de mayo, la traslación, el 1 de octubre, otra traslación; el 30 de diciembre, su relación. Pero, al fin, prevaleció el 1 de octubre como única fiesta.

BERNARDINO LLORCA, S. I.

30 sept 2013

“Aquel rostro de Madre”


“Aquel rostro de Madre”

Don Luciano Alimandi

Cuando entremos en el Cielo y estemos en la presencia de Dios, contemplándolo “cara a cara”, veremos también el rostro de la Virgen y es hermoso imaginar que sucederá cuando nos encontremos con Aquella a la que desde la tierra hemos invocado tantas veces: “Dios te salve, María… El Señor está contigo… Madre de Dios, ruega por nosotros… ahora y en la hora de nuestra muerte”. ¿Qué sucederá en ese momento?

¿A quién veremos en su rostro, a quien reconoceremos en su mirada? ¿Quizás alguien extraño a nosotros, sólo en aquel momento conocido? O bien, ¿no reencontraremos precisamente en Ella tantos rostros y miradas marcados por la bondad materna, que nos han acompañado en la tierra? ¿No volveremos a ver resplandecer el rostro de nuestra madre terrena en el rostro de la Madre de todas las madres? Aquel rostro que nos ha sido más familiar, el primero que como neonatos hemos contemplado sorprendidos.

Que hermoso será entonces descubrir que el rostro de María nos ha estado siempre cercano, que nunca nos ha sido extraño; estaba tan cerca de nosotros que, aquel rostro suyo que contemplaremos en la gloria, tantas, tantísimas veces, lo hemos visto reflejado aquí abajo, sin saberlo, en los maravillosos rostros maternos que la providencia, como en un divino bordado, ha ordenado armoniosamente en nuestro camino.

Todos estos rostros de “madre”, de “hermana”, de “amiga” tenían una luz particular en sus ojos que, pequeños o grandes, resplandecían ante nosotros, como infundiéndonos valor en la hora de la prueba, dándonos esperanza y alivio en el sufrimiento, levantándonos por encima de nuestros egoísmos con su ejemplo generoso y desinteresado.

Aquellos ojos han quedado impresos en nosotros, así como queda agradablemente impreso un dulce recuerdo, una palabra conmovedora, un gesto cargado de bondad… aunque estábamos distraídos por las mil cosas de la vida y no nos dábamos cuenta, en realidad todo nos hablaba misteriosamente de Ella, del misterio de su maternidad universal, que llega a todo creyente que se abre al Hijo suyo Jesús y encuentra, por ello, también a Ella, la Madre de todas las madres.

En el Cielo, cuando entremos un día, contemplaremos también los innumerables otros rostros beatos que están en compañía de Dios y veremos que están marcados por la misma bondad, por el mismo único Amor que procede de Dios Trinidad y se difunde sobre cada uno a través del Verbo Encarnado y Glorificado.

Jesús es la fuente de nuestras gracias y de nuestra bienaventuranza celeste y su Madre, como Reina, está cerca de Él para introducirnos en tal misterio y continuar acompañándonos, también allá arriba, al descubrimiento y alabanza perenne de la infinita misericordia divina.

Qué misterio de gloria será contemplar su maternidad espiritual, que nace de su maternidad divina: Madre del Verbo encarnado y por eso Madre de los redimidos. Una maternidad espiritual que, por el inescrutable designio de Dios, es tan eficaz desde los primeros instantes de nuestra vida, que vela sobre nosotros en todo momento y se esconde tras el corazón de toda persona marcada por tal bondad mariana, particular manifestación de la bondad materna de Dios. Así aquella primera palabra que aprendimos a decir aquí, “mamá”, en el Cielo la repetiremos, en la más plena verdad, mirando el rostro de María. (Agencia Fides 28/6/2006 Líneas: 42 Palabras: 564)

Fuente: Agencia Fides