24 sept 2013

Nuestra Señora de la Merced.- 24 de Septiembre



24 de septiembre

NUESTRA SEÑORA

 SANTA MARIA DE LA MERCED



El nombre de Santa María de la Merced sonó por vez primera a orillas del Mediterráneo, en el siglo XIII.

 Eran siglos de fe y de lucha. El sur y el levante de nuestra Patria estaban en poder de los árabes. Las aguas del mar Mediterráneo estaban infestadas de corsarios turcos y sarracenos, que lo mismo abordaban a los barcos, que desembarcaban en las cestas y entraban a sangre y fuego por campos y caseríos, reduciendo a ceniza los pueblos y cautivando a sus habitantes.

 La esclavitud llegó a ser un hecho real, político, social y económico, surgido de las guerras, del corso y de la enemistad religiosa entre cristianos y mahometanos. Cuando Alfonso el Sabio dio la definición de los cautivos, dijo que eran "aquellos que caen en prisión de omes de otra creencia".

 La esclavitud era un viejo abuso en la sociedad. Los apóstoles, y especialmente San Pablo, se enfrentaron con ella. Para debelarla, o paliarla, se habían hecho esfuerzos generosos, una veces aislada y personalmente, otras colectivamente, por medio de cofradías, hermandades y órdenes religiosas, e incluso se acudió a las gestiones diplomáticas entre los Estados.

 Pero el mal era tan profundo que se requerían modos nuevos y gentes nuevas para esta campaña de la libertad. Las oraciones subían al cielo con clamores de esperanza y no eran los cautivos los últimos en implorar el auxilio de la Providencia, por medio de la Virgen Santísima.

 Por otro lado, almas tan generosas y caritativas como San Pedro Nolasco, a quien se llamó el Cónsul de la Libertad, no podían contemplar dicha calamidad social sin sufrir en su corazón y sin echarse a los pies de María, para pedirle el remedio corporal y espiritual de aquellos cautivos.

 Y, como la caridad es activa, no se limitó sólo a la oración, sino que, impulsado por aliento celestial, vendió cuanto poseía y, valiéndose de su condición de mercader, empezó a tratar en la compra y el rescate de los cautivos, iniciando de este modo su obra redentora. El favor divino incrementó su empresa.

 Muy pronto un grupo de jóvenes escogidos por su nobleza y por su fe se unieron a esta labor. Dentro de la misma corte real de Aragón prendió el chispazo de la caridad y se dieron ánimos a la noble conducta de estos misioneros de la libertad y, en especial, a su capitán y mentor, el nunca desmayado Nolasco.

 Una noche, la que va del 1 al 2 de agosto de 1218, hallándose Pedro Nolasco en oración, se le apareció la Santísima Virgen rodeada de ángeles y radiante de gloria, y no sólo le animó en sus intentos, sino que le declaró la histórica revelación de su misión mercedaria, y tal revelación fue la siguiente:

 "Que la obra de redimir cautivos, a la cual él se dedicaba, era muy agradable a Dios, y para perseverar en ella y engrandecerla y perpetuarla le transmitía el mandato de fundación de una Orden religiosa, cuyos miembros imitaran a su Hijo, Jesucristo, redimiendo a los cristianos cautivos de infieles, dándose a sí en prenda, si fuera menester, para completar la obra de libertad encomendada."

 Desapareció la Santísima Virgen y quedó Nolasco arrobado en la fruición de la gloria de Dios, que se había acercado a él con la embajada de María. Si grande era su gozo, mayor era su humildad, creyéndose indigno de aquella celestial visita.

 Disputan los autores si la visión de la Santísima Virgen fue material y corpórea, en que los sentidos percibiesen y distinguiesen con claridad, o bien fue visión interna o espiritual, como un rayo de luz fulgente venido de Dios.

 Dentro de las tradiciones mercedarias se repite más la palabra descensión que la de visión. Y el papa Pío VI, el 2 de agosto de 1794, permitió usar el término descensión en el introito y en el prefacio de la misa que celebra la Orden el 24 de septiembre y todos los sábados del año en honor de la excelsa Reina de los cielos y Madre de la Orden mercedaria.

 Con esta aparición, la Virgen vino a dar realidad a las ardientes aspiraciones de Nolasco, que no eran otras que la redención y salvación de los cautivos. Ese hecho maravilloso fijó para siempre el rumbo de su vida, selló con carácter específico su santidad y lo confirmó en el ejercicio de la caridad, que más tarde lo convertiría en héroe de esta virtud.

 A las muchas glorias literarias, históricas, políticas, militares y civiles de que goza la ciudad de Barcelona, suma con especial blasón la de haber sido escogida por la Virgen para lugar de su aparición, como antes se apareciera en Zaragoza, como luego lo haría en Lourdes, en Fátima y en otros puntos.

 Diez días más tarde San Pedro Nolasco se decidió a cumplir el mandato divino, alentado y apoyado por el rey don Jaime el Conquistador y por el consejero real San Raimundo de Peñafort. A tal efecto, el día 10 de agosto de 1218, fiesta de San Lorenzo, ante el altar de Santa Eulalia de la iglesia catedral de Barcelona, el obispo de la misma, don Berenguer de Palóu, vistió canónicamente el hábito blanco al Santo y algunos de los jóvenes que con él trabajaban y quedó fundada la Orden de la Merced.

 La Virgen sonrió desde el cielo, alegrado su corazón de Madre y de Corredentora con esta fundación mercedaria. Vio realizado su fiat creador. Desde entonces María quedó constituida en madre especial de los nuevos frailes y de sus hermanos los cautivos y reinaría poderosa para siempre en el corazón de cuantos la invocan con el título de la Merced.

 Durante el siglo XIII se llamó a la nueva Orden de la Merced o de Santa Eulalia, de Santa María de la Merced, o de la Misericordia de los Cautivos, y actualmente se le dice de la Merced o de las Mercedes. La palabra merced quiso decir durante la Edad Media misericordia, gracia, limosna, caridad. En este sentido pudo escribir Alfonso el Sabio: "Sacar a los omes de captivo es cosa que place mucho a Dios, porque es obra de merced".

 La Virgen de la Merced, al fundar su Orden, echó los cimientos de una obra en alto grado humanitaria y social. Por ella vino la redención, la esperanza y la libertad. Por amor de ella, la caridad se hizo sangre, sacrificio y martirio. Con su apoyo se llevaron a cabo los mayores heroísmos.

 Pero, entiéndase bien, la teoría y el hecho de la redención mercedaria, lo mismo en las directrices de la Virgen que en la actuación de Nolasco y los primeros frailes, que en la tradición de la Orden, no era simple, neta y material redención de los cuerpos, sino una redención deifica y misionera.

 Quien así entendiera la historia de la Merced se quedaría lamiendo la cáscara, sin gustar el fruto. El redentor mercedario era un sembrador de Cristo entre fieles e infieles, buscaba almas para Cristo, reintegraba a los perdidos, sostenía a los flacos, prevenía de la apostasía, combatía al Corán, era apóstol integral y hacía un cuarto voto de quedar en rehenes por los cautivos y dar su vida por ellos, si menester fuese, pero no por un interesado juego comercial, sino cuando peligraba su fe.

 Por esta redención total, con la primacía del espíritu, fue por lo que hubo tantos mártires mercedarios. Y bajo este aspecto se ha de entender la historia de las redenciones mercedarias.

 A lo largo de los siglos, la Orden de la Merced ejecutó centenares de redenciones colectivas, unas anónimas y olvidadas, otras conocidas y perfectamente documentadas. El número de los redimidos estuvo sujeto a mil azares y condiciones de tipo social, económico, político y hasta bélico. Hubo redención en que los frailes de María de la Merced arrancaron de la esclavitud a más de cuatrocientas personas entre clérigos, mujeres, niños, soldados y hombres de diversa edad.

 Cada redención suponía tres etapas: la de preparación, la ejecutiva y la vuelta al hogar.

 Antes de pasar al Africa para redimir, era menester recaudar limosnas, predicar por los pueblos, anunciar las redenciones y reunir los caudales de los conventos, en donde, a veces, hasta los cálices se vendieron para hacer con sus precios caridad. Mientras tanto eran nombrados los redentores, cuya elección recaía siempre en frailes dotados de virtud, ciencia y un espíritu inabordable al cansancio y al desaliento.

 Su primera diligencia al llegar a Fez, Tetuán, Argel u otro lugar de redención era visitar los baños donde habitaban los tristes cautivos. Empezaba la oferta y la demanda. El mercedario llevaba la visita de la Virgen, consolaba, animaba, oía penas, repartía esperanzas y rompía grillos. En no pocas ocasiones se quedó en rehenes, sufrió el martirio, conoció el propio cautiverio y llegó a la muerte violenta por el odio que los mahometanos tenían a la religión cristiana.

 Los sufrimientos de San Pedro Nolasco, el apaleamiento y el candado de San Ramón Nonato, la crucifixión de San Serapio, la horca de San Pedro Armengol, que la Virgen milagrosamente suspendió; la decapitación de San Pedro Pascual y la innumerable historia de víctimas mercedarias son el fleco de sangre y el honor de las redenciones.

 Cuando los navíos fletados volvían con su preciosa carga de personas rescatadas a un puerto español, francés o italiano, el recibimiento era cordial, espontáneo y apoteósico. Salían a los muelles las comunidades, los consejos, el pueblo todo. El estandarte de la redención, las cadenas mostradas como exvotos, los andrajos de los cautivos, los cantos de libertad, las lágrimas de unos y otros, eran como un himno colosal y fervoroso a la gran Redentora, a María de la Merced, cuya imagen no faltaba nunca en la procesión que con este motivo se organizaba.

 Las constituciones de la Orden de la Merced, previendo la situación precaria de los redimidos, mandaban que se les cuidase, alojase, alimentase, vistiese y regalase, y que se les proveyera de viático, para que volvieran con decencia y alegría a sus hogares.

 Necesariamente el nombre de Santa María de la Merced sonaba en los caminos, en las posadas, sobre los puentes y en las montañas; en el alma y en los corazones; en las iglesias y en los hogares. La colosal labor de la Orden de la Merced venía a ser un ejercicio obediente de la voluntad de Cristo, manifestada por la voz de María. Y hacia ella volaban las oraciones, la gratitud y la alabanza.

 El culto público de la Virgen de la Merced puede decirse que comenzó a tributársele desde la primera iglesia que los mercedarios tuvieron en 1249, Se sabe que en 1259 su devoción estaba muy extendida por toda Cataluña, como lo demuestran exvotos, legados y documentos de aquella época. Muy pronto se la veneró en toda la península española, en Francia y en Italia, y al advenir los tiempos de los descubrimientos de América, los mercedarios la llevaron a las nuevas tierras, en donde perdura su devoción con caracteres multitudinarios, pues es la patrona de iglesias, de pueblos, de obispados y de naciones.

 En el año 1255 existía ya la Cofradía de la Merced, con el doble objeto de dar culto a María y ofrecer colaboración a los redentores mercedarios. En 1265 aparecieron las primeras monjas mercedarias con Santa María de Cervellón. En ambos casos el escapulario que vestían era el que, según tradición, entregó o señaló la Virgen a San Pedro Nolasco.

 Fue voluntad de Dios que todo lo tuviésemos por María. La Orden de la Merced aplicó esta teoría tanto en su régimen interior como en su proyección externa. Conocer, amar y servir a María es la medula y el vivir del espíritu mercedario. Y en este afán de honrarla logró que su misa y oficio de rito doble fuese extendido a la Iglesia universal por el pontífice Inocencio XII, en el año 1696.

 La Virgen de la Merced contribuyó a fortalecer la nacionalidad e independencia española; contribuyó al triunfo y esplendor del catolicismo en nuestra Patria; coadyudó al progreso y libertad de las sociedades en lucha con el Islam; colaboró al bienestar y alegría de miles de familias, que pudieron abrazar de nuevo a sus miembros arrancados de la dura esclavitud.

 En el museo de Valencia hay un cuadro de Vicente López en el que varias figuras anhelantes vuelven su rostro a la Virgen de la Merced, como diciendo: Vida, dulzura, esperanza nuestra, a ti llamamos...; mientras la Virgen abre sus brazos y extiende su manto en ademán de amor y protección, reflejando su dulce título de Santa María de la Merced.

 GUMERSINDO PLACER LÓPEZ, O. de M.

23 sept 2013

¡Se perdieron mis llaves!



¡Se perdieron mis llaves!

Alguien confía en nosotros, como nosotros confiamos en otras personas ¿Qué uso le damos a esta llave de la amistad?
Autor: P. Vicente Yanes | Fuente: Catholic.net


"Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde". Verdad manifiesta cuando se extravían las llaves. No nos interesamos por esos pedazos de metal dorado o plateado, sino hasta que nos damos cuenta de que los hemos perdido. Cuando las tenemos abrimos mecánicamente puertas, coches, vitrinas, armarios, cajones, cajas fuertes y demás cosas que estimamos.

Nos duele perder las llaves porque sin ellas se obstaculiza nuestro acceso a algo que es "de nuestra propiedad". La llave ha llegado a ser un signo de aquello que encierra. "La llave de mi casa, de mi coche, de mi oficina".

En la antigüedad confiar las llaves era el símbolo de delegar una autoridad, un signo de compromiso, una muestra de confianza, un gesto de responsabilidad. El siervo que recibía las llaves del amo era el de máxima confianza, el de mayor virtud y fidelidad. 

Luego surgió el término de "amo de llaves" (si bien su forma más empleada es la femenina), para designar al hombre que disponía de los bienes de la casa según su prudente juicio, algo así como nuestro actual "administrador". Para conocer el rango o importancia de uno de estos sujetos bastaba echar una mirada a la cantidad de llaves que cargaban y la clase de puertas que abrían. Muchas llaves o llaves grandes: gran responsabilidad.

Qué duda cabe que en la amistad sucede algo parecido. Sin recurrir a formas poéticas muy elaboradas, podemos afirmar con sencillez que en un amigo (esa otra mitad de nuestra alma) hemos depositado la llave de nuestro corazón. Nadie nos conoce mejor que un amigo, en nadie se confía más que en un amigo. Nadie está más pronto a escucharnos y darnos consejo. "La pena que se comparte con un amigo es un descanso", decían los persas. 

Pero nosotros no sólo tenemos amigos: también somos amigos de otras personas, ¿qué uso le damos a esta llave? Alguien confía en nosotros, como nosotros confiamos en otras personas. Puede angustiarnos mucho haber extraviado una llave importante. Es una pena mayor llenar de herrumbre el corazón oxidando una amistad.

Santo Evangelio 23 de Septiembre de 2013


Día litúrgico: Lunes XXV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 8,16-18): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz. Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto. Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará».


Comentario: Rev. D. Joaquim FONT i Gassol (Igualada, Barcelona, España)
Pone (la lámpara) sobre un candelero, para que los que entren vean la luz

Hoy, este Evangelio tan breve es rico en temas que atraen nuestra atención. En primer lugar, “dar luz”: ¡todo es patente ante los ojos de Dios! Segundo gran tema: las Gracias están engarzadas, la fidelidad a una atrae a otras: «Gratiam pro gratia» (Jn 1,16). En fin, es un lenguaje humano para cosas divinas y perdurables.

¡Luz para los que entran en la Iglesia! Desde siglos, las madres cristianas han enseñado en la intimidad a sus hijos con palabras expresivas, pero sobre todo con la “luz” de su buen ejemplo. También han sembrado con la típica cordura popular y evangélica, comprimida en muchos refranes, llenos de sabiduría y de fe a la vez. Uno de ellos es éste: «Iluminar y no difuminar». San Mateo nos dice: «(...) para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres para que, al ver vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,15-16).

Nuestro examen de conciencia al final del día puede compararse al tendero que repasa la caja para ver el fruto de su trabajo. No empieza preguntando: —¿Cuánto he perdido? Sino más bien: —¿Qué he ganado? Y acto seguido: —¿Cómo podré ganar más mañana, qué puedo hacer para mejorar? El repaso de nuestra jornada acaba con acción de gracias y, por contraste, con un acto de dolor amoroso. —Me duele no haber amado más y espero lleno de ilusión, estrenar mañana el nuevo día para agradar más a Nuestro Señor, que siempre me ve, me acompaña y me ama tanto. —Quiero proporcionar más luz y disminuir el humo del fuego de mi amor.

En las veladas familiares, los padres y abuelos han forjado —y forjan— la personalidad y la piedad de los niños de hoy y hombres de mañana. ¡Merece la pena! ¡Es urgente! María, Estrella de la mañana, Virgen del amanecer que precede a la Luz del Sol-Jesús, nos guía y da la mano. «¡Oh Virgen dichosa! Es imposible que se pierda aquel en quien tú has puesto tu mirada» (San Anselmo).

¿Quieres acabar para siempre con tu fe?

¿Quieres acabar para siempre con tu fe?


Un converso te ofrece diez formas infalibles de lograrlo 
Autor: . | Fuente: Religión en Libertad

No se pasa de golpe del fervor a la tibieza, de la práctica habitual al ateísmo práctico. Es un proceso debido a errores que se pueden evitar. 

El autor de estas recomendaciones es un bloguero. No hay mucho más que decir, la red tiene estas cosas. Se llama o hace llamar Jason L., alias El Haragán, tiene 28 años, estudia Teología, ama la cerveza Guinness (el esbozo de imagen le muestra con una buena pinta en las manos) y es periodista free-lance. Y, lo más importante: está "orgulloso" de haberse convertido a la fe católica.

En una reciente entrada de su blog Subida al Monte Carmelo, ha hecho un interesante elenco de Las diez mejores formas de matar tu fe, con reflexiones de índole espiritual que sirvan de guía al lector. Son, dice, a su juicio, "las diez formas más efectivas de arruinar por completo tu vida espiritual hasta una sequedad absoluta, o al menos hacerle un roto considerable". Así que, concluye, evítalas si quieres que tu vida espiritual crezca.

Veámoslas pues, siguiendo el consejo de Tomás de Kempis en la Imitación de Cristo (I, 5, 1): "No mires quién lo dice, sino atiende a lo que dice".

1. Admite que la Iglesia está acabada: escucha a quienes atacan a la fe sin estar seguro de que tu fe es lo bastante sólida para sostenerla. Así podrás empezar a sentirte aislado, a enfadarte y sentirte lejos de una fe que un día te pareció hermosa, y a asumir que la mayoría de los católicos de hoy están completamente fuera de juego.

2. Sé lo más escrupuloso posible: ante la imponente realidad de la Presencia Real y de la Santa Comunión, en vez de hacer un buen examen de conciencia y confesarte, si quieres llegar a un estado de locura como el de Nietzsche mira con lupa cada una de tus acciones y considera que todos los pecados son mortales. Vive atemorizado. Te garantizo que tu fe arderá en esas llamas.

3. Olvídate de la Misericordia, céntrate en la Justicia: tienes que llegar a la conclusión de que Dios no es misericordioso, de que se le hace la boca agua ante la idea de verte gritar en el infierno. Con ello, no solamente matarás tu fe y tu amor a Dios, sino que llegarás fácilmente al mundo opuesto de los anticristianos.

4. Céntrate en la vida espiritual de todo el mundo, salvo en la tuya: disecciona la de los demás, pero tú no trabajes en tu propia salvación con temor y temblor.

5. No mantengas conversaciones inteligentes sobre religión: sobre todo, discute mucho. Cada vez que alguien desafíe tu fe de alguna manera, comienza a echar humo por las orejas, ignora lo que está diciendo tu adversario y frústrate todo lo posible.

6. Haz el mínimo de los mínimos que se te exija, conviértete en un católico vago. Empieza por ir a misa sólo los domingos, luego procurar saltarte alguna, y antes de que te des cuenta estarás yendo solamente en Navidad y Pascua.

7. Ignora tu fe: lo mejor para abandonarla es no haberla conocido nunca. No leas las Escrituras, ni a los Santos Padres, no leas libros de teología ni estudies historia. Así, cuando alguien te plantee dudas o ataque la fe, cederás inmediatamente.

8. Procura no comulgar con frecuencia, porque eso sería lo que más podría ayudar a tu vida cristiana. Si realmente quieres crecer débil, procura no comulgar, porque si no, cada vez que lo hagas te sentirás limpio y rejuvenecido.

9. Asústate cada vez que veas un desafío contra la fe: miente, escóndete, huye. Esto es fundamental: cada vez que alguien objete tu fe, da media vuelta y corre. O aún mejor, discúlpate y avergüénzate. Esto te hará sentirte falso en tu fe, desleal, indigno de comulgar, cobarde. Si realmente quieres perder la fe, te aconsejo vivamente que te acobardes ante ella.

10. Por encima de todo: ¡no reces nunca! No rezar te aleja de la conversación con Dios. Si en verdad deseas matar tu fe, ésta es la vía. La oración es el agua que mantiene vivo el árbol: rechaza el agua, y verás cómo se seca.

San Pio de Pietrelcina, 23 de Septiembre



23 de Septiembre


San Pío de Pietrelcina

(1887-1968)


Francisco Forgione de Nunzio nació en Pietrelcina, Italia, el 25 de mayo de 1887. A la edad de 5 años prometió “fidelidad” a San Francisco de Asís y comenzaron para él los primeros fenómenos místicos, éxtasis, ataques, visiones del Señor, de la Virgen María, de San Francisco, del Ángel Custodio…, que no comunicó a nadie hasta el año 1915 porque “creía que eran cosas ordinarias que sucedían a todas las almas”. El 22 de enero de 1903 vistió el hábito capuchino y recibió su nuevo nombre: fray Pío de Pietrelcina. Recibió la ordenación sacerdotal en Benevento, en el año 1910.

Una enfermedad misteriosa le obligó a dejar el convento y buscar el clima y los aires de su Pietrelcina natal hasta febrero de 1916, fecha en que se incorporó a la fraternidad capuchina de Santa Ana de Foggia. En estos años, sus penitencias, sus largas horas de oración, su lucha denodada contra los ataques, los fenómenos místicos que se repetían y a los que hay que añadir la “coronación de espinas”, la “flagelación”, las “llagas” en su cuerpo desde el mes de septiembre de 1910, que, ante sus ruegos insistentes al Señor, permanecieron por unos años invisibles…, le prepararon para cumplir su “grandísima misión” que se le reveló en el año de su noviciado y a la que haría alusión en una carta.

Después de servir 2 años como soldado a la nación, subió a la montaña donde se encontraba el convento de San Giovanni Rotondo con la intención de tomar el aire puro de la montaña por unos días y en este convento, silencioso y solitario al principio y bullicioso y concurridísimo después, lo quiso el Señor durante los 52 últimos años de vida. Allí murió y allí mismo fue enterrado.

Las llagas de manos, pies y costados que sangraron constantemente por cincuenta años y otros carismas extraordinarios le obtuvieron muy pronto una fama mundial, pero le acarrearon también un sin fin de problemas. Graves calumnias motivaron que el Santo Oficio le impusiera serias restricciones al ministerio pastoral del padre Pío. Del año 1931 al 33 no se le permitía salir del convento, ni recibir visitas, ni mantener correspondencia. Podía sólo celebrar la santa misa en privado. Como afirmó Juan Pablo II en la homilía de la beatificación “por una permisión especial de Dios” tuvo que sufrir el padre Pío espionajes y dolorosas incomprensiones, calumnias y limitaciones en el ejercicio de su ministerio sacerdotal.

Pero en los muchos años que pudo ejercer sin trabas su ministerio, el padre Pío realizó una intensa y sorprendente labor sacerdotal, centrada en el altar y en el confesonario, en el que permanecía hasta quince horas seguidas, labor que impulsó a muchos miles de hombres y mujeres de todo el mundo hacia la santidad, y ayudó a otros a recobrar la fe o a encontrar a Dios. También enriqueció a la Iglesia con obras beneficiosas como el moderno hospital llamado ”Casa Alivio del Sufrimiento” y los “Grupos de Oración”.

Fue canonizado el año 2002 por Juan Pablo II, quien se había confesado varias veces con él.

22 sept 2013

Haceos amigos con el dinero





Haceos amigos con el dinero

Los pobres, decía San Agustín, son, si lo deseamos, nuestros correos y porteadores: nos permiten transferir, desde ahora, nuestros bienes en la morada que se está construyendo para nosotros en el más allá. 

Raniero Cantalamessa


El Evangelio de este domingo nos presenta una parábola en cierto modo bastante actual, la del administrador infiel. El personaje central es el administrador de un propietario de tierras, figura muy popular también en nuestros campos, cuando regían sistemas usufructuarios. 

Como las mejores parábolas, ésta es como un drama en miniatura, lleno de movimiento y de cambios de escena. La primera tiene como actores al administrador y a su señor y concluye con un despido tajante: «Ya no puedes ser administrador». Éste no esboza siquiera una autodefensa. Tiene la conciencia sucia y sabe perfectamente que de lo que se ha enterado el patrón es cierto. La segunda escena es un soliloquio del administrador que se acaba de quedar solo. No se da por vencido; piensa enseguida en soluciones para garantizarse un futuro. La tercera escena –el administrador y los campesinos— revela el fraude que ha ideado con ese fin: «“¿Tú cuánto debes?” Respondió: “Cien cargas de trigo”. Le dijo: “Toma tu recibo y escribe ochenta”». Un caso clásico de corrupción y de falsa contabilidad que nos hace pensar en frecuentes episodios parecidos en nuestra sociedad, si bien a escala mucho mayor. 

La conclusión es desconcertante: «El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente». ¿Es que Jesús aprueba o alienta la corrupción? Es necesario recordar la naturaleza del todo especial de la enseñanza en parábolas. La parábola no hay que trasladarla en bloque y con todos sus detalles en el plano de la enseñanza moral, sino sólo en aquel aspecto que el narrador quiere valorar. Y está claro cuál es la idea que Jesús ha querido inculcar con esta parábola. El señor alaba al administrador por su sagacidad, no por otra cosa. No se afirma que se vuelva atrás en su decisión de despedir a este hombre. Es más, visto su rigor inicial y la prontitud con la que descubrió la nueva estafa, podemos imaginar fácilmente la continuación, no relatada, de la historia. Tras haber alabado al administrador por su astucia, el señor debe haberle ordenado que devolviera inmediatamente el fruto de sus transacciones deshonestas, o pagarlas con la cárcel si no podía saldar la deuda. Esto, o sea, la astucia, es también lo que alaba Jesús, fuera de parábolas. Añade, de hecho, casi como comentario a las palabras de ese señor: «Los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz». 

Aquel hombre, frente a una situación de emergencia, cuando estaba en juego su porvenir, dio prueba de dos cosas: de extrema decisión y de gran astucia. Actuó pronta e inteligentemente (si bien no honestamente) para ponerse a salvo. Esto –viene a decir Jesús a sus discípulos— es lo que debéis hacer también vosotros para poner a salvo no el futuro terreno, que dura algunos años, sino el futuro eterno. «La vida –decía un filósofo antiguo— a nadie se le da en propiedad, sino a todos en administración» (Séneca). Somos todos los «administradores»; por ello debemos hacer como el hombre de la parábola. Él no dejó las cosas para mañana, no se durmió. Está en juego algo más importante como para confiarlo al azar.

El Evangelio a menudo hace diversas aplicaciones prácticas de esta enseñanza de Cristo. En la que se insiste más tiene que ver con el uso de la riqueza y del dinero: «Yo os digo: haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas». Es como decir: haced como aquel administrador; haceos amigos de quienes un día, cuando os encontréis en necesidad, puedan acogeros. Estos amigos poderosos, se sabe, son los pobres, puesto que Cristo considera dado a Él en persona lo que se da al pobre. Los pobres, decía San Agustín, son, si lo deseamos, nuestros correos y porteadores: nos permiten transferir, desde ahora, nuestros bienes en la morada que se está construyendo para nosotros en el más allá. 

Santo Evangelio 22 de Septiembre de 2013


Día litúrgico: Domingo XXV (C) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 16,1-13): En aquel tiempo, Jesús decía también a sus discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda; le llamó y le dijo: ‘¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando’. Se dijo a sí mismo el administrador: ‘¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando sea removido de la administración me reciban en sus casas’. 

»Y convocando uno por uno a los deudores de su señor, dijo al primero: ‘¿Cuánto debes a mi señor?’. Respondió: ‘Cien medidas de aceite’. El le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta’. Después dijo a otro: ‘Tú, ¿cuánto debes?’. Contestó: ‘Cien cargas de trigo’. Dícele: ‘Toma tu recibo y escribe ochenta’.

»El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente, pues los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz. Yo os digo: Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas. El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho. Si, pues, no fuisteis fieles en el dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero».


Comentario: Rev. D. Joan MARQUÉS i Suriñach (Vilamarí, Girona, España)
No podéis servir a Dios y al dinero

Hoy el Evangelio nos presenta la figura del administrador infiel: un hombre que se aprovechaba del oficio para robar a su amo. Era un simple administrador, y actuaba como el amo. Conviene que tengamos presente:

1) Los bienes materiales son realidades buenas, porque han salido de las manos de Dios. Por tanto, los hemos de amar.

2) Pero no los podemos “adorar” como si fuesen Dios y el fin de nuestra existencia; hemos de estar desprendidos de ellos. Las riquezas son para servir a Dios y a nuestros hermanos los hombres; no han de servir para destronar a Dios de nuestro corazón y de nuestras obras: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13).

3) No somos los amos de los bienes materiales, sino simples administradores; por tanto, no solamente los hemos de conservar, sino también hacerlos producir al máximo, dentro de nuestras posibilidades. La parábola de los talentos lo enseña claramente (cf. Mt 25,14-30).

4) No podemos caer en la avaricia; hemos de practicar la liberalidad, que es una virtud cristiana que hemos de vivir todos, los ricos y los pobres, cada uno según sus circunstancias. ¡Hemos de dar a los otros!

¿Y si ya tengo suficientes bienes para cubrir mis gastos? Sí; también te has de esforzar por multiplicarlos y poder dar más (parroquia, diócesis, Cáritas, apostolado). Recuerda las palabras de san Ambrosio: «No es una parte de tus bienes lo que tú das al pobre; lo que le das ya le pertenece. Porque lo que ha sido dado para el uso de todos, tú te lo apropias. La tierra ha sido dada para todo el mundo, y no solamente para los ricos».

¿Eres un egoísta que sólo piensa en acumular bienes materiales para ti, como el administrador del Evangelio, mintiendo, robando, practicando la cicatería y la dureza de corazón, que te impiden conmoverte ante las necesidades de los otros? ¿No piensas frecuentemente en las palabras de san Pablo: «Dios ama al que da con alegría» (2Cor 9,7)? ¡Sé generoso!